domingo, 1 de septiembre de 2013

Reseña: Las luminosas

Las luminosas.

Lauren Beukes.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

RBA Libros. Col. Literatura fantástica # 18. Barcelona, 2013. Título original: The Shining Girls. Traducción: Pilar Ramírez Tello. 409 páginas.

A pesar del «ropaje», ¿se puede catalogar como ciencia ficción una novela sin ningún contenido científico o tecnológico, sin especulación ni anticipación alguna, solo porque su trama contenga desplazamientos en el tiempo...? ¿Importa realmente la etiqueta? Dejémoslo entonces en que nos encontramos ante una brillante ―luminosa, si me lo permiten, a pesar de su evidente tenebrismo― obra que aúna la literatura fantástica con el noir detectivesco en una mezcla de suspense, intriga, horror ―incluyendo algún toque que podría considerarse gore― y fantasía. Fantasía, al fin y al cabo, porque en ningún momento Beukes llega a intentar siquiera explicar los mecanismos del «viaje en el tiempo» que tan imprescindibles son para la historia. Y es que, con un formato de fragmentado thriller de suspense psicológico con una buena cantidad de violencia muy gráfica, la trama se desenvuelve en una estructura de bucles dentro de bucles ―que podría recordar lejanamente a la de La mujer del viajero en el tiempo― que avanzan adelante y atrás en el Chicago del siglo XX evitando cualquier posibilidad de una narración lineal de los eventos. Podría haber resultado confuso, pero el buen hacer de la autora consigue sumergir al lector en el relato sin perderlo en momento alguno.

En el Chicago de la Gran Depresión, Harper Curtis es un pobre hombre que, de casualidad, va a acceder a la posibilidad de desplazarse en el tiempo en un periodo que abarca desde 1931 a 1993. Una posibilidad que, de alguna manera, va a facilitar y dar rienda suelta a sus impulsos criminales, convirtiéndolo en un depravado asesino en serie. Sus víctimas serán unas jóvenes, de muy diferente procedencia socio-económica, educativa o racial, que él ve brillar ante su mirada. Sin embargo, una de ellas, Kirby Mazrachi, sobrevive contra todo pronóstico a su ataque y, sin saber a las dificultades a las que va a enfrentarse dadas las peculiaridades del asesino, emprenderá una caza cargada de sorpresas. Una investigación que podría volver a poner su vida y su cordura en peligro.

A través de unos capítulos de extensión corta, todos ellos narrados en tiempo presente, Beukes alterna los puntos de vista de Harper y Kirby, mientras uno asesina o busca a sus víctimas y la otra sigue su pista, añadiendo de cuando en cuando otras perspectivas «secundarias» como las del periodista Dan Velasquez, del vagabundo Mal o, por supuesto, de las chicas asesinadas.

Jugando con las paradojas que le permiten el recuso de los desplazamientos temporales, y acompañándolo de ese «cliché» de todo asesino en serie que se precie que le obliga a «firmar» sus crímenes, como nexo de unión entre las víctimas y como marca identificativa, Harper siempre deja junto a sus víctimas un objeto que pertenecía a otra: unas alas de mariposa, una pelota de tenis, una carta de un jugador de béisbol, un caballito de juguete o un blister de píldoras anticonceptivas, creando de paso ciertos anacronismos con los que tendrá que lidiar la protagonista, pues ¿cómo es posible que aparezca en la escena del crimen un objeto que todavía no ha sido fabricado…? Así, late también bajo la trama la peliaguda cuestión de la causalidad, la predestinación o la inevitabilidad que pudiera suponer que el criminal pueda visitar a sus víctimas en un momento anterior a sus muertes sabiendo que ya nada ni nadie puede salvarlas. Cabe decir, casi como dato anecdótico, que en torno a uno de estos objetos se encuentra posiblemente uno de los escasos fallos narrativos del libro; fallo, en la forma de encontrarlo, que no influye por otra parte absolutamente para nada en la trama.

Para la ocasión, y afortunadamente, la autora se aleja de la tan de moda «exaltación del mal o del malvado» que dota a los psicópatas y criminales de un extraño atractivo ―Dexter, Walter White, Hannibal Lecter…― para presentar un asesino absolutamente despreciable. Harper nunca llega a estar cerca de atraer la simpatía del lector. No existe una justificación para su forma de actuar, no presenta motivaciones más allá del placer que le produce y de la posibilidad que se la ha otorgado de salir impune. Por las circunstancias en que se produce la posibilidad del viaje en el tiempo, en determinado momento del relato casi se podría haber hablado de una influencia externa si la misma no hubiera sido tan etérea, subjetiva y difusa que podría ser confundida fácilmente con una voz interior del propio asesino y que remitiría entonces a una decidida neurosis. Sin duda, se trata de un sociopata que disfruta con lo que hace, como un yonki de los asesinatos que necesita matar para poner su vida en orden. Es brutal y cruel, sádico y sin ninguna posibilidad de redención, y solo alguien muy enfermo podría identificarse con él.

Pero Kirby tampoco es precisamente un personaje simpático; después de la traumática experiencia mantiene al mundo a raya, levantando un muro de sarcasmo en torno suyo, presentando a los demás un aspecto de dureza que la lleva a pisotear en ciertas ocasiones a quien tan sólo busca ayudarla o a quien puede darle información relevante para llegar hasta el asesino. Sólo su «alianza» con Dan Velasquez, periodista deportivo del Chicago Sun-Times ―anteriormente reportero de sucesos en una época en que fue testigo de demasiado horrores y que oscureció su carácter―, que en principio sólo era una excusa de la joven para poder investigar otros asesinatos, pero que les llevará a establecer una relación un tanto especial, se transforma en un rayito de luz entre muchas sombras.

Y es que, aunque aparezcan relativamente poco, se podría decir perfectamente que el auténtico atractivo de la novela, como bien dice el título, son las chicas luminosas a las que Harper apaga el brillo: Zora, Willie Rose, Alice, Margot, Jin-Sook... Beukes las caracteriza a todas, las diferencia, las dota de personalidad a pesar del poco tiempo del que van a disponer en la novela y del destino que tienen marcado. Podría haber pasado de puntillas sobre ellas, pero no, las retrata llenas de humanidad, lo que hace mucho más terribles todavía si cabe sus crueles muertes. Son jóvenes que respiran, que tienen sueños e ilusiones, que luchan por lo que creen correcto, adelantándose incluso a su tiempo ―quizá ese sea precisamente su luminosidad―. De toda condición y extracción social, de diferentes razas y credos, con ideas radicales o simplemente buscando vivir su vida sin problemas ni persecuciones, cada una de ellas es representante de cierta tendencias de sus respectivas generaciones.

Así, a través de las breves pinceladas de las historias de cada una de esas jóvenes arrancadas de sus vidas, surge una crítica social paralela a la trama principal, con la que la autora aprovecha para hacer un repaso de algunos de los momentos más destacados de los EE.UU del siglo XX en torno a la lucha y la evolución de los derechos de ciertas minorías y de las mujeres en particular: La Gran Depresión, la segregación racial, la caza de brujas, la problemática de las madres solteras y trabajadoras, las prácticas abortistas…

Beukes consigue con Las luminosas una obra de investigación criminal, retratando ambos lados de la imagen, tan intrigante como atractiva. Dura y descarnada en algunos momentos ―algo que la convierte en no apta para todos los estómagos―, sentimental en otros, fría y distante a veces, apasionada, cínica y esperanzadora en ocasiones..., y que requiere, no obstante, de cierta complicidad del lector para aceptar los «parámetros» más fantásticos del relato ―ah, esa casa…―. Lo cierto es que no presenta ningún misterio a resolver, dado que desde el principio se sabe quién es el asesino, pero sí un interesante, curioso y bien construido puzzle de intriga espacio-temporal donde las piezas finalmente encajan satisfactoriamente sin dejar nada al azar.