domingo, 18 de diciembre de 2011

Reseña: Los reinos rotos

Los Reinos Rotos.
Trilogía de El legado 2. 

N.K. Jemisin.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Col. Fantasía. Barcelona, 2011. Título original: The Broken Kingdoms. Traducción: Manuel Mata. 335 páginas.

Segunda entrega de la trilogía iniciada con Los cien mil reinos, aunque una trama totalmente independiente —a pesar de la aparición de forma muy secundaria de ciertos personajes de la primera entrega— hace que no se pueda considerar estrictamente como una secuela de aquella. Ha pasado una década después de los sucesos que cerraban el anterior libro en la ciudad de Cielo, ahora el Árbol del Mundo cobija bajo sus ramas la ciudad de Sombra, en cuyas plazas, calles y callejones brilla la magia y la presencia de los hijos de los dioses para asombro de todos los visitantes. Oree Shoth, auto exiliada de su empobrecida tierra, artista ciega y vendedora de baratijas, tiene la capacidad de observar ese brillo a través de sus velados ojos; dotada de grandes dones para la pintura, sobrevive sin embargo vendiendo recuerdos a los peregrinos de las nuevas religiones. Cuando encuentra al lado de su casa, entre basuras, a un hombre al borde de la muerte y le da cobijo en su hogar, su piedad la va a introducir de golpe en un cruel mundo de intrigas y asesinatos. La aparición del cadáver de uno de los semidioses en el callejón que se encuentra detrás de su puesto de artesanía va a desencadenar toda una serie de sucesos que la van a colocar sin desearlo en el centro de una conspiración de alcance incalculable.

Con un estilo narrativo similar al de la novela precedente, la historia de Los reinos rotos se desarrolla en forma de confidencia «oral», en primera persona, a modo de conversación o de monólogo en el que de vez en cuando la protagonista y narradora interpela directamente al espectador —o a un oyente inidentificado—, relatando los sucesos en que se ve envuelta, haciéndole partícipe de sus secretos, aclarándole ciertos hechos que habían quedado en la oscuridad previamente o simplemente compartiendo  los sentimientos que imperaban en su ánimo en determinados pasos del camino. Un estilo que permite gran cercanía con la protagonista, aunque contradictoriamente hace que quienes hayan leído la anterior novela sepan más de lo que está sucediendo que ella misma. Así, la identidad de su taciturno acompañante pronto se hace evidente para el lector un poco atento, pero no para ella, lo que le supondrá meterse en un buen número de situaciones incómodas y peligrosas.

De forma similar a lo que le sucediera a Yeine en Los cien mil reinos, Oree es protagonista involuntaria de hechos de la mayor importancia, ignorante de muchas de las reglas del juego en que se ve embarcada y de las circunstancias con las que tiene que lidiar. No obstante, más allá de esto, ambas protagonistas son muy diferentes, tanto en personalidad como en procedencia. Perteneciente a los estamentos más bajos de la sociedad, bordeando el umbral de la pobreza, la artista se encuentra casi en el polo opuesto de la sociedad que la princesa Yeine, algo que no va a impedir no obstante que la atención de los poderosos, tanto humanos como divinos, recaiga sobre ella y sobre sus actos.

Con una trama de alguna manera «menor» en escala, más limitada en tiempo y lugar, mucho más local aunque tenga repercusiones en todo el mundo, que la de su novela predecesora, Los reinos rotos es una novela de fantasía con un importante componente de misterio e intriga, con una trama que se desenreda de forma casi «detectivesca» con la investigación de unos asesinatos imposibles —¿cómo es posible que alguien haya matado a unos seres inmortales?—, la búsqueda del o los asesinos y el intento de desentrañar sus motivaciones ocultas, si es que existieran. Una historia donde nadie es realmente quien dice ser, incluso la propia Oree escondiendo ante todo el mundo sus dones, donde las apariencias engañan y la traición pende a la vuelta de la esquina.

Un relato cuyo telón de fondo ya había sido perfilado en la anterior novela, pero que aquí adquiere —más que nada en torno a la «nueva» ciudad de Sombra— mayor textura y profundidad, dotando a la narración de unas descripciones de las que adolecía la anterior. Libre de presentar el mundo y la ambientación general, con las redes políticas y sociales ya establecidas, la autora se dedica a profundizar en lo ya existente, explorando las consecuencias que los sucesos acaecidos hace una década han acarreado a parte de sus habitantes y consiguiendo una identificación mucho más satisfactoria con los personajes. En un  momento de grandes cambios, Sombra se muestra como un lugar en transición entre el pasado fragmentado y un futuro en construcción, un crisol donde se funden las nuevas tendencias religiosas, donde todavía se siente el autoritarismo teocrático de la doctrina del culto de Itempas, pero empieza a abrirse paso con fuerza la adoración a sus hermanos y a alguno de sus hijos, donde los humanos buscan un nuevo equilibrio para sus creencias y donde la verdad de lo sucedido todavía no ha calado, produciendo una feliz ignorancia. Surge, inevitablemente, la intolerancia, el fanatismo y las disputas sobre la preponderancia de alguno de ellos sobre los demás...

Jemisin ofrece así una fantasía con una lejana inspiración mitológica grecolatina, con reminiscencias de los mitos del Olimpo, con un panteón «principal» ciertamente más reducido —y que en esta ocasión hace poco acto de presencia—, con unos dioses inmortales y enormemente poderosos, pero llenos de defectos muy «humanos», irascibles y caprichosos, volubles e impredecibles, que han desperdigado a su prole entre los mortales, dispensando a diestro y siniestro sus favores desentendiéndose luego de sus efectos. En medio de ellos, los humanos no parecen sino simples juguetes, meras piezas en sus intrigas y en las de sus ambiciosos seguidores, algo que no todos están dispuestos a aceptar con resignación.

El final de la novela, después de mantener un ritmo suave durante la mayor parte de la narración, se acelera conforme se suceden las revelaciones y se acerca la resolución del misterio. El cierre a modo de epílogo, buscando quizá en exceso el efectismo sentimentaloide por medio de una decisión inevitable y un sacrificio demasiado obvio, deja un regusto agridulce entre la tristeza y la alegría que, a pesar del carácter auto conclusivo de la novela, invita sin duda a esperar la pronta publicación en español del cierre de la trilogía: The Kingdom of Gods. Estaremos esperando.

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Reseña de otras obras de la autora: