miércoles, 3 de junio de 2015

Reseña: Disforia

Disforia.

David Jasso.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Valdemar. Col. Insomnia. Madrid, 2015. 401 páginas.

Disforia: emoción desagradable o molesta. Ansiedad, irritabilidad. Angustia difícil de soportar, malestar psíquico. A menudo conlleva reacciones coléricas. Es el opuesto etimológico de la euforia.

Jasso escribe para hacer sufrir a sus personajes y, con ellos, a sus lectores. Pero, a pesar de lo que quizá pudiera suponerse, no se trata tan solo del mero sufrimiento físico, de la tortura de un psicópata y de las heridas sangrientas que un cuchillo puede causar sobre un cuerpo indefenso… No. Jasso es un maestro en jugar con la mente del lector y crear sensaciones escalofriantes, en presentar situaciones angustiosas y aumentar lenta pero de forma imparable el agobio y la tensión. Su acierto —uno de ellos— es que la obra no impacta tanto por aquello que se muestra, sino por todo lo que se desconoce, lo que se oculta. El autor juega con la impotencia de no saber qué se esconde tras una puerta cerrada o tras el giro de una esquina y de no atreverse a comprobarlo, con la duda de lo que le está sucediendo a algún personaje fuera de escena, entre bambalinas, o con el sobresalto ante un ruido inesperado o un objeto fuera de lugar de forma inexplicable. Y, entonces, deja entrar todo el horror de golpe, desasosegante y estremecedor. Además, por si fuera poco, se permite introducir todo un combativo trasfondo de denuncia social, de crítica política y económica sobre la situación de nuestro país extrapolando la realidad actual hasta sus peores consecuencias con una especulación demoledora.

Tomás y Esther están realizando una escapada con su hija de dos años Sara, a la que llaman Say, para pasar unos días de descanso en la casa de montaña que poseen. El matrimonio, como todo el país, está pasando una mala situación laboral y, además, ella parece estar sufriendo los efectos de no poder mantener el tratamiento prescrito por una enfermedad previa. Pero, aún así, todo parece ir bien hasta el momento en que suena el timbre pero nadie se identifica al otro lado de la puerta. Los nervios se presentan, la tensión aumenta, y algo habrá que hacer para ver quién se encuentra allá afuera. El desconocimiento de lo que está sucediendo allí donde la vista no llega crea una angustia creciente, un agobio paralizante.  A partir de entonces discurren unas 24 horas interminables

Nolasco y Zoel son otros dos de los protagonistas que de forma paralela irán desvelando su participación en este drama y sus propias miserias. Padre e hijo, atormentados cada cual a su manera por la trágica muerte de la esposa y madre. Un hombre obsesionado por una labor inexcusable, y un adolescente atormentado y asqueado por su vida, con tendencia a autolesionarse y totalmente dominado por la figura paterna.

La novela presenta dos escenarios bien diferenciados que definen las dos partes en que se divide la trama: La casa y El coche. Dos localizaciones que se podrían considerar casi minimalistas, despojando la acción de distracciones innecesarias. E, intercalados entre sus capítulos, se suceden una serie de Intermedios, con protagonistas y localización —espacial y temporal— variable, que dan cuenta de otros detalles y hechos, tanto presentes como pasados, necesarios para la historia. En esta particular obra de teatro, con tan pocos actores principales, el trasfondo se revela vital para entender el drama.

Así, existen dos lecturas en la novela. La primaria es la del horror que un ser humano puede causar a otro, del «psicópata» con una misión a la que no puede renunciar; y la secundaria, soterrada pero evidente, la de la situación en que se encuentra el país a través de un ejercicio de proyección hacia una realidad paralela tan aterradora a la postre como la violencia física y psicológica ejercida por alguno de los protagonistas. La crisis, tanto económica, social y política como de valores éticos, ha golpeado muy duramente, forzando la constitución de un Gobierno de Consolidación que legisla con mano dura sobre la miseria de sus ciudadanos. La desesperación, la pobreza y la falta de esperanza han dado lugar a un estremecedor fenómeno llamado las Plazas de la Ida, una última salida crítica para aquellos que lo han perdido todo y no ven manera de levantar cabeza. El paralelismo extremo de un mundo que se encamina hacia el abismo con ciertas situaciones actuales es más que evidente.

El autor dosifica la información con el ritmo justo, ofreciendo retazos que no siempre son lo que parecen o que llevan en direcciones muy diferentes de a dónde parecían apuntar, creando hipótesis y expectativas en el lector que van a ser cruelmente refutadas. Los protagonistas, como cualquier persona, guardan secretos por los que se mortifican y que muy bien podrían causarles la muerte aunque sea de una retorcida manera indirecta. Hay en ellos muchos remordimientos, mucha culpa mal asumida, muchos defectos como los de cualquier otro hijo de vecino, mucha humanidad en unos personajes que llevan consigo su propio tormento. El acierto del autor en mostrarles tal cual son, ninguno «inocente» —salvo la pequeña Say, que se muestra como principal objeto de desvelo—, algo que consigue que la empatía, la implicación, y la angustia del lector sea mucho mayor. No hay «buenos» en esta historia y la narración va desvelando poco a poco todo el bagaje que cada uno arrastra; un bagaje que de alguna manera les ha llevado hasta allí de manera inevitable.

Los caminos de la inspiración
son inescrutables
Pero tampoco hay «malos», sino personas que intentan hacer lo mejor, para ellos y sus familias, en la peor de las situaciones. Esther se ve atrapada en su apuesta por «Come, ve y dile», una suerte de estafa piramidal un tanto alegal, que era su única manera de aportar algo de efectivo al matrimonio y que, sin embargo, se ha convertido en una trampa de la que no puede escapar. Tomás intenta exorcizar sus propios demonios dentro de la relación de la única manera que es capaz de imaginar. Nolasco se ha visto duramente golpeado por la enfermedad de su esposa y se ve atado por una «promesa» que lo humaniza, aunque no lo redime, dentro del horror que porta consigo…

Disforia es una novela de sentimientos y emociones al límite, de juegos mentales, de instintos a flor de piel, de rabia y denuncia del «sistema», de amor y miedo irrefrenables, de conflictos y contradicciones muy humanas. Y también lo es de atmósferas, algo en cuya creación es experto Jasso. Cerrada sobre sí misma, claustrofóbica en su escueta ubicación, casi minimalista, juega hábilmente con la percepción del lector sobre lo que cree que está pasando y lo que realmente sucede. Hace gala de un estilo directo, muchas veces coloquial, acerado y descriptivo, muy acertado para la historia que se trae entre manos, siguiendo diversas voces, cada cual con su tono y enfoque particulares, y con una complicidad cercana con el lector a quien hace partícipe de la historia. Una historia que mantiene al lector atrapado en su angustia y tensión de principio a fin. Particularmente, hay una pequeña irrupción manifiestamente sobrenatural que se podría considerar algo innecesaria dado el duro cariz realista del resto de la narración, pero que tampoco molesta demasiado y aporta una visión diferente —y matizadora— de los hechos, creando dudas y potenciando el misterio en torno a lo sucedido. Si se desea pasar un estupendo mal rato, Disforia es la sensación que se está buscando.

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Reseña de otras obras del autor:

    Feral.
    Abismos.