jueves, 14 de febrero de 2013

Reseña: Una oscura obsesión

Una oscura obsesión.
El aprendizaje de Víctor Frankestein.

Kenneth Oppel.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alfaguara. Madrid, 2013. Título original: This Dark Endeavour. Traducción: Vanesa Pérez-Sauquillo. 339 páginas.

Es difícil que alguien no conozca la historia del doctor Víctor Frankestein y el «monstruo» al que dotó de nueva vida. Pero, ¿qué fue lo que le llevó a intentarlo siquiera? ¿Qué sucesos modelaron su carácter para convertirlo en el «científico» que buscaba traspasar incluso los límites de la ciencia y de la vida? ¿Cómo fue su juventud, cuáles eran sus sueños, de dónde vinieron sus obsesiones? Oppel se sumerge en la juventud de Víctor para ofrecer una «precuela» a la novela de Mary Shelley, Frankestein, en clave alquímica y aventurera, en los años en que se estaba forjando su personalidad madura. Tomando los datos de la original, el autor se toma ciertas libertades, habiendo una en concreto que chocará bastante a quienes tengan fresco el libro de Shelley y, sin embargo, el final va a conseguir hacerlo encajar bastante bien todo. No es este un libro de terror, pero contiene más que suficiente alquimia, proto-ciencia, aventura, acción, romance, envidias, engaños, traiciones y suspense como para no echar en falta los sustos.

A sus dieciséis años, Víctor y su hermano gemelo Konrad, viven con desahogo en el castillo de su padre, un importante magistrado de la ciudad de Ginebra, compartiendo juegos y estudios con sus otros dos hermanos, su prima Elizabeth y su mejor amigo Henry. La vida les trata bien, hasta que Konrad cae preso de una desconocida enfermedad que le postra en cama presa de la fiebre y que no parece responder a ningún tratamiento. Poco antes y de forma accidental, el trío había descubierto en un pasadizo del castillo familiar una cámara secreta que ocultaba una biblioteca de prohibidos temas alquímicos y esotéricos, y así en la mente de Víctor arraigará con fuerza la idea de que sólo un misterioso Elixir de la Vida descrito en uno de los libros allí depositados puede sanar a su hermano, de modo que convencerá a sus amigos a enfrentar cualquier peligro que salga a su paso para conseguir reunir los ingredientes que les permita preparar la poción.

Narrado en primera persona, en la voz de Víctor, la relación de los dos hermanos refleja a la perfección la dicotomía entre el amor desinteresado y la envidia por lo que Víctor cree que Konrad obtiene sin merecerlo y sin aparente esfuerzo. Los celos, la rivalidad, el vínculo irrompible, la amistad que surge por encima de todo, el arrepentimiento por unos sentimientos mezquinos que no se pueden evitar: Víctor se encuentra en continua lucha consigo mismo sumido en sentimientos contradictorios. Al final, su oscura obsesión está dispuesta a arrastrar a todos los que le rodean con tal de obtener el objeto de sus deseos, desgarrándole en cierta manera, pero sin desfallecer en su empeño.

Mientras el protagonista principal está caracterizado con una profunda complejidad, el resto de personajes no son especialmente remarcables. Víctor está dispuesto a enormes sacrificios para encontrar la cura para su hermano, aunque él mismo no tenga claro si lo hace altruistamente por amor a su gemelo o egoístamente por la ambición propia de conseguir el objeto alquímico y destacar entre los suyos demostrando que es «mejor» que Konrad. No es, ciertamente, un personaje agradable —como sí lo son Konrad y Elizabeth, e incluso el miedoso Henry—; es demasiado apasionado, agresivo, arrogante, testarudo, imprudente, con una vena violenta y cruel, y le gusta coger lo que desea sin importar las consecuencias o la aquiescencia de los implicados... y, sin embargo, está lleno de amor y de una capacidad de sacrificio que le redime en parte, lo que hace que en todo ello se intuya ya la personalidad del obsesivo Frankestein adulto, en lo que sin duda puede considerarse un acierto del autor.

El resto de personajes, muy posiblemente al estar retratados a través de la mente y pensamientos de Victor, no se encuentran tan desarrollados y, aunque acertados, no llegan a adquirir una decidida profundidad. Konrad es demasiado perfecto, lo hace todo bien, es reflexivo y comprensivo, valiente y listo; Elizabeth es el ideal del que cualquier joven se enamoraría, tenaz y agradable, bonita y educada, bondadosa, inteligente, apasionada, con un punto de fiereza y una vena rebelde; y Henry es tan solo un apocado contrapunto que sirve de apoyo puntual a los amigos.

La novela adquiere una estructura de la clásica «búsqueda», de «pruebas» o de etapas en las que es necesario conseguir un objetivo concreto para acceder a la siguiente. Hace gala de un ritmo rápido, pero agradable, nada atropellado, manteniendo cierto suspense y equilibrándolo con escenas de acción y peligro. El triángulo romántico está demasiado cantado, resultando de inicio un tanto tópico, pero es lo necesario para crear la necesaria tensión, espoleando a Víctor a actuar motivado por sus celos.

Podrían resultar algo chocantes las firmes convicciones y ciertas acciones emprendidas por jóvenes de 16 años, pero conviene recordar que en la época reflejada la madurez y sus responsabilidades se alcanzaban mucho antes que en la actualidad. Además, Oppel refleja a la perfección las ventajas de los cuatro jóvenes con una educación privada ciertamente liberal y progresista en un ambiente de libertad y fomento de la curiosidad que amplía y libera sus mentes, al tiempo que les permite acceder a conocimientos y herramientas imposibles para otros jóvenes de su edad.

El enfrentamiento ciencia-religión adquiere singular importancia, aunque el autor no llega a tomar parte por uno de los bandos, ofreciendo pros y contras de ambos a través de unas reflexiones ambiguas, pero perfectamente plasmadas. A su vez enfrenta la naciente medicina moderna a una alquimia basada en ignotos principios, rodeados de misterio y «magia», pero firmemente anclados en una ciencia natural desarrollada mediante prueba y error.

A pesar de ser totalmente autoconclusivo, existe ya una continuación titulada Such Wicked Intent. Una oscura obsesión, desde una óptica y un enfoque decididamente juvenil, tiene la virtud de invitar a leer, o a releer, el Frankestein original —aunque sin alcanzar las cotas de calidad del clásico—, buscando las fuentes de donde bebe esta novela, al tiempo que ofrece una interesante y entretenida aventura a los lectores adolescentes.