jueves, 28 de agosto de 2014

Reseña: La Brigada de la Muerte

La Brigada de la Muerte.

Joseph D'Lacey.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Alianza editorial. Runas Ciencia ficción y fantasía.Título original: The Kill Crew. Traducción: María Hernández Díaz.112 páginas.

¿Una nueva historia de zombies? Pues, aunque aquí se llamen Transeúntes y no estén técnicamente «no muertos», sino «infectados» por una extraña dolencia, lo cierto es que sí. Pero, como también suele ser habitual en muchas de las historias de este sub género del terror, los individuos afectados por esta plaga son más bien una parte del escenario, la excusa perfecta para narrar una historia sobre la fragilidad del espíritu humano, sobre los abismos de la mente, la necesidad de aferrarse a la más mínima esperanza y la capacidad de las personas para sobreponerse a lo peor y seguir adelante un día más. En un campo tan trillado, D´Lacey intenta darle una nueva vuelta de tuerca al tema, ofreciendo su particular visión, tampoco excesivamente innovadora, de unos seres que navegan en el filo entre la vida y la muerte —no resucitados—, pero sobre todo, sobre la psique de alguno de los supervivientes y de sus muy difíciles decisiones, incidiendo en la imposibilidad, incluso en un mundo llevado al extremo, de hacer tábula rasa con todos los pecados que las gentes arrastran en secreto y empezar de cero. Una historia que destaca más por sus aspectos psicológicos, por la magnífica caracrerización de sus personajes principales, que por un escenario post apocalíptico mil veces retratado.

Tras una hecatombre de origen desconocido —¿Una catástrofe medioambiental? ¿Un ataque bacteriológico de origen terrorista? ¿Una «fuga» accidental o provocada de algún laboratorio? ¿Una erupción solar o un pulso electromagnético? (ya que todo aparato eléctrico dejó de funcionar)...—  comenzó el Largo Silencio y pequeños restos de humanidad intentan seguir sobreviviendo contra toda esperanza a la amenaza de los Transeúntes, la gran mayoría de la Humanidad infectados por una misteriosa «enfermedad» que les lleva a atacar a todos los que no sufren de su misma dolencia. Uno de estos grupos de «no infectados», quizá el último, se encuentra atrincherado en un enclave que han dado en llamar la Estación y a sí mismos los Terminadores. Doscientas personas malviven entre los pocos bloques de viviendas que han logrado aislar del resto de la ciudad. Sheri Foley es una de esas personas, siempre dispuesta a participar en la Brigada de la Muerte, siete elegidos por sorteo que todas las noches abandonan la relativa seguridad de sus barricadas para eliminar al mayor número de transeúntes posible manteniendo seguros los alrededores del enclave.

Es esta una historia dura, donde los vivos son tan peligrosos como los propios Transeúntes, donde el sexo ya no tiene sentido y es simple moneda de cambio, donde la violencia es el pan de cada día y donde la esperanza es el refugio de los ingenuos. Los males pre apocalipsis todavía perviven en los corazones de muchos de los terminadores, tal vez más ocultos, disimulados entre la lucha diaria, pero siempre dispuestos a salir a la superficie y causar estragos. D’Lacey ofrece así un intenso viaje al interior de unas mentes llevadas al límite de la resistencia, midiendo la capacidad para adaptarse ante una situación imposible o quebrarse por el camino, cuando la razón no da ninguna solución y los instintos toman el mando por encima de la lógica.

Sheri, narradora en casi todo momento en primera persona de la historia, era una persona normal y corriente antes de que el mundo se derrumbase a su alrededor y ha tenido que adaptarse a marchas forzadas, endureciendose y mostrando al exterior una faceta llena de aristas, y dejando claro que sus mejores y más queridos compañeros en la Estación son sus dos escopetas. Sin embargo, bajo toda esa coraza los lectores van a encontrarse con una mujer con un estado mental frágil e inestable, forzada a alcanzar sus límites y actuar en consecuencia o dejarse arrastrar por la desesperación hacia la violenta muerte que parece aguardarles a todos inexorablemente.

