lunes, 6 de mayo de 2013

Reseña: Calle Berlín, 109

Calle Berlín, 109.

Susana Vallejo.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Plaza & Janés. Barcelona, 2013. 318 páginas.

Después de publicar diversas obras de orientación «fantástica» dirigidas en general hacia un público juvenil, Susana Vallejo da un giro a su prosa y ofrece en esta ocasión una novela llena de realismo —pese a cierto elemento sobrenatural que sobrevuela toda la trama pero que realmente no influye en la misma—. Con el hilo conductor de una investigación «policiaca» inmiscuyéndose en las vidas de los habitantes del número 109 de la Calle Berlín de Barcelona, el relato, siguiendo de forma coral a todos los vecinos del inmueble, mezcla hábilmente el toque noir detectivesco con el costumbrismo, buenas dosis de un humor entre ácido y amargo, misterio, intriga y amor —aunque lejos del romanticismo más idealizado. A través de personajes retratados de forma muy humana, que despiertan tanto empatía como compasión —y hasta, en ocasiones, franco desprecio—, la autora introduce en su discurrir cotidiano un elemento cargado de dramatismo que rompe la anónima monotonía de sus vidas. Y a partir de ahí nada va a volver a ser lo mismo en la comunidad de vecinos.

Gerard, un mosso d’esquadra de baja indefinida por una lesión en la pierna, se ha obsesionado un tanto con el mensaje postrero que su compañero le dejara en su contestador poco antes de que se le encontrara abandonado de cualquier manera en una cuneta, tras ser brutalmente asesinado. Gerard está convencido que en el mensaje, “Quiero hablarte de algo que he descubierto en la calle Berlín, en el 109″, se encuentra la respuesta a la muerte de su amigo. Inactivo, con mucho tiempo libre y un cierto deseo de venganza, el mosso va a acudir a husmear por los alrededores del edificio, controlando las entradas y salidas de los vecinos, a ver lo que encuentra sin saber demasiado bien lo que está buscando.

La «excusa» del asesinato inicial le va a servir a Vallejo para presentar, saltando de una personaje a otro, de una vida a otra, a los distintos residentes y sus cotidianas y en parte miserables vidas: Gustavo Adolfo, un sudamericano sin más ocupación aparente que dejar pasar el tiempo y con un pasado oscuro y en apariencia sangriento, y GabrielaGabi—, una despampanante joven que ejerce en secreto de prostituta de —semi— lujo, ocupan los entresuelos. La señora Luisa y su marido con alzheimer Zósimo, y Encarna, separada de mediana edad, y sus hijos Alex y Sandra, los primeros. El oficinista de apariencia enfermiza, Emilio, y el cadáver momificado de María Eugenia, muerta meses antes sin que nadie la haya echado en falta y cuyo espíritu vaga por todo el edificio «espiando» a sus vecinos, los segundos.

Desde el mismo principio el relato avanza de forma ágil y rápida, desvelando las poco agraciadas vidas de antiguos y nuevos residentes, añadiendo ciertos toques algo truculentos a la historia. La autora, en pocos trazos, consigue un perfecto retrato de todos los miembros de la comunidad, implicando a los lectores en el drama gracias a la «humanidad» que todos transmiten, perfectamente individualizados y caracterizados, con su manías, sus ilusiones, sus pequeñas victorias y derrotas, sus vicios, sus caprichos y sus humanos defectos, bajezas y dudas... Desde la mujer maltratada, superada por los acontecimientos, que intenta sin conseguirlo que su hijo se mantenga en la buena senda; o la anciana que ve como el deterioro mental de su marido llena de nostalgia sus días; o el joven que pasa de estudiar y encuentra el camino fácil de trapichear con costo; o la joven universitaria que desea vivir por encima de su nivel familiar, comprarse ropas de marca y disfrutar de lo «bueno» que siente que se le niega; o el oficinista agobiado por su dictatorial jefe que no se atreve, sin embargo, a dejar el trabajo y dejar en la estacada a sus compañeros... Hasta el amargado policía que no va a dudar en echar mano del engaño para conseguir sus objetivos.

Vecinos que viven de espaldas los unos a los otros y de pronto, en dramáticas circunstancias, ven cómo sus vidas se entrecruzan, se entremezclan, y les llevan a conocerse más allá del ritual y automático saludo al cruzarse en el patio de escaleras. Todos cargan con secretos, vergüenzas inconfesables, arrepentimientos y deseos que nunca se atreverían a cumplir de motu propio. Todos, sin saberlo realmente, están necesitados del apoyo de los demás, y quizá sea la muerte lo que una sus vidas a las de los demás.

No hay héroes ni personajes ejemplares. Ni siquiera Gerard, sirviéndose de su ingenuidad para acceder a ellos, se encuentra libre de culpa. El de la Calle Berlín n º 109 es un edificio lleno de perdedores, de gente que va dejando pasar los días iguales unos a otros, sin demasiadas esperanzas ni auténtico futuro, hasta que la vida les da una sacudida realmente inesperada. Cansados, derrotados, solitarios, anónimos, resignados —la mayoría, no todos—  a su suerte. Personas que arrastran con triste aceptación sus defectos, jugando casi con desgana las cartas que la vida les ha servido, pero a los que, sin embargo, el valor de una sonrisa, de una invitación a tomar un café, del ofrecimiento de un guiso para un momento apurado, de una mirada de reconocimiento, de un simple gesto de compañía... puede llevar a la redención.

Mientras Gerard investiga el asesinato de su antiguo compañero y amigo, un asesinato que podría no ser el único que rodee a los habitantes del inmueble, y que le va a deparar muchas sorpresas, los vecinos van a verse envueltos en un enredo que no podían esperarse, sumergiéndoles en una huida hacia delante con resultados, cuando menos, inesperados.

Pero más allá de muertes, asesinatos y fantasmas, ésta es una novela de «amor», o —si es que el vocablo se antoja un tanto grande— como poco de cariño, aprecio y ternura. De un mosso por su compañero asesinado, de un sicario por su vecina, de una madre por sus hijos, de una esposa por su marido enfermo, de una fantasma por sus vecinos... y de una autora por sus personajes.

Una novela que, además, lleva al lector a preguntarse si conoce realmente a sus vecinos, a aquellos con los que se cruza en la puerta del patio, en el ascensor o en las escaleras, y cuyas vidas de puertas adentro de sus casas o en sus lugares de trabajo o esparcimiento casi siempre son un misterio. Vallejo desvela el corazón de unos cuantos vecinos que van a descubrir la solidaridad de unos con otros en el momento en que más lo necesitan, cuando la dura vida que ya han vivido les golpea aún más fuerte de lo acostumbrado. Intensa, dolorosa en ocasiones, irónicamente divertida en otras, reflexiva e intrigante a partes iguales, descarnada en muchos momentos, realista en su costumbrismo y dura en su retrato de unos personajes a los que la sociedad esconde bajo un manto de indiferencia... Calle Berlín, 109 es, sin duda, una lectura a tener en cuenta.