lunes, 27 de julio de 2009

Reseña: Vampire Academy

Vampire Academy.

Richelle Mead.

Reseña de: Jamie M.

Alfaguara. Madrid, 2009. Título original: Vampire Academy. Traducción: José Miguel Pallarés y Mª Jesús Sánchez. 391 páginas.

Richelle Mead acomete en Vampire Academy un enésimo intento de reinventar o remozar los mitos vampíricos (o de darles una ligera capa nueva de barniz) dentro de la corriente que ya han dado en llamar «fantasía urbana» y que mezcla adecuadamente seres sobrenaturales (vampiros, sobre todo), aventuras con un toque violento y unas buenas dosis de romance, erotismo y deseo sexual.

Hay que señalar que en este campo está ya todo muy trillado y encontrar alguna dosis de originalidad es ciertamente difícil. Richelle Mead intenta transitar por el camino de en medio, por un lado mostrándonos un tipo de vampiro más cercano a los humanos, con sus debilidades y dudas morales, que pueda justificar la empatía con ellos en el lector; y por otro, postulando en el bando de los «malos» unos seres mucho más cercanos, por sus características y crueldad, al vampiro clásico.

Para ello a lo largo de la novela nos vamos a encontrar con una «nueva» clasificación para estos seres paranormales. A saber:

  • Los moroi son básicamente vampiros, aunque vivos y mortales. Cada uno de ellos tiene un poder mágico relacionado con uno de los cuatro elementos (aire, tierra, agua y fuego). Son moralmente «buenos», tratando de vivir en paz con el mundo, aunque entre ellos haya tantas diferentes mentalidades como entre los humanos comunes. El sol les debilita, aunque lo soportan brevemente. Tienen que beber sangre, pero lo hacen de individuos que se han ofrecido para ello, dado el carácter adictivo que tiene el placer que el mordisco —las sustancias químicas que el moroi introduce en el torrente sanguíneo de la «víctima»— produce en los humanos.
  • Los strigoi son moroi que han cruzado la línea de matar al alimentarse. Se convierten en lo que habitualmente conocemos como el vampiro tradicional: no muertos e inmortales. Al convertirse pierden la magia, pero adquieren a cambio otras habilidades y fuerzas, al tiempo que se deshacen de cualquier escrúpulo moral a la hora de alimentarse. Crueles y violentos, son enemigos mortales de los moroi, de los que sin embargo proceden.
  • Los dhampir son los guardianes de los moroi, una especie de gualdaespaldas personales. Hijos de uno de ellos y una dhampir son muy escasos dado lo extraño de estas uniones. Dotados de una fuerza extraordinaria y otras dotes naturales, se entrenan duramente para estar a la altura de sus objetivos. Tradicionalmente en el folklore balcánico un «dhampir» —o «dhampyr» o «dhampiro»— era el hijo de un vampiro y una humana, dotado con sus poderes pero sin sus limitaciones (soportan la luz solar y todo eso), siendo quizá el más conocido de sus representaciones el personaje de la Marvel, Blade.

Al comienzo de la novela nos encontramos con dos adolescentes fugadas que son obligadas a volver a la Academia St. Vladimir y pronto intuimos que ni una ni otra, ni el internado al que las llevan, son personas normales en absoluto. En efecto, ellas son Lissa Dragomir, una princesa moroi, y Rose Hathaway, la dhampir que estaba —y sigue estando— llamada a convertirse en su guardiana y que por causas todavía desconocidas la ayudó a escapar de la Academia. De vuelta a la misma, la narración nos muestra como retoman sus estudios y entrenamientos, bajo férrea vigilancia, sobre todo por parte de Dimitri Belikov, el dhampir que se había encargado de la misión de traerlas de vuelta y por el que Rose pronto empezará a sentir una fuerte atracción sexual (aunque sin que al principio se le pueda considerar enamoramiento, sino un calentón mayúsculo). De algún modo las referencias de corte sexual van a ser continuas a lo largo de toda la narración, tanto por parte de ambas protagonistas como de la mayor parte de los compañeros que comparten estudios con ellas. Cualquiera que haya residido en un Colegio Mayor se podrá hacer una idea del ambiente, de los piques, las fiestas privadas, los ligoteos, los grupúsculos y relaciones, todo llevado un tanto al extremo dadas las especiales características de los jóvenes internos.

Vampire Academy tiene el handicap de que es una novela claramente de presentación de personajes y escenario, donde lo que prima es el interés por la «construcción» del mundo en el que van a desenvolverse las protagonistas y en definir las personalidades de estas. Pero, por fortuna, no se priva de incluir una trama movida con buenas dosis de acción y misterio; y con una resolución final realmente sorprendente en torno a la identidad de los sujetos que se encuentran tras las amenazas contra la persona de Lissa. En su afán de protegerla, Rose se encontrará en el centro de una conspiración que puede desembocar en fatales resultados y que le llevará a investigar la extraña falta de poderes de su amiga y el poco común lazo psíquico que la une con ella. Una investigación cuyas revelaciones, sin duda, darán mucho juego en las siguientes entregas —este mismo año sale la quinta, hasta el momento—. A su vez, el carácter de «marcadas», de un tanto apartadas del resto de estudiantes, como si de parias dentro de la Academia se tratase —aunque es una situación también buscada por decisión suya— les llevará a relacionarse con otro «apestado» social del lugar, Christian Ozzera, cuyos padres se convirtieron voluntariamente en strigoi y sobre quien pesa el rechazo del terrible pecado de sus progenitores. Se establece una tensión triangular entre la atracción entre Lissa y Christian y el intento de Rose de torpedear la incipiente relación para apartar a su amiga de malas influencias.

Es Vampire Academy una novela, por planteamiento, desarrollo y escritura, claramente destinada a un público que se encuentra en el apogeo o saliendo de la adolescencia, muy en la línea de los libros de La Casa de la Noche de P.C. Cast y Kristin Cast o los de Crepúsculo de Stephenie Meyer, aunque sin duda puede ser disfrutada por cualquier amante de este subgénero tan en boga en la actualidad con multitud de títulos entre los que elegir. De lectura muy rápida y sin ningún tipo de complicaciones «literarias», se trata de un entretenimiento algo «descerebrado», en el sentido de que no busca la reflexión en absoluto, sino un simple y digno esparcimiento, un rato de diversión y distracción, con su toque picante y su cuota de acción y romance. Desde luego, los que no gusten del «romance paranormal» se pueden abstener directamente.

miércoles, 22 de julio de 2009

Reseña: Britania

Britania

Lewis Pulsipher

Reseña de: Amandil

Avalon Hill / Fantasy Flight Games / Devir Iberia 1986 / 2006 / 2008 De 3 a 5 jugadores. Duración media de una partida: cinco horas.

Britania (Britannia, en el original en lengua inglesa) pone ante los jugadores la "historia" de la gran isla británica desde la llegada de los conquistadores romanos en el siglo I d.C. hasta el asentamiento definitivo de los "nuevos conquistadores" normandos tras la famosa batalla de Hastings en el 1066 d.C.

