viernes, 28 de marzo de 2014

Reseña: Los Juegos

Los Juegos.

Ted Kosmatka.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Fantascy. Barcelona, 2014. Título original: The Games. Traducción: Gemma Rovira. 414 páginas.

Nos encontramos ante la primera novela del autor en la que ofrece un thriller de suspense científico, en un futuro cercano, jugando con los supuestos avances, desmedidos, en ingeniería genética e inteligencia artificial. No se trata de una crítica a la ciencia en sí misma, sino de un «aviso» contra la falta de controles en la investigación de ciertas tecnologías, del peligro de jugar con la naturaleza para intentar doblegarla a nuestra voluntad, de la ambición desmedida por hacer dinero con cualquier nueva tecnología o descubrimiento científico ―de hecho, como si ese fuese su único propósito―, del riesgo de la búsqueda del saber por el saber sin pensar en las consecuencias, o de las interferencias de la burocracia y los desmanes de los políticos en otras áreas de la sociedad ajenas a su ámbito propio. Con una «tecnojerga» y unas especulaciones bastante ajustadas al tema que se está tratando y con una base en biología e informática en apariencia sólida para dotar de una agradecida verosimilitud a lo narrado ―doctores habrá que me corrijan―, el libro recuerda a alguno de los tecnothrillers de Michael Crichton ―inevitable pensar en Parque Jurásico― o del tándem Preston / Child, con abundante atención a los detalles y unos personajes que cumplen efectivamente con su papel pese a un intento de innecesaria y excesiva caracterización familiar y afectiva.

En el mundo del futuro cercano de 2044 los tradicionales Juegos Olímpicos se ven precedidos de una competición extraordinaria consistente en el enfrentamiento de unos singulares «gladiadores», unas criaturas diseñadas mediante ingeniería genética cuya única cortapisa es que no pueden tener nada de ADN humano en su genoma. Independientemente de dónde se celebren las Olimpiadas, estos particulares juegos siempre tienen lugar en territorio del ganador del certamen anterior, algo que han conseguido los EE.UU. durante los últimos doce años con tres victorias consecutivas. Pero una nueva cita se acerca y, dadas las filtraciones que apuntan el enorme potencial de los futuros competidores, Silas Williams, el genetista diseñador de las anteriores criaturas, recibe esta vez las especificaciones de un «agente» exterior. El espécimen biológico resulta ser toda una incógnita, sin que el equipo pueda definir de qué tipo de ser se trata. Y mientras los científicos a cargo del programa empiezan a preocuparse, los políticos, personalizados en la figura de Stephen Baskov, presidente de la «Comisión Olímpica» encargada de la competición, no piensan más que en la victoria y su efecto económico. Como es fácil que adivine cualquier lector, una catástrofe sangrienta y violenta está gestándose bajo sus mismas narices sin que quieran verlo. Una catástrofe que se ve venir desde lejos como un accidente inevitable y que, sin embargo, termina adquiriendo mucha mayor dimensión de la esperada.

Así, el diseño queda en manos de un super ordenador, quien con su fría y desapasionada eficiencia va a encargarse de la creación de una criatura bestial, imparable, desarrollada únicamente para vencer a sus contrincantes y sobrevivir a toda costa. Con un genoma que nadie entiende, ni siquiera Evan Chandler, el genio tras el ordenador. Dado lo inexplicable de su diseño y de las características que la criatura va demostrando, para intentar entender qué han creado, Silas echará mano de la ayuda de la xenobióloga Vidonia João, que se antoja se encuentra en el lugar para añadir dramatismo, cierto interés romántico ―muy suavemente desarrollado, por otra parte― y una pincelada de ciencia exótica a toda la ecuación.

La novela se encuentra dividida en tres partes: Truenos lejanos, La tormenta que se avecina y Diluvio. Las dos primeras partes son básicamente de «exposición», con el nacimiento, crecimiento y «entrenamiento» de la criatura, con el intento de desvelar qué es realmente por un lado, y con la participación de Chandler, su especial programa informático, inteligencia artificial y realidad virtual por otro; dejándose así las manos libres para la tercera parte, la que se lleva la mitad de la longitud del libro, donde el autor da rienda suelta a la acción más desatada, tanto en los enfrentamientos entre los gladiadores de los diferentes países como en lo que sucede a continuación. Irónicamente los «juegos» del título, desde su apertura hasta su clímax, no llegan a ocupar siquiera 50 de las más de 400 páginas de la novela. Kosmatka imbuye el final de un toque sombrío conforme se va desvelando la intención real tras el diseño del muy particular genoma del luchador estadounidense y el destino al que parecen abocados los protagonistas.

