jueves, 7 de mayo de 2015

Reseña: Siempre nos quedará París

Siempre nos quedará París.

Ray Bradbury.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Minotauro. Barcelona, 2015. Título original: We'll Always Have Paris: Stories. Traducción: Miguel Antón. 207 páginas.

Bradbury siempre ha sido un escritor cuyas obras han levantado las mayores pasiones y los mayores rechazos, pero lo cierto es que no parece dejar indiferente a quien se adentra en sus páginas. Desde hace muchos años ya, desde que en mi juventud me llevara a visitar el país de octubre y las rojas arenas de Marte, me cuento entre las filas de sus seguidores fieles, así que espero se me perdone la subjetividad al hablar de este libro. En esta, una de sus últimas antologías publicadas, reúne algunos de sus temas más queridos facturando una serie de cuentos con ese corte crepuscular y ese evocador lirismo tan característico de su obra. Como siempre y por encima de todo, independientemente del decorado, Bradbury escribe sobre las personas, sus pasiones, sus nostalgias y sus anhelos, sus alegrías, sus desavenencias, sus sueños y sus tristezas. Disecciona el corazón humano con descarnada ternura y sensibilidad, en ese eterno «retorno a casa», colmado de melancolía, de quien siquiera sabía que se había marchado del hogar; de esa vuelta a lo conocido tras haberse extraviado al girar una esquina inesperada, al tomar una decisión feliz nada meditada. Cuentos para degustar con calma, dejándolos respirar, captando su riqueza incluso con una segunda lectura que saque a la luz todo su colorido.

Son todas ella piezas muy breves —veintiún relatos y un poema en poco más de doscientas páginas—, pero también muy intensas, con un agradable puntito de surrealismo, de refrescante locura, en muchas de ellas. Bradbury destila su prosa despojándola de todo lo innecesario, dando mucho con lo mínimo, con la palabra precisa, con la frase justa, con la imagen imprescindible. Muy posiblemente nos encontramos ante los restos del banquete, ante historias que se fueron quedando fuera de otras recopilaciones por cualquier motivo y que el autor guardó en sus cajones hasta el momento propicio. Pero incluso los restos de un maestro en los fogones literarios pueden conformar todo un festín. Cuentos llenos de sentimientos, de emociones; instantáneas de unas vidas cotidianas que se dejan seducir por la sorpresa de lo extraño irrumpiendo en ellas; de momentos detenidos en el tiempo, cristalizados en la memoria y cargados de melancolía y nostalgia; de anécdotas donde parece no suceder nada pero que dejan con el espíritu cambiado al alejarse de ellas; de retratos del corazón humano, con sus miserias y sus triunfos, siempre cargados de una ternura embriagadora; viñetas muchas veces incompletas, desdibujadas, fragmentos de historias quizá mayores que hacen que la respuesta permanezca sin pregunta; poemas en prosa que en su propio cripticismo encuentran su belleza sin otro destino... Pequeñas explosiones que muchas veces dejan todo tal y como estaba porque lo que importa es la sombra que han proyectado en su efímero florecer.

Y es que Bradbury era, ES, un poeta.

El lector se va a encontrar aquí un ramillete de reflexiones, meditaciones sobre el humanismo, sobre el asesinato, la maternidad, la ancianidad, la orientación sexual, la infidelidad, la amistad, el matrimonio, la fantasía, la pérdida, el desarraigo, el compañerismo, la entrega desinteresada, el arrepentimiento, el amor, el triunfo, el ser humano con todas sus paradojas...

