jueves, 24 de julio de 2014

Reseña: Mañana todavía. Doce distopías para el siglo XXI

Mañana todavía.
Doce distopías para el siglo XXI.

VV.AA. (Ed. Ricard Ruiz Garzón).

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Fantascy. Barcelona, 2014. 490 páginas.

Según la definición más «tradicional» de distopía la misma vendría a ser una falsa utopía. No una antiutopía, ni un ucrónico ¿que pasaría si…?, ni un porvenir negrísismo per se, sino un futuro idílico, no demasiado lejano, donde todo parece ir a las mil maravillas, pero que esconde una oscura realidad y, habitualmente, un gobierno totalitario que mantiene felices a sus ciudadanos a cambio de sus libertades: Un mundo feliz, Fahrenheit 451 y 1984 suelen ser nombrados como sus máximos exponentes y precursores. Últimamente, debido sobre todo a la irrupción de ciertas sagas de corte juvenil de carácter más bien post apocalípticoLos juegos de hambre y posteriores― la definición se ha ido ampliando para abarcar también esta corriente. No voy a entrar en la «bondad» de una u otra acepción, ni en si se debiera acotar más o menos el término ―ya se ha hablado y escrito mucho de ello―. Tan sólo diré que este proyecto de doce distopías para el siglo XXI ofrece algunos relatos dignos de remarcar, convirtiéndose, sin duda, en una de las lecturas de literatura fantástica imprescindibles de este 2014. Extrapolando desde nuestro propio presente, a la denuncia del totalitarismo o de la manipulación política como temas más «clásicos» se unen otras como la del uso perverso de ciertas tecnologías modernas, el aumento de la desigualdad social y económica, los desastres medioambientales, el consumo insostenible de recursos con el agotamiento de las materias primas, el cambio climático o el empobrecimiento de la educación.

Abre la antología una pluma que normalmente, por la mayoría de sus obras publicadas hasta el momento, se asocia más al fantástico juvenil que a una ficción especulativa para un público adulto. Sin embargo, Laura Gallego, con WeKids, se quita pronto de encima cualquier tipo de «prejuicio» que pudiera haberse creado con un relato que invita a la reflexión y se lee con gran agrado. Lucas Aval y Alfredo García son dos bebés que nacen el mismo día, y ambos son apuntados casi desde el mismo momento de su nacimiento a WeKids, una red social para un público infantil, de 0 a 15 años, donde, se supone, los adultos no tienen cabida ―pueden observar, pero no participar―; desde sus primeros meses, colgadas sus andanzas en la red por sus progenitores, su situación en la misma va a evolucionar de muy diferente manera. Los padres de uno se decantan por la faceta más «exhibicionista», mostrando videos de todas sus gracietas; los del otro fomentan mostrar ejemplos de su inteligencia de sus dotes para la divulgación. ¿Quién ganará en la carrera por la popularidad? Extrapolando de nuestro propio presente es fácil contestar esa pregunta. La apariencia, la imagen, el figurar, por encima de cualquier otra consideración. Todo lo que parece importar es la popularidad, conseguida por los medios que sea. El excesivo afán de algunos padres porque sus hijos destaquen sobre los demás condiciona incluso el futuro de esos niños. Una crítica a la engañosa satisfacción de la fama y a los programas para jóvenes talentos. En una extrapolación de una tendencia que ya estamos viendo los contenidos subidos, los «amigos» o seguidores que se tengan, la popularidad en suma, va a marcar todo tu futuro, para bien y para mal, tu carrera profesional, tu vida laboral, tu éxito social y familiar.

En Al garete, de Emilio Bueso, con un planteamiento cercano a los momentos finales de Inundación, de Stephen Baxter, libro con el que comparte varios puntos en común, lo importante es la fuerza narrativa que Bueso imbuye en la idea de un futuro en que el deshielo de los polos ha llevado a los restos de la humanidad a navegar a la deriva, al albur de las grandes corrientes oceánicas, sobre los restos de embarcaciones decrépitas y de toda clase de desperdicios. Manuel y Santiago personifican dos formas de encarar la situación; uno viviendo con su padre, dejándose llevar en su barcaza, sin grandes esperanzas más allá de su próxima comida, y el otro siempre en movimiento hacia la cabeza de la comitiva, con la idea de que en algún momento encontrará su final. La precaria existencia aboca a la barbarie, grandes parcelas de conocimiento, más allá de lo imprescindible para el día a día, han desaparecido. Y aunque la esperanza sea lo último que se pierda, se hace muy difícil mantenerla ante la irremediable situación al que la humanidad parece haber llevado al mundo que habitamos. Un relato muy duro, con un futuro desolador, descorazonador, sarcástico, estilísticamente de lo mejor del volumen.

