domingo, 1 de febrero de 2015

Reseña: A ciegas

A ciegas.

Josh Malerman.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Col. M. Barcelona, 2015. Título original: Bird Box. Traducción: Miguel Antón. 284 páginas.

Sin duda uno de los temores primordiales de la humanidad, un terror profundamente instalado en nuestra psicología, es el miedo a la oscuridad, a la ausencia absoluta de luz y a todo lo que puede esconderse en su interior. Malerman presenta un futuro cercano con un tono post apocalíptico donde la visión se ha convertido en una terrible maldición, en una amenaza constante de muerte. Entre el horror psicológico, el misterio y el suspense el autor presenta una narración tensa, inquietante e intrigante profundizando en la naturaleza del miedo a lo desconocido, a lo que no se puede ver, al «monstruo» oculto en las sombras siempre magnificado por la imaginación sin un referente cierto al que agarrarse. Desde que la mujer de Lot, Edith, desobedeciendo el mandato de Dios, mirase atrás y quedase convertida en estatua de sal el imperativo de «no mirar» es algo de muy difícil cumplimiento; la curiosidad, las dudas, el miedo o el simple instinto «obliga» a abrir los ojos, a descubrir lo que se nos oculta, a desvelar el misterio, a poner luz sobre la amenaza aún sabiendo que ese conocimiento nos destruirá. Y con ese sentimiento es precisamente con el que «juega» el autor al plantear esta historia, la irrefrenable necesidad de ver aunque conlleve la propia muerte. A ciegas es un thriller de suspense y algo de terror que mantiene en vilo a lo largo de toda la lectura.

Malorie vive sola con sus dos hijos de cuatro años en una casa de condiciones que rozan el abandono. Las ventanas permanecen permanentemente tapadas, cerradas a cal y canto para que ni el más mínimo atisbo de luz las atraviese. Los detalles que el narrador va dejando caer sobre el entorno en que se mueve Malorie hacen sospechar, cuando no se obtiene la plena certeza, de que allí han sucedido cosas terribles. Ahora, después de años de dura supervivencia, se encuentra preparada para iniciar un viaje con sus hijos en un bote de remos hacia un destino que la llena de esperanza y miedo a un tiempo. Un viaje que los tres tendrán que hacer a ciegas, con los ojos vendados, sirviéndose tan sólo del oído y del tacto para descubrir cualquier obstáculo que se encuentren en su camino.

Y mientras avanzan bajo la oscuridad de sus vendas, la mujer irá «recordando» aquellos acontecimientos que llevaron a la situación en la que ahora se encuentra. De cómo, casi cinco años atrás, se enteró de que estaba embarazada casi al mismo tiempo que empezaban los rumores de unos extraños casos aislados de una «epidemia» que hacía enloquecer de forma violenta a algunas personas, convirtiéndolas en crueles asesinos de los que tenían más cerca, familiares, vecinos o cualquiera que tuviera la poca fortuna de cruzarse con ellos, y que terminaba invariablemente con el suicidio del «afectado». De cómo la histeria se fue extendiendo conforme más y más sucesos iban siendo confirmados sin que se conociese qué los motivaba, tan solo que el sanguinario impulso era desencadenado por algo que los «asesinos» habían «visto».  De cómo, ante la rápida propagación del fenómeno, la gente empiezó a encerrarse en sus casas, cubriendo las ventanas con mantas, cartones y cualquier cosa que no dejase ver el exterior, mientras crecían el caos y las muertes. De cómo ella se refugió con un puñado de supervivientes en una vivienda unifamiliar...

Las dos historias, el presente y el pasado de Malorie, van fluyendo de forma paralela, alternando capítulos, con el lector consciente de que una va a terminar convergiendo en la otra, pero desconocedor de todas las terribles circunstancias que han llevado hasta allí. Malerman construye un relato basado en la tensión continua, desasosegante en grado sumo, con ciertas pinceladas de terror y mucha intriga. El apocalipsis no tiene forma. Cualquiera que haya visto lo que lo causa, que se haya asomado fuera, ve su mente destrozada y cae víctima de la pulsión asesino-suicida. La ignorancia es algo casi doloroso. Los protagonistas, fuera del precario refugio de su vivienda unifamiliar, caminan a tientas, siempre sin saber que puede estar acechándoles en silencio, aguardando para asaltarles; sin saber qué puede haber detrás de un simple chasquido, de una rama que se quiebra, de un susurro, de un roce que les sobresalta; librados a su tacto para saber qué tienen delante, qué es ese objeto tan familiar y al tiempo tan desconocido; o qué motiva que, de repente, los pájaros callen y dejen de piar.

