martes, 9 de septiembre de 2014

Reseña: Ocúltame entre las tumbas

Ocúltame entre las tumbas.
Tim Powers.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ed. Gigamesh. Col. Ficción # 54. Título original: Hide Me Among the Graves. Traducción: Ana Quijada. 445 páginas.
En 1989 Tim Powers publicó una de sus más célebres novelas, The Stress Of Her Regard (La fuerza de su mirada); 23 años después, en 2012, vió la luz su secuela, la que ahora ocupa esta reseña y que disfrutamos gracias a la edición de Gigamesh tras mucho tiempo sin que el lector pudiera encontrar en español alguna de sus obras inéditas. No es imprescindible en absoluto, pero sí muy, muy recomendable, haber leído por anticipado la primera, ya que existen ciertas referencias a personajes, situaciones y objetos que viene bien conocer, y, sobre todo, porque es una estupenda lectura. Además, cabe advertir también que existe un relato «puente» entre ambas novelas, titulado Tiempo de sembrar piedras, protagonizado por Edward Trelawney en sus aventuras por Grecia e incluido en la antología publicada por Gigamesh con el mismo título, y cuyos hechos narrados tienen cierta importancia aquí. Ocúltame entre las tumbas, una nueva fantasía histórica del autor, sigue su «fórmula» habitual de, mediante una profunda investigación, tomar unos determinados personajes y acontecimientos históricos e introducir entre los intersticios de lo real, sin forzarlo en absoluto, diversos elementos fantásticos que encajan a la perfección con lo documentado. Byron, Shelley y Keats en La fuerza de su mirada, Coleridge en Las puertas de Anubis, Bugsy Siegel en La última partida, Kim Philby en Declara… Y ahora le toca su turno a los artistas prerrafaelistas y el Londres victoriano, donde los espectros vampíricos que atormentaran a los poetas románticos en su periplo europeo, por Suiza e Italia, vuelven a tomar consistencia. Y traen con ellas una amenaza mayor de lo que pudiera imaginarse.

