martes, 5 de enero de 2016

Reseña: Crónicas de Atopía

Crónicas de Atopía.

Matthew Mather.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Ediciones B. Col. Nova. Barcelona, 2015. Título original: The Atopia Chronicles. Traducción: Paula Vicens. 505 páginas.

Distopía. Una etiqueta que se ha puesto tan de moda, sobre todo en la literatura juvenil, que a fuerza de ser usada a discreción ha terminado en cierta forma devaluada perdiendo una buena parte de sus características y fronteras distintivas. Crónicas de Atopía es una distopía de las clásicas, perteneciente a la definición más genuina del término. Un brillante futuro, una sociedad de apariencia idílica, un gobierno benévolo, que terminan encerrando en sí mismos oscuros secretos. Atopía es una inmensa plataforma flotante - isla artificial de capital privado: una mega estructura que no se encuentra anclada al fondo marino y posee una, limitada pero eficiente, capacidad de maniobra de navegación. Establecida en aguas internacionales del Pacífico, frente a la costa californiana, es un estado en sí mismo, de ideales libertarios y ajeno a las leyes de cualquier otro país. En ella la flor y nata de los investigadores en tecnología informática se han reunido para desarrollar un sistema llamado a revolucionar la vida de la humanidad y, de paso, cambiar el futuro. Un futuro que tan sólo unos pocos saben muy negro. Atopía quiere ser Utopía, donde cada ciudadano pueda habitar la realidad que desee, ser lo que quiera, recrear la vida que nunca ha tenido, poseer todos los bienes que siempre ha anhelado... Pero cualquier lector sabe que la perfección utópica siempre despierta la envidia, siempre encierra un oscuro secreto, una serpiente en el paraíso, un destino aciago. Mather encuentra así la excusa perfecta para explorar la condición humana, la soledad, la paternidad, la búsqueda de la felicidad, la naturaleza y sustento de las sociedades, el reto para la tecnología de no dejar atrás a nadie, la preocupación por el medio ambiente y la paulatina escasez de recursos…, aunando sugerente entretenimiento, thriller e intriga casi conspiranoica, especulación científica de futuro no demasiado lejano y profundas cuestiones de carácter ético-moral.

El relato comienza de forma aparentemente simple. Una mujer en Nueva York, estresada al límite por su trabajo, desea «bloquear» todo lo que le molesta, y ve un rayo de luz cuando le ofrecen probar unos novedosos nanodispositivos, inteligentículos que se diseminan por el organismo y se fijan en el sistema neural, que prometen permitírselo. La mujer, Olympia, primero «borra» de su día a día las pequeñas cosas que cualquiera desearía ver desaparecer, como el continuo asalto de publicidad y spam, enormemente ubicuo en el futuro retratado; pero paulatinamente va haciendo desaparecer otras molestias menos tangibles, sin comprender realmente a dónde puede llevarle esa «huida» de la realidad circundante. Varias historias posteriores —en el libro en sí, no en la cronología interna— irán profundizando en el desarrollo, implantación y posibilidades de esta tecnología revolucionaria, mientras el lector asiste a una lucha de poderes en la sombra que podría resultar en la destrucción de Atopía.

Y es que el autor, cual dotado orfebre, plantea una estructura que reúne seis novelas cortas cuya acción se desarrolla en paralelo, empezando en un mismo momento en el tiempo y terminando también más o menos por las mismas fechas —salvo el final de la sexta que hace de confluencia y lleva todas las tramas más allá—. Cada novela corta va matizando un poco a la anterior, protagonizada por diferentes «actores» de un drama de enormes proporciones, y lanzando algo de luz sobre detalles narrados en las precedentes. No obstante, este protagonismo sucesivo conlleva lamentablemente que muchos de los personajes se encuentren apenas perfilados, siendo un pequeño defecto la falta de caracterización o profundidad en pos de dar mayor relevancia a la historia en sí misma. Algo que no impide que todos tengan su relevancia en las diferentes tramas. Protagonistas de alguno de los relatos aparecen como «meros» secundarios en otros, incluso de forma «anónima», reflejando escenas ya vistas desde otros puntos de vista que iluminan de forma diferente los hechos, por lo que conviene al lector estar atento a ciertas apariciones aparentemente inocuas que terminan teniendo gran importancia. Si en la primera historia el escenario ni siquiera es la «isla» artificial de Atopía, dejando muchos detalles al albur de la narración, la última recopila todo lo narrado para explicar y cerrar —dejándolo todo abierto de nuevo, eso sí, para la continuación— la mayor parte de los eventos que venían siendo reflejados en cada segmento. Eventos que giran mayoritariamente sobre el lanzamiento e implantación de una nueva tecnología destinada a cambiar la percepción de la realidad, y sobre el intento de abortar una amenaza nada natural que pende sobre Atopía y que podría conllevar su total destrucción.

