sábado, 5 de diciembre de 2015

Reseña: Las primeras quince vidas de Harry August

Las primeras quince vidas de Harry August.

Claire North.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Colmena ediciones. Madrid, 2015. Título original: The First Fifteen Lives of Harry August. Traducción: Jaime Valero Martínez. 537 páginas.

Una elaborada historia que presenta una inteligente visión de los recurrentes viajes en el tiempo, o saltos entre las dimensiones y planos alternativos en todo caso ya que aquí «viaje» como tal no hay ninguno. Como en la novela Replay, de Ken Grimwood, donde el protagonista había de repetir un periodo concreto de su existencia, o en la película Atrapado en el tiempo El día de la marmota—, donde se repetía un día en concreto, el Harry August del título habrá de revivir una y otra vez su vida entera, desde su nacimiento a su muerte. Parte de una premisa que en principio puede sonar algo complicada, la de una sociedad de personas que cada vez que mueren vuelven a nacer exactamente en las mismas fecha y circunstancias originales, adquiriendo una forma de curiosa inmortalidad y pudiendo influir en los acontecimientos que ya han vivido con anterioridad, pero que en manos de una buena narradora no pierde en momento alguno la complicidad y atención del lector. North —también conocida como Kate Griffin / Catherine Webb— mantiene firmes las riendas del relato, sabiendo dónde quiere llevarlo, dosificando la información —e incluso jugando al despiste en ocasiones—, superponiendo las diversas vidas del protagonista, y dotándolo de interesantes cuestiones que llevan al lector a cuestionarse su propio curso de acción vital, sus decisiones pasadas y el futuro hacia el que le conducen.

Harry August está condenado a vivir su vida una y otra vez. Naciendo siempre el 1 de enero de 1919 de la misma mujer en el mismo sitio, pero en cada ocasión con el recuerdo de todas sus vidas anteriores, unos recuerdos que siempre recupera al alcanzar aproximadamente la edad de seis años, y muriendo generalmente de mieloma múltiple en torno a la década de 1990. Al final de su undécima vida, en su lecho de muerte, recibe un mensaje de boca de una niña de siete años que necesita enviarlo hacia el pasado: «El mundo se acaba, siempre ha sido así. Pero el final se está acelerando». Un mensaje que debe hacer llegar al Club Cronos, un grupo de apoyo mutuo compuesto por gente como él, los kalachakra, los uroboros, personas que viven sus vidas en círculos una y otra vez.

El Club Cronos busca a los suyos tras su primera existencia y les rescata del trauma de sus segundas vidas, cuando todavía no saben lo que son y el caudal de recuerdos de su existencia anterior les lleva muchas veces a la locura. Les protege en sus primeros años, cuando más vulnerables son. Les provee de fondos para que puedan establecerse por su cuenta desde temprana edad. Y sirve de conducto de los mensajes del futuro al pasado, mediante el sistema de que los más jóvenes de sus miembros se comunican con los que se encuentran al final de sus vidas, transmitiendo así mensajes de adelante a atrás en el tiempo, avisando de eventos futuros, de posibles cataclismos, intentando que los del pasado puedan encontrar una solución. Sin embargo, en esta ocasión, entregado el mensaje tras su nueva encarnación, se le dice que no hay nada que se pueda hacer. Pero August no se resigna y utilizará sus siguientes vidas a investigar la forma de detener un apocalipsis del futuro que con cada nueva vida se encuentra más cercano, algo que le forzará a ir a lugares donde no quiere estar y a hacer cosas que no desea realizar.

North no ofrece una narración lineal de las vidas de August, una detrás de otra, sino que va superponiendo desordenadamente detalles de unas y otras, empezando el relato con un evento de su undécima vida, y saltando adelante y atrás como una forma más de ir componiendo los retazos de la historia y de mantener en todo momento la tensión y el interés. El protagonista, pasando por muy diferentes fases y estados anímicos, tiene cada vez la oportunidad de recrear su vida corrigiendo sus errores, algo que sin embargo le lleva a cierto grado de desesperación cuando comprende que se encuentra condenado de una forma u otra a repetirlos una y otra vez —quizá no exactamente los mismos, pero sí similares y de parecidas consecuencias—.

La autora imprime al relato un ritmo constante, tomándose su tiempo en la construcción del personaje y desvelando con calma al conflicto. August, narrador en primera persona, relata casi de forma epistolar o como unas memorias o una confesión un tanto deslavazadas, toda la historia para un destinatario que sólo al final se desvela, aunque se deje caer quién es desde el mismo inicio «Mi amigo. Mi enemigo». Así puede explayarse en todos los detalles de la mecánica del «renacimiento», del funcionamiento del Club Cronos, de la forma que tiene la Historia de «repararse». Además, el protagonista guarda un secreto que nunca ha compartido con nadie, una característica especial que pocos de sus compañeros comparten, es mnemotécnico: se acuerda de todo lo que ha vivido hasta el último de los detalles. Allí donde las vidas anteriores de los otros miembros del Club Cronos van haciéndose nebulosas y gratificantemente difusas conforme más lejanas se encuentran, él no puede olvidar nada. Una característica, no obstante, que lamentablemente se traslada de alguna manera al relato en forma de un distanciamiento analítico demasiado desapasionado y clínico de lo sucesos y a una profusión de detalles un tanto innecesarios y, en ocasiones, hasta redundantes.

