jueves, 19 de junio de 2014

Reseña: Juglar

Juglar.

Rafael Marín.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Sportula. Gijón, 2014. Edición digital (epub). 359 páginas.

Publicada originalmente en 2006 por la editorial Minotauro, de cuyo premio homónimo fue finalista, Sportula «rescata» ahora esta imprescindible novela de la bibliografía de Marín en sendos formatos, digital y físico. Aprovechando tal circunstancia la presente reseña es una reescritura de aquella otra que en su momento incluimos en Sagacomic, matizada ahora por el poso y el recuerdo que deja el tiempo pasado, un somero repaso y la lectura del mayor cambio ―¿el único? introducido entre ambas ediciones: la sustitución de la sinopsis de la obra, mucho más acertada la de ahora que aquella de entonces que parecía indicar que se trataba de una obra sobre la vida y gestas del Cid Campeador y nada más lejos de la realidad. No es, pues, en absoluto, un libro sobre Rodrigo Diáz de Vivar, aunque éste tenga su importancia ―mucha más de la que pudiera pensarse― en la narración, sino el relato en primera persona de un truhán poeta que busca sobrevivir en un mundo inhóspito, cargando con el secreto de una magia que muchas veces le supera y le convierte en objeto de deseo y odio de fuerzas que ni siquiera llega a imaginar. Situada en uno de los periodos más literariamente atractivo de nuestra Historia, la España de un siglo XI lleno de luces y sombras, Marín hace gala de una cuidada ambientación, llena de unas coloridas pinceladas sociales e históricas que no llegan a saturar la narración, donde introduce a un personaje que «resplandece» entre miserias y dota al relato de una implicación fantástica propia de nuestra cultura que no desmerece para nada en comparación con aquellos que nos vienen de fuera.

El libro se abre, cierto, con la famosa escena de la «resurrección» del Cid, como un guiño quizá o una forma de situar al lector en el contexto en que se va a desarrollar la acción, pero una vez pasada la breve, introducción el autor sumerge la narración en un enorme flashback y se centra en la figura del «resucitador»: Estaban de Sopetrán, el «juglar» del título, llevando el relato desde el momento de su abandono, recién nacido, a las puertas de un convento hasta ese postrer día en Valencia donde culmina de alguna manera una azarosa vida en la que, sí, se cruzará varias veces de manera importante con la figura de Mío Cid, pero en la que tales encuentros en absoluto ocuparán, ni mucho menos, el total de lo narrado. Como escudero de Fernán Ramírez, hijo menor del conde de Huete, Estebanillo tendrá la posibilidad de salir a viajar por tierras para él remotas y aprender de su señor ciertas artes prohibidas que le servirán más tarde para sobrevivir en los caminos cuando la suerte se le tuerza y tenga que buscarse la vida en solitario por muchas compañías que vaya encontrando y perdiendo en su periplo. 

A lo largo de estas páginas vamos a asistir al relato de la vida completa de Esteban de Sopetrán, a sus muchas aventuras y desventuras, en una narración que por momentos se torna épica y por momentos picaresca, y que pasa por hacer un retrato colorista de la época que les ha tocado vivir a los protagonistas. Un tiempo emocionante y peligroso, convulso e inestable. Una época de guerras entre reinos cristianos y «dominio» sobre las taifas musulmanas que buscan también su propio provecho en tiempos revueltos, ya sea en la paz o en la guerra; de enfrentamientos fratricidas al más alto nivel; de rencillas entre nobles, con sus envidias y sus traiciones; y de una magia que envuelve el relato con un halo de misterio que acompañará a Esteban de Sopetrán a lo largo de toda su vida cargándola de amenazas.

Y es, tal vez, precisamente ese el mayor «defecto» ―si cabe llamarlo así― que pueda achacársele a la novela. El tratar de encerrar en tan pocas páginas una vida tan azarosa y llena de vivencias hace que, en algunos determinados momentos, la narración se vuelva brusca, como quien avanza a trompicones, pasando de un hecho a otro, temporalmente lejano, sin apenas transiciones, y dejando muchas veces al lector con la frustración de querer «saber más» de ciertas circunstancias y hechos que, inevitablemente, quedan en las sombras.

El minucioso retrato que hace Marín de la época, muy interesante sin duda, es sin embargo otra rémora pegada a su estómago durante los primeros compases de la aventura. Hay un leve distanciamiento entre los momentos en que nos cuenta la vida de Estebanillo y los momentos en que nos narra los hechos históricos en que ésta encaja, que lastra el ritmo del relato. Se echa, quizá, en falta en este sentido un poco más de implicación emocional en lo narrado. Hay ocasiones en que, aún estando el protagonista en peligro de muerte, no se siente como algo cercano, inmediato, sino que existe un cierto desapego que le resta emoción. La pulcritud de la escritura, lo perfecto de su estilo, alejado de barroquismos, pero esencialmente puntilloso, quizá le haya jugado una mala pasada y queriendo hacer unas descripciones preciosas y preciosistas, Marín se ha distanciado o hace distanciarse al lector un tanto de la acción en sí, dando más importancia al decorado que a los sentimientos. 

Sin embargo, hacia la mitad del libro el relato se centra más, se fortalece y cobra más emoción tal vez desde la llegada de Mío Cid y sus huestes, y con ellas Estebanillo, a Zaragoza y con los hechos que allí acaecen, leyéndose el último tercio en un suspiro ensimismado. Le ha costado llegar allí, pero qué bien ha llegado. La novela, como ya he dado a entender un poco más arriba, está escrita con la maestría con la que nos tiene habituados Rafael Marín. Todo está en su sitio, todo tiene sentido, cada palabra quiere decir algo y ninguna es gratuita. Y aunque, como también decía, no es un libro sobre el Campeador, sí que es un gran homenaje a su persona y es una gozada ver como el autor ha ido encajando los hechos más destacables del Poema de Mío Cid para darles una nueva lectura y si alguien no ha leído el Poema, decirle que sería muy recomendable hacerlo, una nueva visión marcada por la existencia de la magia en la vida de Esteban de Sopetrán, un nuevo enfoque que engrandece, aún más si cabe, su figura, su nobleza y su hidalguía. No aparece demasiado Rodrigo en la narración, pero sí sus huestes y algunos de sus compañeros, y su espada, la Tizona, va a tener una importancia capital en lo narrado, aunque sólo sea como desencadenante de uno de los pasajes más bellos y un tanto aterradores del libro que tampoco quiero destripar, así que no diré nada más sobre ello.

Tan entretenida y divertida por momentos como trágica en casi todos, mágica, terriblemente irónica, sombría y amarga, y, sin embargo, llena de un optimismo quizá ciego dentro de esa amoral picaresca tan nuestra, Juglar termina descollando muy por encima de la literatura fantástica al uso. Como ya he mencionado, Marín fue finalista del Premio Minotauro con esta novela y, habiéndome leído también la ganadora, debo decir que fue un digno rival para aquella Señores del Olimpo y que a mí me habría costado mucho decidirme entre una y otra. Y es que, aunque quizá se podría que decir que la obra de Negrete es un poco más «redonda» en su acabado donde la de Marín es algo más inconexa, también habría de decir que Juglar me ha tocado mucho más la fibra quizá por la cercanía geográfica de lo narrado que las desventuras de los dioses griegos. Pero ya que estamos, mi recomendación es que, de ser posible, se lean ambas obras, ya que las dos merecen la pena y demuestran que algunos autores españoles nada tienen que envidiar a los que nos vienen de fuera.

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Reseña de otras obras del autor: