martes, 13 de noviembre de 2012

Reseña: El jinete de la onda del shock

El jinete de la onda del shock.

John Brunner.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Col. Gigamesh ficción # 47. Barcelona, 2012. Título original: The Shockwave Rider. Traducción: Antonio Rivas. 335 páginas.

La editorial Gigamesh recupera una obra vital para entender la ciencia ficción como herramienta de proyección pausible del futuro, en este caso con un libro, que muchos han considerado un proto cyberpunk, que adelanta la existencia de una red similar a nuestra Internet o de hackers con otro nombre. El jinete de la onda del shock viene a refrendar el carácter predictivo del género —siempre acusado, y con cierta razón, de no haber visto venir desde lejos el desarrollo informático—, con la descripción de una red de datos que alcanza a toda la población y a la que se accede mediante terminales telefónicos. La novela, publicada originalmente en 1975, años antes del Islas en la red de Sterling o del Neuromante de Gibson, se queda ciertamente corta al dejar fuera muchos detalles que podemos palpar ya hoy en día y, sin embargo, quizá no tanto en lo tecnológico —que también—, sino en lo sociológico, se encuentra de terrible actualidad. Brunner augura una red informática que conecta todo el país —todo el mundo, en realidad, aunque el autor circunscriba la acción al territorio de los EE.UU.—, cubriendo prácticamente al total de la sociedad, con el gobierno trabajando en las sombras, hurtando la información a sus ciudadanos y trabajando o apoyando proyectos secretos para hacerse con los mejores cerebros no siempre para los mejores fines.

Huyendo precisamente de la «conspiración», Nickie Haflinger ha vivido los últimos seis años bajo diferentes personalidades después de haber conseguido escapar de Tarnover, un centro donde reclutan e instruyen a jóvenes super dotados intelectualmente para convertirlos en la élite del mañana, pero donde no es oro todo lo que reluce. Ahora el cerco se ha cerrado sobre él, y mediante una serie de interrogatorios y confidencias el lector va a poder conocer todos los hechos que le llevaron a escapar y a la peliaguda situación en que se encuentra en la actualidad.

Lo primero que llama la atención, desde luego, es todo el apartado de la implantación de la red global, y sus peligros, con la creación de «gusanos», auténticos virus informáticos aunque no reciban tal nombre, que permiten al protagonista «cabalgar» la información y borrar cualquier rastro de sus anteriores encarnaciones, dotándose a la vez de nuevas personalidades; al tiempo que los mismos programas, o similares, pueden dedicarse a recopilar cualquier tipo de dato personal u oficial que pulule por la máquina con fines no siempre lícitos. La trama sugiere así el aviso de la «fragilidad» del sistema, de su posible perversión, donde se restrinja el acceso a ciertas áreas por parte de organismos interesados, donde se sustituye al hombre por la automatización, y al bienestar y supuesta eficacia por la dependencia de lo informático.

Preguntas inquietantes: ¿Cuantos datos, desconocidos para el propio individuo, circulan por la red al alcance de aquellos con los medios necesarios, dispuestos a hacerse con ellos y utilizarlos en su favor? ¿Cuántos secretos al alcance de ojos indiscretos? ¿Cuántas verdades que deberían ser del dominio público? ¿Cuánto saben los gobiernos, las multinacionales o grandes corporaciones, las agencias de publicidad..., sobre cada persona y su intimidad, sus compras, sus gustos, sus hobbies...?

Pero, como en otras de sus grandes obras, todo ello podría ser la excusa de Brunner para profundizar en toda una serie de temas de evolución sociológica como prospección del futuro. Ya en 1975, el autor aboga por un mundo globalizado, de movimiento incesante, donde nadie puede echar raíces y lo más normal es cambiar de localización y trabajo cada poco tiempo. Con una sociedad que ha «creado» el shock de la personalidad, tan cercano al estrés y las depresiones que son un mal endémico en nuestros días. Una sociedad que propugna una feroz competencia, casi darwiniana, sin piedad por los que se quedan descolgados por la falta de oportunidades. Un mundo en continuo cambio, acelerado, que deja atrás a quienes no se actualizan o no tienen acceso a los recursos. Un mundo de pastillas frente a la ansiedad, frente a la paranoia, frente a la propia sociedad que genera unas necesidades tan artificiales como difíciles de alcanzar. Un mundo de desarraigo, donde no existe ningún sentimiento de pertenencia a una comunidad, a una familia, con relaciones breves y efímeras, superficiales, sin compromiso profundo.

A la cuestión, vital, del control de la información, de los secretos, de la corrupción de los políticos y su intento de perpetuarse en el poder, une Brunner cantidad de temas interesantes. La revolución de los ciudadanos, indignados, luchando por una serie de derechos y libertades de las que han sido despojados sin que apenas hayan sido conscientes de ello, engullidos por la vorágine en que se ha convertido la vida moderna. Los experimentos genéticos para modificar la inteligencia de ciertos animales, la manipulación médica. La indefensión de la población ante las grandes catástrofes naturales, imposibles de prever o impedir, y con resultados tan demoledores. La experimentación con nuevos asentamientos con una base ecológica, energéticamente eficaces, con nuevas formas de relaciones ciudadanas... Y bajo todo ello subyace la pregunta central de hacia dónde se dirige la humanidad como especie, dónde queremos que nos lleve el futuro, dónde vamos a trazar las fronteras entre el progreso, el bienestar, la seguridad o el estado.

Así, es muy importante la diferenciación que tan acertadamente introduce Brunner entre la acumulación de conocimientos y la auténtica sabiduría, entre el bien común y el de unos pocos privilegiados, entre cambiar el mundo hacia una sociedad mejor, más equitativa, y el mantenimiento de un status quo injusto. 

A través de la peculiar y muy característica forma de narrar del autor, con gran cantidad de capítulos de duración enormemente variable —desde una sola línea a unas cuantas páginas—, cambiando el foco y el narrador, el libro mantiene un ritmo decidida y deliberadamente lento —incluso resultando algo farragoso o pesado en ocasiones puntuales—, no exento de emociones. Un «lento, pero seguro» que camina, no obstante, con paso firme —por más que de unos cuantos rodeos en torno al tema— hacia la resolución de su tesis, y al planteamiento de un «mensaje» final que deja en manos de sus lectores convertir en optimista o pesimista.

Una novela entretenida en sí misma y con una enorme carga reflexiva, todo un «clásico» prospectivo al que echar mano cuando se acuse a la ciencia ficción de sus fallos predictivos, contrarrestándolos con los aciertos de esta obra tanto en lo tecnológico como en lo social. Brunner ofrece al lector, desde el pasado, un espejo deformado en que ver la actualidad del mundo, a la par que propone una serie de recetas un tanto curiosas, cuando no abiertamente utópicas, con el que hacerle frente. Muy interesante.