El hecho de mantener sus recuerdos de vidas anteriores, y los mensajes que reciben de sus compañeros del futuro, permiten a los kalachakra introducir cambios en lo vivido. Así no viven en su mismo mundo, no están condenados a la repetición exacta, sino que crecen en uno significativamente igual, pero con pequeñas variaciones. «Pequeñas» dado que ninguno está realmente interesado en realizar cambios que podrían borrarles a ellos mismos de la Historia. No viven en un plano exacto, sino en una sucesión de realidades alternativas, evitando también de esa forma la aparición de paradojas. Con cuidadosa planificación North explora muy coherentemente, a través de miles de años de Historia, cómo los cambios aparentemente más insignificantes tienen enormes repercusiones en el futuro, propagándose de formas insospechadas a lo largo de las corrientes del tiempo. Cómo la introducción de elementos tecnológicos antes de su momento de aparición original puede tener efectos catastróficos en el curso de los acontecimientos por venir. Y cómo un supuesto bien nunca justifica el mal, por muy satisfactorio que resulte.

Ciertos grandes eventos, de una forma u otra, siempre se mantienen, y deben mantenerse, incólumes, como puedan ser las Guerras Mundiales. La autora ofrece así un gran fresco del siglo XX, periodo central de la vida de August, con pinceladas a otras muchas épocas. Sin embargo, las pequeñas cosas, las vidas particulares dentro de ese gran orden principal, pueden ser y son modificadas dentro de cierto grado. Cada vez que el protagonista renace intenta algo nuevo, pues el tedio es el mayor enemigo de la inmortalidad —o de ese continuo renacer que en tanto se le parece—. Puede ser prácticamente cualquier cosa que imagine, tiene recursos casi ilimitados a su alcance, puede llevar una vida hedonista y darse a los placeres, puede entregarse al servicio de los demás, puede amar y odiar con pasión —a veces a la misma persona—, puede ser inocente o corrupto, puede seguir buscando una y otra vez el sentido de la existencia y no encontrarlo jamás. August en cada ocasión aprende materias nuevas que luego mantiene de una vida a otra, ya sean idiomas, carreras universitarias o todo tipo de conocimientos técnicos, ama a diferentes mujeres, sufre y corrige diferentes decepciones, emprende distintos trabajos, realiza gran cantidad de viajes, acumula diferentes tipos de riqueza que no podrá llevarse a su siguiente existencia…, pero sin un fin real y concreto hasta que recibe el mensaje y se entrega durantes sus siguientes cuatro vidas, las que adquieren más importancia dentro de la novela, a la búsqueda de la causa de esa aceleración del fin del mundo, de su causante, y de la amenaza paralela que se cierne sobre todos los Clubes Cronos.

Así, North compone una serie de Historias paralelas, siguiendo las sucesivas encarnaciones de August y mostrando cómo los pequeños cambios pueden afectar la vida de un hombre y, a través de él, a todo un mundo. El narrador se enfrentará en esas vidas trascendentales en un juego de ingenio contra un enemigo primero inidentificado y luego demasiado cercano, teniendo siempre presente sus propios intereses y el riesgo inherente a perderlo todo que está corriendo. Quince vidas dan para explorar mucho. Causa y efecto. Vidas conectadas. El determinismo frente al libre albedrío. La responsabilidad de quien conoce las injusticias y no hace por resolverlas. La vacuidad de una vida sin objetivos, entregada a placeres vanos, sin auténticas metas o logros, y la intoxicante libertad de quien puede vivir sin temor a las consecuencias —¿quién evitaría correr riesgos, quién no disfrutaría a tope, quién no probaría al menos una vez lo prohibido, sabiendo que en todo caso y pase lo que pase volverá a nacer?—. La complejidad de las relaciones cuando se vuelven repetitivas. La inacción de quien tiene la convicción de que cualquier solución traerá nuevos problemas… Llena de preguntas filosóficas y éticas, Las primeras quince vidas de Harry August es una historia que se toma su tiempo para desenvolverse, con numerosas capas que se van solapando poco a poco hasta conformar una imagen total. Una inteligente e imaginativa historia de misterio y, seguramente, de amistad de la que North va entregando de forma paulatina las piezas, dejando caer las pistas que conducen a Harry August, y al lector, hasta su desenlace.