sábado, 24 de agosto de 2013

Reseña: El apagón

El apagón.

Connie Willis.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2011. Título original: Blackout. Traducción: Paula Vicens. 624 páginas.

Tras un dilatado parón de cerca de seis años tras la publicación de Tránsito Connie Willis presentó en 2010 una nueva obra dividida en dos partes dada su gran extensión. Así, cabe advertir que El apagón, un auténtico melodrama de suspense histórico, es tan solo la primera parte de un gran ―en tamaño― libro partido en dos que sólo habrá de adquirir su total dimensión junto con Cese de alerta. A lo largo de su carrera literaria, la autora tiene un lugar recurrente al que siempre parece volver, tanto en libros como, sobre todo, en relatos: el Blitz sobre Londres. Y no lo hace poniendo el foco sobre los principales personajes históricos, sino sobre los héroes anónimos que todo conflicto presenta. Los grandes hechos, parece querer indicar, los llevan a cabo simples personas, gentes normales y corrientes que en un momento de necesidad son capaces de grandes sacrificios, de entregarse a los demás, intentando mejorar sus vidas a través de los gestos aparentemente más insignificantes, pero que marcan la diferencia. El factor humano que impulsa la Historia más allá de las grandes decisiones. El apagón comparte escenario con novelas anteriores de la autora como El Día del Juicio Final o Por no mencionar al perro, o relatos como Brigada de incendios, con el programa de historiadores viajeros en el tiempo de la Universidad de Oxford de mediados del siglo XXI, y una leve conexión en torno a personajes recurrentes como el profesor Dunworthy y escenarios tan queridos como la bombardeada Catedral de San Pablo.

Entre el verano y el otoño de 1940, Londres y sus poblaciones cercanas sufrieron intensos bombardeos; al igual que, casi al final de la guerra, sufrirían la llegada de las mortíferas V1 y V2. Tres historiadores provenientes del Oxford de 2060 van a viajar en el tiempo para documentar de primera mano aquellos dramáticos eventos y ver cómo la población civil reaccionó a los mismos, pero algo se tuerce con los «portales» que permiten el viaje en el tiempo, produciendo deslizamientos espacio-temporales, y motivando que su misión pueda extenderse más de lo conveniente.

Polly Churchill viaja al Londres del Blitz para trabajar como dependienta en unos grandes almacenes y documentar el comportamiento de la población anónima bajo el bombardeo. Merope Ward, bajo el nombre de Eileen O’Reilly, se encuentra como sirvienta en una mansión en Warwickshire observando a los niños evacuados de Londres. A su vez, Mike Davies va a «desplazarse» a Dover para estudiar la evacuación de Dunkerque para observar el desinteresado heroísmo de las tripulaciones de los muchos barcos que participaron en la misma y de los soldados que ayudaron. Cuando las cosas se tuerzan y descubran que los portales que debieran abrirse al Oxford de su época para permitirles informar de sus misiones no lo hacen, la situación empezará a volverse realmente tensa, produciendo una carrera contrarreloj contra el propio tiempo y una Historia realmente emocionante dentro de su propia cotidianidad ―si se puede considerar cotidiano a sobrevivir bajo las bombas intentando no dejarse llevar por la desesperación o el derrotismo―.

A través de un narrador omnisciente, la estructura de capítulos alternos de la novela va siguiendo a los tres protagonistas, saltando entre las diferentes localizaciones y eventos mediante la presentación de sucesos significativos y pequeños cliffhanger, que dejan la acción en el aire pasando la atención de uno a otro protagonista, e incluyendo capítulos dedicados a individuos indeterminados en diferentes momentos y que pudieran ser o no alguno de los tres historiadores involucrados en la trama.

Fiel a su estilo habitual, Willis imprime de inicio a la novela un tono de comedia alocada, con gente corriendo de un lado a otro cruzándose e influyéndose sin saberlo, y ofrece una obra que no da descanso, no porque contenga acción frenética, sino por los enredos que se suceden debido a los continuos intentos de alcanzar una solución que elude una y otra vez a los protagonistas de las formas más peregrinas. Casualidades que se encadenan, errores que impiden llegar al destino elegido, personas que se cruzan inadvertidamente en el camino mientras se buscan de manera infructuosa, direcciones mal copiadas, equívocos desconcertantes, confusiones absurdas, individuos que no se encuentran donde debieran, instrucciones que no llegan o se interpretan erróneamente, giros y más giros que imprimen desasosiego e incertidumbre…

El tono divertido y casi humorístico en torno a los primeros «problemas», va dando poco a poco paso a otro algo más oscuro y dramático, mientras los protagonistas empiezan a hacerse conscientes de que su estancia en el pasado pudiera ser mucho más prolongada de lo que esperaban y a cuestionarse las causas que provocan el desfase temporal. ¿Han cambiado acaso la Historia? Siempre han creído que eso es imposible, pero ¿y si no lo fuera? ¿Podrían sus acciones estar alterando las líneas temporales y modificando el devenir de la guerra? ¿Podrían llevar esos pequeños cambios involuntarios llevar a la derrota de Gran Bretaña y sus aliados frente al poder de la Alemania nazi? Durante mucho tiempo los historiadores han estado viajando a las cercanías de los grandes eventos históricos, la Revolución Francesa, la Guerra de Secesión americana, los atentados contra el World Trade Centre…, con la convicción de que su presencia no podía variar la Historia y, de hecho, nunca se habían producido alteraciones. ¿Qué ha cambiado ahora?

