martes, 2 de julio de 2013

Reseña. Fantasmas y samuráis

Fantasmas y samuráis.

Okamoto Kidô.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Quaterni. Madrid, 2013. Título original:青蛙堂鬼談 . Traducción: Isami Romero Hoshino. 278 páginas.

Una noche de marzo, mientras en el exterior nieva, un grupo de personas se reúnen en el Lar de la Rana Azul y se disponen a contar Kaidanes —historias de fantasmas—, invitados por el Amo del lugar, un hombre llamado Umezaki. Uno por uno irán desgranando unos cuentos entre sobrenaturales y fantásticos, inquietantes y sorprendentes, misteriosos e increíbles, que se desenvuelven entre el drama y la ternura. No se trata de historias de miedo o de horror al uso, ni siquiera que causen una excesiva «tensión», sino más bien de sucesos pintorescos, llamativos, inexplicables o extraños que interfieren en lo cotidiano. Con una voz narrativa un tanto desapegada, distante, son historias más desasosegantes que aterradoras, más de crear una «atmósfera» de misterio e intriga que de dar sustos, que se encuentran llenas de reminiscencias místicas e históricas, y reflejan dramas cotidianos y vivencias mundanas, desbordando una ingenuidad enternecedora en muchas ocasiones.

Fantasmas y samuráis recoge doce cuentos, los más interesantes de los desgranados en la velada a juicio del «recopilador» e «introductor» —quien otorga así de cierto hilo conductor al volumen—. Cada narrador, hombre o mujer, va a relatar a los demás una experiencia personal o un suceso del que ha sido testigo él mismo, un conocido o que ha escuchado de primera mano y al que otorga verosimilitud. No son, pues, cuentos en el sentido «tradicional», ya que, en el juego que se establece con el lector, no se tratan de meras invenciones del autor, sino que dicen estar basados en «hechos reales» de la vida de los implicados, aunque incluyan una buena ración de leyendas y tradiciones del pasado japonés, así como de un buen número de apuntes fantásticos. De este modo, a través de ellos se pone también de relieve la profundidad y riqueza de la cultura japonesa, del amor y respeto por sus tradiciones y costumbres, y del conocimiento de su propia Historia que sirve de un muy interesante trasfondo más allá del hecho puntual narrado.

En Seiajin: el espíritu de la rana azul, el origen de la leyenda en torno a la intrigante figura de una rana azul con tan solo tres patas, propiedad del dueño de la casa, da inicio a los relatos, con una historia de amor y demonios bastante peculiar.
Le sigue El embarcadero del Tone, donde un viejo ciego acude día tras día a un embarcadero del río, preguntando a todos los viajeros, sin dar explicaciones del porqué, si se encuentra entre ellos un hombre llamado Hikoemon Nomura, en un relato con un tono cada vez más inquietante mezcla el deseo de venganza con el sentido de justa retribución.
En Las almas de los hermanos el lector asiste a una trágica historia de celos, mezquindad, falsas denuncias, muertes y vindicación de ultratumba con una inexplicable aparición ante el narrador.
Los ojos del mono, la cuarta historia, versa sobre una máscara de mono, de origen incierto y escaso valor, cuyos ojos van a causar más de un problema a quien ose dormir en el cuarto donde se encuentra expuesta.
En El genio de las serpientes las artes de un hombre especializado en cazar enormes serpientes, con un método que roza lo mágico, le llaman a defender su aldea; pero la tragedia para él y la especial historia de «amor» en que se ve envuelto, se encuentra a un paso cuando los vecinos de un pueblo cercano soliciten sus servicios.
También de un amor enfermizo trata la incurable dolencia que afecta a dos muchachas en El pozo del manantial, y que podría estar causada por algo que permanece desde hace siglos en su fondo, fruto de un acto cruel.
En Yohen: la cerámica deformada unos sorprendidos corresponsales de guerra se van encontrar con una casa quizá embrujada, una muchacha enferma, y las causas de que en cierto horno todas las obras de cerámica en él cocidas salieran con curiosas malformaciones.
Después, en Los cangrejos, el deseo de un anfitrión de complacer a toda costa a sus invitados y su gula por unas especiales nécoras invocan el espíritu de la muerte sobre alguno de los comensales, esquivada tal vez por las dotes adivinatorias de un ronin errante.
En La mujer de una sola pierna un hombre se verá bajo el influjo de una desgraciada muchacha, a la que le falta una pierna, pero que bajo su tierna y cautivadora inocencia es capaz, sin embargo, de causar grandes pasiones que conllevan a su vez pagar un gran precio.
Y también hay mucha pasión en El papel amarillo, la historia de una mujer que, en medio de un brote de cólera, desea contra natura enfermar ella misma, con el riesgo que conlleva para todos sus vecinos, mientras la ternura florece en las causas que le llevan a tal deseo.
La tumba de la flauta es una bella y triste historia sobre la envidia que arraiga en el corazón de las personas ante un objeto que lanza una pesada maldición sobre quien lo posee, pero que a su vez encierra una enseñanza moral.
El estanque del Ryume cierra el volumen con el décimo segundo narrador, un fotógrafo invitado a visitar cierto estanque en torno al cual se cuenta la leyenda de unas estatuas protectoras de un joven y su caballo que antaño se encontraban a sus orillas, de su desaparición y de lo que sucedió al intentar reemplazarlas.

Samurais, ronin, campesinos, espíritus dolientes, damas y señores..., se desenvuelven en un ambiente costumbrista, muchas veces abiertamente rural, de zonas remotas en bosques y montañas, o de «barrio» si trascurre en una ciudad, donde se producen muertes y tragedias irreparables, venganzas que perduran en el tiempo, represalias injustificadas, tristes actos de pura mezquindad, amores y odios unidos de forma inseparable, rumores infundados, envidias y celos que desencadenan terribles dramas, asesinatos causados por una maldición, jóvenes enamoradas de pretendientes inalcanzables, encantamientos que pasan de una generación a otra...

Se trata de cuentos que no buscan dar explicaciones o un sentido profundo a lo narrado; muchos quedan incluso «inconclusos», sin un final definido o una respuesta al misterio planteado —y, de haberla, generalmente es otro misterio—. Presentan fenómenos sin solución de los que no se exploran porqués ni cómos, sino se limitan normalmente a exponerlos como verdaderos, y a dejar su veracidad o no al arbitrio de los oyentes. Hay cierta ambigüedad en la mayoría de ellos, sin confirmar el hecho sobrenatural, pero tampoco negándolo o cuestionándolo, dejando en el aire la duda.

En cuanto a la edición española, se agradecen la introducción al autor por parte de la traductora y el mantenimiento por parte de la misma de ciertos términos en lengua original dentro de los textos —fácilmente aprehensibles por otra parte con el apoyo del imprescindible glosario final—, ya que ayudan a sumergirse mejor en la ambientación del Japón de la época —tan exótica para el lector occidental—, dotándola de gran autenticidad, y evitando el uso sustitutivo de vocablos en español que pudieran ofrecer una información similar, cercana pero no exacta de lo descrito —o farragosas y largas explicaciones—. Y es que se hace evidente, por ejemplo, que un «tokonoma» es algo más que un «taquillón» pero menos que un «altar».