sábado, 30 de marzo de 2013

Reseña: Snuff

Snuff.
Una novela del Mundodisco.

Terry Pratchett.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Plaza & Janés. Barcelona, 2013. Título original: Snuff. Traducción: Gabriel Dols Gallardo. 398 páginas.

Novela a novela —y esta hace ya la número 39—, sin renunciar a su particular humor, Pratchett ha ido afrontando temas cada vez más «serios» en su serie del Mundodisco, alertando mediante la ironía y la sátira de ciertos comportamientos denigrables, de los prejuicios, de las injusticias, diseccionando el espíritu humano y sacando a la luz todas las contradicciones y horrores allí ocultos, junto con el rayito de luz que portan algunos individuos y que permite mantener la esperanza sobre el futuro de la especie. En esta ocasión no iba a ser menos, y el autor británico vuelve sobre un tema ya recurrente en él, como es el de la integración de las minorías y el racismo —o «especismo» en este caso— instalado en la sociedad. Si en ocasiones anteriores los lectores podían asistir a la «defensa» de enanos, golems, zombies, hombres —o mujeres— lobo, trolls, vampiros, orcos..., ahora le toca el turno a los trasgos, una especie que es considerada a todos los niveles meramente como animal y cuyos individuos, a pesar de tener incluso una muy peculiar sociedad, son tratados como simples y dañinas alimañas. Es este un libro duro, más serio que nunca, muy reflexivo, que tal vez peca de no profundizar del todo en el tema —tampoco la extensión da para más—, pero que significa un aldabonazo en las mentes bienpensantes: no solo hay que denunciar la injusticia, hay que actuar contra ella no sea que por la inacción se perpetúen ciertos comportamientos tradicionalmente aceptados que no por tratarse de lo que «siempre se ha hecho» dejan de ser reprobables.

Si hay un personaje a lo largo de la serie del Mundisco que ha crecido y evolucionado ese es, sin duda, Sam Vimes, desde la ya lejana figura presentada en ¡Guardias! ¿Guardias? hasta la actual mucho ha sido lo que ha cambiado para el comandante de la Guardia de Ankh-Morpok, tanto en los personal como en lo laboral. Ha tenido que aceptar muchas cosas negativas sobre sí mismo, ha tenido que luchar contra sus propios prejuicios, autoanalizándose y descubriendo ciertas zonas oscuras en su personalidad, ha tenido incluso que cambiar su forma de pensar y el resultado es, sin duda, un hombre mejor.

En esta ocasión, el duque es «convencido» por su esposa para tomarse unas siempre pospuestas vacaciones con su hijo en la mansión campestre de la familia Ramkin. Sin embargo, tras el benigno plan de descanso se intuye la mano manipuladora de Vetinari. Así, llegado al lugar, un remedo de una bucólica campiña inglesa medieval, una serie de actos sospechosos empiezan a llamar la atención del comandante Vimes, quien casi sin quererlo va a verse envuelto en una turbia trama de contrabando, abuso de poder y tráfico de seres vivos.

Los trasgos, considerados meros animales, no tienen por supuesto ningún tipo de derecho y viven en una situación de servidumbre que no puede considerarse estrictamente esclavismo al no tener el estatus de «personas». Cuando una joven hembra trasgo aparece brutalmente asesinada, para la mayor parte de la sociedad no existe tal crimen, pues es como si se hubiera sacrificado una res; pero Vimes no es como la mayoría y, aunque no se encuentra en su jurisdicción, no puede evitar ponerse a investigar, sobre todo cuando alguien intenta implicar su culpabilidad de forma evidente. El comandante ha sido trasladado a un mundo con evidentes reminiscencias de las obras de Jane Austen —con toda una serie de convencionalismos sociales entre las damas presentes que le resultan particularmente ajenos— y se encuentra bastante descolocado e indeciso sobre su forma de actuar. Pero, por encima de su cinismo, Vimes es un hombre de ley, y su integridad no le va a permitir dejar pasar algo que considera intrínsecamente erróneo. Al mismo tiempo, ciertos sucesos en Ankh-Morpork, implicando a algún destacado miembro de la Guardia, van a tener repercusiones fuera de la ciudad.

Convertida la novela de alguna manera en un procedimental policíaco, el relato plantea temas de profundo calado: Los derechos de las criaturas pensantes, el racismo, los prejuicios aceptados socialmente, los abusos de poder... A lo largo de la serie la integración de las minorías ha sido un tema recurrente en muchos de sus libros, personificados significativamente en los reclutas de la Guardia. Pero aquí va un paso más allá, planteando la problemática de los trasgos, seres pensantes, con su propia artesanía y sistema de creencias, que sin embargo son considerados meros animales y como tales son tratados por la gran mayoría de las otras razas, principalmente la humana.

Pratchett consigue incomodar al lector mientras le hace reírse, con verdades insidiosas, narradas de forma humorística, ciertamente divertida, pero no por ello menos duras y vergonzantes. La lucha de clases, entre campesinos y terratenientes, entre trabajadores y dirigentes. Las injustas desigualdades sociales. La supuesta superioridad moral de una oligarquía que se cree con el derecho natural de gobernar los destinos de los demás, de dictar las leyes que más les convienen y que mantienen las cosas tal y como siempre han sido en su propio beneficio...

En estas circunstancias es precisamente el mayordomo Willinkins quien da un paso adelante, se revela como un gran personaje, y adquiere una singular importancia, algo que, quizá, ya se intuía en entregas anteriores, pero que aquí adquiere toda su singular dimensión, llegando allí donde la conciencia de Vimes no le permite llegar. Mención especial merece también el hijo de Vimes, con el socorrido recurso de sus lecturas y su escatológica obsesión que le lleva incluso a iniciar una colección de deposiciones varias; una afición que permitirá a su padre acercarse a personas realmente interesantes y conseguir nuevas amistades que le harán ver todo el tema desde una óptica nueva.

Como punto débil, cabe decir que hay momentos o situaciones en la novela que parecen «reciclados» o reutilizados de otras anteriores —sobre todo de ¡Zas!—, resultando menos sorprendentes de lo que debería; al tiempo que parece que el autor da demasiadas vueltas sobre ciertos matices, sin aportar nada —aparte de páginas— y demorando la acción. Se intuye una cierta melancolía, una premura de quien siente que se le acaba el tiempo y quiere dejar meridianamente claro su mensaje. Se trata, sin duda, de una de las novelas más «reflexivas» y directas del Mundodisco.

Snuff es a un tiempo una divertida comedia —más de sonrisa irónica que de carcajada pura— y una ácida sátira en la que verse reflejados —descarnada, muy descarnada—, con un punto de cinismo desencantado ante la naturaleza más básica del ser humano tomado como especie. Cierto es que, al final, la lectura deja un regustillo algo amargo en el fondo de la conciencia, pero —quizá precisamente por ello— es un libro que merece la pena disfrutar.

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