sábado, 16 de marzo de 2013

Reseña: Ojos de lagarto

Ojos de lagarto.

Bernardo Fernández, BEF.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Editorial Salto de página. Col. Púrpura # 41. Madrid, 2012. 282 páginas.

Hay ocasiones en que empiezas a leer un libro sin tener apenas referencias del mismo, sin saber qué expectativas puedes esperar ni por dónde puede desarrollarse la historia y su lectura te sorprende más que gratamente. Éste ha sido sin duda, para mí, uno de esos casos. Publicado originalmente en México, país natal de su autor, Salto de página lo «recupera» ahora con acierto para el mercado de España en una edición que da cuenta de su buen hacer habitual. Es ésta una novela relativamente breve, con una historia que en su superficie versa sobre animales míticos, pero que muy bien podría decirse que en realidad habla de personas buscando su razón de existir en el mundo. Un relato fronterizo, de un realismo fantástico en el borde del western, que se desarrolla en una época en que todavía quedaban lugares por explorar, mitos en los que creer, y criaturas exóticas que perseguir. Una época crepuscular y al tiempo floreciente, que vio el final de tantas cosas al tiempo que se sentaban las bases para un nuevo desarrollo. Un tiempo de carestías, de inmigración que se convertía en una mano de obra barata que rozaba la esclavitud, de mafias de diversa índole y de traficantes de lo más variopinto al amparo de la Ley Seca, de logias secretas..., y en el que todavía subsistía la fascinación por seres antaño desaparecidos que todavía se creía podían existir.

La novela se estructura en torno a dos partes bien diferenciadas, la primera casi una larga introducción a la segunda, comenzando el relato a orillas del lago Bangweulu, Zambia, en el año 1869, con el cazador italiano Lorenzo Casanova, proveedor de animales salvaje para diversos circos europeos o americanos, encontrando la pista de cierto animal con el que podría hacerse rico y famoso; y continuando con diversas escenas en puntos muy diversos de la Tierra, siempre con el común denominador de la observación de criaturas míticas. La segunda, con una localización única, en 1923 en Mexicali, Baja California, donde un anciano chino llamado Pi Ying, mantiene oculto en la Chinesca, una red de subterráneos bajo la ciudad, un misterio que le ha acompañado desde que siendo niño tuviera que abandonar una acomodada existencia en Shang Hai con apenas lo puesto cruzando el océano hasta los EE.UU. como hicieran un buen número de sus compatriotas.

En la primera parte, sobre todo, el autor ofrece un subyugante mosaico, con abundancia de puntos de vista, cada cual con su particular estilo narrativo, a través de diversas «postales» que van a mostrar escenas del Congo, de las llanuras del —todavía— salvaje Oeste, de Alejandría en Egipto, del Yukon en Alaska, de California..., con el hilo conductor del avistamiento de ciertos animales que se creían extintos. Todas estas escenas conforman un puzzle de piezas elusivas que sólo una vez unidas va a revelar la imagen que estaba ocultando. Y es sólo cuando las dispersas imágenes van confluyendo, cuando los personajes ocupan un mismo territorio, cuando la obra se encuentra preparado para su acto definitivo, con la revelación del destino que todos estaban persiguiendo, tal vez sin siquiera saberlo ellos realmente.

Fernández con gran delicadeza sumerge el relato en el mundo de la criptozoología, planteando la posibilidad de la pervivencia de alguna de las criaturas conocidas como dinosaurios que siempre se han creído extintas. En la primera parte presentando la existencia de los cazadores de animales exóticos que capturaban a sus presas en la todavía misteriosa África, y de los empresarios de circos o de zoos tanto en Europa como en Norteamérica que las «importaban» para su exhibición ante un público siempre ávido de nuevas sensaciones, con el excéntrico P.T. Barnum, a la cabeza. Y en la segunda, explorando la ciudad secreta bajo la ciudad de Mexicali, la Chinesca, una red de subterráneos construida por los trabajadores orientales con túneles que se adentran incluso bajo la frontera con los EE.UU. y cuya principal finalidad es el tráfico ilegal de todo tipo de mercancías y personas.

