miércoles, 28 de agosto de 2013

Reseña: Cese de alerta

Cese de alerta.
El apagón 2.

Connie Willis.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2013. Título original: All Clear. Traducción: Paula Vicens. 627 páginas.

Como ya comentaba en la reseña de El apagón, no se trata de dos novelas distintas, secuela la una de la otra, sino de una sola obra divida artificialmente por su amplia extensión en dos volúmenes. Y como tal es muy agradable, e interesante, ponerse a leerlas ambas de un tirón, a pesar de la suma de más de 1200 páginas que supone —serían más, teniendo en cuenta que para la presente se ha disminuido el tamaño de letra respecto a la anterior—. Incluso sería muy recomendable leerlos sin interrupción, pues la gran cantidad de detalles mínimos que sólo alcanzan su verdadera importancia cientos de páginas después hacen muy conveniente tener fresco en la memoria todo los sucesos anteriores —o cronológicamente posteriores, pero narrados previamente, que ésto va de viajes en el tiempo después de todo—, sin dejar pasar un largo periodo entre un volumen y otro. El apagón no tiene sentido sin Cese de alerta y, de hecho, donde la lectura del primero en solitario podría dejar un regusto de insatisfacción, la del segundo conlleva todas las recompensas que se podían esperar de una obra de Willis, pues el primero no es sino la necesaria puesta a punto para disfrutar del segundo, donde todo cobra sentido. Deben ser leídos juntos, como la obra unitaria que son. A la vez, dicha unidad dificulta explayarse demasiado en una reseña exclusiva para Cese de alerta, pues mucho de lo dicho en la de El apagón sería aplicable para esta, lo que la llevaría a ser tan redundante como algunos de los pasajes acusados de tal «pecado» en el libro.

Y es que, al ser continuación directa de la primera parte, sin transiciones ni recapitulaciones, baste decir que Polly, MeropeEileen— y Mike siguen «varados» en el Londres de 1940, sufriendo los efectos del Blitz junto a toda la población civil británica, mientras buscan una forma de regresar a su tiempo. El tono general de nervioso desenfreno se mantiene, la búsqueda frenética de posibles soluciones se sobrepone a la desesperanza que causa el miedo a haber modificado el devenir de la Historia. Las casualidades y los desencuentros siguen moviendo la acción, motivando una sensación de desasosiego e inevitabilidad realmente frustrante. La comedia alocada vuelve a hacer acto de presencia en medio del tenso drama y los diferentes hilos siguen el habitual esquema de la autora de rompecabezas con piezas dispersas que se mezclan, se entrecruzan sin encontrarse y se confunden para dar resultados engañosos. Básicamente es una historia de misterio con un toque de enredo, donde los supuestos observadores objetivos no son capaces de mantenerse al margen y limitarse a observar. Su mera presencia afecta a los «contemporaneos» que van conociendo, por mucho que intenten lo contrario; y cada movimiento suyo tiene unas ramificaciones que no pueden controlar. Cada gesto tiene una respuesta, y el mundo cambia en una cascada de acción y reacción.

Willis juega con el efecto de volver a narrar ciertas escenas vistas anteriormente desde el punto de vista de alguno de los otros protagonistas, matizando lo narrado y dándole una nueva interpretación. Las líneas separadas empiezan a converger y muchas cosas comienzan a cobrar sentido, incluida la presencia de algunos personajes que no parecían tener mayor importancia en la primera entrega y que aquí se desvelan vitales. Por eso, en todo caso no es arriesgado afirmar que Cese de alerta es un volumen cuya lectura resulta, por diversas causas y la de un final perfectamente cerrado no es la de menos, mucho más satisfactoria que la de El apagón.

El tono del «estudio» del heroísmo de las personas anónimas, que era el objetivo inicial de los historiadores, va dando paso cada vez más al dilema de los posibles cambios en el tiempo causados por la actuación de los viajeros del Oxford de 2060. La autora, manteniendo en todo momento la duda, parece apostar por un universo determinista, pero sin cerrarse ninguna puerta. ¿Es posible modificar los hechos del pasado? ¿Es la línea temporal capaz de repararse a sí misma? ¿Y si se cambia el presente histórico significa la desaparición del futuro al que había dado lugar y del que venían los individuos que motivaron los cambios? Las dudas surgen cada vez con más fuerza y la carrera contra el reloj que desgrana las horas de forma inmisericorde es cada vez más desesperada.

A pesar de que la autora sigue con su característica «redundancia», repitiendo y volviendo una y otra vez sobre ciertas consideraciones y argumentos, lo cierto es que al incluir mayor abundancia de nuevos elementos en el relato aumenta el interés y la emoción. Willis ofrece una mayor cantidad de escenarios «temporales», ampliando las líneas que ya había ofrecido en pequeña escala y que se acercan hacia el final de la guerra en torno a las incursiones en 1944, con la amenaza de las V1 y V2, los preparativos del Desembarco de Normandía o el Día de la Victoria —e incluso a los actos conmemorativos de su cincuentenario—, aumentando también el interés.

Introduce menciones a diversos personajes históricos, como Alan Turing, el general Patton o la escritora de misterio —a quien Willis rinde aquí una elogiosa admiración— Agatha Christie; y el hilo conector con novelas anteriores se traduce en la presencia, además del profesor Dunworthy, del estudiante Colin Templar —quien además de hacerlo brevemente en El apagón ya apareciera, por ejemplo, en El Día del Juicio Final— embarcado en una misión aparentemente imposible con muy pocos «clavos» a los que agarrarse. Pero el fuerte de la narración siguen siendo los individuos anónimos, las personas normales y corrientes que con su heroísmo silencioso contribuyeron a hacer un poco más sobrellevable una época tan dura.

Nadie es una isla, nadie vive sin influenciar en pequeña o gran medida a los que le rodean. Los pequeños detalles son lo que a la postre cuentan, marcando el devenir de la Historia; los actos de coraje y valor de las gentes anónimas son los que marcan en realidad la diferencia; la amistad y la lealtad, la entrega a los demás en los momentos más difíciles de forma altruista y desinteresada, el amor incondicional que atraviesa incluso el tiempo… es lo que Willis parece apreciar sobre cualquier otra consideración.

El apagón / Cese de alerta es una obra hermosa, emotiva e inspiradora, que sabe encontrar la belleza y la bondad incluso en las circunstancia más horribles. Una obra que da pena terminar pues se ha tomado realmente cariño a sus personajes. Seguramente, una poda en su número de páginas no habría sido nada desdeñable —incluso posiblemente hubiera sido aconsejable—, pero leídas ambas entregas de corrido, como una sola, tampoco se hacen pesadas ni aburridas. Es Willis en toda su expresión, para lo bueno y lo malo; tal vez no vuele a la misma altura que sus obras cumbres, pero no decepciona sabiendo lo que se va a encontrar.
La Luz del Mundo. Una imagen recurrente en la trama

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Reseña de otras obras de la autora: