viernes, 24 de septiembre de 2010

Reseña: Hellblazer, de Andy Diggle

Hellblazer, de Andy Diggle.

Guión: Andy Diggle.

Dibujo: Leonardo Manco.

Reseña de: Matt Davies.

Planeta DeAgostini. Barcelona, 2009. Recopilación en tres tomos de la serie original John Constantine: Hellblazer, números 230 a 244 y 247 a 249 (USA) .

Que John Constantine es uno de los personajes del cómic –fuera del mainstream y del género superheroico– mas populares y mejor tratados es algo que casi cualquier lector sabe. Con guionistas como Jamie Delano, Mike Carey o el mismo Alan Moore y dibujantes como Mark Buckingham o Steve Dillon, parece que las desventuras del mago inglés exijan siempre un alto nivel creativo. Los últimos tres tomos, publicados en España por Planeta DeAgostini, recopilan el arco argumental desarrollado por Andy Diggle y Leonardo Manco, y no son, afortunadamente una excepción a esta regla no escrita.

Diggle, guionista norteamericano con unos cuantos cómics de éxito en su currículum, como Los Perdedores o la actual etapa de Daredevil, retoma a Constantine donde lo dejó la escritora escocesa Denise Mina. Después de la confusa etapa de Mina, con un protagonista que en ocasiones parecía difícilmente reconocible como el John Constantine al que estábamos habituados, Diggle tiene que lidiar con un Constantine más desesperado y cercano al abismo de la locura que nunca.

El problema con el que se encuentra Diggle es la constante necesidad de evolución de su personaje principal. Rompiendo sistemáticamente con la regla de oro del género superheroico de que “todo cambia para permanecer igual” (no hay que olvidar que los orígenes del personaje lo situaban dentro del universo DC, como partenaire de la Criatura del Pantano), el mago inglés madura, cumple años y gana arrugas. Esto bien puede suponer un problema al escribirlo, como bien lo atestiguan las etapas de Azzarello o de Mina. Constantine es un personaje tan bien definido, tan carismático y reconocible en sus actitudes y gestos que trastear con su personalidad y motivaciones, o tratar de experimentar con él en otros ambientes conducen invariablemente a que los lectores fieles se sientan estafados.

La habilidad de Diggle es tener siempre presente esta máxima. Constantine es Constantine, y eso implica fuerzas sobrenaturales y demoníacas, sangre y asesinatos, Londres y sus suburbios sucios y abandonados. El guionista sabe que, aunque este no es un personaje con el que pueda hacer borrón y cuenta nueva e ignorar lo anteriormente escrito, sí puede reconducir tramas, ajustar argumentos y personajes para que la vuelta a casa de Constantine no parezca demasiado forzada.

Los lectores nos encontramos con unas aventuras de Constantine con regusto clásico, que -al menos a mi- me han recordado a las primeras etapas de Jamie Delano. Diggle se esfuerza en regresar a los orígenes del mago de Liverpool, a los pubs y antros más perversos de Londres, donde anteriores aventuras del personaje se convirtieron en clásicos, y en recuperar a secundarios un tanto olvidados, devolviéndoles la importancia que tenían en anteriores etapas. Especialmente a Chas, que vuelve para ser el ancla de Constantine con la realidad.

En estos tres tomos, que recopilan del 230 al 249 de la serie –dejando de lado el paréntesis de los números 245 y 246, guionizados por Jason Aaron– Constantine está decidido a dejar atrás sus últimos años de locura y alcoholismo. Resuelto a enfrentarse a los demonios –literales– que acechan en el manicomio en el que fue internado, su camino se cruza con los de un corrupto lord inglés, un sanguinario mago africano y un enemigo de su pasado que se encuentra mas unido a él de lo que puede imaginar.

Diggle consigue que John Constantine vuelva a ser el mago de la clase obrera, el personaje cínico, egoísta y autosuficiente al que los lectores estábamos acostumbrados, y se aleja de derroteros existencialistas. Si bien es cierto que abusa un poco al tratar de atar todos los cabos sueltos que otros autores habían abandonado alegremente, su intento de unificar la historia de Constantine y darle coherencia a su compleja vida es loable, y los resultados son totalmente disfrutables por cualquier lector habitual de Hellblazer, y sirven como buen enganche para los nuevos.