miércoles, 23 de octubre de 2013

Reseña: Esta noche arderá el cielo

Esta noche arderá el cielo.

Emilio Bueso.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Salto de página. Col. Púrpura # 48. Madrid, 2013. 266 páginas.

«El mundo en un puño y, en el puño, el acelerador».

Toda una filosofía de vida, toda una declaración de principios con la que se abre de buenas a primeras la novela. Y es cierto, Bueso aprieta el acelerador, con suavidad al principio, con mimo, disfrutando del paisaje, para ir acelerando poco a poco, aunque de forma continua, y lo suelta más bien poco a lo largo de todo el relato, permitiendo pocas «zonas de descanso» a sus lectores ―como a sus protagonistas―. Empieza despacio, con una cadencia de paseo, de reencuentro con el pasado, anticipando promesas por cumplir; y paulatinamente la mano se crispa sobre el manillar, acelerando, acelerando, hasta que ya es imposible detener la máquina narrativa que ruge entre sus páginas y se abalanza ciega hacia el desastre, sin más luz que los faros de un par de motos que tan solo iluminan una pequeña porción de lo que rodea a sus «jinetes» y un cielo nocturno que se incendia con la aurora boreal. Tras Diástole y Cenital, ambas ganadoras del premio Celsius, el autor se embarca en una compleja historia muy difícil de encasillar: Fantasía oscura, thriller de intriga, terror, western crepuscular, road-book, humor negro, mordaz y sarcástico, retorcido romance, ciencia ficción… Una imposible mezcolanza que, contra lo que pudiera parecer, termina funcionando más que bien.

La Trans-taiga es una larga y solitaria carretera, de más de seiscientos kilómetros, que atraviesa el norte de Cánada, justo en el borde último de la civilización. Desierta y con apenas tráfico es el lugar ideal para «perderse» en el reencuentro de una antigua pareja de moteros. Él, Mac, es un mecánico neurótico y con demasiadas inseguridades, un rockero de la vieja escuela aquejado de todo tipo de fobias sociales y, por lo tanto, fracasado de la peor manera, derrotado por sus propios miedos. Ella, Perla, una mujer casada hastiada de su vida, que ha abandonado a su esposo e hijo y parece buscar un nuevo despertar en las viejas costumbres. Cabalgando sus motos, sin más pensamiento que descubrir de nuevo las sensaciones aparcadas hace ya una década, ambos van a encontrarse, de forma dolorosa, con mucho más de lo que esperaban… y nada bueno. Una avioneta que se estrella, unas criaturas cuadrúpedas que bailan a la luz de una hoguera, un coche funerario que recorre la carretera en la oscuridad de la noche, un cuarteto de indios cree que no son lo que quieren aparentar, una pareja de astrónomos, padre e hijo preadolescente, que se van a ver atrapados en la aventura de sus vidas, unas extrañas bestias que aúllan ocultas en la penumbra...

La soledad de los espacios inmensos y poco poblados, la tundra y la taiga, el cielo nocturno poblado de miles de estrellas, de esa carretera casi rectilínea de seiscientos sesenta y seis kilómetros que no termina de llevar a parte alguna, que acaba en la nada, en un embalse casi abandonado y poco visitado, es el telón de fondo perfecto para el cruce de caminos preparado por el autor. Moteros que buscan perderse y recuperar algo de su juventud, narcos que trafican con materias peligrosas, agencias secretas y operaciones militares encubiertas, ingeniería genética, ritos ancestrales de los indios americanos, lluvias de estrellas que preludian el estallido de violencia salvaje y despiadada...

Y auroras que tiñen todo el horizonte de bellos colores, pero también de amenazas, como efecto de unas llamaradas solares y unas tormentas magnéticas que fascinan la mirada al tiempo que hacen imposibles las comunicaciones. Fuegos que arden, en efecto, en el cielo, viéndose reflejados en los fuegos que se van a encender en un suelo poblado de monstruos, de criaturas ajenas a la razón que, sin embargo, alguien ha sido capaz de imaginar.

