lunes, 13 de septiembre de 2010

Reseña: Las puertas de la Casa de la Muerte

Las puertas de la Casa de la Muerte.
Malaz: el libro de los caídos 2.

Steven Erikson.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Solaris Fantasía # 78. Madrid, 2010. Titulo original: Deadhouse Gates. Traducción: Enric Tremps y Miguel Antón. 637 páginas.

Primero lo desagradable: conforme iniciaba la lectura, una mala sensación me perseguía. La prosa era farragosa, confusa en muchos momentos, con una mala redacción que incluye evidentes faltas de concordancia temporal verbal, el uso indiscriminado de comas detrás de un nombre y antes del mote, que no debería ir separados ―cada vez que aparece mencionado Ben, el Rápido parece que quiera significar otra cosa―, la traducción de The Claw por la Garra y de The Talon por las garras con la debida confusión, y un uso de localismos, totalmente válidos pero muy poco extendidos en el total del territorio español ―como «suco» por «jugo», una acepción que yo solo había oído utilizar a un amigo de Barcelona―. Según avanza la novela, a partir del primer centenar y medio largo de páginas estos fallos se van subsanando y la prosa se hace mucho más «legible» y fluida, al punto que situaciones que antes prácticamente habían parecido incomprensibles ahora son tan solo intencionadamente crípticas. Cuando el lector comprueba la existencia de dos traductores empieza a sospechar que uno de ellos no ha hecho del todo bien su trabajo o que algo ha fallado en el tema de la corrección.

Y ahora la novela en sí, aunque muchos de los comentarios de la misma hagan una referencia comparativa, inevitablemente, con la lectura de Los Jardines de la Luna.

Las puertas de la Casa de la Muerte es un libro sin duda exigente, donde el autor todavía tiene que encontrar un equilibrio entre la ingente cantidad de cosas que quiere relatar y la forma de hacerlo. Mientras va adquiriendo una voz propia, todavía se empeña en meter demasiados elementos en la narración, muchas tramas entrecruzadas y en algún caso confusas, muchos personajes, muchas ideas, sin pensar que «más» no siempre significa «mejor». De todas maneras, en relación con la anterior novela de la serie, cabe decir que ha mejorado mucho en este apartado, concretando el número de protagonistas principales a seguir; y aunque siga habiendo un montón de secundarios que entran y salen, demandando en parte su ración de atención, lo cierto es que el foco está mucho menos disperso que en la anterior, delimitando qué líneas son las más importantes, centrándose principalmente en cuatro de ellas, y cuales solo sirven al escenario, haciendo la acción más concreta y perdiendo menos al lector en caminos que no llevaban a ningún sitio. Esas cuatro líneas principales, y otra miriada de líneas menores, van cruzándose, interactuando entre ellas, uniéndose, discurriendo juntas un tiempo, separándose y volviéndose a reunir, dando una sensación de «conexión» que abunda en la idea de que todo está en cierta manera relacionado y que algo sucedido en una de las tramas muy bien puede ser vital para otra de ellas.

Hay veces en que el lector, con cierta confusión, se pregunta qué es exactamente lo que está sucediendo o a dónde quiere llevarlo Erikson, pero en esta ocasión no surge tanto de una enrevesada descripción o de una torpe plasmación de tantas ideas, sino de la intencionalidad del autor de mantener muchos detalles en la sombra para sorprender luego con su revelación ―llegando a reservarse temas, como ya hiciera en Los jardines de la luna, para próximas entregas― e incluso en los momentos de mayor incomprensión la emoción se encuentra garantizada. Falla en ciertos momentos el pulso narrativo, la intensidad, pero sin duda esta es una novela mucho mejor estructurada y desarrollada que la anterior.

Es precisamente en el tratamiento y retrato de los personajes donde se aprecia una mayor mejora. La caracterización es más hábil y profunda en los principales actores del drama que se está desarrollando ―no tanto en los secundarios―, utilizando por un lado a personajes «heredados» de Los jardines de la luna y creando otros nuevos para la ocasión. En ambos casos la profundidad psicológica, las reacciones ante lo que les sucede, su forma de actuar, su humanidad ―o falta de ella―están mucho mejor trabajados, dotándolos de una mayor dimensión e interés. Siguen «sobrando» algunos y al autor le falta todavía algo de pericia para encajarlos todos a la perfección en lo narrado cada uno con su propia voz, pero desde luego ya no se pierde tanto en vericuetos sin sentido ni saca a colación con alboroto a gentes que luego no hayan de participar en la acción subsiguiente.

Y a pesar de todo, o precisamente por ello, esta sigue siendo una novela densa, llena de detalles que no se puede perder de vista a fuerza de pasar por alto hechos de apariencia trivial que serán importantes muchas páginas después, que no explica dos veces sus intenciones exigiendo un plus de atención para disfrutar a tope de lo narrado.

Es de agradecer que dentro del cripticismo del que hace gala Erikson, se empiezan a conocer las respuestas a alguna de las preguntas que quedaban más colgadas en la anterior novela o de detalles que parecían faltos de coherencia, y que demuestran aquí que sí la tenían. Aprovecha el autor para darle la vuelta a algunas ideas preconcebidas que el lector se podía haber creado con la lectura de Los jardines de la luna, ofreciendo una nueva visión para sus acciones, modificando las simpatías tanto para bien como para mal. Se empieza a ver un esquema bajo ciertas acciones aparentemente absurdas o sin sentido, y algunos hechos cobran nueva relevancia bajo una nueva luz. Y es que, como ya sucediera en la anterior, todos los personajes de uno y otro bando parecen estar luchando por nobles valores según la óptica y la moral con la que se miren, y todos son capaces de las más rastreras bajezas para conseguir el «bien» que persiguen.

La acción en esta ocasión se traslada desde Genabackis hacia Raraku y las Siete Ciudades, retomando a algunos de los personajes de la anterior novela casi donde se quedara aquella. Con la intención de asesinar a la emperatriz, Kalam, Violín, Azafrán y Apsalar se embarcan en un periplo que les llevará por caminos muy alejados de los que ellos hubieran elegido conscientemente para llevar a cabo su misión. Separados por las circunstancias todos intentarán cumplir unos objetivos que muy bien pueden cambiar con las circunstancias en las que se ven envueltos.

Mientras tanto, el Imperio está, aparentemente, desmoronándose, sufriendo una serie de alzamientos que ponen en peligro su integridad. En el sagrado desierto de Raraku las tribus están esperando a que la vidente Sha'ik desate el Torbellino y dé paso con él a la profetizada rebelión que liberará sus tierras de la presencia malazana. Ante la innegable amenaza, Laseen pondrá al frente de sus tropas a Coltaine, un señor de la guerra que antaño se rebelará contra el propio Imperio antes de ser «absorbido» por el mismo alcanzando el estatus de puño imperial. A un tiempo, en la capital del Imperio, Laseen ha emprendido una purga de la nobleza local, condenando a la odiosa Felisin Paran, hermana del capitán Ganoes ―protagonista en buena parte de la anterior novela― y de Tavore, convertida en la consejera principal de la emperatriz, a una existencia de esclavitud y depravación en las minas de otataral, donde encontrará un reticente apoyo en sus compañeros de cautiverio, el bárbaro Baudin y el antiguo historiador y antiguo sacerdote expulsado de la orden de Fenner, el dios jabalí, Heboric.

Nuevos personajes, como los misteriosos Icarium (un inmortal Jaghut en busca de su memoria perdida) y su compañero Mappo (un trell de poderes extraordinarios embarcado en la misión de impedir que su compañero logre su objetivo), quienes guardan aparentemente unos terribles secretos que los atan el uno al otro, cruzarán sus caminos con alguno de los anteriores y con un buen número de los cambiadores de formas Soletaken y D'ivers que vagan por el desierto en busca de la senda de manos que les permita la ascensión, interfiriendo en sus respectivas búsquedas, enfrentándose entre ellos y llevando la desolación haya por donde pasan.

En esta novela de búsquedas, de viajes, donde todos los personajes se encuentran de alguna forma en transito hacia otro sitio, todo el tiempo en marcha hacia algún lugar ―que muchas veces no es precisamente al que querían ir―, el primer tercio largo de la novela le sirve a Erikson para situar a todos sus personajes en la posición en que desea tenerlos y para plantear el escenario en que han de moverse. Cuando ya los tiene en su sitio, desata el infierno. Y cabe decir que ninguno de los protagonistas ―principales y secundarios― tiene la vida garantizada y que unos cuantos caerán por el camino como no podría ser de otra manera vistas las situaciones en las que los sumerge el autor.

Lo cierto es que la parte de Felisin se hace un tanto pesada, árida como las tierras que atraviesan, y no solo por lo antipático del personaje, sino que se extiende demasiado con algunas vueltas tal vez innecesarias o evitables que fácilmente podrían haberse narrado con menos palabras; sin embargo, hay que aceptar este evidente exceso de páginas como tributo a través del que disfrutar de lo que ha de venir después, sobre todo del auténtico centro de la historia cuando Coltaine, junto al historiador Duiker, unos cuantos hechiceros de apariencia demasiado joven, millares de refugiados malazanos, los restos del 7º ejército y sus propios guerreros wickanos deberán emprender una marcha sin esperanzas a través del desierto, siempre hostigado por las tropas de las tribus sublevadas de Raraku y las Siete Ciudades, en una dramática «carrera» que será conocida como «la cadena de perros». Si el lector lo que busca es épica, no cabe duda que en esta desesperada huida hacia delante marcada por un reguero de sangre y cadáveres la va a encontrar en abundancia ―y cómo se llega a odiar a los nobles que van con ellos―.

