martes, 19 de abril de 2016

Reseña: El libro de las cosas nunca vistas

El libro de las cosas nunca vistas.

Michel Faber.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Anagrama. Col. Panorama de Narrativas # 914. Barcelona, 2016. Título original: The Book of Strange New Things. Traducción: Inga Pellisa. 620 páginas.

Faber es un autor que tan pronto factura una obra tan alienígenamente lisérgica como Bajo la piel como otra tan oscuramente victoriana como Pétalo carmesí, flor blanca. En un nuevo giro, quizá no inesperado pues no deja de explorar ciertos temas «fetiche» para él, el autor ofrece ahora a sus lectores una propuesta cercana a la ciencia ficción —aunque seguramente para los amantes del género tan sólo lo sea en lo referido a su ropaje y no en el fondo del relato— donde se dedica a diseccionar los actos de un hombre enfrentado a su mayor reto, un reto que en realidad le concede el deseo de su corazón. Pero a cambio de cumplir un sueño que quizá ni siquiera sabía que anhelaba, deberá dejar atrás todo lo que conocía, descubriendo que la sólida vida que estaba viviendo no tenía unos cimientos tan profundos como daba por sentado. La naturaleza humana, el ser humano, es un objeto frágil y muchas son las pruebas que pueden destruirla, incluido el obtener aquello que se cree desear —y que quizá, muy posiblemente, no era en realidad lo que se quería—. A través de la extrañeza del contacto con una raza alienígena el autor se dedica a reflexionar sobre la incomunicación intrínseca entre las personas, sobre la imposibilidad de conocer realmente al «otro», sobre el amor, la empatía, la fe, los efectos de la distancia y las complejidades de la mente.

Peter y Beatrice Leigh son, todo parece indicarlo, un matrimonio perfecto y bien avenido. Él es un pastor cristiano en una iglesia de Inglaterra, ella una enfermera entregada a diversas causas humanitarias dentro de la congregación que ambos regentan. Sus vidas van a dar un giro radical cuando Peter es seleccionado por una difusa organización privada de alcance mundial denominada USIC para la misión de evangelizar a los habitantes de un planeta lejano, Oasis, y Bea se queda atrás, en la Tierra, con la única compañía de su gato Joshua. A una distancia enorme, la única forma de comunicarse es a través del Shoot —vulgo ansible— que permite la transmisión instantánea sólo de texto escrito, sin imágenes; algo que de entrada a los dos les parece insuficiente, sobre todo cuando las cosas en la Tierra parezcan empezar a desmoronarse y en Oasis Peter se encuentre que los problemas que había anticipado, en torno a su misionado, se resuelven de forma inesperadamente sencilla, mientras surgen otros de manera inopinada.

Faber inicia así un auténtico «examen de conciencia» a través del intento de aprehender una psique alienígena. Peter puede comunicarse con los habitantes de Oasis gracias a la labor de un lingüista y un pastor evangelista, ambos desaparecidos ahora, que le precedieron en el contacto con los oasianos. Pero pronto va a descubrir que utilizar un mismo idioma no significa que se vaya a entender automáticamente al interlocutor, sobre todo en lo más íntimo. Necesitará varios periodos de convivencia con ellos para ir estableciendo unas pautas, y aún así todo lo que cree empezar a comprender podría no ser nada más que un enorme castillo de naipes siempre a un paso de derrumbarse. Y mientras tanto el «diálogo» con su esposa se vuelve cada vez más complicado y ajeno. Los cariñosos mensajes llenos de anécdotas, de noticias hogareñas y de relatos de los pequeños problemas de la congregación van paulatinamente mostrando una mayor distancia emocional conforme sus marcos de referencia van agrandando la separación.

De esta manera el autor hace mucho énfasis en los problemas de la incomunicación, por un lado de quienes no comparten un mismo sistema de referencias: ¿Cómo explicar a quien vive en un mundo sin mares ni ríos y  nunca ha visto un animal acuático lo que es un pez? ¿Cómo explicarle la tarea de un «buen pastor» a quienes nunca han visto una oveja, ni conocen la ganadería ni animales más grandes que un conejo? ¿Cómo transmitir de forma fehaciente, fundamentada, conceptos abstractos como el de la vida después de la muerte y no ser tomado de forma literal? Y por otro lado, de aquellos que se ven separados y obligados a vivir experiencias divergentes que dirigen su personalidad y forma de pensar y actuar por caminos cada vez más lejanos. Incluso entre dos personas que creían conocerse de forma íntima la distancia comienza a crear fisuras por las que se cuela la incomprensión. La falta de contexto, de énfasis en los mensajes escritos, de gestos «cara a cara» que interpreten la aridez de las palabras, llevan a crear unos equívocos que el lector percibe de primera mano, pero que van aumentando la distancia psicológica entre Peter y Bea. Los malentendidos se multiplican cuando no pueden ser tratados directamente y no hay una voluntad real de ponerse en el sitio del otro.

