lunes, 2 de noviembre de 2015

Reseña: Los reconocimientos

Los reconocimientos.

William Gaddis.

Reseña de: Francisco José Arcos Serrano.

Sexto Piso. Madrid, 2014. Título original: The Recognitions. Traducción: Juan Antonio Santos Ramírez. 1376 páginas.

Wyatt Gwyon, protagonista de la novela, es un pintor que aún cree en el sentido del arte en un siglo en el que éste parece estar siendo desplazado, eclipsado, vaciado; pero paradójicamente  Gwyon es incapaz de crear nada nuevo u original. Su habilidad reside en copiar minuciosamente a los maestros flamencos, y a ese gesto interminable y reiterado, el de construir una realidad desde el préstamo, entrega su existencia: la suya es la tragedia de quien no encuentra más salida que la restauración de un clasicismo que ya no cree posible.

Los reconocimientos está considerada como una de las mejores novelas de la literatura americana del siglo XX, defendida hasta la saciedad por escritores de la talla de Jonathan Franzen o Tom DeLillo, convertida así en objeto de culto, y que por fin podemos disfrutar de ella gracias a la labor incansable de la editorial Sexto Piso.

Una vez leída esta mastodóntica novela (casi 1400 páginas), cuesta creer que esté escrita por un Gaddis de 27 años, el cual anticipó el concepto de literatura posmoderna en los años 40, terminología que llega hasta nuestros días con vigencia absoluta.

Hay que advertir que Los reconocimientos no es una novela fácil de leer, de hecho el escritor salpica durante toda la narración un estilo exigente que obliga a detenerse cada pocas páginas para poder asimilar en su magna totalidad todo lo que nos quiere decir.

Siendo el propio Gaddis consciente de su propio estilo abigarrado, introduce ciertos elementos que ayudan a que el lector avance en la lectura sin apenas percatarse de ello: una atmósfera altamente turbadora que nos va ganando poco a poco y un sentido del humor bastante absurdo y grotesco que nos provocará una sonrisa culpable durante algunos de los pasajes del libro.

Otro detalle que puede desanimar al lector que se acerque a este texto radica en la infinidad de personajes que aparecen y desaparecen prácticamente sin más;  pues bien, advertir a los menos pacientes que todo lo que el escritor pone en estas páginas puede llegar a ser trascendente incluso cientos de páginas más tarde, llegando así la tan ansiada recompensa para aquellos que piensen en tirar la toalla antes de tiempo.

Otra característica (frustrante, dirían algunos) es la capacidad del propio William Gaddis para afinar los diálogos de tal manera que entronca a la perfección con el ritmo tan acelerado que llevamos en nuestras vidas, el cual se torna en ocasiones un tanto caótico e impulsivo.

Creo que el lector se ha dado cuenta que esta novela es exultantemente compleja y laberíntica por lo que mi conclusión final es que no se puede recomendar a cualquier tipo de público, ya que su lectura implica dotes de una concentración extraordinaria (y aún así es casi imposible asimilar todo de una vez, invitando, sin lugar a dudas, a futuras relecturas).

En cualquier caso es una novela mayúscula y seminal que nos permite comprender toda la narrativa estadounidense desde su publicación hasta nuestros días, lo que no es poco.