jueves, 30 de julio de 2015

Reseña: Stalker. Picnic extraterrestre

Stalker.
Picnic extraterrestre.

Arkadi y Boris Strugatski.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Col. Gigamesh Breve # 5. Barcelona, 2015. Título original: Piknik na obochine. Traducción: Raquel Marqués. 179 páginas.

Tradicionalmente han sido pocos los autores de la ciencia ficción rusa que han llegado a ser traducidos en nuestro país —aunque afortunadamente, y gracias a editoriales como Nevski Prospects, las cosas pueden estar cambiando—, pero sin duda dentro de esos escasos nombres destaca el de los hermanos Strugatski gracias a obras como Qué difícil es ser dios o precisamente esta que nos ocupa, publicada con anterioridad en español con el mismo título o también como Picnic junto al camino, y que ahora Gigamesh ofrece con una nueva traducción directamente del ruso que permite una mayor cercanía al original, recuperando la versión sin censura e incorporando además una introducción escrita por Ursula K. LeGuin para su edición USA —y que quizá sería mejor leer al final de la novela y no al principio—. Alejada de cualquier intención panfletaria propia de la época de la Guerra Fría en que fue escrita —más bien todo lo contrario—, los hermanos Strugatski ofrecen una aventura de especulación post «primer contacto» muy diferente de lo habitual, ya que los extraterrestres no llegan a estar «presentes» en momento alguno. Una reflexión cercana sobre el lugar de la humanidad en el universo, de contenido social, cercana a la novela criminal —negra— y de bajos fondos, con la búsqueda de la felicidad como último trasfondo.

La Visitación ha tenido lugar, el primer contacto de la humanidad con una inteligencia extraterrestre: Los alienígenas han pasado por la Tierra, han aterrizado en seis puntos o «Zonas» y han permanecido allí un par de días; sin embargo no se han tomado la molestia de comunicarse con la humanidad, ajenos aparentemente a su existencia, y han seguido adelante. Así que lo importante ahora es estudiar las cosas que han dejado atrás con una aparente despreocupación, como quien después de hacer un alto en su camino para realizar un picnic deja desparramado en el sitio los restos del mismo. Muestras, no obstante, de una tecnología muy superior a todo lo conocido y cuya manipulación —el simple contacto con las zonas en que tomaron tierra— resulta de lo más peligrosa. El paisaje de estos lugares se ve extrañamente modificado, con fenómenos físicos inexplicables para la ciencia humana capaces de destrozar a quien se aventure en el terreno: claro de mosquitos, gelatina de bruja, escupitajo de la col del diablo…, son sólo algunas de las trampas mortales que allí se encuentran, con efectos que pueden ser inmediatos o prolongarse en el tiempo en el organismo de los «supervivientes» a su contacto.

Sin embargo, hay quien no duda en asumir el riesgo y entrar a buscar objetos de incalculable valor, tanto de forma legal, como ciertas agencias gubernamentales amparadas por la ONU que investigan las aplicaciones civiles y militares de lo «rescatado», como ilegal, individuos furtivos, auténticos «carroñeros», que entran clandestinamente y arramblan con lo que pueden y lo venden en un floreciente mercado negro de alcance mundial. Estos son los stalkers y su vida suele ser breve y accidentada. Los stalker conocen los riesgos, pero adictos a la adrenalina o simplemente necesitados de efectivo siempre están esperando un último gran golpe que les resuelva la vida. Y a eso precisamente se dedica Redrick Schuhart.

Estructurada en torno a cuatro momentos de la vida de Schuhart —aunque no siempre directamente protagonizados o narrados desde su punto de vista— y con una tercera persona en que de vez en cuando irrumpe una primera más reflexiva, todo gira en torno a las entradas ilegales en la zona «contaminada» cercana a Hartmont, Norteamérica, y en los objetos que de allí se consiguen sacar. La evolución del protagonista es palpable, con un paulatino endurecimiento, aplastado cada vez más por la responsabilidad y por un creciente cinismo que no oculta la razón final de sus expediciones. Las entradas en la zona están descritas con una enorme tensión, la sensación de peligro es realmente palpable. El protagonista se verá arrastrado una y otra vez a la zona contaminada en busca de objetos alienígenas, a pesar de su deseo de hacer las cosas bien y dejar su vida ilegal. Pero la vida no se lo pone fácil. Los remordimientos primero y la pura necesidad después le llevarán a aceptar diversos encargos y arriesgarse en la ruleta rusa que significa adentrarse en un territorio que por mucho que crea conocer siempre resulta sorprendente y, por ello, letalmente peligroso.

La soledad del stalker se ejemplifica en los escuetos diálogos —dejando aparte ciertas disertaciones para intentar «explicar» el fenómeno— y en las reflexiones en primera persona que los autores injertan en el texto. Asqueado por un sistema que hace que unos pocos se jueguen la vida y otros disfruten de los beneficios, el stalker no es una persona especialmente sociable y las pocas veces que se relaciona con terceros es de forma un tanto antagónica, aunque sea con sus considerados «amigos», y siempre con abundante presencia de alcohol. Moralmente ambiguo. Un oportunista no obstante capaz de arriesgar el pellejo por un colega en dificultades. Lleno de rabia por lo que la Zona hace a las personas, sólo en su pareja, Guta, encuentra sosiego, aunque el discurrir de su relación tampoco sea precisamente un territorio seguro.

La ciencia alienígena supera con mucho a la humana, destrozando teorías aceptadas hasta el momento, chocando con la lógica y rompiendo muchas de las reglas físicas que se creían inamovibles. Como niños que reciben un brillante juguete del que desconocen cómo funciona pero juegan encantados con él, ciertas tecnologías llegan a aplicarse a usos cotidianos —como, por ejemplo, baterías de energía inagotable para los coches que hacen innecesario el combustible— sin conocer realmente su auténtico propósito, sin entenderlos, sin saber para qué servían o si estaban destinadas a usos totalmente diferentes e, incluso, opuestos. Se trata, no hay duda, de una pequeña bofetada al ego de la especie humana, dado que el primer «contacto» con una cultura alienígena resulta en la mayor indiferencia, incluso desprecio, por la existencia de la humanidad. Los extraterrestres no querían nada de ella, ni siquiera dieron muestras de saber que estaba allí o que tuvieran el más mínimo interés en la civilización terráquea. No se trata de una falta de comunicación por diferencias biológicas o de pensamiento, sino en la absoluta y humillante falta de intento de comunicación. A través del reflejo de los cambios producidos en el ser humano como consecuencia del persistente contacto con lo desconocido e inexplicable los autores incluso llegan a plantear una corriente de pensamiento que postula que todo ello irá en detrimento de la humanidad, que se trata de una contaminación que terminará arruinando a la especie. Mutaciones genéticas, muertes inexplicables, infecciones incurables, científicos burocratizados y gobiernos que sólo ven el beneficio de los objetos alienígenas abandonados por encima de cualquier mal que puedan causar, individualismo exacerbado, avaricia desmedida, sueños rotos, locura y otros problemas asociados al fenómeno parecen así indicarlo.

Los Strugatski hacen gala de una prosa austera, rápida, con abundante uso de elementos coloquiales acordes a la extracción social de los stalkers y su entorno depauperado, con cierto gusto por un lenguaje malsonante —nada escandaloso— que a la postre les causaría más de un problema con la censura soviética —hay algunas diálogos con palabras «gruesas» o algún comportamiento brutal por su violencia implícita que parece no gustaban a los que decidían—. Destacan las descripciones de las expediciones dentro de la Zona, cargadas de «extrañamiento» y de tensión, narradas con minucioso detalle, haciendo muy gráficos y vívidos los inexplicables fenómenos que la presencia de los alienígenas ha causado en ella, del riesgo no ya sólo para los que allí entran sino para todos los que comparten su vida «normal» en el exterior. Libre de grandes o explosivas escenas de acción, la brevedad de la novela juega a su favor, concretando en esos determinados periodos de la vida de Schuhart una historia que en ningún instante se les escapa de las manos, sin divagaciones ni líneas innecesarias. El cierre, emotivo y sorprendente, amargo, irónico y tibiamente esperanzador, llega en el momento justo y de la forma perfecta.

Y es que, al final, más allá de la lucha por la supervivencia y el mero relato criminal, la novela es un pequeño canto al espíritu humano, a no renunciar nunca a la esperanza de poder alcanzar algo mejor, de perseguir siempre la consecución del Santo Grial —adquiera la insospechada forma que adquiera—, de la búsqueda de la libertad y la felicidad, personal y colectiva, como objetivos de toda una vida y como un destino deseable para todo el mundo. De no renunciar a los sueños y de tratar de alcanzar lo imposible para mejorar la existencia de los seres queridos pese a toda la cerrazón, los impedimentos y la corrupción que la sociedad pueda poner en el camino. Aunque, desde luego, tal búsqueda también tenga un lado oscuro, la de aquellos que supeditan el bien de los demás al suyo propio, que piensan que todo está permitido para la obtención de su satisfacción. Y, sin embargo, el Grial solo está destinado a aquellos con un objetivo justo, a aquellos que habiendo tocado fondo mantienen incólume su pequeño ideal.

Completando la edición, en el epílogo, un postfacio a cargo de Boris Strugatski, se narran las enormes vicisitudes por las que pasó la novela para poder ser publicada originalmente, la retorcida historia editorial que da cuenta no tanto de la censura política sino lingüística a la que fue sometida. Un libro me atrevería a decir que imprescindible para cualquier amante de la ciencia ficción mundial. Un clásico donde los haya y una lectura, sin duda, necesaria.

2 comentarios:

César Sánchez dijo...

Excelente reseña y muy buen comentario. Conocía de la existencia de esta novela, por el juego y la película Stalker, pero me faltaba la base de dichas obras. Fue una grata sorpresa el que una novela tan corta diga tanto, no sólo está bien escrita y es entretenida sino que lo que hay detrás, escondido entre lineas, sea tan rico y amplio.
Bueno felicitaciones por el blog

Santi dijo...

Muchas gracias por tu comentario lleno de amables palabras.

La verdad es que es una novela digna de leerse, que dice mucho en poco espacio.
Por algo es todo un "clásico" ;-)

De nuevo, gracias por participar en el blog.

Saludos
Santi