martes, 28 de enero de 2014

Reseña: El Ladrón de Puertas

El Ladrón de Puertas.
Los magos primigenios /2.

Orson Scott Card.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Col. Fantasía. Barcelona, 2014. Título original: The Gate Thief. Traducción: J.E.Álamo. 334 páginas.

Esta novela, segunda entrega de la trilogía, recoge la acción prácticamente donde quedó tras los sucesos que cerraban La puerta oculta. En esa primera entrega Card creaba una peculiar fantasía urbana con toques mitológicos, situando la acción en dos localizaciones bien distintas; por un lado la Tierra actual, presentando a las familias compuestas por los antiguos panteones de las religiones del mundo clásico: griegos, nórdicos, hindues, persas…convertidos en nuestro presente apenas en sombras de una poderosa tradición mágica que empezó a entrar en decadencia cuando Loki cerrara todos los portales que llevaban a su mundo original; por otro, el mundo de Westil, de corte medieval, donde dramáticos incidentes tenían lugar marcando el futuro devenir político y el destino de todos los implicados. En este contexto, el joven protagonista de la historia, Danny North, se enfrentaría al misterioso personaje que cerraba todas las puertas entre un mundo y otro, sin ser realmente consciente de todo lo que dependía de sus actos. Y si hasta ahora he intentado no decir mucho del argumento de ambas novelas, cabe advertir que es muy posible que en los párrafos que vienen a continuación se encuentren incluidos detalles importantes de la primera entrega. 

Danny debe ahora hacer frente a las consecuencias de lo que ha hecho. Tras su encuentro con Pan y su regreso a la Tierra, debe decidir si abrirá una nueva Gran Puerta y si, de hacerlo, permitirá a las familias enfrentadas cruzar hacia Westil. Si lo hace, aumentando así sus poderes, debe encontrar la forma de mantener el equilibrio y la paz, algo difícil visto el odio que parece existir entre todas ellas. Sin embargo, su falta de experiencia, su deseo de ser una buena persona a toda costa y la ausencia de consejeros a la altura de la tarea le llevarán a cometer nuevos errores. Errores que podrían resultar fatales para él, para sus amigos y para toda la humanidad. Por todo ello, el protagonista madura un poquito, se hace más cauto, consciente de que no sabe lo suficiente sobre el manejo de las puertas, algo que, sin embargo, no va a impedirle que, aún con sus buenas intenciones, siga metiendo la pata.

El Ladrón de Puertas es una novela que, en cierta forma, sufre en exceso del síndrome del «libro central» de una serie, con mucha revelación y poca, o ninguna, resolución. Las cosas se mueven, el protagonista ―y los lectores con él― descubre muchos detalles de sus poderes y de la verdadera naturaleza del mundo ―de los mundos― en que se mueve, descubriendo incluso que mucho de lo que creían saber sus familiares desde tiempos inmemoriales es falso. Pero en realidad, casi hasta el final, el tema avanza más bien poco En la entrega anterior, el joven Danny North descubrió que no era un drekka como había creído toda su infancia, que sí que tenía ―muy grandes― poderes, se alejó de su familia, hizo nuevos amigos y realizó una acción impetuosa que amenazaba con tener graves consecuencias. Consecuencias que son precisamente con las que habría que lidiar en este libro. El autor, además de continuar con el tema de los dioses mitológicos y de la lucha por el poder en Westil, introduce una nueva línea, de gran importancia, alejándose un tanto de lo que se intuía iba a ser el natural discurrir de la obra. Ahora Danny debe mantener la paz entre las familias, con el bienestar de la humanidad en juego, al tiempo que debe descubrir qué era aquello que tanto temía Loki y que le llevó a actuar como lo hizo. El descubrimiento de un enemigo de enorme poder que amenaza a todo lo conocido da un nuevo rumbo muy ominoso a la aventura.

Y todo mientras, en lo meramente personal, el protagonista debe lidiar con el deseo carnal que su nueva condición parece despertar entre todas las jóvenes de su entorno. Un no demasiado verosímil impulso que, por muy revolucionadas que tengan los y las jóvenes las hormonas, de repente lleva a todas sus amigas y conocidas recientes a desear acostarse a cualquier precio con él y tener un hijo suyo ―y es que quizá lo primero tuviera una base (Danny es casi un dios), pero ¿de verdad el único anhelo de unas adolescentes que no han terminado todavía el instituto es quedarse embarazadas (sea quien sea el padre)?― que no deja en muy buen lugar a los personajes femeninos y no precisamente por sus «apetitos sexuales».

Mientras Card sigue ampliando el panteón de referencias mitológicas, añadiendo en esta ocasión la impliación histórica de los dioses egipcios y semíticos ―entre otros―, la trama se va haciendo más oscura, más amenazadora si cabe, a pesar de los desesperados intentos del protagonista de intentar seguir disfrutando de una vida lo más «normal» posible, apuntándose incluso al club de atletismo del instituto. Pero lo cierto es que Danny no está destinado a tener una vida normal ni siquiera en apariencia, sus muchas responsabilidades le dominan, e incluso va a tener, avanzada ya la novela, su propio Judas, alguien cercano en quien confía y que va a traicionarle, dando así un impulso enorme a la narración.

Danny es consciente por primera vez de que quizá Loki estaba haciendo lo que ellos consideran como un mal para evitar otro mucho mayor, lo que le hace ahora a él responsable de continuar su lucha, aunque ni siquiera sepa demasiado bien a qué o quién se enfrenta. Surge así la reflexión sobre el peligro de emprender ciertas tareas sin saber realmente lo que se está haciendo o comprender las consecuencias que va a tener, y sobre la importancia de responsabilizarse de los propios actos una vez realizados. Ante un gran poder, con un gran abanico de posibilidades, el autor plantea el problema de saber de quién puedes fiarte y de quién no, con la aparición de una arrasadora desconfianza que lleva a cuestionarse las intenciones de todos los que le rodean. Danny deberá buscar y encontrar un difícil equilibrio mental si no quiere caer en una auténtica paranoia paralizante. A lo largo de las páginas, a través de la interacción del protagonista con sus amigos y compañeros, van surgiendo también ciertos temas, de carácter ético o moral, muy característicos del autor mormón, con cierto aire «adoctrinador», pero que, aunque puedan resultar molestos a algunos lectores, tampoco se inmiscuyen demasiado en la trama principal.

Estas cuestiones, junto a la introducción de ciertas consideraciones un tanto ambiguas y polémicas, hacen que la novela, o su autor más bien, parezca no terminar de decidirse por el público hacia el que va dirigida. Con un tono de evidente corte juvenil, hay suficientes situaciones escabrosas, física y psícológicamente violentas o abiertamente sexuales más adecuadas para lectores «maduros». Es como si Card hubiera querido nadar entre dos aguas y las sitaciones más adultas conviven junto a bromas adolescentes demasiado obvias y diálogos, «chistes» e impulsos algo sonrojantes por su ingenuidad y falta de verismo adolescente.

Circunstancias puntuales que no impiden que la novela se lea de un tirón. Card es un gran narrador, un imaginativo profesional y un agradable prosista. Sabe a la perfección cómo encadenar escenas de la forma más atractiva y construye personajes con los que el lector puede empatizar, haciendo que la novela avance con gran rapidez ―con la excepción de un par de capítulos «explicativos» que son un auténtico escollo para el fluido ritmo del resto―.

Se produce, no obstante, cierto desequilibrio en el interés de las diferentes líneas en que se divide la narración. Las partes más aventureras, tanto en la Tierra como, sobre todo, en Westil, son francamente interesantes. El desarrollo de Loki, la explicación de su comportamiento anterior, su relación con Anonoei y su participación en la preparación de la venganza sobre la reina Bexoi, atrapan la atención de forma intensa. El conflicto que plantea, contra ese enemigo hasta el momento desconocido, es cuando menos intrigante. El trato con las familias ―aunque habría sido de desear algo más de «contacto» con las mismas― es muy coherente y satisfactorio. Sin embargo, en la faceta más personal, del día a día de Danny, sus amigos son apenas esbozos, meros «acompañantes» de apoyo, por mucho que el autor intente dotarlos de otra dimensión ―y es que el mismo protagonista les dice que en su relación con él su función va a ser el de sirvientes y ellos tan contentos―. Además, si de las cuatro amigas se eliminase a una o dos de ellas tampoco se notaría en absoluto, pues muchas veces sus actuaciones son totalmente redundantes, innecesarias o gratuitas, pudiendo perfectamente haber fusionado alguno de sus papeles. Es cierto que no «molestan», pero tampoco aportan «individualmente» al relato nada más allá de la tentación que ejercen en momentos puntuales sobre Danny.

Es cierto también, ya lo he dicho, que hay dos o tres capítulos con un exceso de concentración en las explicaciones sobre la «magia» y los mitos implicados en la trama. Explicaciones que se hacen así un tanto pesadas y que, si se analiza en profundidad, tampoco era necesario trasmitirlas de esta manera; como la ―doble― explicación del ka y el ba, la esencia y el aura, imprescindible sin duda para entender lo que va a suceder, pero insertada a modo de farragosos «diálogos» que se hacen ciertamente poco llevaderos, rompiendo el rápido ritmo de la historia.

El final de la novela, en un punto álgido cargado de tensión tras unas últimas páginas de crescendo imparable, con el destino de ambos mundos en juego, demuestra que cuando Card quiere sabe hacer bien las cosas, dejando a los lectores con el alma en vilo con un cliffhanger de manual cerrando el libro en, seguramente, su momento de mayor emoción. En definitiva, El ladrón de puertas es una segunda entrega suficientemente interesante y entretenida como para dejar con ganas de leer la tercera y saber cómo termina la particular historia de Danny North y su contrapartida Pan, a pesar de esa cualidad de libro central y alguna inconsistencia que hace que no alcance el nivel de «satisfacción» de la primera. Y aún así, se lee en un suspiro.

Y hasta aquí la que hubiera debido ser la reseña del libro, sin más que añadir sino fuera por la desacertada inclusión por parte de Card al final del libro de un «epílogo» donde intenta justificar el retraso en la entrega del manuscrito ―y por tanto de la fecha de publicación del original― debido a cuestionables decisiones narrativas que lo cierto es que tampoco vienen demasiado a cuento. Justificaciones que hacen volver la vista atrás y reinterpretar lo leído a la nueva luz de las intenciones manifiestas del autor, saliendo ciertamente perdiendo en la comparación entre lo plasmado y lo deseado, pues después de haber dejado relativamente satisfechos a los lectores con la historia, sus matizaciones demuestran que Card no ha conseguido del todo lo que pretendía, entorpeciendo además la estructura narrativa. Recomendación: no leer el epílogo. Nada se pierde y deja mejor regusto.

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Reseña de otras obras del autor:

 
  Con Aaron Johnston: