jueves, 8 de mayo de 2014

Reseña: El hombre sin rostro

El hombre sin rostro.

Luis Manuel Ruiz.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ed. Salto de Página. Col. Púrpura # 55. Madrid, 2014. 221 páginas.

Un leve retrofuturismo, ucronía, costumbrismo, aventuras, misterio y género policiaco confluyen en el Madrid de 1908 y el resultado es tan subyugante como atractivo. Con una elegante prosa, que se podría tildar sin temor de «culta» con algún rastro decimonónico y un puntito de «engolamiento» realmente encantador, abundante humor, mucha acción, un intrigante misterio, varios asesinatos y unos personajes tan variopintos como interesantes ―y en los que reside gran parte del acierto de la novela―, Ruiz ha forjado una trama apasionante a medio camino entre lo detectivesco, lo histórico, lo castizo y la fantasía científica, con una magnífica recreación de época, muy a lo Pío Baroja, con un ritmo que no decae y atrapa desde el mismo momento en que un pterodáctilo cae de manera harto inexplicable sobre Don Ernesto Silva, director del Museo de Historia Natural de Madrid, causándole la muerte. A partir de ahí, conspiraciones, crímenes, viajes y secretos de estado a golpe de ciencias naturales.

Elías Arce es un joven un tanto torpe, exaltado y de sangre caliente, que sueña con ser un gran reportero habiendo alcanzado su condición de periodista dentro del diario El Planeta un tanto de rebote: desde simple recadero a improvisado encargado de crucigramas, no desaprovecha la ocasión de alcanzar el puesto que deja vacante la baja de un compañero. Cuando un grupo de reputados científicos empiezan a morir en extrañas circunstancias, Arce piensa encontrarse ante el reportaje de su vida y, de forma imparable, aunque algo atolondrada, se sumergirá en la investigación, le lleve la misma a dónde le lleve.

Por el camino conocerá al sabio, pero un tanto desquiciado y muy excéntrico, profesor Salomón Fo, a su independiente hija Irene, de la que se enamorará perdidamente, a su mayordomo de 200 años Nabuconodosor Orlock ―quien fuera encontrado congelado en los hielos polares en una antigua expedición― y a todo otra serie de personajes a cual más extraño y humano. Como en toda buena investigación criminal, cada revelación tan solo profundiza en el misterio y al seguir las pistas los protagonistas se embarcarán en un viaje que les llevará de la capital hasta Barcelona y de allí a Galicia. Y es que, de entre un enorme secretismo empieza a surgir la sombra de un proyecto científico de gran nivel que hubiera dado a España un poder insuperable y en el que todos los científicos fallecidos habían trabajado en un momento u otro. Un proyecto abandonado, pero sin duda no olvidado.

El autor subvierte el orden social y los estereotipos de la época y convierte a Irene en el auténtico cerebro del grupo, una brillante, bella y arrojada joven que con su inteligencia dirigirá certeramente los pasos de la investigación. Independiente, practicante del «viril» deporte del boxeo, conductora arriesgada, sin demasiado pudor ni pelos en la lengua, librepensadora e irresistible. Una auténtica fuerza de la naturaleza, receptora reticente de las atenciones de Arce, quien no destaca precisamente por sus dotes detectivescas o sus muchas luces, ni para lo criminal ni para lo amoroso. El reportero, conductor de alguna manera de la narración, es un joven de escasos recursos económicos, proveniente de un pequeño pueblo de Andalucía y llegado a la capital para realizar unos estudios que deja aparcados en pos de seguir sus sueños periodísticos ―unos sueños que ni la dura realidad podrá hacer naufragar―, quien precisamente se hace con la simpatía del lector por su torpeza, sus idealistas sueños y su sinceridad sin dobleces.

Ruiz retrata con enorme frescura un periodo de cambio en la historia, la esperanzada apertura de un nuevo siglo, un tiempo de pujanza industrial, de perfecionamiento de la automoción, de avances tecnológicos y sociales, antes de la oscuridad a la que el continente europeo se encontraba abocado. El autor, dada la peculiar condición del misterioso asesino, hace dudar al lector de la manera más pérfida de todos los implicados en un momento u otro en la narración ya que, literalmente, el criminal pudiera ser cualquiera de ellos. Al final, quizá descubrir la identidad del sujeto tras las muertes o sus razones para embarcarse en semejante tarea criminal, sea lo de menos. Después de todo, como se suele dcecir, lo importante es el viaje, la investigación en sí misma, la arrebatadora personalidad y las extraordinarias cosas que les suceden a aquellos que lo realizan, y alcanzar la meta significa el final de una apasionante lectura.

Con un ritmo remarcable, el único punto negro se produce quizá en el largo elipsis entre su salida de Barcelona y la llegada a Galicia, dado que un viaje mucho más corto Madrid - Barcelona se demuestra mucho más «movido», y no se termina de explicar satisfactoriamente la espera del villano en actuar en el largo camino que cruza de una costa a otra, antojándose que hubiera tenido muchas oportunidades para poner en práctica sus habilidades asesinas sin llegar a hacerlo.

La novela termina con un cierre perfecto, sin dejar cabos sueltos en el caso planteado, pero con una pequeña línea en el aire que da esperanzas en que el autor pueda escribir nuevas aventuras de estos atrayentes personajes y dar lugar a una serie con las muchas peripecias que, sin duda, les quedan por vivir. El hombre sin rostro es puro entretenimiento, pero un entretenimiento «inteligente», planteando un interesante suspense, un arriesgado periplo aventurero y un mortal misterio, transmitido a través de una pulida, elegante y muy trabajada prosa, plagada de diversión, ironía, parodia y desparpajo invitando en casi todo momento a la sonrisa, aunque sin caer por ello de lleno en la comedia, aunque bordeándola de forma retorcida ―geniales las definiciones de crucigrama que se empeña en utilizar Arce para definir la realidad que le rodea―. La sombra de Conan Doyle, de Verne, de Wells o de Ibáñez, Hergé y Tardi es, ciertamente, muy alargada. Una novela diferente y sorprendente.