Cada jugador (se permite una variación de 3 a 5, pero el reglamento y todo el sistema está optimizado, y recomendado, para 4 jugadores) controla una serie de pueblos con los que deberá dominar diversos territorios britanos para acumular puntos con los que, a la postre, ganar la partida.

Así, un mismo jugador controlará a los romanos, los britanoromanos, los daneses y los normandos, mientras otro hará lo propio con los galeses, los jutos, los anglos y los pictos, etc.

Los distintos "pueblos" quedan agrupados en cuatro colores para diferenciar los que controla cada jugador ya que lo normal es que en la isla convivan distintos grupos controlados por la misma persona. En total están representados 17 pueblos, cuya división entre los cuatro grupos busca que durante la partida todos los jugadores controlen un número similar de fuerzas.

El sistema de juego es muy sencillo, aunque el reglamento contiene un cierto número de "reglas especiales" que enriquecen las partidas si son aplicadas correctamente (por ejemplos las "invasiones mayores", las "incursiones marítimas" o incluso la poco usada regla especial de "sometimiento a Roma", imprescindible para que no sean exterminados el primer turno la mayor parte de los pueblos nativos), aunque en ningún momento se convierten en un vademécum de "excepciones" y reglillas que imposibilitan eventualmente el fácil desarrollo del juego. Pese a ello es normal recurrir al reglamento con cierta asiduidad las primeras veces que se juegue ya que es prácticamente imposible retener todos los giros que encierran las reglas.

El juego completo (con sus cinco horas, mínimo, de duración) se compone de 16 turnos. Cada uno de ellos equivaldría a un periodo histórico de unos 50 ó 100 años, y debe ser realizado por las 17 "naciones" .

Por su parte, los turnos quedan divididos en cinco fases:

- Incremento de la población.

Cada "nación" ve crecer su número de fichas en función del número de espacios que controle hasta un máximo determinado.

- Movimiento.

Las fichas se mueven dos casillas (o más en caso de "invasión mayor"), provocando situaciones de batalla si entran en un espacio ocupado por unidades de otra nación (si ambas naciones las controla el mismo jugador no hay batalla ya que este decide quien se queda).

- Batallas/Retiradas.

El sistema es muy simple: por cada ficha presenta se tira un dado de seis caras. Con un resultado de 5 ó 6 se elimina una unidad enemiga (sólo con un 6 si se combate en montañas o marismas) o con 3, 4, 5 ó 6 las fichas romanas (lo que explica que las legiones imperiales tiendan a llegar hasta las Highlands sin muchos problemas). En caso de que tras una "tirada" aún sobrevivan fichas de ambos bandos, los jugadores pueden optar por retirarse a una casilla adyacente.

- Retirada de los "incursores".

Los incursores, si ese turno disponen de esa habilidad, pueden regresar a alta mar, sin asentarse en tierra firme, para poder "golpear y huir" en el futuro (táctica normal de los irlandeses y de los jutos).

- Sobrepoblación.

Cuando una nación tiene más unidades de las que le está permitido (generalmente no puede tener más del doble de fichas que territorios que controle).

Sobre estas cinco fases, en apariencia sencillas y sin muchos inconvenientes, se desarrollan las partidas. Hay que añadir las distintas opciones que se abren ante los jugadores que harán que no se den dos veces las mismas variables, siendo Britania un juego tremendamente rejugable y muy adictivo. Además añade un componente histórico y "educativo" que permite un acercamiento somero pero certero a la historia británica hasta la Edad Media.

Sin embargo hay que destacar que el reglamento no es corto ni sencillo (como, en cambio, es la tendencia de gran cantidad de juegos actuales). La revisión gráfica y de algunas reglas que ha llevado a cabo la gente de Fantasy Flight Games no ha variado en esencia el juego publicado por Avalon Hill, por lo que no es posible un acercamiento desde la "doctrina" de abrir y jugar sino que conocer el reglamento requiere una lectura detenida y un cierto esfuerzo por encima de lo que, actualmente, viene a ser la media.

Aún así, Britania es un juegazo por los cuatro costados y es no sólo recomendable sino, además, imprescindible en cualquier ludoteca particular.

martes, 21 de julio de 2009

Reseña: Vuelta atrás

Vuelta atrás.

Robert J. Sawyer.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova # 214.. Barcelona, 2008. Título original: Rollback. Traducción: Rafael Marín Trechera. 316 páginas.

Robert J. Sawyer ofrece al lector en esta ocasión una novela de «segundo» contacto en un futuro relativamente cercano al situar la acción en 2048, toda vez que el primer contacto con seres de fuera de la Tierra tuviera lugar 38 años antes del momento en que comienza la narración. En aquel entonces, Sarah Halifax, trabajando para el SETI, habría conseguido descifrar una transmisión alienígena procedente del sistema Sigma Draconis, devolviéndoles un nuevo mensaje. En el presente de la novela se recibe la respuesta a la contestación humana que significará para una ya anciana Sarah, con 87 años, la invitación por parte del millonario Cody McGavin de ponerse al frente de la tarea de decodificar el nuevo mensaje, tarea que no está en absoluto segura de poder terminar ya que sabe que incluso si logra romper el código extraterrestre no vivirá lo suficiente para ver un tercer envío. El millonario le ofrece entonces una posible solución: recientemente se ha puesto a punto una terapia genética que permite el rejuvenecimiento del paciente, una «vuelta atrás» a sus años jóvenes, y plantea aplicársela a Sarah, Pero ella solo aceptará si su amado esposo Donald, con quien lleva felizmente casada 60 años, también recibe el tratamiento, a pesar de que el mismo es tan sumamente caro que solo los extremadamente ricos pueden permitírselo. McGavin, no obstante, acepta la condición y sufraga ambos tratamientos. Pero entonces surge la tragedia; mientras Don se vuelve cada día más joven camino de tener —físicamente— de nuevo unos veinticinco años, el cuerpo de Sarah no responde a las terapias y permanece en sus 87, a pesar de lo cual entablará una carrera contrarreloj con la muerte para poder decodificar el segundo mensaje extraterrestre y escribir una contestación.

Sawyer se ha convertido con el paso del tiempo en un hábil artesano, buen conocedor de su oficio y de las herramientas que maneja y los resortes que debe pulsar para llegar al lector, pero que no pasa de cierto nivel, no deslumbra ni llega a emocionar con sus libros, a pesar de que tampoco defraude categóricamente nunca, convirtiendo cada nuevo libro suyo en una agradable lectura que se queda siempre a un paso del escalón superior, donde podría codearse con los grandes escritores. Mantiene una prosa sencilla, amena, ágil, limpia, combinando con facilidad la extrapolación científica con un amplio bagaje en torno al corazón humano, transmitiendo conocimiento y haciendo reflexionar. En Vuelta atrás el lector se encuentra una nueva ración de lo enunciado, mediante una trama bifurcada en dos historias que se siguen con similar interés, aunque una de ellas —el drama surgido entre Sarah y Don— tenga mucho más peso específico en el relato que la otra —el contacto con Sigma Draconis, a priori la que se podía pensar que debía haber llevado el peso de la narración—, planteando ambas una serie de profundas cuestiones filosóficas, éticas y morales tan habituales por otra parte en este autor.

