viernes, 16 de noviembre de 2012

Reseña: Las tres lunas

Las tres lunas.
Bajo la hiedra, libro II.

Elspeth Cooper.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Col. Fantasía. Barcelona, 2012. Título original: Trinity Rising. Traducción: Miguel Antón. 447 páginas.

Continuación de la novela Bajo la hiedra —cuyo título ha sido adoptado curiosamente para nombrar a toda la serie en lugar del mucho más gráfico y adecuado La caza salvaje—, el lector se va a encontrar ante un ejemplo clásico del síndrome del libro central de una trilogía, presentando y continuando diversas líneas, con mucho movimiento de «piezas», pero sin concretar o definir ninguna de ellas. Las tres lunas es un libro de «transición», aunque con suficiente entidad en sí mismo, a pesar de que en realidad tan solo sea un «trozo» de algo mayor. Siguiendo los derroteros al gusto de la actual Fantasía, y con un planteamiento más ambicioso que en su debut, Cooper ofrece un numeroso elenco de personajes, con muchos puntos de vista para desarrollar la acción y con muchas localizaciones distintas donde hacerlo. Hay una evidente mejoría en la prosa y en el tratamiento de la trama, con una más satisfactoria resolución de muchas situaciones, una mayor dosificación del misterio, y un pulso narrativo mucho más firme. No es decididamente épica, ya que no se decanta por grandes batallas o espectaculares combates —alguno hay, no preocuparse—, pero sí abundan la emoción, las aventuras... y buenas dosis de peligro, magia y sangre.

El protagonismo inicial recae sobre Teia, una joven de los Crainnh, el clan Lobo de las gentes de la Tierra Rota, que posee el poder del canto aunque lo mantenga en secreto debido al temor que le inspira Ytha, la cruel mujer, portavoz del clan, que habría de convertirla en su aprendiz y guiarla en los caminos de la magia. Paralelamente, la autora retoma la figura de un viejo conocido como Savin, en un papel más de primera línea, recuperando desde su óptica hechos ya narrados en la anterior novela, solapándose temporalmente parte de la narración actual con lo sucedido en aquella; algo que permite a Cooper situar cronológicamente el relato de Teia en la mente del lector mientras se superpone a lo ya leído. Así, en el proceso de establecer la trama se toma el lujo de no hacer aparecer como protagonista a Gair hasta prácticamente la mitad del volumen, cuando por fin ambas historias convergen temporalmente —que no geográficamente, ya que eso es algo que no va a suceder en esta entrega— y empiezan a discurrir en paralelo. Esto le permite también no limitarse a «mover sus piezas» de un lugar a otro sin más, sin avanzar realmente —algo de eso hay—, sino a plantear una parte de la historia nunca vista, asentando nuevas bases para lo que ha de venir más adelante.

Seguramente debido a esa cualidad, el libro se siente un tanto inconexo con lo anterior y entre las diversas líneas o subtramas que no llegan a confluir en ningún momento. La ausencia de una estructura definida de presentación, nudo y desenlace hace que, de alguna manera, se sienta cierta falta de definición en algunos momentos, pero eso es precisamente lo que lo convierte en una obra muy rápida, que no frenética, de leer: el salto de un arco argumental a otro no da respiro ni permite que se pierda el interés, avanzando con un ritmo muy constante, conciso, sin rodeos pero sin prisas, y pasando de un personaje a otro sin demoras innecesarias, escenas intrascendentes o que no aporten algo a la historia.

Así, la autora aprovecha también para añadir profundidad a su mundo y al relato, añadiendo personajes nuevos y haciendo moverse la acción a través de los territorios de un Imperio que parece llegado a un punto de fractura, desde el frío norte donde los clanes podrían unirse de nuevo después de centenares de años al abrasador desierto del sur donde se fragua el fanatismo religioso que amenaza con desencadenar una guerra. Casi en segundo plano, pero no por ello con menos interés, se muestran pequeños atisbos de tierras «míticas» como Astolar o el bosque de Bregorin. Y como ya se ha visto, se profundiza en la situación histórico - política de las diversas tierras, dando cuenta de la inestable situación del desértico y tórrido sur, con ese culto fundamentalista que odia a todo lo extranjero, especialmente a la Iglesia, con los primeros brotes de violencia —y que recuerda profundamente a los enfrentamientos entre cristianos y sarracenos en nuestra Tierra Santa—; o con la complicada situación del Imperio en el gélido norte, donde las desguarnecidas fortalezas de las montañas pueden ser testigos del renacer de la amenaza de los clanes.

Hay líneas, sin embargo, como la de Ansel y sus movimientos en pos de reformar ciertas reglas de la Iglesia, o la de Tanith en su regreso al hogar y el intento de que Astolar no se aisle del resto del mundo, o la de Duncan y sus compañeros vigilando las frías montañas, que se antojan demasiado secundarias —es un tanto frustrante que no profundice más en tramas que se anticipan muy atractivas—, aunque es de suponer que su desarrollo es algo que se reserva para siguientes entregas. Hay además otros personajes nuevos, a priori muy interesantes, que casi desaparecen al poco de aparecer.  La parte del león, es obvio, se la lleva la trama de Teia en el norte, acompañando al ambicioso y brutal Drwyn en su camino para convertirse en jefe de jefes, y declarar la guerra a los «hombres de hierro» con la intención recuperar las tierras que les fueran arrebatadas hace mil años a sus antepasados. Una tarea para la que no dudará, por consejo e insistencia de su portavoz Ytha, en invocar el poder de la Hueste Feérica —la Caza salvaje del título original de la trilogía— y sus poderosos mastines, desencadenando en el mundo fuerzas que quizá sean muy difíciles de controlar.

Se podría considerar, desde cierta óptica, que Las tres lunas mantiene un enfoque decididamente feminista, en un sentido positivo de la palabra, al presentar mujeres fuertes y de firmes convicciones, que dejan su huella en los que las rodean, de una forma verídica al no salirse del papel que una sociedad de factura medieval como las que nos ocupa les tendría reservado. Teia, una mujer valiente, dotada de grandes dotes «mágicas», antepone su conciencia a su comodidad, y su decisión de ayudar a la gente, en general, le va a meter en más de un problema. Tanith va a tomar partido por los humanos ante la cerrazón del resto de la Corte Blanca, enfrentándose a su propia gente, superando más de un desafío y rechazando el peso de la tradición. Incluso la tendenciosa y desagradable Ytha, la portavoz Crainnh, en su papel de consejera, es una mujer fuerte y decidida a pesar de lo despreciable de sus ambiciones; una mujer que impone sus decisiones sin escrúpulos y se coloca por encima de los hombres que ostentan nominalmente el poder sin miedo a usar los dones que el canto que fluye en su interior —la magia en este mundo— le otorgan para obtener sus fines personales.

Los hombres, sin embargo, no salen demasiado bien parados; e incluso Gair pierde mucho de su anterior atractivo aquí como joven atormentado por la pérdida de su amor, con el corazón roto y lleno tan solo con el anhelo de venganza. Los planes del joven de enfrentarse a Savin van a chocar frontalmente con las intenciones de Alderan, manipulador donde los haya, en su búsqueda de la semilla estelar, colocando en la balanza las necesidades personales frente a un inaprensible bien común.

Pero donde la autora más clara deja esta dicotomía es en la  machacona insistencia de inicio —quizá deseando dejar bien claro que está escribiendo fantasía «adulta»—, en remarcar el despreciable carácter de los personajes «malvados» del relato a través de la gráfica repetición de escenas de degradación, violencia y abuso sexual sobre las mujeres de su entorno, a las que usan como meros objetos. La ausencia de otros recursos que lleven a la rápida construcción de la personalidad de este tipo de personajes, hace que los mismos suenen demasiado a cliché recurrente y a la falta de herramientas literarias en el haber de la autora que hubieran podido caracterizarlos adecuadamente, mostrando su negro corazón sin tanta repetición de un único y desagradable elemento —y no me quejo tanto de su utilización, como de la reiteración del mismo y del abuso fácil de un recurso rápido que le libra de la búsqueda de otros caminos menos transitados—. Algo, por otra parte, que no impide disfrutar en absoluto con la historia, o historias, que se están narrando.

Y después de un  buen número de aventuras, de idas y venidas, de situaciones complicadas, de encuentros inesperados, de aliados sorprendentes y enemigos despiadados, de promesas por resolver y misterios por desvelar, la novela se cierra con diversos cliffhangers llenos de tensión y preguntas, sin cerrar realmente ninguna subtrama, y que hurtan de alguna manera la sensación de clímax final que hubiese dejase algo terminado. Pero, como queda claro al pasar la última página, esta no es una novela independiente dentro de una serie mayor, sino una parte, central, de una única historia dividida en varios volúmenes. De hecho, la tercera parte, The Dragon House, está anunciada —en inglés— para el segundo semestre de 2013, y se rumorea que los planes de la autora se han extendido a un cuarto libro. Así que toca esperar, y la espera se puede hacer muy larga, aunque esperemos que no tanto como en el caso de otras series que supongo todos tendremos en mente.

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Reseña de otras obras de la autora:

    Bajo la hiedra.
 

3 comentarios:

Librosyliteratura.es dijo...

Hola! Soy César, miembro del blog Librosyliteratura.es y queríamos hacerte una propuesta literaria para "Cuaderno de Lectura" ¿Puedes mandarnos un mail de contacto a blogsymedios@librosyliteratura.es ?
Muchas gracias

Librosyliteratura.es dijo...

Hola de nuevo:
Al escribirte he cometido una errata. Donde puse "Cuaderno de lectura" quise decir "Sagacomic". Las prisas me han jugado una mala pasada. Sorry! :D
Saludos

Yago dijo...

No pasa nada, se sobreentendía en el mensaje ;-)

Ya te he enviado un privado y quedo a la espera de la propuesta.

Saludos