viernes, 2 de agosto de 2013

Reseña: El proscrito

El proscrito.
Los Assassini, acto 2.

Jon Courtenay Grinwood.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alianza editorial. Col. Runas. Madrid, 2013. Título original: The Outcast Blade. Traducción: Dimitri Fernández Bobrovski. 423 páginas.

La segunda entrega de la trilogía de Los Assassini continúa la acción poco después de donde se cerrase la anterior, La espada maldita. En esta Europa alternativa, mezcla entre ucronía y fantasía oscura, Marco Polo al volver de sus viajes por Oriente se hizo con el trono de Venecia, deshaciendo la República; allí, tiempo después, sus descendientes, la casa de los Millioni, siguen gobernando, y las intrigas políticas y las conspiraciones se encuentran al orden del día. En la novela precedente, un misterioso joven, Tycho, llegó prisionero, sin memoria, medio muerto y con una desconocida misión a la ciudad de los canales, se convirtió en uno de los assassini y tuvo una importante aportación en la batalla naval que debía dirimir la supremacía sobre el Mediterráneo. Ahora, enamorado de la mujer que no debía, su aportación puede ser más decisiva todavía.

Hombres lobo, magia, un posible vampiro —vocablo que nunca aparece en el texto, pero que se encuentra más que sugerido—, algún otro ser sobrenatural, princesas rebeldes y, sobre todo, las ambiciones de los poderosos de toda Europa, han convertido a Venecia en un barril de pólvora a punto de estallar. En un drama cuasi shakespeariano que ofrece traiciones, duelos, luchas sin cuartel, amores retorcidos e imposibles... El Proscrito no se limita a ser, en absoluto, la «novela central» de una trilogía, sino un libro con entidad propia, casi independiente, desde principio a fin. Es obvio que hace falta haber leído la anterior para conocer a los actores —y porque merece la pena, la verdad—, pero en todo lo demás es ésta una obra con principio, nudo y desenlace más que satisfactorio.

El retorno a Venecia de los supervivientes de la gran batalla contra los mamelucos, Atilo, Tycho, lady Giuletta, Desdaio..., no es exactamente lo que estos esperaban cuando se ven obligados a pasar la cuarentena como cualquier otro barco que se acerque a la Serenisima. Una cuarentena que va a tener lugar en la isla de San Lázaro donde los Cruzados Blancos tienen un convento-hospital y que va a terminar de forma inesperada, al menos para los protagonistas. Además, lejos de allí, se extiende la noticia de que la ciudad se encuentra en una situación de debilidad, algo que quieren aprovechar sus rivales para forzar la mano y hacerse con ella de la forma, supuestamente, menos cruenta: casarán a uno de sus herederos con lady Giuletta Millioni, adquiriendo así sus derechos sucesorios sobre el trono de Venecia. Quien lo consiga forjará una firme alianza, el rechazado se convertirá en un encarnizado enemigo. 

Sigismund, emperador del Sacro Imperio Romano, Rey de Alemania, Hungría y Croacia —o emperador de los germanos a secas para sus enemigos—, postulará a Frederick, hermanastro de Leopold y un krieghund como aquel, como pretendiente a la mano de la joven, asumiendo el derecho que le da la reconocida paternidad de su hijo Leo —un hijo de la que ella no puede decir quién es el padre—. Juan V Paleólogo, el Basileo, Emperador del Imperio Bizantino, designará también a tal efecto a su heredero Nikolaos, a quien hará acompañar de su «consejero» Andronikos, ducho en las artes mágicas y en las «negociaciones» diplomáticas. 

La trama, se va a centrar mayoritariamente en Tycho —que crece mucho como personaje—, nombrado ahora caballero, quien va recuperando retazos de su pasado y aprendiendo lo que realmente es, enfrentándose a sus sentimientos y luchando por lo que él piensa que es justo. Los vaivenes de la vida no han cesado para el «joven», y la muerte va a seguir rondándole por mucho que él no lo desee. De hecho, en la fosa donde se entierra los cadáveres de los pordioseros algo se remueve y hay quien dice que un espíritu encanta la isla de los muertos en la laguna de Venecia, asesinando a aquellos que se atrevan a acercarse a la misma. Como un fantasma del pasado, cierta joven va a entrar de nuevo en la vida de Tycho de forma más que inesperada.