Si por un lado surgen las dificultades inherentes al intento de comunicarse con entidades totalmente ajenas a la cultura humana y las dudas sobre cuáles serán las cuestiones sobre las que interrogarían a la humanidad, sobre el foco de su interés; es en la parte del matrimonio Halifax donde Sawyer vuelca toda su fuerza narrativa para plantear al lector sus presupuestos. La historia de la «vuelta atrás» se centra mucho más en los efectos humanos del tratamiento que en la propia tecnología empleada (esas costosas cirugías y ajustes genéticos). El fracaso del tratamiento en Sarah provocará interesantes situaciones en torno a la figura del rejuvenecido Don, quien tan solo es «famoso» por asociación con su esposa y no por logros propios, y quien no solo va a sobrevivirla a ella, sino también a sus propios nietos, ahora mayores que él mismo. A través de los ojos de Don, un «joven» con una mente octogenaria, Sawyer se dedica a explorar el comportamiento humano, las reacciones ante situaciones inesperadas o extremas y las costumbres sociales y su férrea inmovilidad dado el rechazo al cambio de la mayoría de las sociedades.

En una de las partes menos conseguidas de la novela, tratando quizá de explorar las profundidades y complejidades del corazón humano o el coste que el progreso científico lleva implicado sobre las personas, el autor embarca a Don en una no muy creíble relación extramarital que le obligará a vivir una doble vida. El problema surge cuando lo que se nos ha contado previamente —el profundo, inestimable y muy arraigado amor entre Don y Sarah— choca de repente con lo que se nos está contando en este momento. Cierto es que Don ha recuperado la energía, el deseo sexual, la fuerza atlética y la vitalidad de la veintena, pero todo ello se antoja cuestiones menores al considerar que su mente sigue siendo la misma, que tienen todos los recuerdos de una larga y feliz vida en común y que no porque de joven se fuera un tanto irresponsable habría de volver a serlo ahora. En un dilema moral poco conseguido, Sawyer presenta a un Don de mentalidad prácticamente adolescente que se deja llevar por sus hormonas desatadas que no casa con lo que el lector había ido conociendo de él.

Por otro lado, en Vuelta atrás el autor utiliza el contacto con los alienígenas para reflexionar sobre el significado de ser humano, sobre las relaciones que se establecen entre las parejas y los grupos sociales (curiosa la marcada diferencia que se muestra entre las sociedades canadiense, de la que proviene el propio autor, y la estadounidense), sobre las consideraciones éticas y morales que deberían regir a la hora de la aplicación práctica de las nuevas tecnologías donde un aparentemente beneficioso avance puede tener consecuencias desastrosas al alterar de forma fundamental la vida de las personas. De una forma algo tibia, sin maniqueísmos pero sin tomar partido tampoco, Sawyer plantea el debate sobre temas tan importantes y de actualidad como el aborto y la eutanasia —o las consecuencias que tendría un hipotético tratamiento para conseguir alargar exponencialmente la vida y quiénes serían los que debieran recibirlo—, la existencia de Dios, el amor y sus ataduras —¿deben considerarse así cuando son voluntarias?—, la propia vida y lo que hacemos con ella a los demás y a nosotros mismos… y aunque deja en manos del lector sacar sus propias conclusiones, Sawyer, al final, es eminentemente un optimista y eso queda reflejado en el desenlace del libro con un mensaje de esperanza.

jueves, 16 de julio de 2009

Reseña: Poderes

Poderes.
Anales de la Costa Occidental III.

Ursula K. Le Guin.

Reseña de: Santiago Gª Soláns:

Minotauro. Barcelona, 2009. Título original: Powes. Traducción: Alexander López Lobo. 376 páginas.

Tras Los Dones y Voces, Le Guin prosigue en Poderes su viaje literario a través de las tierras de la Costa Occidental, esta vez siguiendo las andanzas del joven esclavo Gavir, quien de muy pequeño fue secuestrado junto a su hermana Sallo, alejándolo de su hogar en las Marismas y llevándolo a la ciudad de Etra. Allí, en un lugar donde se odian los dones o poderes mágicos, Gavir deberá guardar celosamente, a instancias de su hermana, el secreto de lo que le hace especial: aparte de una prodigiosa memoria que le permite recordar la página de un libro con solo leerla una vez, posee la capacidad de «recordar» acontecimientos futuros. Una capacidad que de poco o más bien nada le sirve en sus circunstancias, antes bien, le puede acarrear graves problemas.

A pesar de ello, Gavir no parece en absoluto preocupado por ser un esclavo. De hecho su vida es bastante satisfactoria, muy similar a la de los hijos de sus amos: estudian y juegan juntos, siendo sus maestros comunes otros esclavos, crecen bajo la autoridad de las mismas personas y bajo, aparentemente, las mismas leyes. Gavir se siente incluso afortunado porque su hermana y él no fueran vendidos a diferentes amos, y dada su facilidad de aprendizaje sueña con llegar a escribir un libro en que recopile los anales de las ciudades estado en una gran y unificadora historia. Se encuentra satisfecho con su vida y asume que en el futuro incluso llegará a ocupar el lugar de su maestro como educador de los jóvenes de la casa. Simplemente, según lo ve él, ese es el orden natural de las cosas y así debe ser. Vive una existencia cómoda y, a pesar de soportar en ocasiones el desdén o la violencia de Torm, uno de los hijos de sus amos, satisfactoria.

Hasta el momento en que descubre, lentamente, las injusticias que reinan a su alrededor, no solo hacia los esclavos como él, sino también a las mujeres en general. Y en el momento en que la ciudad de Etra es sitiada, la cosa no hará sino empeorar. Cuando poco después la tragedia definitiva le golpee, escapará de su vida casi por accidente y se dedicará a vagar y viajar conociendo distintas sociedades, mientras va en busca de si mismo, de su identidad y de sus sentimientos.

A lo largo de los tres libros se ha ido haciendo cada vez más claro, aunque de una forma gradual, que el tema principal de la —por el momento— trilogía es el de la esclavitud en todas sus facetas, cada protagonista es de una forma u otra un esclavo: desde los dones que atan con las cadenas que se pone uno mismo a la posesión de una persona por otra, pasando por el poder militar que sojuzga a poblaciones enteras. E indisolublemente unido, como las dos caras de una misma moneda, le acompaña el tema de la libertad, de las formas de conseguirla y mantenerla, respetando a un tiempo la de los demás. El propio Gavir descubrirá en sus carnes que muchas veces el ejercicio de la libertad es mucho más difícil de lo que aparenta y que incluso dentro de una sociedad de esclavos fugitivos y de libertos, que odian la simple idea de esa sumisión, se puede caer en los vicios de sus amos aunque no se impongan visiblemente unas cadenas sobre los oprimidos. Y es que las ataduras no tienen porque ser eslabones de hierro, sino el simple miedo, la necesidad de un refugio donde sentirse seguro, la ignorancia o, incluso, el amor mal entendido.

Le Guin ha creado a lo largo de estos tres libros un mundo fantástico que resulta en un primer vistazo bastante típico, pero donde lo que realmente importa son las diferentes sociedades que se van mostrando al lector y, sobre todo, los personajes y el mensaje que encarnan. En cada novela la autora toma a un joven con una especial habilidad mágica que de alguna forma le aparta de su entorno y lo lanza a un mundo hostil, donde su única protección será su amor por las palabras y su rechazo de la violencia. Si el Orrec de Los Dones habría de convertirse en un afamado poeta —cuyos versos servirán de inspiración para los anhelos y las reflexiones del propio Gavir— y Memer en Voces era la custodia de una gran biblioteca de libros prohibidos —siendo además ambos grandes lectores—, en esta ocasión, el joven esclavo centrará sus aspiraciones en convertirse en maestro y académico.

Son todos ellos temas recurrentes en la autora y en la serie: el amor por la lectura; la lección de que la manera de escapar de la esclavitud (física, pero también mental, pues existen cadenas que no se ven) pasa a través de la educación, del aprendizaje, de la adquisición de cultura y del rechazo al uso de la violencia; el mensaje o moraleja de lo duro que resulta abandonar el uso —o más bien, abuso— del poder sobre los demás, la renuncia voluntaria a ejercer el «derecho» de vida y muerte sobre otras personas, ya sean hijos, súbditos conquistados o simples esclavos; el llegar a la conclusión de que nadie debe estar por encima de los demás, salvo cuando ellos mismos le cedan esa potestad como una renuncia propia y nunca como una imposición…

Son historias de personas, de jóvenes, que buscan encontrar su lugar en un mundo convulso y, a través de la experiencia acumulada, encontrarse a si mismos en un ejercicio de autoconocimiento. Lo importante no son en absoluto sus habilidades mágicas, sino la fuerza de sus convicciones y su «construcción» como individuos morales y éticos. Con un entretenido y muy ameno «envoltorio» repleto de aventuras, la reflexión está servida.

Poderes es un libro que va mejorando en la memoria conforme se deja reposar un poco. Contiene, sin duda, lo mejor de Le Guin: su escritura agradable, poética y fluida; la creación de sociedades fascinantes, coherentes y perfectamente verosímiles; la idea, quizá algo ingenua, de que a pesar de todas las dificultades que surgen en el camino, de todas las penas —que son muchas—, de todos los golpes y desaires de la vida, siempre se puede confiar en que la oscuridad de la noche solo dura hasta el amanecer. Si hay un rasgo común a toda la obra de Le Guin ese quizá sería precisamente la esperanza, injustificada o no, en que el ser humano puede mejorar, escapar de la espiral de odio y violencia que parece rodearle, y abrazar el amor al conocimiento como forma de superación y convivencia. Casi nada.

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Reseñas de otras obras de Ursula K. Le Guin:

Los dones. Anales de la Costa Occidental I.

Voces. Anales de la Costa Occidental II.

Lavinia.



lunes, 13 de julio de 2009

Reseña: La cosecha de Samhein

La cosecha de Samhein.
El Ciclo de la Luna Roja 1.

José Antonio Cotrina.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alfaguara. Madrid, 2009. 429 páginas.

Mi primer y —hasta la obra que ahora nos ocupa— único contacto con la obra de José Antonio Cotrina había sido a través de la muy recomendable Las fuentes perdidas, donde una imaginería desbordante y una trama adictiva atrapaban poderosamente la atención del lector. Debo reconocer que La cosecha de Sanheim me atraía mucho, pero que el estar publicada dentro de una colección infantil-juvenil me tiraba al mismo tiempo un tanto hacia atrás; y mis absurdos prejuicios me habrían impedido disfrutar de una magnífica historia que me ha dejado con unas enormes ganas de que lleguen cuanto antes sus continuaciones. Englobable en el segmento de edad que en el mercado anglosajón han dado en llamar «young-adult» (o jóvenes-adultos), vendría a situarse en realidad en un arco de disfrute sin problemas desde unos 15 ó 16 años en adelante, sin marcar ninguna frontera por arriba.

Es cierto que la trama y los personajes —supongo que intencionadamente— son menos complejos, más asequibles, que los de Las fuentes perdidas, pero el nivel al que consigue cautivar con sus muchas veces oscuras creaciones y situaciones permanece intacto. La imaginación desbordante supura de las páginas, embarcando al lector en una aventura sin descanso donde la muerte acecha en cada paso. Todo comienza en la noche del 31 de octubre, Sanheim, Víspera de Todos los Santos —el anglosajón Halloween—, cuando Héctor y otros once adolescentes se verán arrancados de sus vidas mediante engaños y medias verdades y transportados a la ciudad en ruinas de Rocavarancolia con la única instrucción de sobrevivir hasta la próxima Luna Roja.

Y es la prosa, efectiva y preciosista, de Cotrina la que consigue arrastrar al lector tras los chicos sumergiéndole en un mundo muy sugerente:

Más allá del castillo y las montañas, la ciudad en ruinas aguardaba. Sus calles tortuosas se abrían camino entre edificios desarbolados, torres a punto de venirse abajo, plazas desiertas y montañas de cascotes. La tormenta, hasta entonces centrada en las montañas, extendió su manto y cubrió la ciudad entera. La oscuridad se hizo total. Varias voces comenzaron a susurrar en la negrura; se oían amortiguadas, como si llegaran de lo más profundo de la tierra.

—Volad, volad, pajaritos, volad al mundo de los hombres… —canturreaba una de ellas. Era una voz rancia y ajada, una voz sobre la que se derramaban gusanos y podredumbre—. Traednos alegría. Traednos esperanza. Traed luz a las tinieblas.

—O traednos alaridos —continuó otra—. Masacre y destrucción. Muerte y horror. Traednos el aroma del miedo y el siseo de la sangre al verterse.

—Sí, por favor…

—Traednos algo por lo que merezca la pena estar muertos.

Otro de los aciertos de Cotrina es hacer recaer una parte importante del protagonismo sobre Héctor, un joven prototípico de lo que no imaginamos como el héroe de una aventura: gordinflón, torpe, inseguro, un poquito cobarde… Al focalizar sobre él la narración de la historia, el autor da una buena idea de por dónde quiere que se desarrolle la misma, a un nivel muy humano, añadiendo a la ecuación un muy heterogéneo grupo de chicos y chicas procedentes de todas las partes de la Tierra, que convierten en inevitable el choque de voluntades entre los que aparentemente están destinados a ser los cabecillas en la difícil tarea de su supervivencia en Rocavarancolia. Por muy fuertes que se quieran mostrar todos, no dejan de ser adolescentes, desconocidos los unos para los otros, con todas sus inseguridades y temores, y las alianzas, conflictos y peleas terminarán aflorando.

Pero si los jóvenes tienen su punto de interés —al fin y al cabo son los protagonistas—, los auténticamente fascinantes son los miembros del Consejo Real de la ciudad y los habitantes del castillo de Altabajatorre, artífices de la presencia de los jóvenes en su ciudad en un intento, todavía bastante inexplicado, de revitalizar el reino antaño orgulloso y poderoso, doblegador de naciones y mundos. Con dos bandos antagónicamente enfrentados y con objetivos contrapuestos, el Consejo ofrece una variopinta muestra de todos los seres fantásticos más terroríficos que el hombre haya podido recopilar: los vampiros, fantasmas o espectros, momias, ángeles caídos u oscuros, muertos vivientes, cambiaformas, demiurgos o hechiceros, arañas gigantes con atributos humanos… para gobernar la decadente Rocavarancolia y regir desde la distancia los destinos de los miembros de la mejor Cosecha de Samhein que se haya producido en muchos años.

Una ciudad y un reino que se convierten en uno más de los personajes, a un tiempo cruel e indiferente, plagada de invisibles trampas y antiguos hechizos dispuestos a atrapar y acabar con la vida de aquellos que se acerquen desprevenidos en demasía. Una ciudad que rezuma melancolía, llena de palacios, mansiones y torres en ruinas, de recuerdos de batallas pretéritas, de locura acechando detrás de cada esquina. Un mundo fantástico creado con gran habilidad, coherente con sus propias reglas internas, donde impera la magia y habitan amenazantes y hambrientas criaturas.

Para los jóvenes protagonistas tal vez lo peor será el no saber por qué o para qué han sido “cosechados” y llevados allí. La incomprensión y la indefensión se convertirán en inseparables compañeros de sus días y noches. Entre ellos surgirá la amistad, pero también la rivalidad, y pronto la tragedia al impartir la ciudad su ración de inmisericorde muerte. Y entre medias, muy soterrada, pero presente al fin y al cabo por su condición de adolescentes, recorrerá el grupo y al protagonista, Héctor, una latente corriente sexual de atracciones y deseos inconfesables, de enamoramientos y desengaños. Es una lástima que el autor no haya tenido la ocasión o las ganas de caracterizar a un mismo nivel a todo el grupo, pues bastantes de ellos se quedan en simples esbozos que sirvan de contrapunto a los que sí han sido llamados a primera línea de la acción. Claro que todavía le queda tiempo y dos libros para que todos ellos tengan bien definida su personalidad y obtengan sus minutos de gloria.

A su alrededor, el lector se encuentra con un impresionante despliegue imaginativo, donde destacan por derecho propio las creaciones del demiurgo Denéstor Tul, remedos de criaturas vivas realizadas con objetos inertes: las chaquetas que cobran una extraña vida humana para realizar la «cosecha», los cuervos formados de papeles y trapos que les acompañan o los catalejos alados que vuelan en bandadas y pueblan las almenas de Altabajatorre para ser utilizados por sus habitantes cuando espían los sucesos de la ciudad. Un despliegue visual realmente evocativo.

Cotrina utiliza para la ocasión, lejos del cierto tenebrismo de Las fuentes perdidas, una escritura algo más sencilla y asequible, alejada de quiebros o florituras innecesarias, adecuada para un público más joven que el de aquella, pero a la que consigue dotar de una gran fuerza emotiva, con una plasmación casi visual poseedora de una increíble capacidad para sugerir imágenes en la mente del lector. La narración, alejada de muchas complejidades o de elementos en exceso escabrosos, no se esconde de mostrar a los adolescentes como son, ni hurta a los protagonistas la terrible y dura experiencia que es la muerte. Seguramente, La cosecha de Samhein no busca la reflexión ni el debate filosófico, sino el «simple» y sano entretenimiento; tarea que cumple con creces dejando con ganas de que se publique ya la siguiente entrega.

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Otras reseñas de obras del autor:

Los hijos de las tinieblas. El Ciclo de la Luna Roja 2.



jueves, 9 de julio de 2009

Reseña: El guardián de almas

El guardián de almas.

Bruce Boston.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Eclipse # 45. Madrid, 2009. Título original: The Guardener’s Tale. Traducción: Ana María Nieda Calvo. 319 páginas.

El guardián de almas presenta un futuro distópico con una sociedad de apariencia feliz y ordenada, pero que esconde en su seno la semilla del descontento. Fácilmente englobable en esa corriente literaria que ha dado títulos tan remarcables como «1984», «Un mundo feliz», «Farenheit 451» o «La fuga de Logan», la novela, aunque lo intenta y no carece de abundantes puntos de interés, no está a la altura de tan brillantes predecesoras (aunque es bien cierto que era ponerle el listón demasiado alto). Publicarla, además, en una colección de «terror», y no en una más cercana a la ciencia ficción (por muy finalista del premio Bram Stoker 2007 que fuera), tampoco creo que le haya hecho ningún favor.

Boston presenta un mundo que se está recuperando de los «Años Grises», de migraciones masivas, matanzas y plagas generalizadas y climas inclementes que dieron paso a una Tierra con amplias zonas inhabitables. Poco a poco el terreno se va descontaminando y las ciudades-estado van expandiéndose con lentitud pero de forma inexorable. Al comienzo de la narración, el mundo se encuentra en un momento de reconstrucción, en el que la tecnología ha avanzado algo desde nuestros días, pero no en exceso, y es todavía fácilmente reconocible. Hay quien dice que la tierra hace tiempo que dejó de ser estéril y que solo se trata de una argucia para mantener subyugada a la población; pero los descontentos son, aparentemente, pocos, gracias al acondicionamiento primario, y los que se desvían de la norma no suelen dar problemas después de su reacondicionamiento psicológico. Richard Thorne es una de esas personas que empiezan a rebelarse contra su «perfecta» vida, su matrimonio ideal y su trabajo satisfactorio pero rutinario; al principio lo hará solo con pequeños detalles: excursiones a los barrios bajos de la ciudad para mezclarse con los desposeídos de la sociedad, sentir el peligro de lo prohibido, consumir alcohol, tener contacto con prostitutas o hacer pequeñas apuestas… Pero entonces conocerá a Josie, y la extraña historia de amor en la que se embarcarán, entre lo intelectual y lo sexual, llevará a Thorne a un inevitable declive en el que cruzará definitivamente la línea de la ley, quemando tras él todos los puentes que podrían haberle devuelto al seno de la conformista sociedad de la que proviene. Se establece una lucha del individuo contra el estado totalitario que busca imponer sus designios sobre todos los ciudadanos; pero se trata de una lucha egoísta, que, sobre todo al principio, tan solo busca la satisfacción del propio Thorne, su propio bien, y no el derrocamiento del aparato gobernante.

El guardián de almas se encuentra narrado desde el omnisciente y omnipresente punto de vista de Sol Thatcher, el guardián que sería encargado de investigar las actividades ilícitas de Thorne, proceso durante el cuál él mismo quedaría de alguna forma cambiado. Boston, en estas condiciones, escribe a través del guardián la historia con un distanciamiento desapegado, con el tono de un bastante desapasionado informe escrito con un arcaico y olvidado —en esa época futura— formato de novela. Pero ese pleno conocimiento de todos los hechos, de todos los detalles e incluso de todos los pensamientos (gracias a las innovadoras técnicas del cyberescáner) de los protagonistas, transmitido con fría eficacia, propicia un distanciamiento del lector, impidiendo cualquier sorpresa, al estar todo anticipado de antemano. Así, el duro camino de desintegración de la personalidad de Thorne se encuentra reflejado con sumo detallismo, pero con escasa implicación emocional.

A su vez, lo que podría haber propiciado un importante foco de atención y tensión para el lector, el triángulo amoroso que se establece entre Thorne, Josie y Diana, la esposa del protagonista, queda diluido por el escaso desarrollo que de ambas mujeres hace el autor. Sus intervenciones quedan devaluadas por la visión analítica del guardián, sin caracterizarlas en demasía y dejándolas bastante de lado cuando se apartan del ámbito de interés de la historia de Richard Thorne, que no deja de ser la del propio Sol Thatcher. Una oportunidad desperdiciada en cierta medida y que, se intuye en detalles como las curiosas vacaciones a lo Desafio Total que «disfrutan» Thorne y Diana, podría haber dado mayor interés a la historia tal y como se encuentra narrada.

El amor de Josie por los libros antiguos y prohibidos, símbolos de un pasado que debe ser dejado atrás, le permite al autor lanzar sus críticas sobre nuestro presente inmerso en la cultura de lo desechable y del pensamiento unificador ante los miedos y amenazas. En la sociedad de Thorne y Thatcher las libertades civiles e individuales se han visto limitadas en alto grado, mas los ciudadanos se encuentran bien cuidados y son, o al menos creen serlo, felices. Precisamente ese es el trabajo de los guardianes, proteger a la despreocupada sociedad hedonista haciendo que todos sus miembros se ajusten a las normas establecidas, podando las ramas que se salgan de lo planificado mediante el uso de modernas técnicas que incluyen particulares lavados de cerebro y la reconstrucción de la personalidad del individuo desviado mediante el uso de brutales métodos y de drogas (¿medicamentos?) de diseño, que buscan en definitiva el establecimiento de una utopía estéril que lanza un grito de advertencia y atención a la mente del lector.

Al final resulta que El guardián de almas es —¡tan solo!— la historia de unos seres humanos que luchan por existir conservando una personalidad propia y por convivir junto a, y no a la sombra de, otras personas; una exploración de las cuestiones socio-políticas de la actualidad extrapoladas hasta lo extremo; una reflexión acerca del libre albedrío y su difícil aplicación práctica ante las presiones y condicionantes de la sociedad en la que uno tiene que vivir; sobre la existencia y la posibilidad de alcanzar el amor romántico; sobre las consecuencias de la fútil búsqueda de la perfección… Es, en definitiva y como suele suceder en estos géneros, un intento de diseccionar el alma humana, sus afanes y profundidades, los miedos, anhelos y resortes que impulsan a actuar o rebelarse a algunas personas donde otras dudan o se conforman con lo que tienen por triste que sea; un nuevo intento de explicar la complejidad y la creatividad del ser humano. Que lo haya logrado es otro cantar, pero permite pasar el rato al tiempo que se piensa en tan sesudas cuestiones. Eso sí, vuelvo a remarcar, es ciencia ficción, no terror.

miércoles, 8 de julio de 2009

Convocatoria: XXI Premio Alberto Magno

La Facultad de Ciencia y Tecnología (ZTF-FCT) de la UPV/EHU convoca la XXI edición del certamen literario Alberto Magno de Ciencia Ficción, el concurso más antiguo de Ciencia Ficción y Fantasía del Estado. El plazo para la presentación de los relatos, escritos en euskera o castellano, se prolongará hasta el 2 de octubre de 2009.

lunes, 6 de julio de 2009

Reseña: Airman

Airman.

Eoin Colfer.

Reseña de: Lyrenna.

Alfaguara. Madrid, 2009. Título original: Airman. Traducción: Mercedes Núñez Salazar. 462 páginas.

Eoin Colfer adquirió fama literaria, sobre todo, por su serie Artemis Fowl, pero con esta novela ha querido subir un peldaño más y, sin abandonar en absoluto a su público juvenil, se adentra aquí en terrenos algo diferentes, internándose en una ficción histórica mucho más realista que sus obras anteriores y donde la fantasía en su vertiente mágica no tiene cabida, mezclando rasgos aventureros de Dumas (y es inevitable pensar en El Conde de Montecristo) con las especulaciones de Wells y unas gotas visionarias de Verne, y donde hay instantes que casi se roza lo steampunk.

En Airman asistimos a la forja del héroe, a la caída del protagonista desde una posición acomodada y su posterior lucha por ascender de nuevo. Es esta una historia de honor y traición, de nobleza y perfidia, de ilusiones y decepciones, donde el combate por la supervivencia se impondrá ante el deseo de justa retribución.

Conor Broekhart, el joven destinado a convertirse en héroe, nace, a finales del siglo XIX, en la barquilla de un globo aerostático. Es el hijo de Declan Broekhart, el más fiel de los capitanes del rey Nicholas I de las Islas Saltee, más conocido como el Buen Rey Nick y que parece empeñado en poner a su pequeño reino a la vanguardia de los avances tecnológicos de la época victoriana.

Colfer construye con dos plumazos un extrañamente fascinante escenario, un reino compuesto por dos islas situadas frente a la costa irlandesa, que fueron concedidas originalmente por Enrique II a su primer rey, Raymond Trudeau, como una especie de castigo o insulto al no contener las mismas otra “riqueza” que los excrementos de las gaviotas que las habitaban. Sin embargo, el sorprendente descubrimiento en la menor de las dos islas, Little Saltee, de una enorme (y aparentemente inagotable) veta de diamantes, puso al reino en lugar destacado dentro del mapa de la política mundial.

De esta manera, Little Saltee se convertiría poco después en un inexpugnable penal donde los reclusos trabajarían duramente en la extracción de los diamantes para garantizar la riqueza del reino; mientras la otra isla, Great Saltee, se convertiría en el hogar de una pequeña población y de la corte real.

Y es allí, tiempo después, en esa época de finales del XIX en la que empiezan a descollar grandes sueños de avances tecnológicos, donde Conor comenzará a desarrollar la tarea para la cual cree estar destinado desde su accidentado nacimiento: volar. Para ello, contando con la inestimable ayuda de su mentor, el francés Victor Vigny, dedicará buena parte de sus esfuerzos y estudios a diseñar ingenios voladores, sorprendentes máquinas que, tal vez, podrían poner a su alcance la realización de su sueño.

A un tiempo, Vigny se encargará de educar su mente en los caminos científicos y de entrenar su cuerpo como un dotado espadachín, enseñándole además unas artes marciales recientemente importadas del Lejano Oriente.

De esta manera, Conor lleva camino de convertirse en el prototipo de todo lo que un héroe debe ser: intrépido, valiente, inteligente, aguerrido, noble, culto… Parece tenerlo todo, incluyendo la devoción de su familia y el amor de la princesa Isabella, compañera de juegos infantiles e hija del Buen Rey Nick. Pero justo en ese momento de mayor felicidad la tragedia y la traición le golpean con inusitada fuerza, arrebatándoselo todo y provocando su particular descenso a los infiernos y su posterior lucha por escapar de allí.