Así, se van presentando una serie de excéntricos personajes, obsesionados por míticas criaturas algunos, huyendo de su pasado otros, que parecen verse irremisiblemente atraídos hacia el polvoriento pueblo de Mexicali. Rolando Hinojosa, un veterinario que huye junto a su hijo Ary de la confusa situación propiciada por la Revolución Mexicana y de ciertos dolorosos recuerdos personales, malviviendo del engaño y la estafa mediante la venta de un tónico de propiedades «milagrosas» que no es más que un jarabe de sabroso dulzor, mientras trata de alcanzar la tierra natal de su difunta esposa. Karl H. Ritter, un espía al servicio del káiser Guillermo II que ha terminado dando con sus huesos en la población tras deambular por tierras mexicanas en busca de Pancho Villa para ofrecerle una alianza con Alemania; Frank Buck, un aventurero obsesionado por criaturas míticas y que persigue una elusiva pista sobre un animal que nadie parece haber visto pero, cual peculiar leyenda urbana, podría vivir bajo las calles de la ciudad fronteriza...

El autor hace gala de una enorme tarea de documentación que, sin convertir la novela en «Histórica», consigue dotarla de enorme verosimilitud, al incluir toda una serie de personajes enormemente novelescos y que, sin embargo, existieron realmente y a los que consigue encajar de forma extraordinaria en la trama utilizando ciertos detalles curiosos o zonas oscuras de sus biografías. El empresario circense P.T. Barnum, el italiano Lorenzo Casanova, el tratante de animales exóticos Carl Hagenbeck, el presidente mexicano Aberlardo L. Rodríguez, el geólogo del Smithsonian Horace p. Conradi o el naturalista Edward Drinker Cope, van pasando por sus páginas —algunos como «protagonistas», otros meramente citados—, aportando un granito de arena a la trama, y abandonando la escena cuando su «presencia» deja de ser necesaria. La aparición de estos personajes «históricos» consigue mantener la sensación de realismo y veracidad en lo que Fernández está narrando cuando hace que el elemento fantástico irrumpa en el relato de forma tan grata como sorprendente. Hay que mantener abierta la capacidad de maravillarse, de dejarse sorprender por lo imposible ante una novela que, entre temas de diverso calado habla fundamentalmente sobre la fascinación de lo desconocido y la persecución de los sueños y leyendas hasta extremos obsesivos.

Pero si esa es, desde luego, la punta del iceberg, muchos otros temas e ideas son los que subyacen bajo el atractivo ropaje: la ambición por tener lo que otros tienen o por conseguir anhelos de riqueza y gloria que llevan a cometer actos atroces; el desarraigo de los inmigrantes, ya sean de más allá del mar o del propio país, arrancados de sus raíces y que deben dejar atrás todo lo que conocen, llegados a una tierra extraña, con costumbres y culturas ajenas, y recibiendo muchas veces tan sólo el desprecio de los que los odian por el único pecado de ser «diferentes»; la denuncia de los juegos políticos que esconden todas las revoluciones, por muy bienintencionadas que sean en sus principios, con la perversión de los ideales y el juego del ejercicio del poder en el que cada cual busca su propio provecho; la relación de amor de un padre viudo con su retoño, de la entrega y la añoranza, de los sacrificios y las renuncias; aventuras imposibles, pero deseables; los colonialismos y todos sus males...

Ojos de lagarto es una novela muy completa; y aunque en su país de origen se la ha calificado como literatura juvenil, yo me atrevería a calificarla como apta para cualquier público con ganas de dejarse llevar por una buena historia. Para el lector de España, puede resultar curioso y atractivo a un tiempo la forma de narrar del mexicano, con giros idiomáticos y vocablos —perfectamente correctos—, no muy habituales en el español peninsular, y que dan un encanto especial al relato. Fernández hace gala de gran variedad de registros, con un estilo directo, muy fresco, conciso, que hace quizá virtud de cierto minimalismo descriptivo, pero que sabe transmitir a la perfección toda la fuerza del drama, pues drama es al fin y al cabo, que se está desarrollando. Un libro que merece la pena.