Le sigue 2084. Después de la revolución, de Elia Barceló. Tras la Revolución de la Furia, el concepto de igualdad ha sido abolido como origen causante de los peores conflictos de la historia de la humanidad y ha dado paso a una sociedad de consumidores, cartaplatino, cartaoro, cartaplata o cartabronce según su estatus descendente, que deja a un lado a los improductivos, a los no compradores, los huesos. Una sociedad de dirigentes poco y mal preparados, donde la resignación y aceptación de la situación es quizá el peor de los males. Una sociedad en que, salvo los naturales a quienes todos los demás rinden pleitesía y no necesitan mejoras, los humanos pueden ser mejorados física o genéticamente. Laia es una joven procedente de una Comunidad Libre de los Pirineos, una de las pocas comunidades de «ciudadanos libres» que quedan en España, nueva en la Casa, un lugar que le proveerá de todo lo necesario, vestuario, alimentación, entretenimiento, cuidados estéticos…, a cambio de sus servicios. Un futuro lleno de inmundicia, donde todo se compra y todo se vende, la procreación incluida. La relación entre Laia y Alfonso, el director de la Casa, pondrán en evidencia el mundo perfecto en que la mayoría creen vivir. La desigualdad, la rebeldía sin premio, el abandono de los ancianos, el bajo nivel de la educación, los ideales y su precio, el consumismo, el seguidismo de las modas… son algunas de las muchas cuestiones presentes en una distopía de manual que prosísticamente resulta un tanto impersonal proviniendo de la autora que nos ha hecho disfrutar con tantas de sus obras.

En Instrucciones para cambiar el mundo, Félix J. Palma, partiendo del absurdo, un oficinista que duerme en traje de calle, va al trabajo en pijama, desayuna en el autobús y se baja prácticamente en la misma parada en que se subió, presenta un surrealista futuro preparado para la revolución, aunque la misma no se produzca de la manera esperada. Divertido en cuanto se le coge el punto. Humor y romance con un toque ampuloso realmente gratificante. El juego de miradas, de silencios, de equívocos, de temores, de enamoramientos… El absurdo que se abre camino para encontrar una solución más racional y se ve coartada por el miedo al cambio. La rutina que adormece las conciencias, la burocracia absurda que nadie se cuestiona, las convenciones sociales que encorsetan… Dentro de su apariencia de mero divertimento oculta mucho más de lo que parece. Un cuento soberbio.

El error, de Rosa Montero, es el relato más breve de la antología y versa sobre la creciente, e inmovilista, burocracia, y sobre la ciega confianza de depositar toda nuestra vida, toda nuestra existencia, todas nuestras gestiones, toda nuestra identidad en soportes informáticos. Un futuro apenas esbozada, pero suficientemente sugerente, curioso, robotizado, donde la pérdida de la «identidad» puede suponer la pérdida de la propia vida. A Alma un día que su ordenador de muñeca no le abre la entrada al Sector Uno, donde reside. Al reclamar le comunican que su autorización no existe y su acceso es por tanto denegado. Pronto descubre que su identidad no aparece, sus datos no constan..., a todos los efectos Alma no existe. Dentro de un planteamiento no demasiado original, incluye un giro final que ofrece una nueva lectura a lo narrado.

En Limpieza de Sangre, Juan Miguel Aguilera presenta una Valencia cerrada a cal y canto al exterior, donde estando de guardia Samir, doctor en medicina, acude junto con un ulema y una patrulla de soldados a cubrir una emergencia en las afueras y encuentran a un hombre muerto por el ébola y a una mujer apalizada, pero aparentemente limpia de infección. Las dudas crecen en la mente de Samir, quiere curar a la mujer, pero los edictos religiosos se lo prohiben. Y es que tras la extensión de una devastadora plaga de Ébola, convertido en pandemia, España, y se supone que todo el sur de una Europa dividida, se ha islamizado. Los no infectados sobreviven en ciudades amuralladas, cerradas manteniendo su mundo prácticamente en cuarentena. Pero las ventanas cerradas no responden tan sólo al miedo a la plaga, sino al vecino, al que puede denunciar la transgresión de la ley islámica, una ley que conduce a la anulación de la mujer. Samir, impelido a tratar a la mujer del exterior, se encontrará entre las manos una historia que no esperaba. Las mejores mentiras se tejen en torno a una verdad, manteniendo a la sociedad presa de sus propios, y fundados, miedos para seguir ostentando el poder, en este caso fundamentalista. Mezcla de ecologismo, religión, romance y denuncia de la manipulación de la información, la fuerza del planteamiento se va diluyendo un tanto con su plasmación excesivamente alargada, pero deja muy buen sabor final.