Ejemplo perfecto es el de Massinello Pietro, un personaje prototípico dentro de los personajes bradburianos, un excéntrico hombre que disfruta de estar vivo, que ama a sus animales con locura, que se entrega a los demás, pero que tan solo es visto por el mundo, por sus vecinos, como una molestia a erradicar de sus vidas. El autor, algo desengañado y triste, abre el volumen con un alegato aparentemente imposible por la alegría desbordante de simplemente vivir, por el desprendimiento y la entrega, por la bondad, por la convivencia pacífica con todo lo que nos rodea. Pena y esperanza se aúnan en La visita, un conmovedor cuento que habla de la generosidad de los donantes de órganos, de la gratitud que muchas veces no tiene destinatario y de una especial forma de seguir viviendo. Soledad extrema, incomunicación y el deseo de una vida más plena e independiente hacen de Mamá Perkins viene para quedarse una surrealista y desasosegante muestra de la ciega búsqueda de la felicidad. Inquietante en grado sumo es El asesinato, con dos hombres conversando, con una apuesta por medio, acerca de si cualquier persona es capaz de asesinar con la motivación necesaria. Nostalgia y amor destila Llegada y salida, con la descripción de un postrer día de frenética actividad de un matrimonio de ancianos que descubren un brote de juventud en sus vidas para llegar a una sencilla conclusión, con un cierre tan emotivo como hermoso. Veraniega pietà transporta a la infancia con uno de esos relatos que ponen de manifiesto el amor del autor por las ferias y los circos, pero, sobre todo, de la importancia del amor fraterno filial, la entrega por hacer felices a los que se quiere y de la alegría de un niño que bebe la vida como un eterno descubrimiento. Triste y melancólica es la historia de El reencarnado, donde un hombre vuelve de la muerte pero a pesar de todos sus anhelos no encuentra su lugar de nuevo. Amargo, pero vindicativo, es Corazón de manzana Baltimore, con el punzante dolor del peso de una infancia triste, del maltrato, de la falsa amistad, y del resentimiento arrastrado sin siquiera darse cuenta que aflora de forma irresistible. Y amable, lleno de caballerosidad, pero desesperanzador también, es Venga conmigo, donde un buen samaritano intentará ayudar a un joven a escapar de los lazos que le atan a su novio abusivo, donde el lector se va a encontrar con un Bradbury desencantado con el mundo, triste porque muchas veces es imposible arreglar lo que está roto, sobre todo cuando se trata del corazón. Y no podía faltar, como en Lejos de casa, su revisitación a ese Marte imposible, metafórico e inexistente, en esa ciencia ficción que, como él mismo afirmaba rotundo, no es sino fantasía. Un viaje al planeta rojo que habla del desarraigo, de la añoranza del terruño, del anhelo de pertenencia a un lugar propio; del sentimiento de estar muy lejos de casa, del frío de la soledad, y de la camaradería, del compartir y del abrirse a los demás como remedio… Y más, y más cuentos, tan personales e inclasificables como todos los del autor

Siempre nos quedará París encierra una ecléctica colección de historias, escritas en diferentes épocas, fruto de impulsos del momento, sin temática o enfoques en común más allá de estar llenas de la magia del autor, lejos sin duda de su máxima excelencia, pero cargadas de una fuerza poética hermosa y extraña a un tiempo. Una invitación a replantearse lo que cada uno está haciendo con su vida, a exprimir lo que se tiene, a hacer felices a los demás. Así, uno tras otro, estos relatos desbordan sentimientos y tocan el corazón. Tal vez se la pueda considerar una recopilación «menor» dentro de la enorme producción de cuentos de Bradbury, con relatos más entregados a los diálogos chispeantes e ingeniosos que a las hermosas descripciones de evocadoras imágenes. Sobra, muy posiblemente tan solo desde nuestra óptica, el patriotero poema que cierra el volumen, una loa y una pequeñísima crítica a los EE.UU. como faro del mundo. Pero aún así, un cuento «menor» de Bradbury es digno de leerse y esta es una recopilación que merece la pena para cualquier amante de su obra. Cuentos de otra época, de otra forma de entender el mundo y las relaciones, pero que, no obstante, se demuestran muy vigentes a la hora de despertar las emociones. Y es que tal vez, como bien pide el propio autor, no haya que darles muchas vueltas, tan solo intentar amarlos.