Y junto a la mujer destacan los grandes retratos psicológicos de otros dos de los escasos protagonistas principales; de Ike, amante ocasional de Sheri, reconocidamente cobarde y vencido por las circunstancias, pero dispuesto a seguir adelante siempre a un paso de sucumbir a unos instintos primarios a flor de piel, y de Trixie, una niña que no habla apenas, herida interiormente, que ya antes del apocalipsis tuvo que crecer demasiado rápido y a la que la vida le ha enseñado un lado oscuro que nadie debiera conocer a su edad.

Con pocos personajes, el escenario cobra gran importancia. Lo cierto que en todo lo que rodea la catástrofe y la actual situación hay más preguntas que respuestas. Es un mundo moribundo, con la naturaleza agostada, la vegetación mustia es sustituida paulatinamente por plantas de aspecto moribundo y grisáceo que parecen reaccionar ante la atención de los supervivientes, y un tenue fulgor verdoso ilumina débilmente las patrullas nocturnas de la Brigada sin que nadie pueda explicarse su procedencia. Y como parte de ello, los transeúntes, que parecen conservar una cierta inteligencia residual, o sentimientos rudimentarios que les impulsan a llorar o gemir mientras se ven impelidos a atacar sin cuartel a los no infectados, se esconden durante el día y sólo salen de noche, permitiendo que los habitantes de la Estación salgan en busca de comida, de materiales de supervivencia o simplemente a escapar brevemente de su encierro mientras no se alejen demasiado. Y es precisamente en una de estas expediciones donde el relato adquiere un requiebro, un descubrimiento, que lleva a su desenlace.

Se percibe una sensación de desastre inminente, de inevitable fatalidad. Los doscientos supervivientes van disminuyendo en número de forma inexorable anticipando un no demasiado lejano final para la humanidad tal y como la conocemos. Sheri desea desesperadamente saber si todo lo que queda es como lo que les rodea o la situación es mejor lejos de allí, si todavía quedan más personas sin infectar, si la naturaleza muere en todos sitios o sólo allí, e intentará buscar una salida, un intento desesperado de escapar de la vida en la que se encuentra inmersa, sin saber siquiera si ya es demasiado tarde. Tan sólo es cuestión de tirar una moneda al aire y dejar que la suerte decida por uno, seguro de que todas las posibilidades son igual de desastrosas.

La Brigada de la Muerte es una pieza muy breve, apenas novela corta, que se antoja un episodio concreto en un drama mucho mayor, aunque el final sea tan coherente con su última revelación que se cierra satisfactoriamente, dejando con ganas de más y sin haber llegado, como sucede en muchas historias de zombies, a saturar por acumulación de tópicos. El autor incorpora en tan oscuras circunstancias un humor que roza lo negro, escaso refugio ante el miedo para no dejarse llevar por la desesperación, que muestra de alguna manera un rayito de humanidad entre la deshumanización progresiva de los supervivientes. El cierre en una dirección inesperada y de forma bastante demoledora, constatando que la única esperanza proviene del más negro e irreparable de los actos, llega en el momento justo.

D’Lacey hace gala de una buena concreción y concisión, dando lugar a un relato muy intenso, yendo al meollo de cada situación —incluso forzando algunos giros un tanto bruscos—, insertando breves escenas más líricas e intimistas entre la sucesión de acción, épica, tensión y violencia que la trama requiere. Las muertes se suceden de forma dramática, sobre todo cuando la Brigada sale a cumplir su cometido, pero no son lo realmente importante, sino la atmósfera que generan, los sentimientos que crean en la mente de los supervivientes. Se trata de una lectura de una sola sesión, rápida y breve, fruto tanto de su escaso número de páginas, como de la habilidad del autor para imprimir agilidad a su relato, sin tiempos muertos ni excesos descriptivos que demoren el desarrollo. Un relato que pertenece al género del terror no por los «zombies» o infectados Transeúntes, sino por el monstruo que muchos humanos llevan perpetuamente en su interior.