En el muy largo periplo, con la acción extendiéndose durante meses, es obvio que existen periodos de calma que el autor se ahorra de narrar; sin embargo se producen algunos problemas con las elipsis y el paso del tiempo entre unas escenas y otras. La transición en ocasiones es demasiado brusca, no está bien explicada, saltando hacia adelante sin apenas indicación ―aquí entra en escena de nuevo la atención que el lector debe prestar en todo momento―, habiendo momentos en que pasa un buen periodo de tiempo sin que nada lo haya especificado, más allá del largo camino recorrido.

Las puertas de la Casa de la Muerte es, ya lo he dicho, una novela compleja, sin duda, con mucho en lo que fijarse y muchos personajes que seguir. Erikson sigue «pecando» de ambicioso, de querer abarcar demasiado, de ofrecer una historia tan grande que parece no caber en las páginas de un libro, pero sin duda va concretando, va cohesionando su mundo. Todavía se le nota un ansia por plagar la narración de detalles y datos algo excesivos, pero al fin y al cabo es una historia monumental la que nos está narrando, y eso se nota en el muy rico trasfondo de leyendas e historias, de razas y civilizaciones olvidadas que van surgiendo al paso de todos los protagonistas. Hay un mejor trabajo para transmitir ese enorme trasfondo de este mundo mediante las propias acciones de los protagonistas o lo que van encontrando a su paso y menos mediante la comunicación directa del autor, integrándolo mucho más fluidamente en las tramas. Por desgracia, dada la importancia dentro de la trama general, y al igual que sucediera en la primera, seguramente lo más decepcionante sigue siendo el uso, la definición y la aplicación práctica de las reglas de la magia. Las sendas y su utilización siguen sonando bastante confusas, desdibujadas, demasiado «adaptables» a lo que desea el autor en cada momento. Sin duda, algo en lo que todavía tiene que trabajar Erikson.

Es, pues, una lectura intensa, entretenida, que requiere mucha atención y cierta perseverancia, pero que a cambio da grandes satisfacciones. Una historia de sacrificio y entrega, de un heroísmo que trasciende el valor, de grandes batallas y pequeños enfrentamientos, de victorias y derrotas, de locos entrañables y de guerreros llevados más allá del honor y de sus convicciones, de traiciones esperadas e inesperadas, de luchas que dejan a un lado la esperanza, de amistades inquebrantables, de brutalidad y sangre derramada, de revanchas, de emocionantes escenas de acción, de razas inmortales y enormemente poderosas que aún así buscan más poder a costa de cualquier crimen, de intriga y misterios, de amistades inmortales, de personajes que enamoran y personajes que se hacen odiar, de maldad y altruismo, de desatadas magias exóticas, de cobardía y felonía sin redención, de épica, de lágrimas, de giros sorpresivos y revelaciones inesperadas, de dioses y de quienes pretender serlo, de lealtades variables, de perfidia, de sueños y anhelos... No es un libro «redondo», pero emoción desde luego no le falta.

El final de la novela da pie a la siguiente, con la alusión a una nueva y poderosa amenaza contra el Imperio y donde el lector se reencontrará con Whiskeyjack, los abrasapuentes restantes y seguro que algún otro de los protagonistas de estas dos primeras entregas. Ya solo quedan ocho libros (además de los escritos por Ian C. Esselmont) para la conclusión de la historia y mucho margen para mejorar aún más si cabe, mucho mundo por descubrir, mucha historia por conocer. Yo le pediría a la editorial que, por favor, además de la celeridad ya demostrada para ofrecer un par de títulos de la saga al año, se cuidara sobre todo la edición. Es preferible esperar un poquito más por un libro sin fallos, que una edición no todo lo cuidada que debiera haber sido. Malaz lo merece, sin duda.

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Reseñas de otros libros del autor:


Los jardines de la luna. Malaz: el libro de los caídos.

Memorias del Hielo. Malaz: el libro de los caídos 3.


1 comentario:

plared dijo...

Muy buen resumen de una de las mejores sagas escritas en la fantasia moderna, epica sucia o como quieran llamarla.

En mi opinion absorvente y aunque como muchos pareceis opinar dificil de seguir. Cosa que creo que pasa a la mayoria de las novelas de este genero, demasiados personajes y mundos complejos dificiles de recordar.Pricipe de nada o la propia cancion de hielo y fuego, adolecen del mismo defecto o virtud, segun se mire.

Por cierto lei los tres primeros y me parece de lo mejorcito publicado en los ultimos tiempos, saludos