jueves, 28 de febrero de 2013

Reseña: El constructor de árboles

El constructor de árboles.

Chris Howard.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Col. Ciencia ficción. Barcelona, 2013. Título original: Rootless. Traducción: Miguel Antón. 333 páginas.

Es ésta una novela de aventuras en un futuro post hecatombe, afín al género distópico, y con un trasfondo de fábula medioambiental; un eco thriller de acción que por medio de la aventura quiere avisar de los «peligros» del futuro. Un relato «hermanado» con títulos como Puro de Julianna Baggott, El corredor del laberinto de James Dashner o, por supuesto, la muy famosa trilogía de Los Juegos del Hambre de Suzanne Collins... A través de un mundo asolado tras una indefinida catástrofe, polvoriento, cruel, ajado, empobrecido hasta el extremo, donde la supervivencia es dura y toda la biodiversidad ha muerto, un joven protagonista tendrá que luchar por alcanzar su sueño, por imposible que se antoje, venciendo todos los contratiempos. El constructor de árboles es una novela que se podría adscribir fácilmente en ese «grupo» que se ha dado en llamar literatura para un público adulto-jovenYoung Adults en su original inglés—, aunque en realidad le sobra —como seguramente a todas aquellas— la calificación por edades.

En su debut novelístico Howard plantea un escenario donde todos los cultivos han desaparecido, víctimas de unas voraces plagas de langostas que se han adaptado para ser resistentes a todo lo que les echen y que ahora, después de haber acabado con el resto de flora y fauna del planeta, se alimentan de la única fuente que les queda: la carne humana. Sólo el maíz transgénico de una compañía llamada Gentech, manipulado para que las langostas no puedan alimentarse de él, pervive, convirtiéndose en el bien más preciado que pueda existir.

Muchos son los factores que han llevado hasta allí. En el pasado tuvo lugar una  que dio paso a veinte años de Oscuridad, tras la cual pudo verse que la Luna se encontraba más cerca del planeta y las mareas habían cambiado, convirtiendo los mares en innavegables debido a brutales y casi perpetuas tormentas y modificando el clima hasta el extremo. El mundo ha cambiado radicalmente, y la acción se sitúa, supuestamente, en algún amplio territorio de los antiguos EE.UU., apenas reconocible, cercado por el sur por un muro de altura infranqueable, por el norte por un infierno de lava, y por este y oeste por las violentas aguas de los océanos que erosionan las ahora abruptas costas, desmenuzándolas y provocando habituales derrumbamientos y corrimientos de tierras al no haber ya vegetación enraizada en ellas que las sujeten.

Para recordar la belleza de la naturaleza y ocultar un tanto la triste aridez del mundo en el que viven, los ricos que aún pueden permitírselo encargan construir con chatarra «bosques» que parecen compuestos por el recuerdo de árboles de navidad, leds incluidas, que de alguna manera colmen la añoranza de un pasado mejor. A sus 17 años, Banyan es uno de esos constructores de árboles, y en su más reciente encargo, un tatuaje excepcionalemente realista sobre la piel de una enigmática mujer, le va a poner  sobre la pista de una leyenda que habla de la existencia de un lugar, Sión, donde podrían encontrarse los últimos árboles vivos. Sin saber si la leyenda es cierta o se trata tan sólo un mito, y empujado por las circunstancias, el joven va a iniciar una búsqueda a través de múltiples peligros. Piratas de la carretera a lo Mad Max, mercenarios al servicio de la malvada mega corporación y agentes independientes que sólo buscan su propio provecho van a cruzarse en la consecución de su objetivo, haciendo que su propia vida sea puesta en juego en numerosas ocasiones.

A través del relato en primera persona de Banyan, el lector va a ir descubriendo —con las lógicas limitaciones de los conocimientos propios del protagonista, centrado en su pequeña parcela del mundo, sin saber nada de lo que pueda estar sucediendo en otros lugares remotos— un futuro nacido de la manipulación genética tanto en la naturaleza como en los propios seres humanos, y donde el único cultivo que sobrevive es ese maíz transgénico con el que se elaboran unas «palomitas» para microondas con las que se pueden cocinar alimentos de diversos sabores o obtener biocombustibles, cosas ambas que sólo puede comercializar la compañía que lo ha desarrollado, dotándose así de un enorme poder.

En este contexto el protagonista-narrador es un adolescente que ha tenido que crecer demasiado rápido en circunstancias muy adversas. Ha tenido que vivir solo, desde la desaparición de su padre en extrañas circunstancias, y buscarse las «palomitas» con su ingenio y habilidad. El mundo de Banyan es un mundo sin esperanzas, insostenible a la larga, necesitado de un  rayito de luz que ilumine el futuro, una razón para seguir sobreviviendo un poco más en tan adversas y deprimentes condiciones. A pesar de cierto maniqueísmo en todo su mensaje medioambiental —naturaleza buena, intervención humana en los asuntos naturales mala, pero que muy mala— lo cierto es que Howard consigue no sonar dogmático al transmitir su personal opinión mostrando los efectos sobre su mundo y evitando convertir en un sermón el relato.

Haciendo gala de una prosa muy dinámica, de párrafos muy cortos, diálogos directos y acción bien narrada, aunque por eso mismo pueda dar cierta sensación de apresuramiento en determinados momentos, como de pasar de una situación a la siguiente con un exceso de prisa, el autor construye una emocionante novela de aventuras post apocalípticas llenas de riesgo, intriga y peligros, con un toque de romance que no interrumpe la acción y de pequeñas dosis de lo que se podría considerar un inocente erotismo. El periplo de Banyan y los compañeros que van a irse uniendo a su búsqueda no va a ser un camino precisamente fácil, y la muerte y la violencia acechan en cada recodo. Las alianzas son inestables, propiciando extraños lazos y traiciones... ¿inesperadas?

Con el evidente mensaje ecologista, el autor hace una extrapolación extrema de algunas cosas que se pueden ver en nuestro presente —la más clara, los cereales transgénicos— para ofrecer una visión de un futuro estremecedor. Sin embargo, en su propio «extremismo» se encierra tal vez el principal defecto de la novela, dado el desconocimiento de cómo se ha llegado realmente hasta allí, lo inverosímil de que exista una única mega compañía de biotecnología que lo domina todo sin rival alguno, y la cuestión de lo «viable» que sería un mundo que depende de un único producto para la subsistencia de la especie.

Y es que el trasfondo, dependiendo en todo momento de los conocimientos propios del narrador, Banyan, queda un tanto desdibujado e inexplicado, sobre todo en la forma en que se ha llegado a ese estado de cosas. ¿Qué llevó a la hecatombe y qué fue lo que sucedió? ¿Qué motivó la Oscuridad? ¿Quién y cuando construyó el muro del sur? ¿Qué hay al otro lado? ¿cómo se erigió Gentech en amo y señor de todo lo conocido? ¿Por qué se solapan tecnologías que hoy día ya están extintas —¿Una máquina de fotos tipo «polaroid»? ¿De veras?— con otras totalmente novedosas?... Muchas preguntas que esperemos obtengan respuesta en las siguientes entregas.

Y es que a pesar de que El constructor de árboles se cierra en un momento idóneo, que abre nuevos horizontes pero deja resuelto la trama principal de la novela, sin cliffhangers ni líneas abruptamente cortadas, lo cierto es que tan sólo estamos ante la primera entrega de lo que será una anunciada trilogía. Una fábula ecologista vestida de aventuras juveniles que marca un entretenido debut a la espera de ver cómo se mantiene la historia.

2 comentarios:

Juan Manuel Morales dijo...

Gracias por vuestra critica. A mi El constructor de árboles me parece absolutamente necesario y esperanzador. Es mi libro del verano. Me ha hecho muy feliz.

Santi dijo...

Muchas gracias a ti por leernos y comentar.

Me alegra de que te gustase el libro, a ver si hay suerte con las continuaciones ;-)

Saludos