La ciencia «liberada» del control de la ética. La moral supeditada a lo empresarial... El autor parece advertir del peligro de convertir la investigación científica en una empresa comercial, en una competición donde los conocimientos no son tan importantes como los balances de cuentas finales. O de dejar la ciencia en manos de los políticos y los financieros que a la postre lo que buscan son ganancias, ya sean económicas o de otro tipo más cercano al poder. La ciencia per se no es «buena» ni «mala» sino que lo son las cosas que se hacen con ella. Silas y Vidonia personifican al científico ético e involucrado en la sociedad frente al egoísmo de Chandler, un genio informático socialmente inadaptado que solo se encuentra a gusto entre máquinas, y que por el mero placer de satisfacer su ego va a poner al mundo entero en peligro, y a la feroz voracidad del desalmado Baskov sólo preocupado por la victoria a cualquier precio.

Hay una inasible sensación de cierta falta de equilibrio en las tramas, una falta de integración entre el tema genético y el informático, sin que, pese a la importancia de ambas, lleguen a alcanzar el mismo peso, apoderándose además en ocasiones líneas secundarias que distraen de lo que hubiera debido ser el prometido centro de la novela. Kosmatka intenta, como forma de crear mayor profundidad y definición, establecer unos lazos afectivos entre los personajes y los lectores, dotando a los protagonistas de unas vivencias quizás un tanto innecesarias para la historia principal, pero que buscan construir empatía para dar mayor intensidad a los dramáticos momentos finales. Por ejemplo, más distracción que otra cosa, ¿de verdad aporta algo conocer los problemas conyugales de Ben, el ayudante de Silas, o sólo entorpecen el ritmo?

Con un desarrollo tecnológico que se antoja bastante proporcionado al tiempo transcurrido y una sociedad bien definida, el autor da al relato un mínimo toque de ecologismo light que quiere invitar a seguir un camino distinto, que ya se intuye hoy, si queremos seguir disfrutando de ciertas maravillas de nuestro planeta. Se trata así de un entretenimiento tecnológico ―algo que parece ser su premisa principal― con una pizca de crítica social y un viraje en absoluto inesperado hacia el género catastrofista de «monstruo imparable» y algunos toques de horror inclusive. Al final, prima la emoción e intensidad de ese rápido entretenimiento sobre la reflexión que podría haber aportado, aunque el autor no evita en absoluto dejar ciertos temas en el aire para que sean los lectores quienes saquen sus propias conclusiones. Es de agradecer, sin embargo, que en esta última fase, el autor no convierta a sus personajes en auténticos «héroes de acción», sino que siguen siendo personas con todas sus limitaciones ―y sus virtudes y conocimientos― que hacen frente como mejor pueden y según sus particulares inclinaciones a la adversidad, ya sea responsabilizándose y buscando soluciones unos o meramente escondiendo la cabeza en un agujero otros.

Los Juegos es una novela de debut escrita con un prometedor pulso narrativo, preciso y sin excesos, sobria pero agradecidamente descriptiva, de lectura muy rápida, con un ritmo bien dosificado, aunque con ciertos errores narrativos achacables a la impericia de una obra novel, entre las que la falta de ciertas explicaciones sobre cómo se ha llegado a esa competición o la poca contestación social hasta el momento ―el evento no deja de ser una pelea de gallos a lo bestia― no son lo de menos. Un tecnothriller de «manual», bien ejecutado, con el debido suspense, los debidos momentos de emoción, la implicación científica, las revelaciones «sorpresivas», la acción que se desata y un final tan intenso como oscuro e intencionadamente emotivo. Con una cadencia totalmente cinematográfica, la trama de la novela se va desenvolviendo ante los ojos de los lectores de forma enormemente gráfica tanto en los prolegómenos como en la catástrofe que se avecina de manera irremediable. Cuidado con ponerse por en medio.