Conforme la trama avanza se descubre un cierto elemento de «extrañeza», de una normalidad disociada en el relato. El protagonista se encuentra a caballo entre dos mundos y se siente más cercano y a gusto en el alienígena que en el humano. Peter se aleja física y psicológicamente de sus compañeros de asentamiento, por otra parte tan alienados como todo lo humano en Oasis, para integrarse sin reparo en su nueva congregación, incluso arriesgando su propia salud. Su felicidad debiera verse comprometida por la equívoca recepción del mensaje entre sus feligreses, pero no es así, demostrando ciertas carencias en su personalidad. Los oasianos quieren la palabra, pero por las razones equivocadas. Sus compañeros humanos no la quieren, pero en realidad son los únicos que comprenden por lo que está pasando, por muy indiferentes que se muestren ante ello. Los colonos no dejan de ser un puñado de inadaptados, enormemente dotados en sus campos científicos pero incapaces de relacionarse íntimamente con nadie o de preocuparse por aquellos desastres que suceden fuera de su ámbito de actuación. Individuos de personalidad casi autista seleccionados precisamente por sus limitaciones y carencias sociales, en un entorno donde quienes de alguna manera se salen del patrón, por poco que sea, no pueden dejar de sufrir por ello. Epítome de ello es el personaje de la hermética y atormentada Grainger, enlace del pastor con la colonia y los lugareños, y quien mejor personifica el abismo sobre el que camina cada colono. Enfrente, los oasianos son «ascetas» de inmensa paciencia e inescrutables propósitos. Peter tendrá que desentrañarlos a unos y otros, descubriendo por el camino demasiado sobre sí mismo.

El libro de las cosas nunca vistas discurre bajo un ritmo decididamente «moroso», intencionalmente lento, tomándose su tiempo para crear la sensación de inevitable alienación y mostrándose más consistente y satisfactorio en la plasmación del camino que en el destino al que lleva. La novela es la deconstrucción de un hombre —de todo hombre—, de sus motivaciones e ilusiones, de su motor interno, del pasado que le ha llevado a su presente, de las creencias que enseña al mundo y de lo que realmente cree. Peter no es ese santo que él mismo se considera. Sus motivaciones son en realidad de lo más narcisistas, y enfrentado a la verdad no puede sino negar la mayor o desmoronarse. Es un hombre que ha necesitado la «muleta» que es su mujer para poder navegar en un mundo que apenas sabe interpretar desde que ella le sacara de la miseria del alcohol y las drogas. Ahora, capaz como era de desentrañar la naturaleza humana y empatizar con los sufrimientos del prójimo, va a descubrir que de nada le sirve en aquel entorno, sobre todo porque parece haber edificado su vida sobre convencimientos erróneos sobre sí mismo. Es un hombre confundido, obsesivo, que toma su misión como un imperativo dejándose arrastrar en un camino de autodestrucción, física y moral. Cuánto peores se ponen las cosas en una Tierra que camina con paso firme hacia la deshumanización, más confortable encuentra él Oasis y más «humaniza» a los oasianos, sabiendo que debería sentirse culpable, pero encontrando siempre autojustificaciones y sumergiéndose en una espiral que cada vez le hunde más en la incomprensión de todo lo que conforma su vida.

Para quien busque una narración «canónica» dentro del género, para quien guste de cuestionarse el funcionamiento interno del contexto y de la tecnología retratada en busca de una consistencia «realista», El libro de las cosas nunca vistas no va a estar a la altura, encontrándose aquí una ciencia ficción que no busca la especulación científica, sino la humana y social, que trata de las personas y no de la tecnología, y para la que el escenario es tan sólo el «lugar» necesario para situar la trama, dejando sin respuesta demasiadas preguntas en torno a ese futuro. Un claro ejemplo es el propio viaje a Oasis, el Salto, que en momento alguno se explica salvo por sus efectos: Peter acude a Cabo Cañaveral, le inyectan una sustancia desconocida, y un mes después, elipsis mediante, despierta en el espacio cerca del planeta de destino. Al protagonista no le hace falta saber qué principios físicos hay detrás del Salto o cómo funciona la maquinaria que lo permite, pues en el fondo no es lo que le interesa a Faber transmitir a sus lectores.

En la misma línea, otro impedimento importante para la buscada verosimilitud seguramente sea la inconsistencia del ecosistema imperante en Oasis que lleva el relato a los límites de lo creíble. Entre otros detalles reveladores, el autor juega demasiado a las referencias metafóricas —sería demasiado extenso reflejarlas todas—, y por ejemplo, como el maná del cielo, toda alimentación autóctona proviene de un único vegetal llamado blancaflor capaz de adoptar diferentes sabores y texturas al ser «procesada» —y que además resulta convenientemente compatible con el sistema digestivo humano—. Aceptando que el autor sólo muestra una parte muy limitada del planeta y que pueden quedar muchas maravillas por descubrir con alejarse un poco más del asentamiento humano, desde el punto de vista de un lector acérrimo de ciencia ficción, lo cierto es que el escenario queda un tanto «cojo», falto de auténtica profundidad, y con ciertos elementos difícilmente justificables más allá de su «poética». Desde la óptica del lector foráneo, seguidor de Faber por sus temas y no por los géneros literarios, es muy posible que ni siquiera se repare en estos detalles.

Peter deberá realizar todo un viaje interior. Deberá pasar su propio calvario y descenso a los infiernos ya que este es el relato de una crisis, no podría ser de otra manera. Una crisis de fe y de identidad, de creencias y de personalidad, donde todo su mundo, interior y exterior, se verá cuestionado. Y todo para constatar que nunca se vuelve al hogar —o al mismo hogar, al menos—. El cambio es inevitable cuando uno se mira en el espejo y se encuentra cargado de fallos y debilidades, cuando se acepta a uno mismo en toda su falibilidad. El final, inevitablemente abierto, deja con las ganas de conocer un desenlace que se intuye incierto. Un apocalípsis y una búsqueda que quedan en suspenso, libradas a la decisión del lector de poner o no un final feliz al relato.