sábado, 22 de octubre de 2016

Reseña: La tierra permanece

La tierra permanece.

George R. Stewart.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Col. Gigamesh ficción # 59. Barcelona, 2016. Título original: Earth Abides. Traducción: Lluís Delgado. 340 páginas.

Gigamesh recupera, con nueva traducción por primera vez íntegra a nuestro idioma, el gran clásico postcatastrofista de finales de la década de los ‘40 del siglo pasado. Un clásico que presentaba la originalidad de que, en un mundo recién salido del horror de la II Guerra Mundial, en el que toda la población estadounidense —y mucha del resto del mundo— temían el estallido de la hecatombe nuclear que parecía inminente, el autor se atrevió a imaginar una humanidad prácticamente exterminada en más de un 99 % por una epidemia vírica de inusitada virulencia y mortandad. A ello suma un superviviente que se plantea preservar los restos de la civilización sin tener muy claro el camino a seguir. La tierra permanece es una novela generalmente tranquila, con escasos sobresaltos violentos —que nadie espere un Mad Max de acción desatada—, pausada, llena de dilemas morales y de candentes cuestiones sobre lo que supone la supervivencia y la reconstrucción, sobre la esencia misma y el significado de la naturaleza humana. Salvando muy pequeños detalles, su trama ha envejecido como el mejor de los vinos, con un aroma exquisito y un sabor poderoso, y la reflexión que encierra sigue hoy tan vigente como en el momento de su publicación original.

Isherwood Williams se encuentra realizando trabajo de campo para su tesis en las montañas de California cuando una serpiente cascabel le muerde. Aislado en una remota cabaña, pasará unos días febriles en los que luchará por recuperarse. Una vez conseguido su sorpresa será mayúscula cuando, al volver a la civilización, encuentre que toda la gente parece haber muerto víctima de un virus pandémico, dejándole aparentemente a él como único representante vivo de la humanidad. Al principio el protagonista no es consciente del problema, a pesar de los síntomas que va descubriendo: Las granjas más cercanas a su cabaña están abandonadas, no hay coches en la carretera, la radio no capta sino estática… Todo ello podría tener una explicación racional y tranquilizadora. Pero cuando encuentra el primer cuerpo, abandonado a un lado del arcén, empieza a preocuparse de verdad. Emprenderá entonces un viaje de costa a costa por el sur de los EE.UU. con resultados, a pesar de constatar que no es el único que sigue vivo, realmente demoledores. Un poderoso sentimiento de soledad impregna las primeras páginas, donde apenas hay diálogos. La desolación va inundando su espíritu de forma paulatina. En todo momento el relato se circunscribe a la figura del protagonista, sin más referencias a la situación en el resto del orbe, pero es fácil intuir que en todo el mundo el panorama es muy similar si no idéntico.

La novela se compone de tres segmentos o «libros», que ocupan un momento concreto de la vida del protagonista, separados por dos interludios titulados Los años fugaces en que se condensa de forma rápida el paso del tiempo entre cada uno de ellos. Corresponderían respectivamente, simplificando mucho, a una inicial fase de descubrimiento, exploración y aceptación de la situación, el primero; a la de resignación, consolidación y cambio, el segundo; y a la de decadencia, «florecimiento» y renacer, el tercero —mucho más corto y con un tono más intimista e introspectivo que los dos precedentes—. Stewart echa mano de una poderosa tercera persona sin narrador omnisciente, limitándose a seguir al protagonista en sus vivencias y reflexiones, salvo en pequeños insertos en cursiva dentro de la narración donde expone de forma distante la forma en que el mundo, liberado de la presencia de una omnipresente humanidad, se transforma mientras la naturaleza recupera lo que siempre fue suyo. El protagonista tiene que ver por sus propios ojos el alcance del desastre, no puede creer que la civilización haya muerto ni se resigna a que siga muerta. Pero es cuando por fin encuentra algún superviviente cuando surge el problema de la convivencia. La verdad es que Ish no es un tipo muy sociable, es joven e inexperto, y bastante exigente. Y además la gente con la que se encuentra muestran diferentes problemas asociados a la situación catastrófica que les ha tocado vivir. La soledad, la desconfianza, el miedo a los desconocidos, la diferencia e incompatibilidad de caracteres…,  han hecho mella en ellos y crean una atmósfera poco propicia para establecer puentes aún a pesar de la evidente necesidad.

Además, el protagonista desde el principio se revela más como un observador que como un participante activo, alguien que solo se involucra cuando no tiene más remedio —aunque no es que los eventos vayan a darle muchas opciones tampoco—. Es el último de una especie, de una forma de entender el universo, pues a pesar de todos sus intentos de preservar y transmitir la cultura anterior todos los que vengan después, si han de venir, no compartirán sus vivencias y raíces, y serán a todos los efectos una nueva, y muy diferente, Humanidad. Y aún a pesar de todo Ish no se resigna a la mera supervivencia, sino que aspira a la reconstrucción de la civilización. Para ello preserva el conocimiento encerrado en los libros, en las bibliotecas que conoce, e intenta transmitirlo a los más jóvenes, quienes, salvo excepciones, sin ningún lazo de primera mano con los «viejos tiempos», no demuestran demasiado interés.

