sábado, 18 de abril de 2015

Reseña: Avenida de la Luz

Avenida de la Luz.

María Zaragoza.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Barcelona, 2015. 314 páginas.

En los años 40 del siglo pasado se inauguró en el subsuelo de Barcelona una galería comercial que en décadas posteriores llegaría a alcanzar gran apogeo para caer después en la decadencia y el abandono hasta prácticamente el olvido. Fue la antaño famosa y glamurosa Avenida de la Luz, un complejo que gozó de tal éxito inicial, sala de cine incluida, que llegó a estudiarse la posibilidad de crear toda una red de calles en torno a ella, una auténtica ciudad subterránea que debería llamarse, lógicamente, Ciudad de la Luz. El proyecto fue desestimado y cayó en el olvido… ¿o tal vez no? ¿Pudiera ser que llegase a empezar a construirse, pero que algo forzase a abandonar el empeño?¿Pudiera ser que sus restos todavía descansen bajo las bulliciosas calles de la capital catalana, más allá de lo poco que hoy se conserva de la galería original? María Zaragoza presenta un thriller de intriga sobrenatural —no tan de terror como pudiera pensarse—, una fantasía paranormal entre lo juvenil y lo adulto con ciertos conceptos que incluso flirtean con la ciencia ficción, en un atractivo y desconocido escenario que promete mucho misterio y más de un sobresalto.

En 1955, mientras trabaja en la proyectada ampliación de la Avenida de la Luz, Hermenegildo Pla desaparece sin explicación, para reaparecer 10 después, con la misma ropa de trabajo y la misma apariencia de aquel día, en el Puerto de Barcelona. Nadie iba a creer lo que le había sucedido, así que se inventó la historia de que se había embarcado en un mercante y había estado navegando alrededor del orbe durante toda la pasada década. En 2012, Pere, nieto de Herme, contacta con un grupo de jóvenes interesados en el urbex, la exploración de espacios urbanos abandonados, para dirigirse a los restos de la proyectada Ciudad de la Luz, de los que tanto le ha hablado su abuelo, recientemente desaparecido de nuevo y del que el muchacho está convencido de encontrar allá abajo.

Se reúne así un heterogéneo grupo de personajes, pocos de los cuales se conocen de antemano, todos con un pasado a cuestas que no les gusta compartir y que la autora va desgranando mediante largos flashbacks —que en realidad son el auténtico contenido de la novela—, poniendo en antecedentes a los lectores sobre lo que de verdad les ha llevado allí, permitiéndoles conocer sus debilidades, anhelos y secretos antes incluso de que sus actos se las desvelen al resto de aventureros y anticipando la tragedia que se avecina de forma inevitable.

Pere en el último momento se ve obligado a llevar consigo a la exploración a su hermanastro Xurxo, un niño albino del que pronto se ve que esconde un tenso secreto y que anticipa en todo momento el desenlace fatal de la aventura. Ambos se reunirán con William, un joven británico que está de Erasmus en España, experto en «urbex», y quien mejor se maneja en estos menesteres; con Adela, un chica que siempre viste de blanco, que se siente atraída por la brujería y lo paranormal, pero intentando darle a los fenómenos siempre un enfoque de ciencia; Arturo, un despreocupado atleta que se suma a la experiencia como quien va de botellón; Bea, una acomplejada muchacha que se esconde tras unas enormes gafas, novia del anterior, y cuya máxima afición son las inquietantes muñecas Blythe, a las que gusta de personalizar para que se parezcan a personajes famosos, reales o de ficción; y Laura, la mejor amiga y contrapunto perfecto de Bea, aparentemente la más equilibrada y sensata del grupo, al que se une sólo por amistad, pero sumando también sus propios dramas al grupo.

Así el grueso de la narración se lo lleva la exploración no de los sucesos presentes en la Avenida de la Luz, sino la del pasado de los protagonistas, de las vivencias y las decisiones que de una manera u otra les han llevado hasta allí. A modo de amplios flashbacks la autora disecciona unas vidas que, a pesar de su juventud, acarrean ya un montón de experiencias no demasiado agradables. Y es que todos acarrean cicatrices interiores, todos han tenido contacto con el mundo sobrenatural —algo, por otra parte, que fuerza mucho la credibilidad por la acumulación de casualidades—, todos guardan secretos que no quieren que salgan a la luz, que desean olvidar. Algunos de esos secretos son vergonzantes, algunos traumáticos, otros tan sólo son dolorosos, pero todos han marcado de forma indeleble sus vidas, proyectando hasta su presente sombras de las que no pueden escapar.

La historia se desvela como una diferente versión de la recurrente «casa encantada», llevándola al escenario de toda una galería comercial subterránea. Pesadillas clásicas, como la calle que se extiende hacia el infinito, tiempos solapados, que se amontonan unos sobre otros, encrucijadas vitales, tiendas que tan pronto parecen a punto de inaugurarse como abandonadas y llenas de polvo y restos, un cine donde se «proyectan» viejas películas, objetos que parecen cobrar vida propia y unos protagonistas que arrastran sus propios traumas a la ecuación convirtiéndose en un peligro para sí mismos. El pasado es tan o más importante que el presente; cada acción, cada palabra, cada silencio, cada desprecio, cada mentira… dejan huella y no se sabe en qué momento pueden pasar a saldar deudas.

Con una prosa ágil y eficaz, Zaragoza peca en momentos de elegir el camino fácil y en vez de crear el ambiente o las sensaciones mediante el uso de recursos literarios lo que hace es comparar las situaciones o sentimientos con alguna referencia del bagaje compartido como puedan ser escenas de películas o de libros, leyendas urbanas iu otros trucos que por un lado le evitan el trabajo de crear «desde cero» y por otro le permiten conectar con referentes comunes que acercan el relato al lector de forma directa sin necesidad de implicarse en demasía. Sin embargo, se hace difícil empatizar los personajes, con todos sus traumas y unas relaciones con lo sobrenatural que no terminan de definirlos, con reacciones poco naturales y diálogos que bordean en ocasiones el absurdo existencial. Vale que todos han sufrido, pero eso no es rasgo suficiente para caracterizarlos y algunos no terminan de adquirir auténtica profundidad. Por su diferente nivel de protagonismo, se nota que ha puesto más cariño en unos que en otros, creando un relato un tanto descompensado, pero que no deja de leerse con interés.

La autora juega con los claroscuros de los personajes y con la nostalgia de los lugares perdidos u olvidados para facturar una historia de creciente desasosiego, de misterio y aventura en la que el escenario no es, en absoluto, lo de menos. La Avenida de la Luz cobra un protagonismo insospechado, revelándose ya no como un mero telón de fondo sino como un actor de pleno derecho. Drama, intriga, un intento de explicación del fenómeno para los más escépticos —que seguirán siéndolo—, tensión y una tragedia que se avisa desde el primer momento y de la que el lector va a ser testigo sin que nadie pueda hacer nada para evitarla.