viernes, 16 de diciembre de 2016

Reseña: Carbono modificado

Carbono modificado.
Takeshi Kovacs /1.

Richard Morgan.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Gigamesh. Col. Gigamesh ficción # 62. Barcelona, 2016. Título original: Altered Carbon. Traducción: Juanma Barranquero. 460 páginas.

Publicada en nuestro país tiempo ha con el título de Carbono alterado [podéis consultar la reseña que Alb Oliver dedicó a esa edición pinchando aquí] y una traducción que no hacía justicia al original, la editorial Gigamesh recupera esta novela de ciencia ficción cyberpunk noir con una nueva traducción, mucho más adecuada y gratificante, y el firme propósito de publicar las dos siguientes entregas que completan una trilogía que quedara incompleta en su momento. La que fuera novela de debut de Morgan reúne altas dosis del suspense de la novela negra, con un brutal realismo sucio y oscuro, y la acción frenética de un hard boiled cyberpunk repleto de armas de alta tecnología futurista, coches voladores, mejoras corporales, memorias descargadas, realidad virtual, promesas de inmortalidad, Inteligencias artificiales, sórdidos ambientes, mujeres fatales y cantidades ingentes de violencia, sexo y cinismo. Una historia de corte detectivesco en que el misterio mueve la trama hacia derroteros insospechados, y de la que Netflix ha comprado los derechos para rodar próximamente una serie para la pequeña pantalla.

En el siglo XXV el viejo anhelo de una humanidad dispersa por diferentes planetas de obtener la inmortalidad se encuentra al alcance de la mano, aunque sea, como suele ocurrir, sólo para unos pocos, los más acaudalados. La conciencia, los recuerdos y la personalidad se pueden digitalizar, siendo grabados minuto a minuto en una pila cortical que se implanta en la parte trasera del cuello de cada recién nacido. Todo la vida del sujeto queda registrada allí y puede ser descargada, enviada como archivos o «enfundada» en otro cuerpo —o funda cuando el propio comience a fallar, envejezca o haya fallecido por cualquiera que sea la causa, o cuando se requiera realizar una tarea en la que no se quiere arriesgar la integridad del cuerpo original. Dependiendo de las posibilidades económicas se puede disponer de cuerpos de alquiler o de los más baratos «sintéticos». Y, si se es lo suficientemente acaudalado, incluso se puede disponer de una «copia de seguridad» y una provisión prácticamente inacabable de clones que garantizan una larga y saludable continuidad. Takeshi Kovacs, originario del planeta colonial Mundo de Harlan, antiguo miembro del Cuerpo de los Emisarios —soldados interplanetarios al servicio de la ONU mejorados mediante neuroquímicos y otras especializaciones— y actual delincuente condenado, es despertado y enfundado lejos del que fuera su hogar, para verse en un planeta que nunca había visitado, la Tierra. Allí el millonario Laurens Bancroft ha «alquilado» sus servicios consiguiendo la suspensión momentánea de la pena para encargarle la investigación de su supuesto asesinato, dado que la policía ha cerrado el caso considerándolo un simple suicidio, algo inaceptable para el potentado. Tras su asesinato o suicidio, en la que su cabeza fue literalmente volada y su pila cortical consecuentemente destruida, la conciencia de Bancroft ha sido enfundada en uno de sus clones, pero ha «perdido» las 48 horas anteriores al suceso al no estar grabadas en su copia de seguridad. 48 horas en las que se encuentran ocultos los motivos que habrían llevado a su muerte. 48 horas que Kovacs deberá escudriñar a fondo, escarbando incluso mucho más atrás, para descubrir qué motivó el deceso y quién empuñaba en realidad el arma.

El protagonista se va a ver inmerso en los enormes contrastes de Ciudad Bahía, viéndose arrastrado por su investigación desde el mundo de los más privilegiados al que pertenece su «contratante» a lo más sórdido del submundo criminal donde todo y todos se encuentran a la venta. Y nada más llegar, entre las tensas atenciones de la oficial Kristin Ortega del Departamento de Daños Orgánicos, la forzosa cooperación con Bancroft y el intento de secuestro / asesinato en la recepción del Hotel Hendrix en el que había decidido alojarse, va a darse cuenta a la perfección de que el trabajo no va a ser precisamente sencillo. Conforme avanza a trompicones en la investigación va a ir sacando a la luz una complicada red de actividades fraudulentas y de negocios turbios. Pero cada vez que piense que está llegando a alguna solución se encuentra con que todo da un giro viéndose aún más lejos de la solución que al principio. La corrupción campa por sus anchas en una Tierra que ya no es el centro del universo, que tiene más de pocilga que de palacio, y donde el vicio, los negocios turbios, el tráfico de drogas y tecnologías o la prostitución, son formas de vida totalmente aceptadas y reguladas.

