sábado, 19 de enero de 2013

Reseña: Terra Nova

Terra Nova, volumen 1.
Antología de ciencia ficción contemporánea.

VV.AA. Selección de Mariano Villarreal y Luis Pestarini.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Sportula. Gijón, 2012. Edición digital [epub]. 326 páginas.

Mariano Villarreal Literatura fantástica— y Luis PestariniCuásar— ejercen de seleccionadores de una ambiciosa antología de relatos con la intención de dar una amplia muestra de la ciencia ficción más actual. Resulta difícil calificar una obra dedicada a la literatura especulativa más canónica que se abre con un —maravilloso— relato perteneciente de facto al género hermano de la fantasía contemporánea. Así, rotos los esquemas de buen principio, la sorpresa está garantizada. Los seleccionadores dan una amplia visión de lo que se está escribiendo en la actualidad, tanto en español como en inglés, incluyendo aportaciones de ambos lados del charco y traducciones bien elegidas de cuentos punteros del mercado anglosajón. Ya desde la portada, de Ángel Benito Gastañaga, se intuye una intención exquisita, plenamente profesional, de no dejar nada al azar ni a la improvisación, que se confirma ante la declaración de intenciones que es la Presentación de los antologistas.

El volumen se abre, como ha quedado dicho, con un relato de fantasía, “El zoo de papel” —The Paper Menagerie—, de Ken Liu, merecedor de los premios Nebula de relato corto 2011, Hugo de relato corto 2012 y World Fantasy de relato corto 2012, habiendo sido a su vez finalista de los premios Locus de relato 2012 y Theodore Sturgeon Memorial 2012. A través de una conmovedora y sentimental historia, el autor habla de las relaciones familiares, del desarraigo de aquellos que se sienten diferentes en su entorno, de la renuncia a las raíces culturales como forma de integración. Todo ello dotado de un toque de realismo mágico en forma de maravillosos animales de origami a los que una esposa, de origen oriental y trasladada a los EE.UU., insufla vida con su aliento para acompañar los juegos de su hijo, un niño que no parece saber lo que tiene hasta que lo pierde. Es esta una historia triste, muy evocativa, real y emotiva, que pone tan alto el listón que se hace difícil juzgar al resto de relatos bajo su mismo baremo. Por suerte, es de fantasía, así que se le puede poner en un saco aparte.

Y después de un inicio tan fuerte, le toca el turno a “Deirdre”, de Lola Robles, un drama amoroso innecesariamente alargado. Un intento de vuelta de tuerca bajo un prisma decididamente feminista sobre el recurrente tema de los androides «de compañía», la auto conciencia artificial, los derechos que deben recibir y los sentimientos que pueden llegar a desarrollar hacia sus «amos». Bien escrito, pero con poca «chicha» original, aprovecha la autora para hablar de la soledad, del fracaso sentimental, de la homosexualidad... Al final se antoja que el relato no es más que una interesante «anécdota» a la que le hubiera hecho falta cierta concreción para haber sido un relato más consistente.

Le sigue “Recuerdos de un país zombi”, de Erick J. Mota, sorprendiendo con una muy acertada denuncia social del estado cubano a través de una historia de zombies realmente atípica, y atractiva. La picaresca y la forma de buscarse la vida, la persecución política en la isla, la burocracia..., reflejados con cierta sorna y mucha ironía. Busca una óptica científica del problema zombie que afecta a todo el planeta, de la búsqueda de un suero que convierta en inofensivos a estos seres, pero al final es tan solo la excusa necesaria para ofrecer una lectura de crítica social tan real y descarnada, como divertida.

“Enciende una vela solitaria”, de Víctor Conde, es un relato intencionadamente críptico y «experimental», aunque lo más simple sería llamarlo tan solo «confuso», para nada lo mejor que he podido leer de este autor, y que le hace un flaco favor de cara a quien lo lea por primera vez. Parecer ser una crítica o denuncia a la proliferación y abuso de las redes sociales que anulan la voz propia de cada individuo..., pues vale.

Por suerte a continuación el lector se encuentra con “Cuerpos”, de Juanfran Jiménez. Una delirante y divertida historia de cambio de cuerpos —o de mentes— en un futuro distópico en que los acaudalados pueden disfrutar de un nuevo tipo de turismo sin «moverse» de casa, transfiriendo su conciencia a cuerpos distantes, de un lado a otro del charco. Jiménez ofrece un trepidante thriller en el que  problema surge cuando el transferido es un fugitivo que huye tanto de la policía como de su antiguo capo, y las cosas terminen tan enredadas que se vuelven casi frenéticas. Traiciones, intentos de asesinato, estafas, turismo sexual, conspiraciones, corrupción política y policial... y otras muchas cosas hacen de este relato una lectura muy entretenida, aunque quizá peca de quedarse demasiado en la superficie y no profundizar en las inmensas posibilidades del intercambio de cuerpos del planteamiento inicial.