Los personajes principales, Mac y Perla, se encuentran dañados en múltiples maneras. Él de forma harto evidente; ella ocultando secretos. Ambos con cicatrices interiores que son difíciles de ver, pero que se permean en todas las facetas de sus vidas. Son perdedores con renovadas ilusiones, que, sin embargo, cuando por fin piensan haber dejado atrás la desesperanza son golpeados por la vida donde más les duele, dejando sus almas desnudas a la intemperie. Perdidos, huyendo de sí mismos y sin más refugio que volver a su rutina, ven de pronto que la vida les da una segunda oportunidad ―una última oportunidad― en forma de recuperar una parte de su pasado. Y Mac se deja arrastar por el misterio que envuelve a Perla, quien calla más que dice, que oculta más que muestra y porta cicatrices que no enseña al mundo. Para él, la posibilidad de la redención pesa más que todos los miedos, y el sobreponerse a una situación que claramente le supera y portarse como el héroe que nunca ha sido tal vez lave los pecados que nunca se ha confesado a sí mismo. O tal vez tan sólo sea la llamada de una renacida lujuria que creía muerta y enterrada, la búsqueda de un postrer «polvo» largamente demorado. Y cuando la posibilidad surge, no es el momento de ponerse a hacer preguntas; sólo coger la moto y seguir la estela de aquella mujer que le recuerda a sus mejores años.

La narración se ve continuamente salpicada de flashbacks que permiten a Bueso ir construyendo, o justificando, las personalidades de sus protagonistas. Una estructura construida sobre capítulos cortos, como una ametralladora disparando sus ráfagas, rápidas, fugaces, intensas… Los encuentros ―y desencuentros― se suceden; las amenazas surgen a cada paso, frustrando los mejores planes; la violencia estalla y nadie se encuentra a salvo.

El autor, escudándose quizá en el propio exceso del relato, no hace juegos, sino malabarismos con palabras, sacándose de la manga las más disparatadas y brutales imágenes que, sin embargo, dan paso de pronto a una desgarrada poesía. Metáforas e imágenes viscerales, poderosas, llenas de mala leche y de ironía. Escenas grandiosas, llenas de implacable lirismo que de pronto se enfrentan a un lenguaje soez y a las más bajas pasiones de los seres humanos. Como la vida misma.

Bueso hace gala de un lenguaje ―y una prosa, por ende― áspero, duro, descarnado, barriobajero, vulgar y desabrido en ocasiones, seco y frío, que tan bien retrata a sus usuarios, a sus personajes y al escenario en que se ven obligados a desenvolverse. Una pena que, junto a la enorme batería de referencias a la cultura popular, a series, películas y libros emblemáticos, en ocasiones se le cuelen expresiones demasiado «nuestras», demasiado del acervo español para el escenario en que se desarrolla la acción ―como poner a alguien «mirando a Cuenca», con todas sus connotaciones, desde la taiga canadiense―. Igualmente, La amenaza fantasma fue estrenada en 1999, por lo que se antoja un tanto difícil que uno de los protagonistas llevase en el instituto una camiseta con una imagen de Jar Jar Binks estampada y en el presente de la narración ―que, si nadie me corrige, parece ser también nuestro presente― se encuentre en la situación personal, familiar y laboral en la que se encuentra, a no ser que se haya dado mucha, mucha prisa en todo, algo que se contradice con la personalidad con la que es descrito.
Conforme se acerca el final, es cierto que las casualidades se van acumulando, y el lector se ve obligado a aceptarlas para que la historia, ya super acelerada, no le deje atrás. Cuando las piezas deben ir encajando y las distintas tramas confluyendo, la presencia del casi anunciado deux ex machina es demasiado palpable y evidente, pero no resta emoción al drama, antes bien, como una parte más del juego literario del autor, sirve como refuerzo de la terrible ironía de lo que se está viviendo, como si de un destino escrito en piedra se tratara..

Esta noche arderá el cielo es pura aventura, pero no oculta una cínica reflexión sobre la identidad que cada individuo se forja para sí mismo. No cómo le ven los demás, sino cómo quiere ser visto. Es también una denuncia de la ciencia desatada y sin controles. De la soledad a la que el mundo condena a los diferentes por el mero hecho de serlo. De miedos y fobias a la propia existencia. Del inmisericorde paso del tiempo que tritura las más ancestrales tradiciones... La novela es todo un «batiburrillo» de temas enfrentados que, no obstante, se unen sin fisuras y funcionan juntos a las mil maravillas. Una historia que comienza de forma casi íntima y termina en medio de explosiones, tanto externas como internas. Una lectura que puede doler, puede desagradar, puede emocionar, pero que no deja indiferente. Y es que cuando el cielo arde es fácil resultar quemado...

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Reseña de otras obras del autor:

    Diástole.