lunes, 13 de julio de 2009

Reseña: La cosecha de Samhein

La cosecha de Samhein.
El Ciclo de la Luna Roja 1.

José Antonio Cotrina.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alfaguara. Madrid, 2009. 429 páginas.

Mi primer y —hasta la obra que ahora nos ocupa— único contacto con la obra de José Antonio Cotrina había sido a través de la muy recomendable Las fuentes perdidas, donde una imaginería desbordante y una trama adictiva atrapaban poderosamente la atención del lector. Debo reconocer que La cosecha de Sanheim me atraía mucho, pero que el estar publicada dentro de una colección infantil-juvenil me tiraba al mismo tiempo un tanto hacia atrás; y mis absurdos prejuicios me habrían impedido disfrutar de una magnífica historia que me ha dejado con unas enormes ganas de que lleguen cuanto antes sus continuaciones. Englobable en el segmento de edad que en el mercado anglosajón han dado en llamar «young-adult» (o jóvenes-adultos), vendría a situarse en realidad en un arco de disfrute sin problemas desde unos 15 ó 16 años en adelante, sin marcar ninguna frontera por arriba.

Es cierto que la trama y los personajes —supongo que intencionadamente— son menos complejos, más asequibles, que los de Las fuentes perdidas, pero el nivel al que consigue cautivar con sus muchas veces oscuras creaciones y situaciones permanece intacto. La imaginación desbordante supura de las páginas, embarcando al lector en una aventura sin descanso donde la muerte acecha en cada paso. Todo comienza en la noche del 31 de octubre, Sanheim, Víspera de Todos los Santos —el anglosajón Halloween—, cuando Héctor y otros once adolescentes se verán arrancados de sus vidas mediante engaños y medias verdades y transportados a la ciudad en ruinas de Rocavarancolia con la única instrucción de sobrevivir hasta la próxima Luna Roja.

Y es la prosa, efectiva y preciosista, de Cotrina la que consigue arrastrar al lector tras los chicos sumergiéndole en un mundo muy sugerente:

Más allá del castillo y las montañas, la ciudad en ruinas aguardaba. Sus calles tortuosas se abrían camino entre edificios desarbolados, torres a punto de venirse abajo, plazas desiertas y montañas de cascotes. La tormenta, hasta entonces centrada en las montañas, extendió su manto y cubrió la ciudad entera. La oscuridad se hizo total. Varias voces comenzaron a susurrar en la negrura; se oían amortiguadas, como si llegaran de lo más profundo de la tierra.

—Volad, volad, pajaritos, volad al mundo de los hombres… —canturreaba una de ellas. Era una voz rancia y ajada, una voz sobre la que se derramaban gusanos y podredumbre—. Traednos alegría. Traednos esperanza. Traed luz a las tinieblas.

—O traednos alaridos —continuó otra—. Masacre y destrucción. Muerte y horror. Traednos el aroma del miedo y el siseo de la sangre al verterse.

—Sí, por favor…

—Traednos algo por lo que merezca la pena estar muertos.

Otro de los aciertos de Cotrina es hacer recaer una parte importante del protagonismo sobre Héctor, un joven prototípico de lo que no imaginamos como el héroe de una aventura: gordinflón, torpe, inseguro, un poquito cobarde… Al focalizar sobre él la narración de la historia, el autor da una buena idea de por dónde quiere que se desarrolle la misma, a un nivel muy humano, añadiendo a la ecuación un muy heterogéneo grupo de chicos y chicas procedentes de todas las partes de la Tierra, que convierten en inevitable el choque de voluntades entre los que aparentemente están destinados a ser los cabecillas en la difícil tarea de su supervivencia en Rocavarancolia. Por muy fuertes que se quieran mostrar todos, no dejan de ser adolescentes, desconocidos los unos para los otros, con todas sus inseguridades y temores, y las alianzas, conflictos y peleas terminarán aflorando.