En “Un día sin papá” —A Day Without Dad—, de Ian Watson, el autor británico propugna un futuro en el que las personas tienen la posibilidad de «descargarse» las personalidades de sus familiares más cercanos, genéticamente emparentados, en su propia mente. La difícil convivencia de dos conciencias en un mismo cuerpo, aunque una de ellas tan solo sea un «pasajero», fuerza situaciones incómodas y nuevas formas de enfrentar el devenir diario. La falta de intimidad, las relaciones familiares, la posibilidad de una inmortalidad de facto... Intenso y muy acertado, como toda buena ciencia ficción obliga al lector a echar una mirada sobre su propio entorno y cuestionarse ciertas «verdades» de su día a día y de las relaciones con aquellos que le rodean y con los que convive.

“Memoria”, de Teresa P. Mira de Echeverría es un emotivo relato situado en el escenario de la colonización de Marte, terraformación mediante, dando voz a los que se oponen a la misma, a través de una historia de amor con derivaciones adelante y atrás en el tiempo, paradojas incluidas. Una ciencia ficción «poética» que auna los sentimientos con los escenarios exóticos de otro planeta y que habla de nuevas formas de relaciones familiares, de expandir la mente y no quedarse anclado en los prejuicios establecidos durante años y años. No termina, sobre todo en su final, de funcionar del todo, pero presenta imágenes enormemente poderosas y fascinantes.


Cierra el volumen de forma espectacular —en el fondo, no tanto en la forma— el «plato fuerte» de la antología, tanto por extensión como por interés: “El ciclo de vida de los objetos de software” —The Lifecycle of Software Objects—, de Ted Chiang, relato ganador de los premios Hugo y Locus y finalista del premio Nebula, todos ellos de novela corta 2011. Una muy bien desarrollada historia que incide en la obsolescencia de los objetos y que se come, por su extensión casi de novela corta, buena parte de la antología. Ted Chiang, hasta el momento autor tan solo de un puñado de cuentos, demuestra que prosísticamente las distancias más largas se le atragantan un poco, haciendo gala de un estilo bastante sencillo y un tanto aséptico que, sin embargo, no hace mella en la magnífica bondad del relato y su contenido, llegando éste a implicar totalmente al lector en lo que se está narrando. A través de la interacción con unos avatares informáticos en entornos de realidad virtual, el autor consigue hacer que uno se encariñe con una mascota digital, un programa al fin y al cabo. Mediante el seguimiento de un puñado de los diseñadores / amos de estas mascotas, con todos sus problemas para mantenerlas en funcionamiento, ofrece una mirada a las relaciones entre éstos y los seres casi inteligentes que viven en mundos de software que permite al autor reflexionar sobre las relaciones entre los propios humanos y sus reacciones ante ciertas circunstancias extraordinarias de la vida.

Terra Nova es una antología que hace de la variedad su bandera. Ofrece un amplio abanico temático dentro de estas ocho propuestas, corriendo el riesgo de no dejar contento del todo a nadie, pero satisfechos a todos. Es una brillante muestra de la ciencia ficción actual, desde una perspectiva más «humanista» que de ideas puras, desde la óptica de lo que la tecnología y el devenir futuro va a influir en las personas más que en los avances en sí mismos como motor de las narraciones, una especulación más social, más de proyección del presente en busca de respuestas o aventuras, que cientifista —no es necesario saber nada de neurología para disfrutar de Cuerpos, de robótica para hacerlo de Dreirde o de informática o software para sumergirse en la trama de El ciclo de vida de los objetos de software—. Algo que hace la antología mucho más «asequible» al público general —o mainstream, según cierta terminología—, pero que deja fuera corrientes o subgéneros más «especializados» —space opera, hard, el propio steampunk al que remite la magnífica portada...— de la actual ciencia ficción, aunque lo cierto es que, como tampoco podría caber todo, la apuesta por el aperturismo resulta plenamente acertada. Apoyándose en un inicio y un final realmente sobresalientes, el volumen mantiene en —casi— todo momento un interés muy alto. Ojalá el proyecto, nacido con intención de perdurabilidad, se asiente y podamos ver, no solo el siguiente volumen ya confirmado para finales de 2013, sino muchos más en el futuro.