Es entonces cuando Colfer se adentra en territorios más oscuros, algo más adultos que en obras anteriores, intentando retratar el mal que el ser humano puede proyectar sobre sus congéneres a través de unos personajes viles cuyos atributos físicos reflejan su maldad interior: su falta de escrúpulos, su fealdad, su humor socarrón e hiriente, su carencia absoluta de piedad… Incluso los titubeos morales de Conor provocan la duda sobre un posible final feliz tras tanta degradación.

La mayor complejidad de estos temas y algunos matices ciertamente violentos eleva y amplia de alguna forma el abanico de edad del público al que va destinado Airman. Aunque el libro se encuentre —muy adecuadamente— situado en la sección juvenil de las librerías, está claro que, al disponer de todos los elementos de las novelas de aventuras clásicas debidamente actualizadas, los adultos podrán disfrutar de la lucha de Conor por recuperar lo que se le ha arrebatado, embargados tal vez por el recuerdo de muchas lecturas de antaño.

Contra la idea preconcebida que uno pudiera hacerse, sobre todo al haberse mantenido el título original —yo me habría decantado algo libremente por haberlo traducido como «Aviador»—, Airman no es en absoluto la historia de un superhéroe embarcado en la lucha contra el mal ni nada parecido; aquí nadie puede volar sin ayudas “mecánicas”, nadie tiene capacidades subrehumanas (aparte de un gran intelecto), sino que se trata de una historia de superación, de una lucha desesperada por el bien y la justicia.

Airman, en cierto sentido, proyecta en el lector un anhelo de tiempos más inocentes, donde los héroes son nobles y los reyes son magnánimos y solo desean lo mejor para su pueblo, pero donde el villano —y el nombre no podría estar más claro: Bonvilain— mostrará la peor cara del ser humano, los abismos a los que puede hacer caer la ambición desmedida, la envidia y el ansia de poder y riqueza. Unos tiempos en los que todos, adultos y niños, mantenían la ilusión de la justicia y un corazón aventurero, y donde siempre entre las nubes había un rayo de esperanza.

Al cerrar el libro, después de todo lo sucedido, de todos los crueles momentos, tan solo queda una pregunta: ¿Volverá a volar Airman?

viernes, 3 de julio de 2009

Libros recibidos [3/07/2009]

El Grupo editorial AJEC nos ha hecho llegar las siguientes novedades:

Reseña: El espectáculo del vampiro

El espectáculo del vampiro.

Richard Laymon.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Eclipse # 44. Madrid, 2009. Título original: The Travelling Vampire Show. Traducción: Olga Martínez Yuste. 380 páginas.

Corre una veraniega mañana del año 1963 y en un, en apariencia, apacible pueblecito norteamericano de esos donde todos los vecinos se conocen (o creen conocerse) llamado Grandville, un joven, Dwight Thompson, se encuentra cortando el césped de la casa familiar cuando sus amigos, el rollizo Rusty y la resuelta Slim (una chica cuyo verdadero nombre es Frances, nombre que nunca usa porque dice que «Frances es una mula que habla»), pasan a buscarlo con una impactante noticia: El espectáculo ambulante del vampiro dará una única función ese mismo día en el llano Janks, y allí se mostrará a la única vampira que se conoce en cautividad, la hermosísima Valeria. Por supuesto, y aunque al principio Dwight no parece muy interesado, los dos chicos, llenos de testosterona y aún sabiendo que los vampiros no existen, no pueden evitar hacer una apuesta sobre si la tal Valeria, una actriz según suponen, será tan bella como prometen los folletos. Sólo hay un problema, el espectáculo es para mayores de edad y ellos apenas están en los 16. La única solución que se les ocurre es acudir al llano Janks aquella misma mañana, intentar ver como los “feriantes” instalan su espectáculo y de paso tratar de echar una ojeada a la vampira y que Slim decida quién ha ganado la apuesta. Y así comienza el que muy posiblemente sea el día más largo y angustioso de sus vidas.

Contado en primera persona, desde la óptica de Dwight, El espectáculo del vampiro es una novela más que de terror de tensión creciente, donde lo aparentemente cotidiano comienza a convertirse en amenazador y la suma de pequeños detalles inquietantes irá calando en la mente del lector hasta ponerle los nervios de punta. No hay grandes sustos, ni una predominancia del gore (hasta que se alcanza el sangriento acto final) como parece achacársele a este autor, sino un sutil y pausado (¿demasiado pausado?) incremento del desasosiego, una incertidumbre por el destino de los protagonistas, una desazón por lo que están viviendo, por las ausencias de algunas personas o la aparición de objetos que no debieran estar dónde están, que termina con una catarsis sangrienta que casi significa una liberación en la mente del lector tras la zozobra anterior.

Laymon va introduciendo la acción en un ambiente opresivo ya desde la primera visita al llano Janks, un lugar con una siniestra y oscura historia, epicentro de secretos horrores; una árida y plana, aunque irregular, superficie de terreno yermo, llena de trozos de vidrios rotos por doquier, de piedras irregulares y puntiagudas, de agujeros habitados por serpientes, y que antaño fuera el improvisado cementerio para las víctimas de un asesino en serie y lugar de violentos disturbios a raíz de un fracasado espectáculo de boxeo, y que ahora es hogar de otros males desconocidos, pero siempre amenazantes, como perros asilvestrados o cosas peores, convirtiéndose de alguna manera en uno más de los personajes, y de los más importantes, de la novela.

La narración, básicamente, es la historia de un solo día (aunque intercalado con un buen número de flash-backs para situar en contexto a cada joven y sus reacciones) en la vida de tres amigos que se encuentran en ese momento de equilibrio inestable en que están a punto de dejar atrás la adolescencia y entrar en la madurez. El espectáculo del vampiro ofrece una historia sobre la amistad, muy al estilo de Stephen King, pero también sobre el amor, sobre el crecimiento y la maduración. Sin especiales sentimentalismos, Laymon retrata ese instante en la vida en que el cambio es inevitable, ese momento en que en cierta medida el adolescente pierde la inocencia ante el descubrimiento de su propia sexualidad (yendo mucho más allá de lo “salidos” que van todo el rato los dos protagonistas masculinos), cuando uno empieza a ser consciente de su cuerpo de una manera nueva y cuando de repente ve, o desea ver, reflejado en los ojos de su mejor amiga unos sentimientos que van más allá de la simple amistad. Así, Laymon usa al vampiro como un símbolo de la atracción erótica inextricablemente unida al peligro, del deseo prohibido y de las consecuencias de dejarlo desatado.

Y he ahí dos de las razones que pueden echar hacia atrás a algunos lectores. Por un lado las descripciones del estado de pubertad de los protagonistas, con sus problemas asociados, se adueñan en ocasiones en exceso de la trama, haciendo que avance con más lentitud de la que sería deseable, aunque sea cierto que sirven para crear “ambiente”. Por otro, cabe decir que esta no es una novela de vampiros al uso, ni en su sentido más clásico de chupasangre inmoral ni en el actual de romance paranormal, pues es cierto que los elementos sobrenaturales terminan estando ahí, pero no donde cabría esperarlos. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que los vampiros no existen, ¿no? Así, después de un ritmo lento que va cargando de tensión al lector, pero en el que todo se puede explicar racionalmente, el torbellino del desenlace pilla de alguna manera por sorpresa, dejando finalmente, supongo, satisfechos a los amantes de las sensaciones fuertes (e impresionados a los que no).

En una novela de muy pocos personajes, en el que los adultos (con la excepción de la cuñada de Dwight, Lee, quien les ayudará en su empeño de intentar ver a la vampira) aparecen presentes de forma muy breve y son percibidos más como un escollo para sus planes que como un apoyo, y en que los otros jóvenes del pueblo se antojan más como amenazas que otra cosa, el auténtico miedo parece proceder del fondo de la mente de los protagonistas, de las ideas que se van creando conforme avanza el día ante lo que se van encontrando; aunque también de los, en muchas ocasiones, inquietantes secundarios. Dentro de unos bien dibujados y definidos protagonistas, destacan sobre todo, los femeninos, mujeres de armas tomar a las que Laymon parece dar una predominancia sobre los masculinos de tal forma que, aunque la historia esté narrada desde la óptica de Dwight, es Slim (que antes fuera Nancy, Holmes, Scout, Zock, Phoebe y Dagny, dependiendo del libro que se encontrase leyendo en cada momento) la que se apodera de la acción, llevando la voz cantante en prácticamente todo momento en que aparece, tomando la iniciativa y las decisiones importantes en las situaciones más comprometidas, dado que, seguramente, es mucho más inteligente y decidida que sus dos compañeros juntos (sobre todo mucho más que el apocado y traicionero Rusty). De igual modo, el único personaje adulto que acompaña en algunos períodos a los tres jóvenes y toma parte de forma importante en los hechos es la citada Lee, una mujer de fuerte carácter, con convicciones propias y una imponente carga erótica. E incluso el vampiro reclamo del espectáculo, Valeria (otro prodigio de sensualidad y sexualidad), es mujer, y de esas que no se dejan doblegar fácilmente.

Hay una cierta descompensación entre la historia “diurna”, que ocupa prácticamente más de tres cuartos de la novela, con todos sus viajes al llano Janks, los saltos atrás en el tiempo para poner en antecedentes al lector de ciertos detalles que necesita conocer, las diversas excursiones de casa en casa de los tres jóvenes, los escarceos violentos y/o amorosos o los continuos pensamientos de carácter sexual de los chicos provocados por las hormonas desatadas de su pubertad, y la historia “nocturna”, donde el espectáculo se representa con sorprendentes revelaciones y resultados. De un tempo pausado durante la mayor parte de la novela se pasa apenas sin transición a un ritmo frenético y brutal, que pone un broche sangriento a la tensión anterior. Curiosa novela, no exenta en absoluto de interés, aunque es bueno estar advertido sobre lo que uno se va a encontrar para no llamarse luego a engaño, porque los vampiros no existen… ¿o sí?

miércoles, 1 de julio de 2009

Reseña: Los Eternos 1. Matar a un dios

Los Eternos 1. Matar a un dios.

Guión: Daniel y Charles Knauf.
Dibujo: Daniel Acuña
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Reseña de: Matt Davies.

Panini Cómics. Barcelona, 2009. 144 páginas. Formato 100% Marvel (contiene Eternals, 2008 series, 1-6 USA).

Los Eternos del título forman parte de ese curioso grupo de personajes de Marvel con un gran potencial ─como los Inhumanos, como Puño de Hierro─, pero que, por un motivo u otro, nunca han conseguido convertirse en primeras espadas del universo al que pertenecen. En la mayoría de los casos, permanecen en el Limbo unos cuantos años, son reflotados puntualmente con mayor o menor éxito y vuelven a su cajón. Pero esto también tiene como resultado el que dichos personajes sean diamantes en bruto en manos de autores competentes, pues sus apariciones esporádicas los han mantenido al margen de imposiciones y caprichos editoriales (el gran mal que sufren los personajes de las grandes compañías de cómic americano).

Creados por un Jack Kirby setentero de imaginación desatada, los Eternos son el resultado de una mezcla tan heterogénea como es el concepto superheroico clásico de tipos con mallas y poderes pasado por el filtro de las teorías post new-age acerca de la vida extraterrestre. Los Eternos, aunque puedan pasar por supers, son una comunidad cerrada de seres extremadamente avanzados, que lleva millones de años en el planeta y que en el pasado fueron adorados como dioses. Su némesis son los Desviantes, unas criaturas horribles surgidas del mismo tronco genético, pero que evolucionaron de forma distinta y perversa. A priori, estos conceptos son lo suficientemente atractivos para crear una historia interesante: es una serie coral, con personajes que pueden ser conducidos en distintas direcciones sin miedo a que el tono de la serie sufra demasiado, y que permite a los dibujantes lucirse imaginando mundos y criaturas extrañas. Y digo a priori, porque la penúltima revisión de los Eternos, publicada hace un par de años con Neil Gaiman a los guiones y John Romita Jr. al dibujo, se perdía en tramas secundarias insulsas y personajes poco definidos, creando muchas expectativas que se quedaban en nada. Pero no sería tan fallido el experimento (o no irian tan mal las ventas) cuando los personajes consiguieron serie regular, que es la que nos ocupa ahora.

Por un lado tenemos, una vez mas (y van...) a dos guionistas ─padre e hijo─ importados de la televisión. Los Knauf, Charles y Daniel, tampoco son novatos en esto de escribir cómics, habiendo entrado en Marvel con buen pie gracias a la serie regular de Iron Man, y tanto sus guiones para televisión como aquellos para la colección del Vengador Dorado se caracterizan por su tono oscuro, con algunos toques de humor negro, y una dosificación del ritmo adecuada. Precisamente este último punto es su mayor debilidad: la trama es interesante y expone a los personajes a situaciones difíciles sin buscar el cliffanger y el golpe de efecto ─de hecho, constantemente ironiza al respecto, con llamadas al lector al más puro estilo Stan Lee─, pero se echa en falta algo mas de inmediatez, de acción una vez que las piezas ya están situadas. No llega a ser aburrido en ningún momento, pero sí podrían eliminarse algunas páginas sin que el argumento se resintiera demasiado.

Por el otro lado, está el magnífico dibujo de David Acuña. Y es que el guión de los Knauf es bueno sin llegar a ser sobresaliente, pero el dibujo y el color de Acuña hacen que brille de forma especial, con un diseño de personajes y una narrativa espectacular.

En resumen, un tomo interesante, con una historia bien llevada y un apartado gráfico impresionante.

Convocatoria: Premio Minotauro 2010

Ya ha sido convocado el Premio Minotauro 2010, el concurso de literatura fantástica, ciencia ficción y terror mejor dotado económicamente en castellano, con 10.000 euros.

La admisión de originales se cerrará el 5 de noviembre del año 2009. El fallo del jurado, inapelable, se hará público durante el primer trimestre del año 2010.