El gran activo de Willis es, sin duda, la construcción de sus personajes, sobre todo en esta ocasión de los secundarios. Si Polly y Eileen pueden parecer excesivamente similares de inicio ―aunque en determinado momento el carácter de la segunda parece sufrir, quizá por el continuo estado de angustia, una sutil variación desde una personalidad fuerte hacia la inseguridad y la «dependencia» de terceros―, la galería de acompañantes es impresionante, dotándolos la autora de una singular humanidad y variedad, desde los ancianos a las jóvenes más despreocupadas. El reflejo de la vida bajo los bombardeos, de cómo los habitantes de la gran ciudad, y los civiles británicos en general, se sobreponen a las atrocidades y siguen con sus existencias, intentando dotarlas de una ficción de normalidad: oficinistas, dependientas, amas de casa… que siguen adelante con sus trabajos mientras que aportan su granito de arena al esfuerzo bélico. Sin ocultar tampoco que aquellas personas por naturaleza hurañas, aprovechadas, ruines, egoístas o desabridas seguirán siéndolo sean cuales sean sus circunstancias; aunque algunas de ellas consiguen cambiar a mejor.

A través de actuaciones y diálogos que resultan enormemente verídicos ―incluso en el caso de los del dramaturgo Sir Godfrey Kingsman, una de cada dos frases es una cita de Shakespeare y que odia las obras de Barrie―, que fluyen de una forma natural, Willis consigue una obra emotiva y emocionante.

El fondo de El apagón es una larga reflexión sobre la importancia de los pequeños y muchas veces desapercibidos detalles ―un fortuito encuentro, un cambio de ropa no previsto, un giro a la izquierda en vez de a la derecha, un guardia que impide el paso al lugar donde se quería ir, la equivocación en una fecha, un recado mal copiado…― para los grandes eventos ―el anónimo individuo al que inadvertidamente se impide acudir a un encuentro podría haber muerto en el mismo y no haber salvado luego a muchos otros―. De cómo el pasado siempre influye en el presente, como marca el devenir de las personas y las naciones, o de cómo las generaciones están unidas unas a otras por hilos invisibles pero no carentes de influencia en absoluto. No en vano el dicho de que «Por falta de un clavo, se perdió un reino» es un elemento recurrente, que aparece una y otra vez en mente de alguno de los protagonistas.

Si bien el apartado «especulativo» del futuro del Oxford de 2060 se presenta un tanto impersonal y poco «evolucionado», llamativamente carente de una presencia tecnológica palpable que ya se puede observar en nuestros días ―¿No existen ya los móviles o Internet para poder comunicarse sin tener que ir siempre corriendo de un lado a otro?―, la fuerza de la novela se encuentra en el retrato del Londres de la II Guerra Mundial, la parte del león del relato por otra parte, que es francamente fascinante. Labor de una intensa documentación, existe una gran cantidad de datos históricos hábilmente introducidos en la trama, evitando abrumar o aburrir con detalles y fechas, y que otorgan de gran textura y verismo al texto, dando un enorme realismo a los sufrimientos de los londinenses y a todas sus vivencias durante la guerra, con gran atención a las pequeñas pinceladas. Willis transmite, una vez más, su amor por lo que escribe, por sus personajes, por la Catedral de San Pablo o por alguna de sus obras más significativas, como La Luz del Mundo.

Como singular punto negro, la autora, como ya le sucediera en Tránsito ―aunque sin llegar aquí a ese nivel―, abusa un tanto de la longitud del libro, añadiendo páginas llenas de reflexiones recurrentes, insistiendo machaconamente una y otra vez sobre ciertos temas que ya ha dejado meridianamente claros o repitiendo conversaciones que ya han tenido lugar anteriormente, aunque cambien los interlocutores. Un recurso que puede resultar «cargante» en momentos puntuales, cuando lo que el lector está deseando en realidad es que la historia avance y se resuelva el misterio ―algo que, aviso, no va a suceder en este volumen―.

Y es que El apagón se cierra con una resolución mínima, que en verdad no resuelve nada de la trama y ni siquiera se puede considerar un alto en el camino o un cliffhanger al uso. Como ya se ha advertido, no se trata de una «bilogía» o «duología» ―¿Cómo demonios se llama?―, sino de una sola novela partida en dos volúmenes ―de hecho, como tal ambos compartieron el premio Hugo de 2011―. No existe en esta entrega realmente un final, sino tan solo un alto en el camino; no hay un clímax ni ningún tipo de cierre, sino que hay que pasar de forma continuada a la lectura de Cese de alerta para seguir adelante con las aventuras, o desventuras, de Polly, Eileen y Mike, junto al resto de entrañables secundarios, en los atribulados años de la II Guerra Mundial en Inglaterra.
La Catedral de San Pablo durante el Blitz.
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