jueves, 12 de marzo de 2015

Reseña: El virus de las palabras

El virus de las palabras.

Alena Graedon.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Barcelona, 2015. Título original: The Word Exchange. Traducción: Arturo de Eulate. 492 páginas.

En el futuro de pasado mañana imaginado por Graedon la amenaza viene de nuestro propio presente, de la sociedad del entretenimiento y la interconexión con toda clase de soportes informáticos que ahora mismo ya se está desarrollando. Según estudios recientes, el uso continuado de dispositivos de todo tipo como muleta para acceder a cualquier tipo de conocimiento o información está haciendo ya que se use cada vez menos la memoria, atrofiando ciertos canales de pensamiento y volviendo a los usuarios cada vez menos inteligentes y más dependientes de sus aparatos informáticos, móviles, tablets, smartwatches... La autora da tan sólo un paso más allá facturando un libro de especulación cercana, de corte tanto tecnológcio como lingüístico, que apenas se puede clasificar de ciencia ficción, aunque sí entre de lleno en el género catastrofista sección plaga epidémica. La autora parte de un postulado bastante extremo y, en principio, un tanto inverosímil: Por un lado, la paulatina caída en desuso y práctica desaparición de los diccionarios y la paralela comercialización por parte de una compañía de dispositivos móviles de sus definiciones que pasan a ser de propiedad privada, por otro la cuestión de si las máquinas pueden llegar a transmitir un virus sintáctico, similar en algunos síntomas a la gripe —fiebre, mareos, dolor de cabeza, malestar general…—, a los humanos. Pero, contra la incredulidad, la autora se guarda algún as en la manga para terminar sorprendiendo a sus lectores más difíciles de convencer. Un libro de intriga lexicográfica, con una interesante reflexión de corte casi filosófico, de amor por la palabra, con ramificaciones de crítica capitalista y de teorías conspiratorias.

Los «Memes», dispositivos portátiles que en teoría deberían facilitar y mejorar la vida de sus dueños, ya que tanto le llaman de motu propio a un taxi o pagan una cuenta como le sugieren el significado de una palabra dentro de una conversación, se apropian cada vez más de su atención y tiempo generando una auténtica dependencia castrante, obsesiva y enfermiza. Con una conexión intuitiva y casi mental, hay quien se llega a instalar, en vez de la Corona —una diadema llena de sensores—  un microchip para estar en todo momento en contacto con su meme, para enviarle órdenes no verbales y para aumentar la rapidez de la satisfacción de sus deseos por parte de la máquina. El cada vez más omnisciente aparato —respecto a la vida y gustos de su propietario— le sugiere los platos a pedir en un restaurante, le llama a un taxi cuando «cree» que va a necesitarlo, le informa de los sucesos que piensa serán de su interés, decide la prioridad de sus citas o le explica el significado que considera correcto, según definiciones implementadas por la propia compañçoa fabricante, de las palabras en las que el usuario duda.

Con dos narradores en primera persona, Anana y Bart, la novela se divide en tres secciones: Tesis, antítesis y síntesis. Al empezar el relato Anana Johnson descubre que su padre,  Douglas Samuel Johnson, un brillante lexicógrafo a cargo del NADEL  —el North American Dictionary of the English Language— con el que ella misma trabaja, ha desaparecido y todo parece indicar motivos ocultos y siniestros en su inesperada y, todo parece indicarlo, involuntaria marcha. La joven está pasando una mala racha, acaba de cortar con su novio Max, y debe lidiar con la poca simpatía que le despierta la nueva pareja de su madre Vera, el pomposo y estirado Laird. Por si fuera poco, la joven descubre que empieza a hablar de forma un poco rara, introduciendo en sus frases algunas palabras inventadas o carentes de sentido. Así que la desaparición de su padre es un duro revés, un grave problema al que dedicar buena parte de su ya ocupada atención, para lo que contará casi con el único apoyo de Bart, un etimólogo que trabaja en el NADEL junto al padre de Anana, por la que siente un, para él, platónico interés romántico. Pero los sucesos extraños no han hecho sino empezar.

Graedon presenta así unos «héroes» nada típicos, dos estudiosos de la lengua, dos amantes de las palabras. Anana es una joven inteligente, incluso brillante, pero no es una heroína de acción y sus acciones pueden resultar en algunas ocasiones, como poco, cuestionables. No le falta motivación, pero sin embargo se encuentra «perdida» gran parte del relato. Y Bart es un apocado y tímido ratón de biblioteca, que se deja llevar en demasía por los impulsos de los que le rodean, prisionero de intereses contrapuestos, por un lado su atracción por Anana, a quien no se atreve a confesarle nada, y por otro de su amistad con Max, el ex novio de la joven y genio informático proveedor de software para Synchronic, Inc. y sus Memes, con el que comparte una camarilla de amigos no demasiado bien avenidos en general.

Pronto descubrirán que tras la desaparición del padre de Anana hay mucho más de lo que podría parecer. Mientras una epidemia, el virus llamado S0111, empieza a extenderse de forma lenta, pero imparable, por los EE.UU. —con casos puntuales en el exterior, pero siempre entre angloparlantes, al menos al principio—, los implicados comienzan a darse cuenta que todo aparenta estar conectado con el intento de compra del fondo de definiciones del NADEL —el último diccionario en lengua inglesa, junto al Oxford, que se sigue publicando— por parte de Synchronic, Inc. como parte de su política de potenciación de una herramienta llamada The Word Exchange —título original de la novela, por otra parte—, incluida en todos sus Memes, por la que cobran al usuario por cada palabra consultada, llegando incluso a introducir una serie de neologismos falsos, sin auténtico significado, siempre en pos de vender más definiciones, monetizando la ignorancia en una vorágine capitalista que termina siendo víctima de su propia e insidiosa conspiración.

Se inicia una búsqueda no exenta de riesgos físicos y mentales, de peligrosos encuentros, plagada de sombras y llena de misterios y amenazas. Anana no sabe en quién puede confiar, viendo un enemigo en cada persona implicada en el tema con la que se cruza, mientras ella misma cae contagiada del virus, avanzando dificultosamente en la investigación del destino de su padre. El diario escrito por Bart permite a la autora dar cuenta del avance de la enfermedad y de ciertas disquisiciones sobre teoría lingüística, lexicográfica y etimológica gratamente interesantes para los «iniciados», pero quizá algo áridas para quien no esté puesto, o interesado, en el tema.

La autora aprovecha el escenario de acción para plantear ciertas disquisiciones de carácter filosófico y filológico sobre Hegel y el lenguaje, sobre la forma en que la modificación de los significados cambia la percepción de lo que rodea, de cómo el idioma y sus variantes moldea los pensamientos. La corrupción del lenguaje hasta niveles de incomprensión e incomunicación y la afasia del habla como uno de los síntomas de los infectados por el virus se muestra como una firma denuncia del empobrecimiento lingüístico y de pensamiento que las redes sociales conllevan en la actual sociedad, sobre todo los programas de mensajería instantánea; y de la dependencia cada vez mayor de todo tipo de dispositivos que, con la excusa de simplificar la vida de los usuarios cada vez la complican más, y no sólo en el momento en que fallan o faltan.

Lo cierto es que no ha tenido que resultar una traducción sencilla en absoluto, sobre todo en el momento en que la afasia empieza a extenderse y la gente a hablar cada vez con más palabras inventadas e inteligibles, un síntoma que se tiene que trasladar al texto de forma que no se convierta en un batiburrillo total. Sin embargo, la presencia de ciertos títulos, entre la multitud de referencias literarios o cinematográficas, como “Calabozos y dragones avanzado” —título del juego y la serie de dibujos en Hispanoamérica, pero no es España— o el uso de ciertos giros idiomáticos, totalmente correctos pero no habituales aquí, resultan un tanto chocantes para el lector de la Península.

A pesar de cierta falta de ritmo y cohesión entre las dos voces narradoras, El virus de las palabras es un intrigante thriller lexicográfico, a un paso de la distopía, con conspiraciones y sociedades secretas, que versa sobre los mecanismos de creación del lenguaje y su influencia en la sociedad al tiempo que denuncia la creciente dependencia de los dispositivos informáticos cuando la herramienta se convierte en muleta favoreciendo la pérdida de comprensión lectora e impidiendo la comunicación. Como la propia autora dice: “El final de las palabras significaría el final de la memoria y del pensamiento. En otras palabras, de nuestro pasado y futuro”.