miércoles, 8 de diciembre de 2010

Reseña: La torre de cristal

La torre de cristal.

Robert Silverberg.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría. Col. Solaris ficción # 135. Madrid, 2010. Título original: Tower of Glass. Traducción: Almudena Romay Cousido. 303 páginas.

Publicada originalmente hace ya cuatro décadas, en 1970, es esta una novela que se mantiene bastante actual; ya que a pesar de no reflejar ciertas tecnologías ya altamente extendidas en nuestros días y mostrar otras que, sin embargo, no han llegado todavía a desarrollarse, en su vertiente social La torre de Cristal sigue plenamente vigente. En algún momento de nuestro futuro, después de recibir un mensaje extraterrestre la Humanidad se plantea la necesidad de contestar al mismo. Simeon Krug, multimillonario hecho a sí mismo, sobre todo gracias al «invento» de las primeras personas artificiales o sintéticas, los androides, una mano de obra prescindible casi al nivel de la esclavitud, se postula como aquel que llevará a cabo la tarea e invierte buena parte de su fortuna en la construcción de una torre de proporciones descomunales, un inmenso acelerador de partículas lineal que rompa la velocidad de la luz, para enviar la contestación en forma de taquiones a las estrellas. Toda la trama, con diversas historias entrelazadas, gira en torno a esa construcción, a las ambiciones invertidas en ella, a los actores implicados en la tarea, en la fuerza silenciosa que levanta cada altura de la torre y en ese futuro de maravillas tecnológicas que oculta sin embargo una desilusión palpable y una insatisfacción vital que choca con la sociedad del bienestar en que se encuentran viviendo los protagonistas humanos.

Simeon Krug es una megalomaniaco personaje, que no duda en perseguir un sueño a pesar de todos sus costes ―económicos y sociales―, pero que no es consciente de lo que su invento de los androides conlleva más allá de su uso como materia prima deshechable. Su construcción de la torre de cristal, descollando por encima de la tundra artíca en un proyecto de ingeniería nunca visto, se encuentra a la altura de su ego desmedido. Cuando, inconsciente de la adoración de los androides, demuestre ser un dios con pies de barro, las consecuencias van a demostrar ser tan inesperadas como desastrosas.

El drama se va acentuando conforme crece la altura de la torre, la tensión va aumentando y se intuye la tormenta acercándose dispuesta a descargar su furia irracional sobre cualquier cosa que se ponga a su paso. La obsesión de Krug va alcanzando cotas irracionales en su ceguera por alcanzar sus objetivos, dando la espalda a la realidad social a la que sus inventos han dado lugar, desdeñando inconscientemente la adoración de sus humanos sintéticos y atrayendo la tragedia con sus decisiones. Krug no es un malvado, en absoluto, pero su maníaca carrera en pos de su sueño le llevará a supeditar cualquier otra consideración a la consecución de sus objetivos. Se siente predestinado a ser el humano que contacte por primera vez con los alienígenas y no escatimará absolutamente nada en sus esfuerzos de conseguirlo antes que nadie se le adelante. Su irracionalidad creciente, su cerrazón mental después de haber demostrado ser todo un visionario, es una de las fuerzas precisamente con las que chocará el proyecto, colocando piedras en su propio engranaje. Su inicial ilusión y empuje se convierte en arrogancia y prepotencia en una evolución magnífica del personaje.

Los androides, divididos en dos corrientes que a la postre buscan el mismo objetivo, su liberación del yugo esclavista de los humanos y la obtención de derechos como ciudadanos plenos, son a la vez las víctimas y los ejecutores del drama. Por un lado está la religión de Krug y por otro el movimiento político del Partido para la Igualdad de los Androides. Un tema profundo sobre el que reflexionar, no tan lejano como pudiéramos suponer. Sin duda, el que se trate de personas sintéticas, de los que el lector incluso asiste a través de alguno de los protagonistas, al proceso de fabricación, y no de humanos auténticos, puede llevar a observar el tema con cierto distanciamiento, pero es imposible obviar su importancia y no situarse de alguna manera del lado de los «oprimidos» y sus anhelos casi imposibles.

Hay otra multitud de temas desarrollándose en torno al eje central de la construcción de la torre, no solo el de los androides, sino por ejemplo el menos evidente, pero muy interesante, del hedonismo de esa sociedad humana que, liberada del yugo del trabajo, vive casi solo pendiente de su propia satisfacción, y que a pesar de contar con casi cualquier cosa que se pueda imaginar no puede escapar del aburrimiento. Un toque de reflexión sobre cómo el poseer no siempre trae la felicidad. Personificado en la figura del hijo de Krug, Manuel, y sus amigos, el hastío se convierte en razón de intrigas y desavenencias; el deseo de probar «cosas nuevas» en rebelión y rechazo al destino establecido. Cuando ya se tiene todo lo único que falta es lo prohibido.

La torre de cristal plantea de esta manera temas muy interesantes, desde esa idea de inicio tan tradicional de la ciencia ficción «clásica» de la posibilidad del contacto con una civilización extraterrestre y la forma de comunicarse entre inteligencias tan a priori dispares, a la teleportación instantánea para viajar a cualquier parte de la Tierra y lo que eso supone en el desarrollo de una sociedad nueva, la tecnología del intercambio de mentes con fines de mero entretenimiento, la fabricación de una mano de obra complaciente como los androides, la creación «espontánea» de una religión, la lucha por los derechos de los desfavorecidos..., aunque todos quedan en un segundo plano ante la faraónica obra de ingeniería que supone edificar una construcción de mil quinientos quilómetros de altura que sirva para enviar una potente e instantánea señal al espacio para contestar al indescifrable mensaje recibido desde Acuario. El alzamiento de la Torre, y más adelante el desarrollo de la paralela misión espacial con la fabricación de una nave que viaje al encuentro de los extraterrestres, ocupa todo el trasfondo de la novela, con continuas visitas a la tundra ártica para controlar la creciente altura de la babélica obra, desencadenando prácticamente todos los dramáticos hechos de la trama.

Sin embargo, llegado el lector a las últimas páginas y desencadenada toda la inevitable tragedia, decir que la novela termina bruscamente es quedarse como mínimo un poco corto. La verdad es que el libro no es que termine, es que se despeña. Salvo el destino de la propia Torre de Cristal ―que hay que reconocer al fin y al cabo que es lo que da título a la novela― todos los demás temas planteados quedan irresolutos, dejando en el lector una absoluta sensación de falta de conclusión. Silverberg había planteado demasiadas ideas interesantes y las deja prácticamente todas en el aire, demasiadas preguntas para que sea el propio lector quien las responda o se quede con la duda. Hay que reconocer, no obstante, que esta es una obra ágil, breve, agradable y que plantea de forma amena grandes temas sobre los que reflexionar. Quizá sea una novela algo menor dentro de la obra general del autor, pero deja un buen sabor ―si obviamos la falta de resolución de tantos temas― al terminarla. Sin duda, cumple a la perfección el objetivo de la ficción especulativa de entretener al tiempo que hace reflexionar.

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Reseña de otras obras del autor:


Roma eterna.



2 comentarios:

Andoni dijo...

"La torre de cristal" es una de las obras maestras de Silverberg. Una de tantas, como "El hombre en el laberinto", "Espinas", "Tiempo de cambios", "El mundo interior", "Las máscaras del tiempo", "Muero por dentro", "Regreso a Belzagor",etc, etc, etc. Estaría bien que alguíen (Luis G. Prado sería el editor ideal) publicara alguna de las novelas inéditas del autor de su período más potente, entre 1967 y 1976. Uno se cansa ya de tantas reediciones.
Un saludo

Santiago dijo...

No me atrevería yo a tanto como a decir que sea esta una de las obras maestras de este autor, pero sí que merece la pena.

Coincido eso sí en que merecería mucho la pena la publicación de las obras inéditas de Silverberg (y menos reediciones), aunque creo haber leído que La Factoría tiene pensado ir recuperando alguno de esos títulos.

Saludos