Ish tiene la necesidad de apoyarse en alguien, de anclarse de alguna manera a la nueva realidad, y tiene la suerte de encontrar a la persona adecuada en torno a la que construirá todo su futuro, la que pondrá cordura en su indecisión, la roca sobre la que dejará de sentir temblar el suelo bajo sus pies. A pesar de que las probabilidades jugaban en su contra, el protagonista encontrará las bases para construir algo nuevo. Sin embargo, y de forma un tanto incongruente, frente a su intento de recordar y conservar algo del pasado, quizá el resto de personajes contemporáneos a él se muestran demasiado apáticos, demasiado indiferentes al hundimiento de la civilización. No plantean soluciones ni intentan recuperar las tecnologías y servicios que van perdiendo, sino que se conforman con vivir al día y a esperar lo que venga. Vale que la situación es extrema, que el shock es brutal, pero aquellos que han vivido con ciertas comodidades es de suponer que pondrían algo más de interés en la tarea de mantenerlas.

Stewart enfrenta el reto de la supervivencia de la forma más realista y lógica posible, aunque no exenta de cierto melodrama conforme la historia avanza hacia su conclusión, y lo hace tocando un buen número de palos derivados de la situación, desde lo social a lo antropológico o lo ecológico. A priori hay mucha comida disponible, multitud de tiendas llenas de latas y alimentos en conserva. La electricidad sigue funcionando bastante bien, en algunas zonas, gracias a los automatismos de las centrales hidroeléctricas. El agua continúa fluyendo mientras se mantengan en buen estado las presas y las conducciones. Pero no es algo que puedan dar por seguro, siempre se producen accidentes y deterioros, y si quieren asegurar el futuro deben ser autosuficientes. Es entonces cuando uno se da cuenta de que la agricultura no es algo tan sencillo como sembrar unas semillas y esperar tranquilamente a que germinen y crezcan para limitarse a recoger los frutos. Que roto el equilibrio establecido por el ser humano el ecosistema cambia, ciertas especies animales se lanzan a ocupar nichos libres y las plagas se suceden. O que volver a poner en marcha un vehículo tras estar abandonado un buen periodo de tiempo no es nada fácil —lástima que no tuviese en cuenta en la ecuación la degradación del combustible no almacenado en condiciones óptimas, como si lo hace con el ácido de las baterías. Ya hubiera sido para matrícula—. La comunidad debe enfrentar retos inéditos, labores que en la civilización se dan por sentadas y que sólo se echan en falta cuando se pierden. Las leyes ya no sirven. La tecnología empieza a convertirse en un recuerdo. La cultura sirve de muy poco. Stewart explora entonces los resortes de la creación de mitos, la necesidad del ser humano de apoyarse en creencias. Del más simple de los objetos, mutada su utilidad real, los seres humanos son capaces de montar una cosmología que les sirva para capear los misterios de día a día.

La tierra permanece fue una novela valiente en 1949, aunque ya solo fuera por la inclusión tangencial de ciertas cuestiones raciales candentes y polémicas en ese momento. Una novela que se ha ganado desde entonces merecidamente la denomincación de «clásico» de la ciencia ficción, tanto por su forma de abordar la desaparición de la humanidad y sus consecuencias sobre la naturaleza como por la especulación sobre los caminos que habría de tomar una sociedad embrionaria. Con la humanidad al borde de la extinción no hay aventura más «épica» que la de sobrevivir contra las circunstancias y ya solo su retrato supone emoción suficiente. Fábula social, canto a la naturaleza, elogio del espíritu de perviviencia, se trata de una lectura sobresaliente, emotiva, lírica y poderosa.

4 comentarios:

Javi R dijo...

Me la apunto como lectura futura. Buena reseña.

Santiago dijo...

Muchas gracias por el elogio ;-)

El libro merece mucho la pena y deja un poso muy interesante.

Saludos

Mangrii dijo...

Hola :) Reconozco que este título a priori no me termina de llamar la atención, de los dos apocalípticos que saco Gigamesh de una tacada. Si que me gusta su regusto a critica social o amor naturalista, pero no sé, no lo veo una lectura para mi (al menos de momento). Un abrazo^^

Santiago dijo...

Hola Mangrii.

A mi me ha gustado más este que "Apocalipsis suave", pero supongo que influyen mucho los gustos propios y las expectativas. Este me parece más "realista", pero entiendo que es una apreciación muy subjetiva ;-)

Saludos