Un mundo donde los convictos ven apagadas sus pilas y «almacenadas» sus conciencias durante el tiempo de su condena, pudiendo ser sus cuerpos mientras tanto embargados, alquilados y utilizados por las personas que pueden pagar por ello —de modo que uno se puede encontrar con el cuerpo de un amigo ocupado por la conciencia de un absoluto desconocido, lo que da lugar a incómodas situaciones; o con que en el momento en que le corresponde ser reenfundado su cuerpo no se encuentre disponible de modo que lo despierten dentro del de un tercero...—. Un mundo de salas virtuales donde las conciencias pueden ser interrogadas, torturadas o gratificadas sexualmente durante horas y días en el lapso de unos pocos segundos en el mundo real. Donde los que estén dispuestos a arriesgarse pueden ocupar de forma ilegal dos cuerpos al mismo tiempo. Donde las drogas más exóticas pueden usarse para propósitos ignominiosos, recreativos, sexuales o criminales. Donde las Inteligencias Artificiales se han emancipado de la humanidad, aunque permanezcan bajo cierta vigilancia, y regentan hoteles, como el Hendrix, que de facto son su cuerpo...

En ese mundo Kovacs es una auténtica máquina asesina creada por el estado, y sin embargo va a descubrir en él cierta inclinación sentimental y generosa. Los Emisarios son elegidos por mostrar ya de inicio cierta vena psicótica; algo que su entrenamiento y mejoras no hace sino potenciar, y el protagonista no es ninguna excepción. No duda en mutilar, en causar cualquier tipo de daño, en engañar y mentir, o en matar de forma definitiva, cuando su misión así lo requiere. No obstante va a mostrar también ciertas cualidades morales —de una moralidad ambigua en todo caso— que lo humanizan y llegan a redimirle aunque sólo sea en parte. Morgan retrata de forma bastante gráfica tanto la violencia explosiva que la investigación requiere y provoca como el lujurioso sexo —potenciado por las mejoras corporales y las drogas de diseño—, con componentes que rozan la pornografía, con el que Kovas se ve gratificado. Y lo hace jugando con ironía y habilidad con las claves y los arquetipos más clásicos de la novela negra: desde el investigador reticente, narrador en primera persona como no podía ser de otra manera, con un violento y reprobable pasado al millonario que le contrata aunque le oculta detalles vitales para resolver el encargo; desde la seductora esposa —auténtica femme fatale— cuyos intereses parecen contradictorios con los de su marido a la dura detective de policía que tanto ayuda como entorpece la tarea del investigador; desde los jefes mafiosos, rateros y prostitutas de los bajos fondos a los políticos con sus maniobras interesadas… Llega un momento en que el lector se da cuenta de que la investigación en sí ha pasado de alguna manera a un segundo plano para dar paso a preguntas mucho más profundas y trascendentales. Que resolver el misterio sigue siendo prioritario, pero que allí se oculta mucho más de lo que pudiera sospecharse cuando Kovacs recibe el encargo.

Morgan, perfilando ya el que será su estilo para novelas posteriores, hace gala aquí de un ritmo rápido, lleno de crudeza, de sangrientos tiroteos —para matar de verdad a alguien hay que destruir su pila cortical, lo que requiere una determinación especial—, de sudorosos escarceos amorosos, de inmersión en lo peor de la sociedad —da igual entre los ricos que entre los desesperados—..., pero sabe incluir los suficientes momentos de recapacitación como para permitir al lector recuperar el aliento y sumergirse de nuevo en la acción. Equilibra la crudeza, las explosiones y enfrentamientos con el suspense y las revelaciones. Es muy posible que si se escarba un poco bajo el montón de cuerpos destrozados la trama general se desvele un tanto endeble y la resolución del caso un tanto forzada, demasiado dependiente del descubrimiento del último momento y de la brusca asociación de ideas que lleva a la conclusión correcta. Pero todo está sucediendo tan deprisa y a tantos niveles que el lector ni se da cuenta de los trucos de prestidigitador del autor, de cómo le está enseñando un señuelo para atraer su atención, para distraerlo de la manera más entretenida, mientras le da el cambiazo casi ante sus narices y se saca el proverbial pañuelo de la manga. Pero no hay nada gratuito en absoluto. Cada escena, cada diálogo, cada detalle tienen su razón de ser. Hay que estar atento y no dejar engañarse por las explosiones y el artificio. Aquí hay mucho más que ello.