En un mundo de decididas tonalidades grises es realmente difícil empatizar con ninguno de los personajes, salvo, quizá, con ese Marco, el Simplón, que muy posiblemente no lo sea tanto, y que se hace querer con sus decisiones y sus indirectas. Es un mundo duro y, sin duda, desagradable y despiadado, más por lo que las personas deciden hacer de él que por sí mismo. Las amenazas se reparten con justicia por igual para los poderosos como para los pordioseros, y nadie se encuentra a salvo de la vulgar puñalada trapera o del más exótico veneno.La inocente y desgraciada lady Desdaio y sus deseos de mero consuelo y, por qué no decirlo, su simple aburrimiento, van a ser el vehículo perfecto para el desarrollo de la tragedia, cuando las maledicencias del envidioso Iacopo, criado de Atilo a la vez que uno de sus assassini, encuentren los oídos adecuados. Enredos, equívocos —intencionados o no—, mentiras y medias verdades van a desatar celos y violencias que muy bien pudieran haber sido evitadas. Mientras, la alta política no deja de maniobrar, interfiriendo en los asuntos del corazón tanto como en los de la guerra.

Los co-gobernadores de Venecia van a seguir manteniendo su tenso equilibrio de poderes. La duquesa Alexa y el príncipe Alonzo miden y prueban sus fuerzas, casi siempre en las sombras y en secreto, para tratar de encontrar la fisura que les permita gobernar en solitario. Él por pura ambición desmedida, ella por mantener a su hijo a salvo de los afanes de poder de su tío. Alexa cuenta además con el lejano apoyo de Tamerlán, Khan de Khanes, gobernante de los mongoles y Emperador de China, quien como muestra de afecto no duda enviarle muy valiosos —y no sólo monetariamente— presentes.

Con una prosa que en ocasiones puntuales peca de confusa o de excesivamente «cerrada» y críptica, dificultando incluso la comprensión cabal de algunas escenas, la trama se desarrolla a través de insidiosas y maquiavélicas intrigas políticas con el destino de buena parte del Mediterráneo en juego, que muchas veces no encuentran otra salida que la más brutal de las violencias. Juegos de poder ocultos en las sombras que moldean sin embargo los destinos de ricos y pobres, entrelazando los romances con las obligaciones dinásticas, los sentimientos con las cuestiones de estado, la magia con la dura realidad de las ambiciones terrenales... 

Venecia, en este contexto, con sus canales, sus islas, sus puentes y callejones, sus palacios y cementerios, sus sombras impenetrables, sus iglesias, sus muchos secretos, sus suciedades y miserias, su rancia decadencia, su esplendor comercial, sus fastos y sus corruptelas, su atmósfera opresiva... es un personaje más. Reinventada de forma fascinante y atractiva, es un escenario excepcional para la aventura. Y el enfrentamiento final en una de sus islas, si bien de menor escala que el combate naval que venía a cerrar la anterior entrega, mantiene toda la tensión y la emoción con un desenlace tan equilibrado como sangiento.

Cuando se pasa la última página, muchas cosas han cambiado en esta Venecia tan cercana y lejana a un tiempo, y el tablero ha sido modificado de manera bastante radical. Alguno de los protagonistas va a abandonar la escena de forma bastante sorpresiva, unos tan sólo de momento y otros para siempre. Las alianzas cambian al albur del viento, y el destino de la ciudad de los canales pende más que nunca de un mero hilo. Sin embargo, cabe decir que, a pesar de que se ha publicado ya una tercera entrega, The Exiled Blade, que supuestamente cierra la trilogía, El proscrito podría tranquilamente considerarse una novela totalmente completa y cerrada a la perfección en todas sus tramas. Es obvio que su desenlace permite la continuación, pero si tal no existiese tampoco podría haber queja —más allá del deseo de seguir leyendo aventuras de los personajes en tan conseguido escenario—. 

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