Y todo en torno a la Realidad sintética: un cruce entre la realidad virtual y la aumentada que va a permitir a cada individuo disponer de unas oportunidades y beneficios imposibles de encontrar en el mundo físico. Sin embargo, toda tecnología tiene su cara positiva y su reverso oscuro, todo avance que suponga una mejora para el común de la humanidad es susceptible de ser utilizado con propósitos negativos. Todo es un negocio y siempre hay quien envidia el éxito. Y muchas veces los buenos deseos no son suficientes, y las acciones bien intencionadas terminan llevando a caminos que no se esperaba transitar, o tal vez sí. La nueva tecnología, navegando por el organismo en forma de nanodispositivos ofrece unas realidades tan atractivas que los individuos cada vez renuncian más a habitar en la realidad mundana, echando mano de la conciencia escindida, dejando de acudir «físicamente» a los lugares y delegando en sus «proxxis» para que se ocupen de las tareas más aburridas, superfluas, tediosas o cotidianas.

Los proxxis o isps —interfaz sensorial polisintética— son «yo» virtuales con acceso a todos los procesos del cuerpo, pudiendo manejarlo mientras uno se encuentra realizando otras actividades. El proxxi es una representación de uno mismo pero separado en mente y cuerpo, incluso a veces con su propia personalidad independiente, siempre a su disposición, destinado a tomar el control en la realización de todas esas tareas que el individuo prefiere no hacer o para las que no «tiene» tiempo, a la vez que sirve de compañero leal e inseparable. Las relaciones interpersonales, familiares o de amistad, amorosas, laborales..., cambian irremediablemente. La comunicación se hace instantánea sin necesidad de ningún otro dispositivo. El contacto físico, el trabajo, los viajes, las actividades lúdicas, los recuerdos…, adquieren nuevas dimensiones gracias a los sistemas isps o ispsónicos que hacen que la persona esté en todo momento conectada. Incluso se pueden generar proxxiniños con los que «experimentar» la maternidad, de saber cómo sería un hijo en común con tu pareja, de cómo habría que cuidarlo, antes de decidirse a hacerlo físicamente y, por tanto, sin la responsabilidad real de tenerlo. Lo cierto es que el autor, rozando en ocasiones el hard, se dedica a repetir insistentemente en cada novela corta los fundamentos que sustentan la tecnología de realidad sintética, pudiendo incluso pecar de un tanto repetitivo, ya que hay explicaciones que apenas añaden mínimos detalles a otras anteriores.

La acción tiene lugar bastantes años después de los sucesos de Cibertormenta —a la que remite un pequeño y sutil comentario, y que tampoco es que sea necesario haber leído para disfrutar de la presente— y el autor vuelve a incidir en las preocupaciones ecológicas y medioambientales, incluidos los efectos de unas terribles Guerras Climáticas que muy bien pudieran encontrarse a la vuelta de la esquina. Con diez mil millones de habitantes, todos reclamando su cuota de confort y bienes materiales, la Tierra se está quedando sin recursos a un ritmo más acelerado de lo que las nuevas técnicas productivas permiten renovarlos, y las naciones van a luchar por conservar los suyos y hacerse con los de los demás.

Un exceso de demanda de bienes materiales que la tecnología podría paliar ofreciendo bienes sintéticos, virtuales, y cuya experimentación no se diferencia de la real. La posibilidad de habitar magníficos y grandiosos entornos simulados con gran veracidad, imposibles de diferenciar de la realidad, en simples habitáculos apenas amueblados y sin dejar huella ecológica alguna. La capacidad de escindirse en diferentes «cuerpos» para atender diversas actividades a un mismo tiempo, de estar en varios sitios a la vez, de bloquear todo aquello que resulte molesto, de predecir en parte el futuro creando realidades paralelas virtuales, de jugar inmersivamente a los más diversos juegos de acción, de mantener relaciones que cumplan cualquier fantasía, de crearse personalidades propias diferentes de lo que uno es…

Crónicas de Atopía desarrolla una serie de ideas muy poderosas, cautivadoras, sugerentes, intrigantes, plausibles y un tanto aterradoras. Unas ideas que, eso sí, deberán tener su debido desenlace y conclusión en una segunda entrega: The Dystopia Chronicles, ya que el final de esta, habiendo resuelto los misterios principales desarrollados a lo largo de las seis tramas, deja muchas cuestiones vitales en el aire y a algunos de los protagonistas muy alejados de donde esperaban encontrarse en ese momento de sus vidas.

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Reseña de otras obras del autor:

    Cibertormenta.