La política y la religión juegan un importante papel en la sociedad de la Tierra y en la trama de la novela. Los ultra-ricos, los llamados matus —de Matusalén— que pueden permitirse una sucesión inacabable de nuevos cuerpos clonados y por tanto una prolongada «vida», marcan la pauta de toda la sociedad, la dominan y controlan. Una sociedad de la que, sin embargo y  de forma harto irónica, se encuentran disociados, mirando al resto de humanos como insectos que sirven a sus propósitos, algo de lo que disponer siempre al servicio de sus deseos, tanto los lícitos como los inconfesables. En contraposición a ellos, a esa suerte de inmortalidad, los católicos se niegan al enfundado, siendo su muerte el final de su camino terrenal, con lo que llevan una diana pintada sobre ellos y que plantea muchos debates como el de si podrían o deberían ser obligados a ocupar otro cuerpo contra su voluntad si una situación concreta lo requiriese. Con una mirada en parte bastante cínica —no se trata de un mundo bonito en absoluto— la trama ofrece permite una reflexión sobre la identidad y la naturaleza de lo que es un ser humano, sobre los componentes de la personalidad y sobre su alienación. Sobre las consecuencias que podrían generarse del disfrute de la virtual inmortalidad por parte de los millonarios, y de las profundidades a las que los menos afortunados pueden caer buscando alguno de sus beneficios, de las relaciones a largo plazo que se establecen bajo unas nuevas reglas, del desfase que produce el almacenamiento y el reenfundado en cuerpos que no son el propio, pudiendo llegar a producirse el rechazo de los más allegados, sobre la violencia y la degradación...

Morgan dispersa con profusión pistas y elementos dramáticos, pero consigue reunirlos todos para el espectacular final con que cierra el volumen de forma autoconclusiva. Cierto es que se trata de la primera entrega de una trilogía —que esperamos ver pronto completa de la mano de Gigamesh—, pero también lo es que Carbono modificado es una novela que no deja cabos sueltos en cuanto a la investigación y el caso planteados. Se trata así de una historia completa y bien cerrada, que da pie, eso es obvio, a otras aventuras distintas del protagonista.

4 comentarios:

Javi R dijo...

Lo leí como Carbono alterado y supongo que no habrá cambiado nada salvo el título. Le tengo un buen recuerdo, aunque bien es cierto que para mi gusto le faltó algo para terminar de ser una novela excelente.

De todas formas es una lectura recomendable.

Saludos y muy buena reseña, que se me olvidaba felicitarte.

Santiago dijo...

Hola, Javi.

Gracias por el comentario. Lo cierto es que la traducción ha mejorado bastante, haciendo más agradable la lectura. Es obvio que en cuanto a la trama o los personajes no hay nada nuevo ;-)

Y debo decir que mejora en una segunda lectura, al menos respecto al recuerdo que tenía yo de ella.

Saludos

Mangrii dijo...

Rollo cyberpunk, novela detectivesca y un personaje principal que tiene todo para conquistarnos. Todo rodeado de ese halo pesimista de Morgan, ese halo que ya vivi en Leyes de mercado y que tanto me gusto. Lo tengo en la recámara navideña, espero que caiga pronto :)

Santiago dijo...

A mi "Leyes de mercado" no terminó de conquistarme, sobre todo porque la premisa me pareció demasiado sacada de quicio, pero reconozco que emocionante lo era un rato.
"Carbono modificado" es otro rollo, aunque se pueden encontrar en la novela muchas de las constantes (para bien) del autor, incluyendo la "exageración" (que no exaltación) de ciertos aspectos como la violencia o el sexo...

Muy disfrutable ;-)

Saludos