jueves, 20 de diciembre de 2012

Reseña: El Vivo

El Vivo.

Anna Starobinets.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Nevsky Prospects. Madrid, 2012. Título original: Живущий. Traducción: Raquel Marqués García. 382 páginas.

1984. Un mundo feliz... El Vivo. Salvando tiempo y espacio, una larga cadena de firmes eslabones une a aquellas grandes distopías con el libro que nos ocupa. Un futuro totalitario, aparentemente perfecto, pero con grandes sombras, donde se va a desarrollar una compleja intriga, sirve a la autora como perfecto vehículo para la crítica social y la denuncia de ciertos regímenes políticos que solo buscan perpetuarse en vez de buscar activamente el bien de sus ciudadanos. Un muy interesante e ilustrativo prólogo de Julián Díez abre con acierto el volumen y pone en antecedentes, tanto históricos como literarios, la obra, remarcando algunos de los puntos destacables de la misma que no conviene pasar por alto. Aventura, distopía, thriller político y de intriga, cyberpunk, realidad virtual, redes sociales, post catastrofismo, denuncia ecológica y social, entomología... y mucho espacio para la reflexión.

Tras La Gran Reducción, una pandémica enfermedad que arrasó con gran parte de la Humanidad, ya fuera directamente o por los disturbios y crímenes que se produjeron a su amparo, en un futuro indeterminado, lejano pero que sin embargo mantiene ciertos puntos de contacto con el presente, la Tierra se encuentra poblada por tres mil millones de habitantes, que son los que conforman el número de El Vivo Eterno —y no tres billones como se ha escapado en la traducción de contraportada—. La muerte no existe. Cuando un individuo entra en la pausa —cinco segundos de oscuridad—, vuelve a encarnarse como un bebé que recibe el mismo código determinado e intrasferible del «pausado». En torno a este ciclo vital se ha establecido un rígido sistema político y social, mediante un férreo control de la existencia de los individuos, que ha creado un nuevo orden mundial que ha hecho del determinismo su razón de ser. A los siete años a todos los ciudadanos se les implanta un dispositivo, conocido como el Socio, que les permite acceder a las diversas «capas» de información virtual en torno a los que estructurarán su existencia. A todas luces se trata de un sistema, en apariencia, perfecto y feliz.

Por eso todas las alarmas se disparan cuando lo imposible tiene lugar y aparece un nuevo código, o más bien un individuo que carece del mismo: Cero. Su mera existencia lo cambia todo, y las autoridades no saben demasiado bien cómo enfrentarse a una situación que entra en contradicción con todo lo establecido como dogma incuestionable y lanza un torpedo a la línea de flotación del propio sistema. Encerrado en un «reformatorio» y sin haber sido conectado al Socio, y por tanto sin poder acceder a la red global que todos a su alrededor dan por sentada, Cero se convierte en un paria, una persona fuera de la sociedad, incapaz de comunicarse como todos los demás, salvo en un nivel muy básico, pronto va a empatizar con los más desfavorecidos entre sus compañeros de encierro. Su existencia va a convulsionar, por su mera presencia, todo el sistema poniendo su misma existencia en peligro.

La autora juega abundantemente al despiste, al engaño cómplice con el lector, dando por sentadas cosas que luego se revelan totalmente diferentes, cambiando constantemente el punto de vista y volviendo sobre sus pasos cuando es necesario. La virtualidad tiene enorme importancia, porque quizá no todo lo que se ve sea tan real como sus protagonistas piensan, porque quizá haya manos insospechadas manejando los hilos, porque quizá lo que en un primer momento recibe un nombre conocido en realidad describe a algo muy diferente de lo que se entiende hoy día. Toda la trama está estructurada a modo de varios conjuntos de muñecas rusas, que se mezclan además con piezas intercambiables, historias dentro de historias que de repente mudan de rostro y muestran una dirección inesperada. Las mismas «capas» son ejemplo de ello, más difusas contra más profundiza el usuario alejándose de la «realidad» física, la primera capa, despreocupándose de la existencia material, de los bienes y posesiones, del aspecto personal, de las relaciones no virtuales —el sexo carnal es una mera obligación reproductiva, algo sucio, mientras que el placer se reserva para una capa o «programa» especial, Luxuria, donde todo lo imaginado es posible—...

La identidad, tan importante en un mundo donde la población ni aumenta ni disminuye, tiende sin embargo a difuminarse y al final nadie conoce tangiblemente a nadie. Todos pueden esconderse tras su avatar, convirtiéndose en aquello que deseen ser sin tener que preocuparse de su verdadero aspecto. Los policías, «planetares», permanecen siempre en el anonimato, incluso en la primera capa, escondidos tras máscaras de espejo, sin mostrar nunca al mundo su auténtico rostro, impersonales, implacables, sin dejar entrever sus sentimientos ni dejar que nadie sepa quién son realmente.

