domingo, 27 de enero de 2013

Reseña: Última misión: Margolia

Última misión: Margolia.
Alex Benedict 3.

Jack McDevitt.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

La Factoría de Ideas. Col. Solaris ficción # 171. Madrid, 2012. Título original: Seeker. Traducción: Beatriz Ruiz Jara. 319 páginas.

En la nueva entrega de la serie dedicada a glosar las aventuras del «anticuario» Alex Benedict y su «socia-ayudante» Chase Kolpath, tras Un talento para la guerra y Polaris, una pequeña taza de plástico con el dibujo de un águila y una inscripción en un idioma desconocido va a ponerles sobre la pista de un descubrimiento de proporciones inimaginables. Como es habitual en las obras de McDevitt se inicia así un periplo que llevará a la pareja protagonista, sobre todo a Chase, a recorrer diferentes enclaves de diversos planetas y a viajar al espacio profundo en busca de respuestas. Un space opera con un atractivo misterio por resolver y invalorables tesoros por encontrar, un thriller de intriga y aventura lleno de sentido de la maravilla, que para seguir ofreciendo ese sabor a ciencia ficción clásica típica del autor evita ciertos escollos de la realidad, mientras por otra parte incluye detalles de física espacial que, sin llegar a sumergir la novela en el hard, ayudan a consolidar el misterio, dotando de verismo a la trama.

El ofrecimiento para que compren la citada taza, de procedencia un tanto dudosa y aparentemente sin valor, va a propiciar una inicial investigación que descubrirá que el idioma que aparece en la frase impresa en la misma está escrita en una lengua largo tiempo muerta: el inglés. Esa frase y la imagen del águila podría encerrar la respuesta a un misterio que tuvo lugar 9000 años en el pasado de los protagonistas y que desde entonces permanece sin respuesta, el destino de un grupo de colonos de la vieja Tierra que, huyendo de la tiranía teocrática que imperaba entonces en los antiguamente llamados Estados Unidos de américa, quisieron dejar todo atrás y fundar una colonia, remota y aislada del resto del espacio humano, que se llamaría Margolia.

McDevitt factura, como es habitual en él, una intriga llena de misterio, acción, y grandes escenarios galácticos. Con un tesoro de incalculable valor en juego, es de suponer que sus rivales no se van a quedar quietos, sobre todo cuando parece que alguien les está espiando y anticipándose a expoliar los «yacimientos» que esperaban descubrir gracias a arduas investigaciones. Además, parece que en las sombras alguien está decidido a que las intenciones de Alex y Chase no lleguen a buen puerto, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, estando dispuesto a matar para que el misterio no sea resuelto.

El autor ha imaginado para la ocasión una historia mucho mayor que la de su antecesora Polaris, tanto en lo temporal como en su implicación social, ofreciendo un misterio más grande, e interesante. La colonia de Margolia se ha convertido con el tiempo, 9000 años desde que partiera la expedición colonizadora, en una Atlantis mítica, en una quimera que muchos expertos dudan siquiera que fuera real; algo que hermana la búsqueda con la de Heinrich Schliemann en pos de encontrar las ruinas de Troya.

Una investigación «arqueológica» en busca de desenterrar cualquier dato que pueda proyectar algo de luz sobre el misterio de los margolianos, presentada de forma casi detectivesca con una factura clásica, de ir uniendo los puntos de forma lógica, más intelectual que de acción, yendo de A a  B donde se consiguen los datos para poder llegar a C y sucesivas etapas, recopilando cualquier brizna de información, rastreando en viejos archivos, en museos remotos, en ignotas fuentes, en recuerdos familiares, luchando contra la burocracia y el inmovilismo...; sin evitar eso sí ciertos callejones sin salida, retrocesos y pasos atrás, aunque incluso cuando una pista se revela falsa o improductiva hay justificación para algunos saltos intuitivos que permiten que el tema no se atasque.  De hecho, aparece en determinado momento un evidente deus ex machina que hace avanzar de nuevo la investigación —aunque, no obstante, quizá no debiera recibir ese nombre, pues está anticipado casi desde el principio— cuando parecía abocada al fracaso. La trama está salpicada de ciertas revelaciones sorprendentes, de viajes fascinantes —incluso a una sociedad alienígena conocida como la de los mudos en el espacio Assiyyur—  y unas buenas dosis de acción y peligro, que la dotan de emoción e impiden el riesgo de que el relato pueda caer en la monotonía.

Como en las anteriores obras, Alex Benedict es el cerebro y Chase la acción, moviéndose de un lado a otro, cambiando de planeta incluso, en pos de seguir la más mínima pista que puedan encontrar. En demasiadas ocasiones Alex queda en las sombras y la auténtica protagonista —como quizá no podría ser de otra manera al estar el libro narrado en primera persona desde su óptica— es su «ayudante», quien hace todo el trabajo duro, le saca en muchas ocasiones las castañas del fuego y realiza tareas mucho más allá de sus obligaciones.

A través de una extrapolación un tanto irónica de nuestro presente McDevitt introduce una velada crítica a la situación «histórica» de la Tierra y de la Humanidad en general, de los totalitarismos, las guerras, las desigualdades, la superpoblación y la pobreza. Aparecen a lo largo del relato ciertas situaciones que muestran aparentes incongruencias que, sin embargo, terminan justificadas a la vista de los sucesos y explicaciones finales. Lo más llamativo, quizá, sea que la Humanidad de ese muy lejano futuro en realidad es básicamente como la actual pero con mejor tecnología y naves espaciales, algo que McDevitt parece justificar mediante la existencia de ciertas edades oscuras, de estancamiento e, incluso, involución social que han impedido un mayor desarrollo o saltos como la tan pronosticada singularidad. Así, la IAs no dejan de ser meras herramientas muy útiles para el pilotaje de las grandes naves espaciales, pero desde luego no participan de ese futuro salto evolutivo que las aparte de la Humanidad. O los «avatares» de personalidades futuras, tan útiles para conocer su experiencia vital en ocasiones, no comportan ningún tipo de inmortalidad.

McDevitt ofrece, una vez más, una aventura galáctica muy de la «vieja escuela». Algo bueno si se disfruta de este tipo de ciencia ficción, con el sabor de los clásicos, pero que puede tirar para atrás o llegar a saturar a ciertos lectores que busquen otro tipo de especulación. Combina una space opera muy actual, pero que sin embargo bebe de las fuentes del género del siglo pasado, y donde el autor demuestra una vez más que flojea en la construcción de sus personajes, pero que domina a la perfección el misterio galáctico, la fascinación por lo desconocido y la investigación «arqueológica», aportando datos astrofísicos sobre las enanas marrones, los planetas errantes, los agujeros negros... que de alguna manera aportan mucho verismo a la narración.

Como las precedentes entregas, Última misión: Margolia ofrece una historia completa e «independiente», aunque sea muy recomendable haber leído los antecedentes antes de leerse ésta. Con una prosa sencilla, muy fácil de seguir, el lector va a encontrar una obra típica de este autor —que eleva, no obstante, algo el listón respecto a alguna de sus anteriores novelas—: misterios por desvelar, ideas fascinantes, escenarios galácticos, aventura y riesgo, amor por el pasado, tesoros por descubrir, peligrosas intrigas, secretos que sacar a la luz...

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Reseña de otras obras del autor:

    Odisea.

    Omega.