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sábado, 20 de abril de 2013

Reseña: El mejor de los mundos posibles

El mejor de los mundos posibles. 

Karen Lord. 

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

RBA libros. Col. Literatura fantástica # 9. Barcelona, 2013. Título original: The Best of All Possible Worlds. Traducción: Rafael Marín. 348 páginas. 

El mejor de los mundos posibles es una decidida apuesta por una ciencia ficción «humanista», que recuerda en muchos casos la vertiente antropológica de LeGuin, la fascinación por las culturas extrañas derivadas de un tronco común de Vance y un feminismo amable de ciertas obras de Tepper. A través de sus páginas y de sus personajes surge, de forma manifiesta, el tema del racismo, de la auto otorgada supuesta superioridad de un grupo étnico sobre el resto de humanos, pero también florece su contrapartida en la búsqueda de la «excelencia», de las mejores cualidades, a través de la mezcla. Mediante la narración de un viaje, una expedición de un año alrededor del planeta Cygnus Beta, la autora va a dar salida a ciertas reflexiones de fondo sociológico que invitan al lector a examinar sus propios pensamientos y sus reacciones ante las diferencias culturales que se van retratando. Surge en el relato un evidente conflicto entre el deseo de mantener los rasgos distintivos de una cultura y el de la idealizada pureza racial de sus miembros. Y, mientras tanto, bajo todo ello subyace de forma muy suave un juego de atracción, que casi no puede llamarse romance, real como la vida misma, que finalmente será la clave para un nuevo camino.

Desperdigadas por el espacio existen cuatro ramas de la humanidad, emparentadas, pero con sendas evolutivas distintas. Los sadiri, genéticamente predispuestos a desarrollar habilidades mentales y psíquicas, sufren un doloroso golpe al ser su planeta natal arrasado, sobreviviendo tan sólo aquellos, sobre todo hombres, que se encontraban fuera del mismo en diversas misiones. Comienza entonces una carrera para asentarse en un nuevo mundo preservando todo lo posible de sus costumbres, su cultura y sus particulares características «raciales» que perpetúen mediante las uniones precisas su acervo genético; algo quizá justificado por la necesidad de la telepatía para pilotar sus naves estelares.

A pesar del impactante comienzo, con la noticia de la destrucción de un mundo y el genocidio de la sociedad que lo habitaba, el relato se desarrolla, contra lo que pudiera pensarse, como una aventura tranquila, con un tono contenido y suave, más reflexiva que de acción, un viaje de autoconocimiento, de examen interior. Lo importante no es ver cómo se castiga a los culpables de tan execrable y no provocado crimen, sino la forma de buscar la supervivencia de la cultura agredida y asegurar su forma de vida. Aunque, tal vez, para conservar algo haya que dejarlo cambiar. 

En el planeta Cygnus Beta, el sadiri Dllenahkh, estoico y reservado, y la oficial del gobierno, biotecnóloga y experta en lenguas, Grace Delarua —con un gran mestizaje de las diferentes ramas de la humanidad entre sus antepasados—, ejerciendo como guía, contacto y traductora van a ponerse al frente de un limitado grupo en un viaje de investigación alrededor del mundo para estudiar los diferentes asentamientos, realizar estudios genéticos que incluir en una especie de «censo» y establecer las mejores compatibilidades entre los nuevos colonos y los habitantes del planeta. Todo muy limpio y aséptico en lo que no parece ser otra cosa que una búsqueda de mujeres propicias para los solteros sadiri.

Lord crea una estructura narrativa en primera persona a través del relato de la oficial Delarua —añadiendo breves interludios en tercera siguiendo a Dllenahkh—, con un formato episódico que se centra en cada una de las escalas del viaje de investigación —algunas más interesantes que otras—, surgiendo la historia de las personas que van conociendo en cada etapa, de los diversos problemas a los que se van enfrentando derivados sobre todo de las distintas interpretaciones culturales o de las costumbres locales —que incluyen temas como una sociedad en que todos los hombres están al «servicio» de su «reina» u otra basada en la esclavitud de facto según un discriminatoria sistema de «castas»—, con los inevitables malentendidos y los errores de interpretación de los mensajes corporales o lingüísticos, o, incluso, de las circunstancias ambientales en que se ven envueltos, al tiempo que se profundiza en las relaciones que se van estableciendo entre los miembros de la expedición. Y es que no todos los problemas tienen una solución sencilla ni agradable de tomar, y al final quizá el resultado para los implicados no sea todo lo satisfactorio, ni agradable, que pudieran esperarse.

Motivado seguramente por esta estructura episódica, se puede decir que quizás hay temas o situaciones que surgen, se hace una breve referencia a ellos y quedan atrás sin haber profundizado en ellos ni haberlos resuelto, haciendo que por momentos la narración parezca un tanto dispersa. Temas que no son desarrollados tal vez para que lo haga el propio lector, sacando sus propias conclusiones de las pequeñas pistas. También, aunque no relacionado, llama la atención un cierto «abuso» a referencias al acervo popular, sobre todo cinematográfico, de nuestra Tierra, a la que la protagonista principal rinde una evidente admiración: Indiana Jones, Casablanca, adaptaciones de obras emblemáticas de Shakespeare..., que se hacen un tanto incongruentes, ante la ausencia de referentes posteriores o de otras ramas de la humanidad, dado el dilatado paso del tiempo desde nuestro presente que se le supone a lo narrado.

Y es que los seres humanos han evolucionado en cuatro planetas, por diferentes sendas: En el planeta del que provienen los nuevos colonos, Sadira, han cultivado los poderes de la mente, y la telepatía los hace mantener un aspecto de estoicismo, sin dejar traslucir nada de sus emociones y haciendo gala de unos comportamientos ciertamente rígidos y formales, siempre auto controlados, dándoles una equívoca sensación de superioridad sobre el resto de las ramas humanas. En Ntshune se decantaron por los asuntos del «corazón», desarrollando gran empatía; en Zhinu por el «cuerpo», natural y artificial; y en la Tierra por el «espíritu», una impredecible y explosiva combinación de todos ellos. Las cuatro ramas pueden reproducirse entre ellas, permitiendo la hibridación o el mestizaje, potenciando diferentes características, tanto físicas como mentales, en los individuos resultado de aquellas uniones.

Fruto de ello Cygnus Beta es un un auténtico crisol de culturas, con presencia y mezcla de las cuatro ramas, con un nivel de tecnología avanzada, pero con cierto aislamiento que permite que cada emplazamiento se desarrolle por su cuenta en muy diferentes direcciones, sin apenas influencia de los demás, bajo la distante supervisión de un flexible gobierno central poco dado al intervencionismo. Los investigadores van a ir descubriendo cómo las diferencias experiencias, elecciones culturales y formas de gobierno han creado muy diferentes sociedades, algunas francamente sorprendentes, otras crueles, las más terriblemente mundanas. Lord hace gala de una ciencia ficción «tranquila», de exploración de sociedades, de descubrimiento interior, con mucha reflexión y pequeñas dosis de aventura.

Incluso echa mano del tema de los viajes en el tiempo, muy relacionados aquí además con la forma de viaje interestelar en el que tan sólo dos ramas se encuentran genéticamente predispuestos para pilotar las naves espaciales. Pero que el lector no espere sesudas o complicadas explicaciones científicas  para esas cuestiones; ni siquiera especialmente sobre la telepatía o sobre los dones psíquicos. No se trata de una ciencia ficción hard, sino que la autora se sirve de ciertas convenciones y temas muy queridos del género para respaldar una historia de relaciones sociales y diferencias culturales en entornos «extraños». Una especulación sociológica, casi intimista.

Y tampoco se puede decir que se trate de una historia de amor apasionado, no hay un flechazo a primera vista que incendie los corazones de los implicados y empuje a uno en los brazos de la otra. Es un «romance» ciertamente atípico frente a lo más acostumbrado, pero por ello tal vez mucho más real y atractivo —por mucho que en ocasiones se desee dar un sopapo a los implicados para que espabilen. Un enamoramiento tranquilo, que se va desenvolviendo muy poco a poco, fundamentándose en el compañerismo y la amistad, en la admiración mutua ante cómo se desenvuelven y las decisiones que toman en el día a día, en el «roce» cotidiano, en el conocimiento de los defectos y virtudes del otro, que va creciendo a pesar de la evidente diferencia de personalidades: el cerebral y contenido embajador, y la emotiva, apasionada e impulsiva intérprete. 

El mejor de los mundos posibles utiliza la especulación sobre el futuro lejano para lanzar una serie de interrogantes sobre nosotros mismos, invitando a pensar sobre las «identidades culturales» o sobre las formas de vivir excluyentes, sobre el racismo, sobre la tolerancia, sobre la aceptación de los defectos de uno mismo, sobre las razones del corazón... con un «envoltorio» de investigación de las diferentes sociedades planetarias, sin estridencias, realmente atractivo.

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