miércoles, 14 de enero de 2015

Reseña: El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos.
 
Peter Jackson.

Reseña de: Amandil.

New Line Cinema, Metro Goldwyn Mayer, WingNut Films. 2014. Título original: The Hobbit: The battle of the Five Armies. Duración: 144 minutos.

Aviso: se cuentan cosas de la película que pueden ser consideradas espoileres salvajes, de esos de perder amigos y arrasar pequeños países desprotegidos.

Tras una imponente campaña de marketing centrada en recalcar por activa y por pasiva que la tercera parte de El Hobbit iba a ser la más épica de todas, se puede afirmar sin temor a equivocarse, que Peter Jackson ha logrado defraudar por completo. Prometiendo una película-batalla, con 45 minutos de combate y un subtítulo (La batalla de los cinco ejércitos) que remarcarse el carácter eminentemente bélico de la producción, el espectador espera ver como la trilogía remonta de algún modo el vuelo tras el inestable paso por la segunda parte. Sin embargo, la película convierte el final de la saga en una sucesión de despropósitos que parecen agitarse en una trama incoherente, mal hilada y llena de efectos especiales más cercanos al videojuego que al cine. De hecho todo parece quedar reducido a una partida al juego de miniaturas fantásticas Warhammer, sin emoción, sin épica, sin gracia.

La película empieza exactamente en el mismo punto dónde quedó la segunda parte. Con el ataque de Smaug a la Ciudad del Lago. Esta vez Peter Jackson no añade un flashback como hizo en las dos anteriores y en la trilogía de El Señor de los Anillos. Parece que el director intenta engarzar del mejor modo posible y sin despistar aún más al espectador la segunda y la tercera parte. Smaug, por lo tanto, entra en escena inmediatamente y permite que la película entre en calor (y nunca mejor dicho) rápidamente. Posteriormente, la trama se centra en el auténtico protagonista de la película. ¿Bilbo, el hobbit que da nombre a la saga? ¡No! Aquí la estrella es Thorin y su especial descenso a los infiernos atrapado en el "mal del dragón" (la obsesión enfermiza por las riquezas) y por su obsesión con recuperar la piedra del Arca. Mientras tanto, la película se desliza por los restos de la gente de la Ciudad del Lago, los elfos del rey Thranduil, las aventuras y desventuras del viejo Gandalf, los viajes de Legolas y Tauriel y los tejemanejes del orco Azog y su vástago, el tuertecito Bolg. Y así llegamos a la batalla que da nombre a la película y que es, de lejos, el mayor desastre de toda la película. ¡Ah! Y a veces sale Bilbo Bolsón. Un poco.

Bardo en estado de shock pensando "a ver si la estoy cagando".
Hay que decir que el elenco de actores y actrices de la película bordan sus respectivos papeles y que no son culpables de las incoherencias del guión. Ian McKellen (Gandalf), Martin Freeman (Bilbo), Richard Armitage (Thorin), Luke Evans (Bardo), Evangeline Lilly (Tauriel), Orlando Bloom (Legolas), Lee Pace (Thranduil) y el resto, hacen lo que pueden dentro de una trama que no duda en poner a sus personajes al servicio de un despropósito creciente. Desde luego, la debilidad de El Hobbit 3 no reside en los intérpretes. 

La cosa empieza a flojear un poco en el apartado de efectos especiales. Paradójicamente, Peter Jackson y la gente de la empresa Weta (encargada de los efectos, los decorados, el atrezzo y el vestuario), han hecho de su labor en El Señor de los Anillos y en El Hobbit la bandera de sus capacidades técnicas. Sin embargo, en esta película es dónde más se nota lo que no debería notarse nunca: los efectos digitales. Por ejemplo, la primera aparición de Legolas en la película llama la atención porque su cara es absolutamente artificial, retocada hasta el extremo de parecer una máscara. Recuerda mucho al fallido intento de crear por medios digitales un "actor" humano que pudimos presenciar en Tron Legacy, cuando Jeff Bridges aparecía en dos papeles: como Kevin Flynn (con su apariencia actual) y la del programa "Clu", su alter ego digital con el aspecto de Jeff Bridges cuando tenia 25 años. Un fiasco que parecía más un videojuego que una película. Pues eso mismo sucede con Legolas. 

Lamentablemente ese extraño abuso técnico inicial marca la tónica general en muchos otros aspectos de la película. Peter Jackson, ha prescindido de los figurantes en grandes cantidades y los ha sustituido por ingentes cantidades de seres creados por ordenador que se vienen a unir a su (a mi juicio) errónea decisión de sustituir a los actores caracterizados que interpretaban a Azog y Bolg por remedos digitales en la línea del personaje de Gollum (actor humano, Andy Serkis, vestido con un dispositivo que capta sus movimientos, y sobre el que en el metraje, por medio digitales, se imprime el aspecto monstruoso). Esta decisión no tendría por qué ser perjudicial para la película sino fuese porque se nota excesivamente la trampa digital. A ratos más que una película con actores parece que se está viendo algo del estilo de Polar Express (2004), Beowulf (2007) o Final Fantasy (2001): cine digital que busca parecerse al cine con personajes reales. En El Hobbit 3, especialmente en el desarrollo de la batalla, se aprecia con mucha claridad la presencia de lo digital en los movimientos, aspecto y comportamiento de los ejércitos en liza. En este sentido, se ha perdido parte del realismo épico que existió en la trilogía de El Señor de los Anillos dónde se mezclaba con más a los actores, extras, personajes caracterizados y los potentes medios digitales.  

Los elfos digitales. Copy + Paste a saco.

Pero dónde la película se tropieza es en la trama, el desarrollo que da a los personajes principales y el pésimo montaje de la batalla.

La trama adolece de ser, parafraseando a Bilbo, "mantequilla untada sobre demasiado pan". Las dos horas largas de película cuentan, en realidad, muy poco. Así que, para rellenar (porque Peter Jackson lo que hacen en esta ocasión es simple y llanamente rellenar), alarga subtramas colaterales (la de Alfrid, el ayudante del gobernador de Ciudad del Lago; Legolas y Tauriel; la pérdida de cordura de Thorin; etc.) hasta poder llevar al espectador a la "gran batalla" de 45 minutos según anunciaban por activa y por pasiva en las campañas de promoción. La línea argumental de El Hobbit 3 es, en realidad, la lucha final y mostrar el desenlace de las distintas líneas argumentales abiertas en las tres películas. De todas ellas, las únicas que quedas medianamente bien cerrada son las referidas al rescate de Gandalf de la fortaleza de Dol Guldur y el regreso de Bilbo a la Comarca.

El resto de tramas están pésimamente cerradas pese a que el director disponía de tiempo de sobra para darles un final digno y acorde con el relato que él mismo ha ido creando a lo largo de casi nueve horas de metraje. Aún así es inevitable la sensación de que el desenlace es demasiado rápido, deshilachado y a trompicones. ¿Qué sucede al final con la Piedra del Arca?¿Y con Thorin?¿Hay algún acuerdo con entre elfos, enanos y humanos para repartirse las riquezas de Erebor?¿Dain dónde acaba?¿Beorn existe?

Las tramas, como hemos dicho, no quedan bien cerradas. Lo mismo sucede con el desarrollo de algunos de los personajes principales de la película. El primero en sufrir la debilidad argumental de Jackson es Bilbo Bolsón. En El Hobbit 3 está ausente casi por completo. Pese a que han intentado evitar esto dándole minutos en el metraje el peso del personaje en la película es muy escaso. Simplemente se pasea de un lado a otro haciendo de "acompañante secundario" de Thorin en el mejor de los casos. Lamentablemente, el sentido original de la trilogía (seguir las inesperadas aventuras de un acomodado hobbit de la Comarca) se desvanece por completo al haber enfocado las películas en los aspectos más bélicos y amplios de la trama (el Concilio Blanco, los orcos, los elfos, los hombres de Ciudad del Lago, la batalla).

Cuidao conmigo Ke estoy mu looookooooooo!
Por su parte, Thorin se convierte en el eje principal sobre el que gira la trama al haberse convertido el llamado "mal del Dragón" (la atracción irrefrenable sobre las riquezas de Erebor y, en especial, sobre la Piedra del Arca) en el objeto central de la película. Peter Jackson ahonda en la locura de Thorin hasta el extremo de recurrir a trucos estilísticos de películas viejas (la cámara girando enloquecida alrededor del loco, luces que aumentan y decrecen de intensidad, voces en off) cosas típicas del cine de los años 50 y que me recuerdan a películas como Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock. Y al final ¿para qué? El descenso a los infiernos, que se lleva su buena media hora de película, resulta ser una rabieta infantil que se supera con un poco de psicología barata de la mano del enano más burro del grupo que le dice eso tan traído y llevado de "¿No ves en lo que te has convertido? (lagrimita enana)".
Dicho todo esto, hay que reconocer que el actor Richard Armitage tiene mucha calidad porque logra traer y llevar a Thorin de su estado de "soy muy chungo" a "que feliz era yo en mi valle" en apenas segundos y sin ser exagerado ni histriónico. Bien por él.

Legolas y Tauriel son los personajes más absurdos de la película. Son un apósito que termina por convertirse en un sobrante absurdo que nada aporta y sólo molesta. Los elfos están fuera de lugar hasta el extremo de que si ambos personajes desaparecen de la película la trama no sufre ningún corte. Peter Jackson ha querido enfocar a Legolas hacia el papel que desempeñó en las trilogía de El Señor de los Anillos (esa mezcla entre sabio elfo que percibe cosas sobrenaturales y maquina de matar sin despeinarse, una especie de Terminator filosófico) tratando de dotarle de un cierto trasfondo sentimental. Y para ello se sacan de la manga unas menciones que no vienen a cuento sobre su madre y que dan pie a la frase más absurda y fuera de lugar de las trilogía: "Legolas, tu madre te quería" ¿pero Peter Jackson se ha vuelto subnormal de repente? Pero ¿qué pretende con estas cosas? Y, por supuesto, no podían faltar las "machadas" del elfo en una pelea con Bolg. Salvo disparar rayos cósmicos por el culo hace de todo.

Tauriel y Legolas. Metraje sin sentido ¿para qué decir más?
Con Tauriel, la elfa con botox y la peluca más cantosa de los último veinte años de cine occidental, la cosa no empeora mucho con respecto al papel que jugó en El Hobbit 2. Sigue enamorada de Fili ¿o Kili? Nunca me acuerdo cual es el moreno, el que no parece un enano sino un señor bajito y ya. Pero para dar empaque al personaje femenino le añaden su momento final lacrimógeno pero poco efectivo realmente con la pregunta filosófica de turno: "¿Por qué duele tanto?" Si a ti te duele, imagínate a él, que le han metido un metro de acero roñoso en el pecho y no se ha quejado. Por cierto, que las habilidades guerreras de Tauriel no son como las de Legolas, son peores, porque cuando Peter Jackson quiere la elfa lucha como una amazona y en cambio, en el momento justo, es más débil y torpe que un blandiblu sujetando una espada. Estas incoherencias al final cansan y eso se nota en el peor momento de la película: la batalla.

La batalla es inmensa, eso es innegable, pero está absurdamente desarrollada y se nota que falta mucho metraje que, probablemente, se podrá ver en la edición extendida de la película. Como consecuencia de ello hay escenas (por ejemplo, las cabras de combate enanas) que se convierten en simples "deus ex machina", pasa por que sí y punto. Esas cosas quitan verosimilitud a la trama y al final dañan al conjunto de la película ya que plantean en el espectador preguntas sin explicación cómo ¿eso de dónde ha salido?

Además queda claro que Peter Jackson no sabe dirigir el rodaje y la edición de una batalla que debería emocionar al espectador. Le pasó lo mismo en ese inmenso bluff que fue la batalla de los Campos del Pelennor en El retorno del Rey. En esta ocasión ha seguido un esquema cronológico idéntico y que se ciñe en realidad al canon cinematográfico de "llega la caballería", a saber:

-Los buenos son pocos - los malos son muchísimos más - las cosas van fatal para los buenos - los malos matan a algunos buenos significativos - la derrota es inminente - al final pasa algo o llega la caballería - los buenos ganan - fin-