Viene a continuación Camp Century, de Marc Pastor, un spin off de su novela El año de la plaga, y quizá por ello intencionadamente con escaso trasfondo o explicaciones sobre la situación. Sulemán, tras veinte años de sobrevivir con su padre en el frío exterior, a la muerte de este, se decide finalmente por refugiarse en Camp Century, un silo enterrado bajo las nieves perpetuas a salvo de Ellos, los Veges. Pero allí no va a encontrar lo que esperaba, aunque tampoco es que supiese demasiado bien qué esperar. Todo el mundo está obligado a llevar a cabo unas sesiones de lectura y a escribir una especie de diario, aunque sin conocer en realidad las razones para ello. En un refugio en medio de los hielos, en un mundo dominado por los Veges, la humanidad se esfuerza por sobrevivir con el único arma que le queda, la imaginación. ¿Homenaje al Día de los trífidos, a La invasión de los ladrones de cuerpos y a otras tantas obras post apocalípticas? Más sugerente que acertadamente plasmado.

En el Ático, de Rodolfo Martínez, levanta el nivel en una explosión casi hard boiled de violencia y sexo. Alberta, una soldado proveniente de las fuerzas especiales, es destinada como guardaespaldas del joven heredero y alto gerifalte de una gran corporación, AdAstra, que ocupa una gran arcología, una pirámide truncada donde cuanto más alto vivas más estatus tienes. Como ya intuía, sus tareas van más allá de proteger su vida, convertida en su «brazo ejecutor». Además de cumplir ciertas obligaciones amatorias, deberá embarcarse en la búsqueda y eliminación de unos clones del padre de su contratador, de muy diferentes edades y diseminados por todo el edificio, en una tarea que bien podría costarle buena parte de su alma. Tiene trece meses para cumplir la tarea y le espera poca recompensa. Martínez presenta un gran escenario, entre distópico y cyberpunk, y un personaje femenino de fuerte carácter que, sin duda, podrían ser ideales para nuevas obras. El final, tan apoteósico e irónico como abierto, bien lo permitirían.

Sin embargo, a continuación La inteligencia definitiva, de José María Merino, presenta un mensaje bastante tecnófobo en uno de los cuentos más flojos, en planteamiento y desarrollo, de la antología. En la comunidad de Última Comarca, uno de los últimos reductos ante la invasión tecnológica que dio lugar a una inteligencia cibernética superior que asimiló a la mayor parte de la humanidad, los niños de los Reacios empiezan a recibir unos móviles a través de los que esa inteligencia se comunicará con ellos en busca de lo que la humanidad asimilada ha perdido, la capacidad de usar el pensamiento simbólico, motor del desarrollo sin el que la civilización se estanca y comienza a morir. Un relato que, estilísticamente no se encuentra a la altura de su mensaje crítico. Decepcionante, un relato un tanto ramplón al que ni salva su homenaje tolkieniano.

En Gracia, Susana Vallejo presenta un futuro bajo la carestía energética. Tras el Pico, el mundo y la sociedad cambió irreparablemente: escasez de combustibles, de alimentos y bienes de primera necesidad, colapso de los medios de producción, revueltas sociales, nuevas clases sociales... Después de dejar el paupérrimo barrio de Sants, donde creció, por el más acomodado de Sant Cugat, Gracia vuelve de visita al viejo hogar, donde todavía vive su abuela, una mujer, comadrona, con las ideas muy claras. Vallejo va dejando caer pequeñas insinuaciones de lo que en realidad se traen entre manos que no es hasta el demoledor final que cobran todo su sentido. La humanidad se agarra con los dientes a la vida, haciendo todo lo necesario para sobrevivir. Un relato intimista, triste y duro que hace preguntarse si realmente se necesitan todas las cosas que cotidianamente se dan por imprescindibles y que pinta un mundo crepuscular y una civilización al borde de un precipicio sin retorno.

En Colapso, Juan Jacinto Muñoz Rengel, profundiza en la moda de estar siempre conectado, ya explotada en un episodio de Black Mirror, llevando la pérdida voluntaria de la intimidad a sus últimas consecuencias. Todo lo que ven los ojos es grabado y puede ser compartido, editado, revisado. Un mundo, en teoría, más seguro, donde todo y todos están controlados por los beneficios de la tecnología. Pero ¿qué sucede cuando es precisamente esa tecnología la que falla? Unos padres salen de cena dejando a sus hijos con una niñera que no les causa una primera impresión demasiado buena. Algo que se confirma cuando lo primero que hace es asaltar la nevera. Pero un inesperado giro convierte el relato en un cuento de terror con un final digno ―esa última pregunta que se hace el padre― en efecto, de la mejor distopía paranoide.

Y cierra el volumen con gran acierto Los centinelas del tiempo, de Javier Negrete, con un cuento ―que roza la novela corta― corrosivo y ácido que refleja ciertas tendencias radicales del momento actual. Empieza casi como una divertida parodia, con los extremos a los que pueden llegar los paladines de lo políticamente correcto en su cruzada por un lenguaje «no sexista» que llegan a reclamar una educación doctrinaria en busca, teóricamente, de «fomentar la igualdad». Nadie puede ser discriminado, nadie puede sentirse disminuido, nadie puede recibir involuntaria ofensa… Pero entonces el tono del relato cambia, la cosa se pone seria, trágica, y ya no hay sitio para las sonrisas. En ese futuro la «corrección política» y la discriminación positiva han dado al traste con la educación, vaciando de contenido, entre otras materias, a la Literatura. Pablo Colmenero, estudiante de instituto, tiene entre sus materias la lectura de libros como Harry Potter y el misterio de la persona de procedencia multicultural y donde El Señor de los Anillos apenas tiene llega a las 300 páginas, expurgado todo detalle que pudiera resultar ofensivo para el más mínimo colectivo, con razón o sin ella. Siempre se ha aburrido con la lectura, hasta que involuntariamente encuentra en un sótano los fondos retirados de la biblioteca del centro, miles de títulos en papel intactos, sin censura. Entonces su mundo cambia… Negrete ofrece una acerada crítica dirigida directamente contra el sistema educativo, y político, y el creciente papanatismo igualitario entre géneros que se queda en mera exposición dialéctica y fomenta una muy peligrosa doble moral. El nuevo lenguaje borra el pasado, la memoria, la libertad de pensamiento y, al final, las libertades más básicas. El Departamento de Igualdad controla toda la política educativa del centro, aplicando con fervor la discriminación positiva, el factor corrector para los miembros de minorías, convertido en realidad en objeto de control de los «disidentes», cualquiera con pensamientos propios y que se salga de la uniformidad. Con gran cantidad de guiños, sensibilidad, reminiscencias de lecturas pasadas, acertado sentido de humor y una reflexión afilada cual estilete, el relato es un canto en favor de la libertad de la imaginación y contra el absurdo de los excesos, por bienintencionados que sean sus inicios, a la vez que muestra una irreprimible pasión por los libros y un homenaje de amor declarado a ciertos autores «clásicos» como Poul Anderson, Bradbury, LeGuin o Tolkien. Un broche perfecto, agridulce, que ilumina y proyecta sombras sobre muchos comportamientos actuales.


Es cierto que la distopía es un género que suele desarrollarse mejor en las distancias largas, en novelas más que en relatos, dado que la necesidad de creación de todo un mundo y una sociedad futura, todo un trasfondo y unos personajes que se muevan en él, requiere de cierto espacio para desenvolverse. Pero los relatos presentes en esta antología demuestran que no siempre es imprescindible, y que se pueden ofrecer impactantes historias distópicas ―o apocalípticas― en las distancias cortas. Futuros cercanos ―casi todos―, posibles, inquietantes, desesperanzadores, oscuros, ejemplarizantes, enfermizos… que muy bien podrían estar esperándonos a la vuelta de la esquina. Mañana todavía podrían tener solución, ¿pasado mañana…?