viernes, 5 de diciembre de 2014

Reseña: El leviatán de Babel

El leviatán de Babel.

Hagar Yanai.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones Pàmies. Madrid, 2014. Título original: הלווייתן מבבל (The Leviathan of Babylon). Traducción: Rosa María García. 382 páginas.

Ediciones Pàmies inicia su andadura dentro del género de la fantasía con esta novela de la autora israelí Hagar Yanai. Vayan por delante dos advertencias para no llamarse a sorpresa iniciada su lectura. El leviatán de Babel es el inicio de una trilogía y va destinada, preferentemente, al nicho de la literatura infantil-juvenil —no la tan de moda YA—. Siguiendo esa regla no escrita que dice que el público «objeto» en juvenil es el de la edad de sus protagonistas principales, y dado que aquí se pueden considerar así a los hermanos Margolis, cabría afirmar que la horquilla «prototipo» de los lectores en principio destinatarios del libro —obviamente, si se tiene ese detalle en cuenta, la novela puede ser disfrutado por cualquiera que se deje subyugar por un relato diferente— oscilaría entre los 12 años que tiene Yonatán y los 15 de su hermana Ela cuando se inicia la acción. Una acción que mezcla sin rubor la ucronía, los mundos paralelos, la fantasía, la aventura y la mitología; y que habla de una manera sencilla y entrañable, casi ingenua, a los jóvenes de la búsqueda de la libertad y la felicidad, de la lucha contra el destino que puede antojarse inamovible y de la construcción de una identidad propia en la adolescencia.

A raíz del robo de un prototipo de fármaco que estaba investigando su padre para curar la enfermedad que recluye a su esposa en un hospital psiquiátrico, dos adolescentes, Ela y Yonatán, se ven arrastrados contra su voluntad a un mundo diferente. Así, el libro comienza con uno de esos recursos tan queridos del género, el viaje a otra dimensión o realidad alternativa, en este caso viajando a través de superficies acuáticas. Los dos jóvenes aparecen en un sucio estanque. La sorpresa les domina cuando, sin saber siquiera dónde han ido a parar, un pequeño y algo andrajoso demonio llamado Pasusu les insta a huir de un misterioso perseguidor. El lugar pronto se desvela ante sus ojos como una versión «evolucionada» del Imperio de Babilonia, en el que descubrirán que se ha cebado la Plaga de las Manchas Tenebrosas, llenando de tristeza y apatía a sus víctimas.

Sin poder evitarlo, los hermanos se verán separados y embarcados de muy diferente manera en el destino del imperio. Por un lado, el doctor Necroseptus parece ver en el alma de Yonatán algo de vital importancia. Por otro, Ela se encontrará inesperadamente en el centro de la rebelión encabezada por Hilel Ben Shajar contra el poder establecido. A su vez, en palacio la heredera del trono, la princesa Ninó, ha caído en las redes del consejero sumo sacerdote Nasrador, quien tiene ocultos planes para ella. Y, mientras tanto, una profecía parece ir cobrando fuerza: Desde las profundidades del Abismo se acerca un Leviatán, un ser que podría destruir el mundo.

El seguimiento de todas estas diferentes tramas fuerzan a la narración a ir adelante y atrás en la acción, rebobinando en ocasiones incluso meses enteros para seguir lo que alguno de los personajes se encontraban haciendo mientras el narrador estaba siguiendo a otro de ellos. Con un sustrato de mitologías hebreas, sumerias y babilónicas que da al relato un ambiente realmente distinto del habitual en este tipo de propuestas, Yanai construye un exótico mundo basado en la antigua Babilonia, con los escenarios casi bíblicos que se podían esperar de esta ambientación: la propia Babel y su Zigurat, los Jardines Colgantes, la legendaria Nínive, Nipur…, añadiéndole una curiosa mezcla, un tanto caótica, de elementos totalmente «anacrónicos» entre sí: armas de fuego con arcos y ballestas, caballerías con trenes, tanques con magia elemental, tecnología actual junto a «demonios de comunicaciones»… y, sin embargo, funciona, aún a pesar de ciertos fallos de coherencia interna provocados por el mismo batiburrillo de ideas y por el tratamiento excesivamente infantil de alguna de las situaciones y escenas.

Para dar forma a su historia la autora reúne un buen número de clichés de la fantasía infantil y juvenil clásicas y los incorpora con un toque personal: El mencionado traslado a un mundo diferente, paralelo —como pudieran ser Narnia o Fionavar—. Los niños que cargan sobre sus hombros el peso del destino y deben asumir tareas de adultos. La profecía sobre la aproximación de una fuerza oscura que acabará con todo lo conocido contrarrestada por la del elegido/a que se alzará para enfrentarse a ella. La joven combatiendo en las filas de la rebelión con una identidad de hombre. La princesa manipulada por sus consejeros y que debe sacrificarse por el bien del imperio. El consejero malévolo que aspira a una mayor cuota de poder… Yanai consigue hacer suyos los tópicos y ofrecer un relato que interesa y entretiene, principalmente gracias a la exótica ambientación, a un desenfadado sentido de la aventura, un humor bastante «blanco» y al poco común tema de los psicofármacos en este tipo de propuestas

Y es que la autora postula una firme denuncia contra la forma de tratar un mal endémico de esta época en nuestra sociedad: la depresión —que no otra cosa es la Plaga de las Manchas Tenebrosas que oscurecen el alma—, los campos de sanación —¿los psiquiátricos como en el que está internada la madre de Ela y Yonatán?— y los psicofármacos que embotan la conciencia —como las pastillas que se ve obligada a tomar Ninó—. Yanai defiende el derecho a estar triste, a no fingir, a no modificar la personalidad con drogas o psicoanálisis, a no forzar a cambiar a una persona para adecuarlo a la idea de la «normalidad» establecida en la sociedad actual. Todo ello, eso sí, sin renunciar en modo alguno a la búsqueda activa de la felicidad. No defiende la tristeza y el sinsentido de una existencia oscura, sino ataca la forma de tratar el problema.

Pero no solo eso. En un mundo basado en una peculiar idea de la reencarnación, donde según la doctrina oficial cada alma vuelve siempre a ocupar un nuevo cuerpo en alguien de su mismo estatus social, impidiendo de facto el ascenso en la jerarquía, donde los dirigentes, los Ajhshadrapanim, deciden el destino de todos los ciudadanos, estableciendo a qué Gremio pertenecerán o con quién deben casarse, y donde la idea de la Plaga de las Manchas Tenebrosas, que oscurece y acaba con el alma, es una amenaza terrible al condenar a la inexistencia futura, con lo que los médicos sacerdotes encuentran en el control de su «tratamiento» el arma de coacción definitiva para que los ciudadanos permanezcan bajo su yugo con la amenaza de los campos de sanación pendiendo sobre sus vidas, Yanai ofrece un pequeño alegato contra ciertas formas de esclavitud o explotación del individuo, clamando contra la injusticia social y todo tipo de tiranía.

Dentro de la edición en sí, cabe señalar en la traducción, que por otra parte se antoja compleja y muy adecuada  —porque supongo que es cosa de la traducción—, algún mínimo fallo que debería haber sido subsanado en la corrección: ese «dieciseisavo» cumpleaños, esos «arcos cruzados»—..., que chirrían un tanto en el momento de ser leídos, sobre todo por lo correcto de todo el resto, la inmensa mayoría del texto, que se lee con mucho agrado.

El leviatán de Babel, como primera parte de una trilogía que es de esperar que Pàmies continúe pronto, termina en un momento culminante de la acción tras un frenético último tercio donde los enfrentamientos y las revelaciones se suceden, dejando todo abierto y cargado de tensión para la siguiente entrega. Una novela entretenida, con un adecuado equilibrio entre la pura aventura y los puntos de reflexión para el lector joven, divertida con un humor ingenuo y refrescante, ligera y, sobre todo, aunque no del todo original sí diferente de la media, pero que debe ser leída con la mente puesta en su adscripción a la fantasía infantil-juvenil para ser disfrutada en plenitud sin llevarse una sorpresa, aunque sin duda puede ser apreciada por cualquier lector con el suficiente interés.