viernes, 22 de agosto de 2014

Reseña: La Tierra en llamas

La Tierra en llamas.
La Primera Guerra Fórmica, vol. II.

Orson Scott Card y Aaron Johnston.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col.Nova. Título original: Earth Afire. Traducción: Rafael Marín. 490 páginas.

Segunda entrega de la, en principio, trilogía precuela de El juego de Ender, escrita al alimón entre Card y su pupilo Aaron Johnston, donde, tras asistir a la llegada de los fórmicos al espacio del sistema solar en La Tierra desprevenida, ahora la amenaza se hace palpable para los, en efecto, desprevenidos habitantes del planeta cuando la inesperada «invasión» tiene lugar. Liberada de la necesaria presentación de personajes que tenía lugar en el anterior volumen —aunque alguno nuevo sí que se incorpore—, esta segunda entrega ofrece grandes dosis de acción y aventura, elevando en mucho el nivel de los enfrentamientos entre fórmicos y humanos, sin dejar de lado cierta crítica social y algunas de las habituales —aunque es cierto que aquí muy atenuadas, se nota mucho que las ideas son de Card, pero la plasmación de Johnston— digresiones ético-morales del autor mormón. Una novela que mantiene ciertos toques de space opera, pero que se centra más en la parte bélica terrestre de la historia.

Victor Delgado llegó con mucho esfuerzo a la Luna, pero sus advertencias han alcanzado poco eco entre una población incrédula y despreciativa que finalmente se verá, excepto unos pocos, enormemente sorprendida por la llegada de la inmensa nave alienígena. Entre los gobiernos cunde el desconcierto, y se preparan diversas respuestas a la presencia de los extraterrestres, pero todo esfuerzo de contacto diplomático es ignorado, o más bien brutalmente rechazado, por los recién llegados, quienes aterrizan con tres enormes módulos en una remota región de China, empezando su particular «terraformación» y arrasando con todo lo que les rodea o les sale a su paso.

Card y Johnston ofrecen la acción a través de una estructura de múltiples puntos de vista, con varias acciones y subtramas en paralelo, algunas de las cuales llegarán a confluir, mientras otras tantas, por obvia distancia espacial, no. Y algunas de las cuales tendrán más interés que otras, viéndose interrumpidas al alcanzar su punto álgido, cambiando de escenario y dejando al lector con ganas de que se hubiera centrado más en unos personajes y sus andanzas que en otros que se antojan menos interesantes o relacionados con la historia general.

Como en muchos de los libros de Card, los autores eligen como uno de sus protagonistas a un niño pequeño, un chino de ocho años llamado Bingwen en esta ocasión, a través de cuyos ojos y vivencias el lector va a asistir a buena parte de los acontecimientos que tienen lugar sobre el terreno. Un niño que, dotado de una inteligencia sobresaliente y una enorme curiosidad y viveza, aunque no demasiado atlético, debe sufrir el acoso de sus compañeros más fuertes y abusones. Un niño que vive en la zona de aterrizaje de uno de los módulos fórmicos y que verá como su camino se cruza con el de uno de los protagonistas principales del relato, Mazer Rackham.

Y es que la novela no abandona del todo la óptica espacial, siguiendo tanto a Víctor Delgado en la Luna y otros escenarios espaciales hasta los que le lleva su intento de convencer al mundo de la enormidad de la amenaza, como a su madre y a las mujeres supervivientes de la nave Cavadora que intentan a duras penas de rehacer su vida tras la tragedia vivida —en una subtrama que poco o nada tiene que ver con el tema general de la guerra fórmica pero que es de suponer tendrá su importancia en la tercera entrega— y al retorno de Lem Jukes a la Tierra, donde su disposición a la lucha contra los invasores esconde también cierto intento de hacerse con el poder corporativo que cree que su padre siempre le ha negado. Pero sin embargo, lo cierto es que el grueso de la narración se desarrolla sobre la superficie planetaria, llevándose la parte del león el seguimiento de las aventuras de Mazer Rackham y sus compañeros de las fuerzas especiales, implicados de forma casi indirecta en el drama y terminando erigiéndose en protagonistas forzados —aunque voluntarios— y no invitados de la principal contraofensiva humana.

La Tierra en llamas es así una novela de fuerte componente bélico, con las fuerzas humanas intentando hacer frente a la devastadora ocupación insectora de forma muy descoordinada y con los distintos gobiernos implicados tratando de comprender a los alienígenas y sus intenciones cada uno por su cuenta y según sus intereses particulares antes de pensar en ofrecer una respuesta conjunta. Es una obra sin duda oscura, llena de desolación y muerte —no menos terrible porque los causantes sean unos incomprensibles seres de otro planeta— y que no esconde una demoledora crítica hacia los políticos y a todo el estamento gubernamental, incapaces de reaccionar y ofrecer una solución positiva y conjunta a la crisis, sino más bien convirtiéndose en una parte del problema, impidiendo actuar a los que podrían hacerlo. La descoordinación entre los diferentes gobiernos, las desconfianzas y equívocos, el exceso de burocracia, son elementos que se añaden a la confusión creada por la invasión y permiten su rápida y devastadora extensión.

Dentro de esta dimensión geopolítica, es de agradecer que, al igual que sucede en su serie de “La sombra de…”, los autores no hagan gala del estadounidocentrismo tan habitual en los autores de ese país y lleven la acción principal a China, dando protagonismo a personajes de muy diferentes nacionalidades e incidiendo en los problemas que un escenario globalizado conlleva, dotando a la acción de mayor interés.

Utilizando el espejo de la invasión fórmica, los autores aprovechan para reflejar algunas de las intrínsecas contradicciones de los seres humanos, capaces de llevar al extremo los adelantos tecnológicos y a un mismo tiempo seguir inmersos en las miserables ambiciones corporativas, las descarnadas luchas por el poder, los enconados enfrentamientos territoriales e ideológicos, y el poco denunciado y a veces demasiado permitido abuso continuado sobre los más débiles y desamparados. La manera en que el empresario Ukko Jukes enfrenta la situación como la ideal para, a la vez que ayuda, seguir lucrándose, como tantos empresarios han hecho a lo largo de la historia en tantos otros conflictos bélicos, o la oportunidad de medrar y alcanzar el puesto que cree se le «debe» que ve su hijo Lem, es sintomática de la manera de pensar demasiado extendida en nuestro mundo. La manera en que los dirigentes y militares chinos intentan evitar la «injerencia» de otras potencias en sus asuntos, aún a riesgo de poner en peligro el planeta entero, es reflejo de ciertas políticas aislacionistas poco solidarias que bien se pueden observar hoy en ciertos conflictos donde se prefiere el sufrimiento de la propia población antes que aceptar la ayuda externa.

Sin embargo, Card y Johnston no olvidan qué es lo que tienen entre manos, ofreciendo una entretenida aventura con abundante acción, luchas, dilemas morales, incomprensión inter especies —los fórmicos siguen siendo totalmente alienígenas, sin manera de comunicarse con ellos e inaprensibles sus intenciones—, sufrimientos, superación,  y ciertos deus ex machina en diferido, presentando de inicio ciertas tecnologías que el lector enseguida es consciente van a tener enorme importancia en la resolución final. Un final, no podía ser de otro modo, que no es un final en absoluto, sino un desesperante cliffhanger, más abrupto todavía que el que cerraba el anterior volumen. Y es que, aunque, como allí, quien se haya leído El juego de Ender bien sabe cómo terminará todo, tendrá que esperarse a la prevista tercera y última entrega para asistir de primera mano al desenlace de esta Primera Guerra Fórmica.

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Reseña de otras obras de los autores: