miércoles, 23 de enero de 2013

Reseña: La espada maldita

La espada maldita.
Los Assassini, acto 1.

Jon Courtenay Grimwood.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alianza editorial. Col. Runas. Madrid, 2012. Título original: The Fallen Blade. Traducción: Dimitri Fernández Bobrovski. 446 páginas.

Es esta una novela que mezcla hábilmente fantasía oscura e Historia alternativa situando el relato en una Venecia renacentista, a principios del siglo XV, dirigida por la familia Millioni, descendientes del célebre viajero y comerciante Marco Polo. Los cambios con nuestra propia realidad histórica pronto se hacen evidentes, aunque el autor establece un interesante «juego» con sus lectores desvelando con parsimonia el status quo de su narración. Quizá la principal diferencia sea la presencia en sus calles —y canales— de una buena cantidad de seres sobrenaturales: hombres lobo —krieghund—, brujas —stregoi—, magos-alquimistas, ¿vampiros? En el año 1407 la Serenísima República se encuentra en la cima de su poder dominando gran parte de las rutas comerciales del Mediterráneo. Sin embargo, el duque Marco III ha fallecido dejando en el poder a su hijo Marco IV, un niño conocido como el Simplón, quien debido a su edad y su aparente cortedad mental, gobierna bajo la regencia de su madre Alexa y su tío Alonzo. Diversas potencias se enfrentan por la hegemonía y por conseguir la supremacía sobre las demás. En Europa bizantinos y alemanes, y en el norte de África los mamelucos, disputan por hacerse con algo del poder de Venecia. Complots e intrigas afloran por doquier, y en el centro de alguno de ellos se va a encontrar, sin quererlo ni haberlo decidido, cierto joven con sorprendentes habilidades que terminará convertiéndose en un aprendiz de asesino.

El intento de huida de lady Giuletta, prima del Duque, ante un destino que considera insoportable, va a desencadenar una serie de acontecimientos que tendrán enormes repercusiones en el futuro de diversas naciones. La fuga termina pronto, en una emboscada que desencadena un baño de sangre en medio del enfrentamiento de los Assassini de Atilo il Mauros, jefe de los asesinos de Venecia, y los krieghund —hombres lobo— del Imperio Alemán, dirigidos por el príncipe Leopold zum Bas Friedland, hijo ilegítimo del emperador germano. Mientras tanto, el registro de un barco mameluco por parte del capitán Roderigo de la Dogana —la aduana veneciana— va a llevar al descubrimiento de un joven amnésico encadenado dentro de un mamparo del casco del navío, y su particular huida y supuesta muerte va a hablar a las claras de una particular naturaleza.

Aunque ya desde el principio se hace evidente que este no es un libro de Historia con elementos fantásticos, sino que el autor utiliza el escenario y alguno de sus elementos, permitiéndose gran número de licencias, «anacronismos» y libertades para hacer emocionante la aventura, lo cierto es que Courtenay refleja con detallado verismo la vida tanto de los poderosos como de los desposeídos dentro de Venecia, una ciudad muy peligrosa en todas sus esferas. En cada página es palpable el juego de la supervivencia, mostrando hasta qué punto son capaces de llegar ciertos individuos para mantenerse un día más en su lugar por miserable que sea, por ocupar su cuota de poder rapiñando por conseguir unas migajas más... Y lo cierto es que la ambigüedad moral de la mayoría de los implicados hace difícil que se sienta simpatía por ninguno de ellos, y si alguien empieza a mostrar sentimientos demasiado humanos es seguro que pronto vendrá alguien a arrancárselos.

Muy pronto empieza el juego de la política, los pactos a varias bandas, las conspiraciones, las traiciones, las envidias, los raptos, complots, crímenes, celos románticos... Es de lamentar, eso sí, cierta falta de sutileza en los «maquiavélicos» planes de los que persiguen el poder, sobre todo de los que más arriba están, pues en demasiadas ocasiones las intrigas son presentadas a «martillazos», sin el necesario suspense y retorcimiento. Y es que hay en la narración, sobre todo en su primer tercio debido a la acumulación casi abrumadora de elementos y la gran cantidad de sucesos, ciertos momentos y decisiones que se sienten algo confusos, precipitados, atropellados o poco meditados.

El relato avanza, desde un inicio en un punto ya álgido y acelerado, y mediante capítulos no demasiado extensos, de forma rápida —a veces demasiado—, saltando de un personaje a otro apenas sin descanso, dejando a algunos atrás para recuperarlos sólo mucho más tarde. Se producen así ciertos saltos temporales inadvertidos, dejando en sombras ciertos actos, días y meses, hurtando al lector muchas explicaciones, pero ganando sin embargo mucha agilidad en un relato sin tiempos muertos. El autor se mete de lleno en la acción, presentando personajes y escenario sobre la marcha, sin descansos ni exceso de descripciones para poner a los lectores en situación, tanto del presente como del pasado. No obstante, tiene el gran acierto de ir haciendo aflorar todo el trasfondo mediante la acción de los personajes, llenando todos los huecos y ofreciendo una gran imagen general. Sin embargo, esta estructura narrativa de estilo fragmentado, corre el riesgo en ciertos puntos concretos de encallar cuando lo que debía hacer es fluir con más suavidad —y explicaciones—.

El autor introduce con acierto cómplice gran cantidad de «homenajes» a las obras de ShakespeareOtelo, El mercader de Venecia, Romeo y Julieta, La tempestad...—, algunos más evidentes que otros, tanto en pequeños detalles de la trama como en el desarrollo de ciertos personajes, sin dejar que se apoderen del relato ni entorpezcan la narración, y lanzando guiños, como un juego, a los lectores para que encuentren todas las referencias. Hay, como no podía ser de otra manera con estos referentes, cierta tensión romántica en varias relaciones más atormentadas que felices, triángulos llenos de celos, amores no correspondidos, trágicos, y otros simplemente imposibles. Y, por supuesto, escenas de sangrienta tortura o muertes violentas —en ocasiones ciertamente excesivamente «gráficas»—; muchos conflictos, intrigas políticas, conspiraciones, magia...

La espada maldita posee una atmósfera pseudo histórica muy conseguida, con los elementos fantásticos bien introducidos, que roza la ucronía en su juego de presentar una Venecia gobernada por los descendientes de Marco Polo. Una novela en que están pasando muchas cosas a un mismo tiempo, lo que la dota de un ritmo ciertamente celérico que no abandona nunca el entretenimiento, aunque a veces por eso mismo pueda pecar de confusa. Termina con una gran batalla —no diré cómo se llega a ella, pero los lectores atentos a los vaivenes de la narración y a los «actores» implicados en la política del Mediterráneo, es fácil que lo intuyan con anticipación—, en un momento álgido, que tanto cierra varias líneas como deja mucho en el aire para la continuación. Es esta una novela entretenida e intrigante que, más allá de ciertos defectos puntuales, ofrece muchas promesas para lo que ha de venir.