Christina Rossetti, empujada por su padre, a los 14 años realiza un arcano ritual de sangre y acepta a su lado la presencia del vampírico John Polidori, a la sazón su tío, resucitando a una raza maldita que llevaba 30 años «durmiendo». Un tiempo después John Crawford —hijo del Michael protagonista de La fuerza de su mirada—, y al parecer heredero de la «maldición» familiar, se verá envuelto en una nueva lucha entre los seres sobrenaturales y los que se oponen a ellos, sobre todo cuando sus pasos se crucen con los de la antigua prostituta Adelaide McKee, dando un fruto inesperado que pudiera comprometer el futuro de todos, la rebelde, inteligente, irreverente, deslenguada y muy simpática Johanna. Surgiendo de entre las sombras, su camino se entrelazará con el de Trelawny, quien tiene un plan y pocas ganas de compartirlo con los demás. Las vidas de unos y otros van a ir confluyendo, reuniendo un variopinto grupo, poco cohesionado en realidad, pero dispuesto a enfrentarse y erradicar del mundo la ponzoñosa existencia y la terrible amenaza que encierran Polidori y una «nueva» presencia vampírica femenina que desea unir su línea de sangre con la de éste mediante la unión de dos de sus vástagos. Una unión de la que surgiría una fuerza capaz de arrasar con el propio Londres como ya sucediera tiempo atrás, en tiempos de la ocupación de Britania por parte del Imperio Romano.
La narración, dividida en cinco partes que tienen lugar respectivamente en 1845 —el prólogo—, 1862, 1869, 1877 y 1882 —el epílogo—, abarca principalmente los veinte años en los que, con diversas pausas —cuando parece que se ha erradicado la amenaza y nada más lejos de la realidad—, se producen los principales enfrentamientos entre unos y otros. Una lucha en la que cobran singular importancia, para bien o para mal, los hermanos RossettiDante Gabriel, Christina, Maria y Willian— y su círculo de amistades o familiares, sobre todo el poeta Algernon Swinburne, desesperado por alcanzar la inmortalidad poética, y la trágica figura de la lánguida y atormentada musa de los pintores prerrafaelistas —empezando por el que fuera su marido, Dante Grabiel Lizzie Siddal. Powers va encajando en sus muy novelescas, pero reales, biografías ciertos hechos sobrenaturales que no desmerecen ni contradicen nada de lo que sobre ellos se conoce. El amor por y el conocimiento de las vidas de los poetas y sus obras se filtra a través de todo el texto, aunque, y no es nada importante para la novela o su trama, de alguna manera se siente que su dependencia de los nefilim para inspirar su mejor poesía los desvirtúa en cierta forma, restándoles méritos propios. En la parte «ficticia», destaca la relación que el autor establece entre el personaje de McKee, siempre al mando de su vida, conocedora de los recovecos oscuros y mágicos de Londres, en contraposición a Crawford, arrastrado en todo momento a la aventura y bastante «perdido» sobre lo que debe hacerse.
Eventos históricos algo inexplicables o inusuales, pequeños detalles pasados por alto en el día a día, extrañas manías... adquieren aquí una nueva luz sobrenatural realmente fascinante, como la extravagancia del enterramiento y recuperación del libro de poemas de Dante Gabriel, la negativa de Christina a dar pie a ninguno de sus pretendientes o la delicada salud y trágica muerte de Lizzie Siddal. La intensa labor bibliográfica de Powers se demuestra en la perfecta elección de los fragmentos de poemas que abren cada capítulo, que parecen adaptarse de forma inusitada a lo narrado en cada uno de ellos.
Como escenario prácticamente único, el grueso de la acción tiene lugar en el profundo Londres victoriano, en sus rincones más ocultos y misteriosos, alternando entre lo más bajo de su sociedad y algunos de sus más destacados miembros. Amigo del detalle, ciertamente puntillista, el autor refleja el optimismo victoriano que transforma la misma fisonomía de la ciudad frente a las bolsas de extrema pobreza que ocultan sus callejones y recovecos más recónditos. Powers ofrece un atmosférico y sugerente retrato de la ciudad y sus habitantes, convirtiéndolos en parte fundamental de la trama, y sumergiendo al lector en rincones que no son habituales de visitar. Mezclando crudo realismo con sutil magia, existen dos Londres, el sórdido y real, y el oculto y sobrenatural; y allí donde se funden surge el misterio, la magia, el drama y la muerte. El Londres de la superficie, de tabernas, prostíbulos, teatros y calesas, y el subterráneo —no siempre enterrado— de ruinas prerromanas, de conjuros en latín, muelles fantasmales, sesiones de espiritismo y pozos sin fondo donde habitan singulares personajes rodeados de pájaros.
De todo ello surge la particular visión de Powers y su versión del mito vampírico: unos seres irónicamente que se mueven entre lo pétreo y lo fantasmal que, como extraños súcubos e íncubos o parásitos psíquicos, pueden tomar posesión de los cuerpos y de algunos de los recuerdos de ciertas personas especiales, ejerciendo de musas de sus subyugadas «víctimas», al tiempo que extienden su vida y su salud, manteniendo en la mayoría de los casos una relación de atracción-repulsión plasmada en abiertas contradicciones. Y en torno a ellos todo un fascinante mundo sobrenatural: Espíritus que han ido a parar al fondo del río Támesis, manteniendo algunos restos de su personalidad cuando estaban vivos, ancianos que borran el rastro de las personas con escobas especiales, hombres que hablan con los pájaros y predicen el devenir futuro, mujeres que escriben libros en trance...
Con unos mimbres muy similares a los ya utilizados en La fuerza de su mirada, quizá la «sorpresa» no sea uno de los objetivos de la presente novela. Ocúltame entre las tumbas es una imaginativa lectura, cargada de simbolismos y mensajes arcanos, una loa a los poetas prerrafaelistas, una demostración de erudición, una intensa y emocionante aventura, llena de acción, de inteligentes diálogos, de suspense, de rituales mágicos y formas de comunicarse con el mundo de lo oculto de esta gran Historia Secreta del Mundo que el autor se encuentra inmerso en narrar, y, sobre todo, un entretenimiento de gran calado. Seguramente no busca producir «Terror», pero algún escalofrío, aunque sólo sea de reconocimiento, se hace inevitable.
Lady Lilith, de Gabriel Dante Rossetti,
con Lizzie Siddal como modelo.