lunes, 18 de mayo de 2015

Reseña: El Trono de la Luna Creciente

El Trono de la Luna Creciente.

Saladin Ahmed.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Fantascy. Barcelona, 2015. Título original: Throne of the Crescent Moon. Traducción: Manuel de los Reyes. 399 páginas.

Es de lo más normal que los escritores nóveles decididos a iniciar su carrera dentro de la literatura fantástica se embarquen directamente en profusas trilogías o largas «enealogías» que abarcan páginas y páginas de historias monumentales; por eso, se agradece que Ahmed debute con una novela independiente y autoconclusiva, a cuyo mundo y personajes, eso sí, es fácil otorgar una segunda aventura, como de hecho así se ha anunciado. Y tiene el acierto de iniciarse, además, con una ambientación que parece estar empezando a ponerse de moda pero que todavía no ha sido excesivamente explorada: la de la tradición oriental arábiga. Una ambientación que también tiene sus servidumbres, por supuesto, como el uso de un lenguaje arcaizante muy al estilo de Las Mil y Una Noches o la reiterada, y algo machacona, repetición de los nombres completos de los protagonistas en las conversaciones, pero que en vez de ser un demérito se convierten en parte de la «originalidad» de la propuesta. El autor ofrece así a sus lectores una exótica fantasía sobrenatural, circunscrita en su mayor parte a un decorado urbano, a caballo entre la espada y brujería y la épica a pequeña escala, plena de magia, criaturas y personajes no tan habituales y prototípicos como viene siendo lo acostumbrado.

El sexagenario doctor Adoulla Makhaslood, perteneciente a la orden de los cazadores de gules, tras décadas enfrentándose a los seres sobrenaturales y cansado de una lucha ingrata que nunca termina, tan sólo desea vivir en paz sus últimos años y disfrutar de los pequeños placeres que la existencia le ofrece, como su té de cardamomo y sus queridos libros; pero, cuando el sobrino de un antiguo amor es asesinado y ella le pide ayuda, decide emprender una última tarea antes de alcanzar su retiro. Y pronto será consciente de que lo que inicialmente era una simple misión de encontrar a las criaturas responsables del asesinato y acabar con ellas, podría sin embargo convertirse en la aventura más peligrosa de todas las emprendidas en su, por otra parte, azarosa vida. Una amenaza para el poder establecido, para el status quo y, en general, para toda la población inadvertida de lo que se le viene encima. Y es que alguien con mucho poder está levantando gules y masacrando a los habitantes de pueblos enteros. Un antiguo mal, seguidor de las enseñanzas del Ángel Traidor, que podría poner de rodillas el reino entero.

En el convulso caldo de cultivo del desencanto social de la población de la gran urbe de Dhamsawaaat, que produce «héroes» como el líder de ladrones que se hace llamar Príncipe Halcón, perseguido por los soldados del nuevo califa pero apoyado por el populacho, y que podría llevar a un sangriento levantamiento civil, la amenaza soterrada de un violento cambio de régimen por medios sobrenaturales pasa desapercibida, salvo por las sospechas de los protagonistas que, no obstante, van a ver como sus advertencias caen en saco roto..

Ahmed hace una magnífica labor de subcreación de su mundo basándose en ciertos aspectos del nuestro, pero para la ocasión el autor ha puesto sus ojos en la mitología y la estética arábiga antigua. Dhamsawaat, el escenario principal —y casi único— es una inmensa urbe —ir de un barrio a otro puede ocupar todo un día—, mezcla de una mítica Bagdad y una gigantesca El Cairo encantadas donde la miseria del pueblo, cada vez más castigado por los impuestos del nuevo califa, un joven codicioso y cruel, convive con la opulencia de sus dirigentes. Un mundo de leyendas no siempre tomadas en serio. Un mundo que el autor llena de detalles cotidianos que le dan realismo dentro de su fantasía: el atasco y colapso de sus calles, el polvo omnipresente, el mal olor de sus «industrias» y curtidurías, el ruido continuo, el hastío y corrupción de sus guardias, el orgullo y prepotencia de los fanáticos religiosos con los que es peligroso cruzarse en sus calles, los mendigos, los mercados, las teterías y otros establecimientos...

Contrasta con gran acierto la abierta diferencia de los protagonistas, un cansado cazador de gules que ha dejado atrás sus mejores años, aficionado a la comida y amante de los libros, en paz consigo mismo pero no tanto con el mundo y con lo que se ha visto obligado a renunciar por su profesión; su joven aprendiz Raseed bas Raseed, un derviche sin demasiada experiencia vital, experto en diversas formas de lucha y dotado de una moral demasiado rígida que juzga con vehemencia el mundo en términos tan solo de blanco y negro, ingenuo y, en cierta forma, muy confuso; y Zamia Banu Laith Badawi, una orgullosa adolescente de compleja personalidad, proveniente de una tribu nómada del desierto, cargada de prejuicios sobre los habitantes de la gran urbe quien, además, puede transformarse en leona y se encuentra embarcada en una particular misión de venganza. Dos adolescentes que se ven atraídos por una incipiente atracción que ambos rehuyen por la educación que han recibido. La veteranía y sabiduría adquirida con el tiempo frente a la impulsividad de una juventud que cree saber más que sus mayores. A ellos se suman un matrimonio de hechiceros bien diferentes entre sí, el mago Dawoud y la alquimista Litaz, hija de Likami, una magnífica adición que da cuenta de la igualdad de géneros cuando hay respeto entre ambos.

Con una conseguida ambientación arábiga, tanto en el decorado como en las referencias y en el lenguaje —perfectamente trasladado todo ello en la traducción, y un ritmo —aún con ciertos arranques en falso en el inicio de la novela— muy adecuado, con vertiginosas y adecuadamente narradas escenas de acción intercaladas con otras de necesaria reflexión, recapitulación y toma de decisiones, El Trono de la Luna Creciente, dentro de su «sencillez» narrativa —lineal y directa, aún en los momentos en que cambia el punto de vista de un protagonista a otro—, encierra una entretenida aventura, un exótico escenario, un perfecto equilibrio en los personajes y una eterna pregunta: ¿Quién es más monstruoso, el ser sobrenatural que sigue su naturaleza o el gobernante que abusa de su poder explotando a sus súbditos con impuestos y disponiendo de sus vidas a su antojo?

Y yo añado otra de mi cosecha: ¿Soy el único en pensar en que esta novela hubiera dado para un estupendo guión en una película animada por Ray Harryhausen o eso tan solo da cuenta de mi edad?
Hay una cierta precipitación en el momento clave de la resolución, una rapidez que puede llegar a resultar un tanto anticlimática frente a la anterior tensión creciente y ante la magnitud de la amenaza. La novela termina con un sabor agridulce, como corresponde al cierre de cualquier etapa, con tristeza y esperanza, con pocos, muy pocos flecos, en el aire, pero, eso sí, con la promesa de nuevas aventuras en el horizonte, dado que el escenario así lo permite y el autor se ha puesto a ello.

3 comentarios:

Lorena F. dijo...

Me llamó mucho la atención la primera vez que lo vi, y ahora que sé que no es una saga (gracias, dioses, gracias :) ya lo tengo anotado en la lista de pendientes.

Santi dijo...

Hola Lorena.

Parece que, según algunos comentarios, al final va a ser una trilogía. Pero el tomo se puede leer como si fuera independiente y con un final cerrado a la aventura planteada.

Saludos

Lorena F. dijo...

Gracias por la info, Santi.