Starobinets describe una sociedad altamente estructurada y dirigida, con inflexibles reglas, con todos los detalles regulados y muy poco espacio para la libertad o el libre albedrío. Desde su «renacimiento» todos los habitantes están predestinados a ser lo que fueron, con muy pocas opciones de auténtico cambio, dado el historial que contiene cada código y las cartas que aquellos que van a la pausa escriben a sus futuro «yo» explicándoles lo que han sido anteriormente. No es una auténtica inmortalidad —de hecho, ni siquiera es el tema principal de la novela—. No es que exista una transferencia directa de memoria o de recuerdos, y no es obligatorio que el individuo continúe en el mismo puesto o profesión que ejerciera anteriormente, pero sí existe una evidente promoción de la continuidad favorecida por el sistema como una forma más de control. El Vivo decide en cada encarnación donde vivirá cada individuo, en qué trabajará, cuándo deberá acudir a la pausa... Las elecciones tangibles de una persona son en realidad más bien pocas.

Los ciudadanos, la mayoría de ellos, son felices con el Socio, que les permite desde la comunicación entre ellos vía «chat» hasta el disfrute del ocio tanto «televisivo» —con dos series obligatorias entre las que elegir— como el  «relax» con juegos virtuales en Luxuria o la diversión proporcionada por el FrikTube. Se trata en definitiva de un dispositivo del que dependen para cualquier aspecto del día a día, monitorizando incluso la salud en todo momento, y del que no se puede escapar, ya que si alguien se desconecta voluntariamente a los 40 minutos vuelve a conectarse sin darle opción. No hay lugar para buscar la soledad, ningún sitio donde el sistema no te controle, ni forma de escaparse de la rueda de vida, pausa y reencarnación. Los individuos son inmortales de facto, y como tales están condenados en cierta forma a vivir siempre su rígida existencia.

Y allí destacan los desamparados, los perdedores, la basura que se esconde debajo de la alfombra, condenados a vivir en guetos miserables y a realizar trabajos degradantes. Gentes que, dado el sistema de códigos predeterminados, difícilmente van a escapar de su situación. Así, los que antaño fueran criminales son encerrados directamente desde su nacimiento, culpables de un delito hereditario, sin darles ninguna oportunidad de desarrollo personal o de cambio en su vida, convirtiéndolos en auténticos retrasados mentales encerrados de por vida.

Es esta una sociedad sin ancianos, sin enfermos, sin familia ni amor por los niños —hasta el punto de considerarlo un grave delito— ni auténtica libertad. Una sociedad policial, inmovilista, condenada al estancamiento, dirigida por una cúpula privilegiada, que guarda celosamente su poder, incluso transgrediendo sin pudor las reglas que ellos mismos impulsan y obligan a cumplir a sus ciudadanos.

Starobinets lleva las redes sociales, con todas sus virtudes y todos sus peligros, a su máximo exponente, con toda la población conectada de forma permanente y relacionándose preferentemente de forma virtual hasta llegar a no saber interactuar correctamente en persona, habiendo incluso desarrollado una jerga derivada de palabras sacadas directamente de los chats. Sin embargo, con todo el mundo conectado se antoja que el lenguaje empleado en la narración para comunicarse de forma casi telepática habría evolucionado algo más que el formato de correo electrónico o los listados de opciones utilizados por la autora.

El vivo es una muy interesante distopía, que invita a disfrutar de los recovecos de la historia a través de un llamativo ejercicio estilístico —y, sin tener ni idea de ruso, de una buena traducción, que no chirría en ningún momento—, llenando el texto de transcripciones de chats, de documentos oficiales, de interrogatorios, de descripciones directas, de diálogos... que dan enorme variedad al texto. La autora utiliza diversos puntos de vista en primera y tercera persona, dotando a la trama de unos cuantos giros bruscos pero no forzados, con tantas capas de lectura como niveles tiene el Socio, para ofrecer una denuncia obvia de los totalitarismos, del color que sean, y de los gobiernos despóticos, que se revelan tan injustos aquí como siempre en nuestra realidad, con los dirigentes abusando de su posición y buscando perpetuarse en su cima. Pero también, y como complemento o apoyo de lo anterior, de la manipulación del lenguaje, de la anulación del individuo al ser sumergido en la masa aborregada, de la lucha contra la tiranía, del «elegido» y de los peligros de los «iluminados», del derecho a elegir, de los peligros de las redes sociales y la inmersión virtual lejos de la realidad, y de la necesidad de la muerte. La novela es una descarnada crítica social de todas las injusticias y de las discriminaciones dentro de un estupendo thriller de intriga y misterio. Sin duda, una lectura subyugante.