domingo, 19 de mayo de 2013

Reseña: Osama

Osama.

Lavie Tidhar.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

RBA libros. Col. Literatura fantástica # 13. Barcelona, 2013. Título original: Osama. Traducción: Raúl García Campos. 348 páginas.

¿Ciencia ficción? ¿Fantasía? ¿Historia alternativa? ¿Novela negra? ¿Mera paranoia? Al estilo del Dick de El hombre en el castillo, la novela discurre por cauces de una realidad paralela, obviamente distinta a la nuestra. ¿Ucronía? Pudiera ser. En un ejercicio de metaficción que quizá no sea más que el intento del autor, testigo de varios de los atentados más sangrientos del terrorismo islámico, de exorcizar sus propios demonios interiores, Tidhar factura una obra tan sorprendente como desconcertante. Una novela extraña, que bebe de muchos de los mecanismos internos de la ciencia ficción y al mismo tiempo los rechaza. Una obra que recurre al noir y al pulp de forma manifiesta, y los trasciende con su mensaje. Un mensaje encriptado en sus páginas, enigmático y contradictorio, proporcionando muchas capas y niveles de lectura, gracias a lo que el lector va a seguir dándole vueltas a la historia tiempo después de haber pasado la última página. Sin embargo, hay que decir que esta es una obra áspera, de difícil asimilación inicial, a la que se debe encontrar el «punto» para disfrutarla en condiciones, descubriendo —y aceptando— unas claves internas —literarias y metaliterarias— que pueden llegar a resultar complicadas.

Alrededor de la II Guerra Mundial, en un momento indeterminado, algún suceso cambió el discurrir de la Historia. De Gaulle, héroe de guerra también, no fue elegido presidente de la República francesa; un puesto que sí obtuvo Antoine de Saint-Exupéry, quien obviamente no murió en 1944. De alguna manera, por cauces distintos a los discurridos en nuestra realidad, en la actualidad se ha llegado a un mundo más pacífico y más tranquilo, ajeno a las prisas tecnológicas que agobian al nuestro —parece no haberse alcanzado toda la revolución de las comunicaciones, sin la omnipresencia de ordenadores y móviles—, y donde el clima de enfrentamiento entre el mundo musulmán y el occidental es mucho menor, prácticamente inexistente.

Joe —sin apellido conocido— es un detective privado con poco trabajo que vive en Vientián, capital de Laos, dejando pasar el tiempo y leyendo libros pulp, en particular es fan de la serie de Osama bin Laden: Vigilante, escritos por un tal Mike Longshott —seguramente tan solo un seudónimo—, llenos de violencia terrorista de origen religioso, muy alejados de lo que sucede en la realidad del mundo que le rodea. Pero cuando una mujer, una misteriosa femme fatale, le encarga encontrar al elusivo autor, poniendo en sus manos una tarjeta de crédito ilimitado, pronto va a empezar a sospechar que las cosas son más complicadas de lo que siempre había pensado.

Tidhar, al menos en esta novela, es un escritor de atmósfera, dando mucha importancia a los detalles, muchos en apariencia nimios, dejando más en el aire la visión general del conjunto. Las escenas tienen una cualidad fotográfica, con precisión puntillista, colores, formas, objetos, ropas... La investigación va a llevar al detective a recorrer medio mundo, a viajar a ciudades como París o Londres, buscando respuestas entre las elusivas sombras, mientras una organización secreta, supuestamente gubernamental, va a tratar de impedir su tarea a cualquier precio. En torno a Joe las ciudades se desdibujan, el paisaje urbano se hace confuso, difuminando los bordes de la realidad; empieza a interactuar con gentes que podrían no estar allí, que desaparecen sin dejar rastro, y las elusivas pistas parecen girar sobre sí mismas como en una espiral o un juego de espejos enfrentados.

Mientras Joe parece ir lidiando con diversos callejones sin salida, muertes silenciadas o puertas que se le cierran, para el lector de nuestra realidad la persistente sombra del 11/S sobrevuela las páginas —como esa hoja de periódico que alcanza al detective flotando en el viento—, una fecha que no significa nada para el protagonista, pero que lo conecta con otra existencia. Al igual que los breves retazos de las novelas de la serie de Osama bin Laden: Vigilante, que el autor va incluyendo intercalados en medio del relato de las peripecias de Joe —secos, poco literarios, impersonales, quizá meros listados de sucesos y bajas— reflejan nuestro lado de la realidad —los atentados de Madrid, de Londres...— llevando al protagonista a cuestionarse cómo podría existir un mundo así, cómo las personas podrían soportar vivir en él. Cómo se puede asimilar tanto muerte, cómo se puede aceptar y seguir adelante, cómo se puede justificar un mundo de violencia y respuesta violenta, en continuo estado de agresión.

El relato es onírico, es subjetivo, es extraño, y la sensación de irrealidad se instala tanto en la mente de Joe como en la del lector. Además de Dick, la prosa evoca aromas de Borges o de Kafka. Lo ilusorio se adentra en lo real, de una manera casi —casi— surrealista, con la descripción de arquitecturas que no existen, modificadas, distintas, con monumentos que conmemoran eventos sutilmente diferentes, lugares que no son tal y como deberían, bares con nombres relevantes, convenciones que celebran la «ficción» de las novelas de Osama, mujeres que se desvanecen dejando solo su recuerdo, juegos de sombras que susurran al protagonista... Dos posibles realidades paralelas que se rozan, con fisuras de la una hacia la otra como vasos comunicantes. O simplemente una compleja alucinación.

Cabe la duda. El recurrente olor del opio, las continuas visitas a los bares y hoteles de mala muerte, la copa casi perenne en la mano, el cigarro siempre a punto para fumarlo... Es una vida desequilibrada, siempre al borde de descubrir algo, pero lejos de la aceptación. Joe comienza a comprender que algo fuera de lo común le está sucediendo, pero es incapaz de atar los cabos. Agentes supuestamente del gobierno —hombres de negro— le persiguen y no puede comprender por qué. Sin embargo, sin ese empuje, esa persecución, es muy posible que hubiera abandonado anticipadamente su misión, de manera que el intento de impedir la investigación se convierte de alguna retorcida manera en el motor que impulsa al detective.

Hay una evidente reflexión sobre lo qué es el terrorismo, sobre los objetivos, las causas y las consecuencias. Occidente se refleja en un espejo poco halagador —han causado más muertes, de inocentes y combatientes, las guerras posteriores, las represalias, que los atentados en sí mismos—, con una imagen perturbadora en la que víctima y verdugo pueden llegar a confundirse. La paradoja de la definición de un acto de agresión según quien se encuentre a cada lado.

Y al final, Tidhar deja en manos de sus lectores, no podía ser de otro modo, que saquen sus propias consecuencias, que busquen su propio cierre, sus conclusiones... jugando con la naturaleza de la identidad, de la realidad y el sentido de la propia búsqueda. El autor no toma partido y su detective no termina de desenredar la madeja —o si lo hace, tal vez es de una forma no esperada—. Existen muchas capas, muchas claves, muchos pequeños detalles que parecen llevar a una respuesta u otra, y es labor del lector decidir si alguna de ellas le convence o le deja indiferente. Osama es una novela no apta para quienes busquen un desenlace totalmente cerrado y explicado, sin fisuras. Como en la propia vida, no existen toda las respuestas y cada cual debe elegir el camino de su preferencia.