Los grandes aciertos de Malerman son, por una parte, su protagonista, Malorie, quien pese a todo lo que le ha caído encima no se deja vencer por sus miedos decidida a legarles un futuro a sus hijos; y por otra, la dosificación de la información y el notable uso de la tensión para modular toda la narración. El autor no muestra sus cartas, y juega con las dudas de los protagonistas para inquietar al lector. La incertidumbre se convierte en la norma. El deseo de mandarlo todo a paseo, de salir al exterior y abrir los ojos para contemplar el cielo una última vez, de simple y llanamente rendirse, se hace imperante de una forma insidiosa difícil de resistir. Es un presente sin futuro ni esperanza, donde Malorie llama a sus hijos tan solo Niño y Niña, sin otro nombre que los identifique porque no hay ningún motivo que justifique darles un nombre, dando así cuenta de lo terrible de dos niños de cuatro años que han crecido sin el menor atisbo del mundo de fuera de las cuatro paredes de la casa, educados para distinguir el más mínimo sonido y separar aquellos motivados por causas naturales de los que puedan suponer la existencia de una amenaza.

El viaje por el río se convierte en algo angustioso, agobiante, dependiendo tan solo de sus oídos para seguir avanzando, atentos a cualquier ruido, topetando con las orillas y otros obstáculos inesperados, enfrentándose a inquietantes encuentros que ponen en riesgo sus propias vidas. La compulsión de arrancarse la venda de los ojos se convierte en una obsesión a la que no se puede sucumbir, mientras crece en Malorie el sentimiento de pérdida y dolor, de soledad. El lector avanza también a ciegas con ella y sus hijos, enfrentando la misma inquietud, sin saber nunca qué les rodea en realidad.

En los vistazos al pasado Malerman refleja los efectos que el miedo continuado tiene sobre las personas, de la desconfianza que nace instintivamente entre los que lo sufren, de la desesperanza que puede generar. Los protagonistas no saben —y los lectores tampoco, al no poder verlo, qué les está amenazando ni de dónde demonios puede venir esa amenaza. Unos pocos, poquísimos, supervivientes forman una sociedad cerrada, atrapados entre las paredes de una vivienda unifamiliar de la que solo pueden salir con los ojos vendados, algo que se traduce en una dura convivencia y en una incipiente claustrofobia. La paranoia crece en sus mentes. El microcosmos de la casa se convierte en un muestrario de lo mejor y peor de la humanidad, un batiburrillo de sentimientos, de reacciones, de sensaciones extremas. Hay que establecer nuevas reglas, buscar y racionar la comida, preparar planes de contingencia, intentar descubrir qué es lo que provoca el brote psicótico sin morir en el intento —la más minúscula expedición para encontrar alimentos en las casas de alrededor puede convertirse en una auténtica odisea—. El simple hecho de salir y acercarse a un pozo cercano a por agua, sin saber qué o quién pueda estar acechándoles, es una tarea aterradora.

En un apartado más subjetivo, y aunque el autor deja caer un par de insinuaciones sobre ello, es inevitable preguntarse por lo que sucede con aquellos que ya eran invidentes en el momento de empezar la amenaza, supuestamente inmunes a la misma. ¿Qué hacen? ¿Cómo se enfrentan a un mundo donde, de repente, son más válidos que el resto? Malerman no profundiza en ello, dejando este y otros flecos al albur de la imaginación de sus lectores. Y es que, como en otras muchas propuestas que basan su misterio en una serie de amenazas intangibles, el final, desvelando qué hay detrás, puede llegar a ser menos impactante que todo el desarrollo, planteando más preguntas que las contestadas. El cierre, resueltas a la perfección ambas líneas de presente y pasado —aunque se antoja que un tanto precipitada y anticlimáticamente la del río—, deja tantas posibilidades en el aire como si en realidad se tratase tan sólo de un alto en el camino, de un «descanso» que hace que permanezca abierta una puerta a una posible continuación donde dar respuesta a algunas de las cuestiones tangenciales presentadas a lo largo de todo el libro o simplemente a aquello que podría suceder en el futuro. En todo caso, A ciegas es un inquietante, y entretenido, thriller que explora alguno de los miedos más íntimos del ser humano haciendo preguntarse al lector cómo reaccionaría si él mismo se encontrase en tan peculiar situación. Esperemos que nunca tenga que responderlo.