Pero si los jóvenes tienen su punto de interés —al fin y al cabo son los protagonistas—, los auténticamente fascinantes son los miembros del Consejo Real de la ciudad y los habitantes del castillo de Altabajatorre, artífices de la presencia de los jóvenes en su ciudad en un intento, todavía bastante inexplicado, de revitalizar el reino antaño orgulloso y poderoso, doblegador de naciones y mundos. Con dos bandos antagónicamente enfrentados y con objetivos contrapuestos, el Consejo ofrece una variopinta muestra de todos los seres fantásticos más terroríficos que el hombre haya podido recopilar: los vampiros, fantasmas o espectros, momias, ángeles caídos u oscuros, muertos vivientes, cambiaformas, demiurgos o hechiceros, arañas gigantes con atributos humanos… para gobernar la decadente Rocavarancolia y regir desde la distancia los destinos de los miembros de la mejor Cosecha de Samhein que se haya producido en muchos años.

Una ciudad y un reino que se convierten en uno más de los personajes, a un tiempo cruel e indiferente, plagada de invisibles trampas y antiguos hechizos dispuestos a atrapar y acabar con la vida de aquellos que se acerquen desprevenidos en demasía. Una ciudad que rezuma melancolía, llena de palacios, mansiones y torres en ruinas, de recuerdos de batallas pretéritas, de locura acechando detrás de cada esquina. Un mundo fantástico creado con gran habilidad, coherente con sus propias reglas internas, donde impera la magia y habitan amenazantes y hambrientas criaturas.

Para los jóvenes protagonistas tal vez lo peor será el no saber por qué o para qué han sido “cosechados” y llevados allí. La incomprensión y la indefensión se convertirán en inseparables compañeros de sus días y noches. Entre ellos surgirá la amistad, pero también la rivalidad, y pronto la tragedia al impartir la ciudad su ración de inmisericorde muerte. Y entre medias, muy soterrada, pero presente al fin y al cabo por su condición de adolescentes, recorrerá el grupo y al protagonista, Héctor, una latente corriente sexual de atracciones y deseos inconfesables, de enamoramientos y desengaños. Es una lástima que el autor no haya tenido la ocasión o las ganas de caracterizar a un mismo nivel a todo el grupo, pues bastantes de ellos se quedan en simples esbozos que sirvan de contrapunto a los que sí han sido llamados a primera línea de la acción. Claro que todavía le queda tiempo y dos libros para que todos ellos tengan bien definida su personalidad y obtengan sus minutos de gloria.

A su alrededor, el lector se encuentra con un impresionante despliegue imaginativo, donde destacan por derecho propio las creaciones del demiurgo Denéstor Tul, remedos de criaturas vivas realizadas con objetos inertes: las chaquetas que cobran una extraña vida humana para realizar la «cosecha», los cuervos formados de papeles y trapos que les acompañan o los catalejos alados que vuelan en bandadas y pueblan las almenas de Altabajatorre para ser utilizados por sus habitantes cuando espían los sucesos de la ciudad. Un despliegue visual realmente evocativo.

Cotrina utiliza para la ocasión, lejos del cierto tenebrismo de Las fuentes perdidas, una escritura algo más sencilla y asequible, alejada de quiebros o florituras innecesarias, adecuada para un público más joven que el de aquella, pero a la que consigue dotar de una gran fuerza emotiva, con una plasmación casi visual poseedora de una increíble capacidad para sugerir imágenes en la mente del lector. La narración, alejada de muchas complejidades o de elementos en exceso escabrosos, no se esconde de mostrar a los adolescentes como son, ni hurta a los protagonistas la terrible y dura experiencia que es la muerte. Seguramente, La cosecha de Samhein no busca la reflexión ni el debate filosófico, sino el «simple» y sano entretenimiento; tarea que cumple con creces dejando con ganas de que se publique ya la siguiente entrega.

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Otras reseñas de obras del autor:

Los hijos de las tinieblas. El Ciclo de la Luna Roja 2.



2 comentarios:

Último Íbero dijo...

Coincido plenamente con lo que comentas en esta reseña. Me parece un gran libro con una historia muy bien llevada y unos personajes que prometen mucho (tanto los jóvenes como el Consejo).

Al terminar dan ganas de leer más. Mucho más, y desvelar los misterios de Rocavarancolia.

Yago dijo...

Estoy ahora mismo embarcado en la lectura del segundo libro, "Los hijos de las tinieblas", y por el momento puedo decir que mantiene el tipo y me está gustando tanto como el primero; aunque se nota un tanto que es un libro de "transición" hacia el tercero, preparándolo todo para la llegada de la Luna Roja y el, esperemos, gran final. Ya veremos cómo quedan las cosas ;-)

En cuanto lo termine haré la pertinente reseña.

Saludos