Pues algo tan simple y para lo que el director neocelandés tenía medios prácticamente ilimitados ha logrado que sea insulso, falto de emociones y completamente caótico. Los ejércitos en liza son inconsistentes a lo largo de la batalla, su número crece y decrece en cada plano. Por ejemplo, los elfos son muchísimos antes de la batalla pero al comenzar pasan a ser muy pocos. Los enanos son pocos, luego son muchos, pero al final son muy pocos. Los hombres son una banda de número indeterminado pero casi infinito con una mortandad altísima que van y vienen apenas armados pero que se las ingenian para sobrevivir al final. Los orcos son casi ilimitados, enormes, van blindados, parecen invencibles (salvo si eres Dain, que entonces los matas a cabezazos), pero al final pierden la batalla.

Los elfos "antes de la batalla", luego resultan ser la Tuna.
A este problema de quitar y meter tropas se une el de la incoherencia más absoluta. Peter Jackson, haciendo uso de cosas innecesarias y pretendiendo "mejorar" el relato de Tolkien, pretende hacer creer que el ataque orco es por sorpresa gracias a que los malos hacen uso de unas tuneladoras prestadas de la película Dune (1984), de David Lynch. Vale, de acuerdo, el espectador se lo cree y lo disfruta. Pero, si el ataque es repentino y por sorpresa ¿cuando ha instalado Azog su "estado mayor" y sistema de comunicaciones frente a las ruinas de Valle sin que nadie se diera cuenta? Y eso por no hablar de los orcos, organizados como los ejércitos de un juego de ordenador de la saga Total War, con el mismo aspecto digital que el resto de criaturas invitadas a esta batalla de pega.

Por otro lado, hay tanto movimiento en la batalla que al final no queda claro quien está en cada sitio. Bardo, Thranduil, Bilbo, Legolas, Tauriel, Thorin, Gandalf y los demás se mueven por el campo de batalla, las ruinas de Valle y el pico del Cuervo con una alegría y desparpajo que al final no sabes si están cerca o lejos unos de otros. En fin, un cacao que sólo pretende pasar el rato hasta poder llegar al climax final que Peter Jackson llevaba preparando desde la primera película: el combate a muerte entre Thorin y Azog. Y, por último, la búsqueda de la lagrimita fácil con el pobre Bilbo haciendo de palmero del auténtico protagonista de la película.

En resumen, El Hobbit: La batalla de los Cinco Ejércitos sigue en la misma dirección de El Hobbit 2, profundizando en lo insustancial, abusando de los efectos digitales, añadiendo subrayas que no aportan ni profundidad ni ritmo y dejando claro que la adaptación de la obra de Tolkien por parte de  Peter Jackson ha tenido un cierre de poca calidad. Se ha jugado todo su éxito a lo espectacular, desdibujando todas las cualidades que podían haberse aprovechado con unos guiones más coherentes, cuidadosos y serios. En El Hobbit 3 no hay aventura, emoción o fantasía. Sólo encontraremos excesos, vacío y desilusión.

Mucha desilusión.
Así se quedó el pobre Bilbo al ver lo que ha pergeñado Peter Jackson con sus aventuras.

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Reseña de otras obras relacionadas:

    El Hobbit: un viaje inesperado.
    El Hobbit. La desolación de Smaug.

3 comentarios:

Nina dijo...

Totalmente de acuerdo >-< pesima xD

Yadira Cervantes dijo...

Aún recuerdo algunas de las escenas de esta película y para mi gusto es la mejor de la trilogía. El personaje que más me gusta es el que realiza el actor Richard Armitage, a quien hemos podido ver en las tres y ha logrado hacer un excelente papel en la pantalla grande.

Último Íbero dijo...

Yadira estoy de acuerdo en que Richard Armitage hace un buen papel con Thorin. Logra trasladar al enano desde la locura hasta la razón con bastante buen tino y demostrando que sabe actuar muy bien. Lamentablemente, es un grano de lucidez en una playa de despropósitos. Su trabajo no salva las incoherencias de la historia. Hubiese brillado en plenitud si la trama no hubiese sufrido la salvaje ampliación enloquecida que Peter Jackson pergeñó por motivos meramente económicos.