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domingo, 2 de octubre de 2016

Reseña: Todo arde

Todo arde.

Raúl Silvestre.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Sportula. Gijón, 2016. Edición digital (epub). 267 páginas.

Fiel a su política originaria de dar la oportunidad a los nuevos autores hispanos para que se codeen en una editorial con algunas de las firmas ya consagradas del panorama literario fantástico español, Sportula da la alternativa con esta novela a una nueva pluma que, visto el resultado, habrá que seguir con atención. La novela de debut de Raúl Silvestre plantea una ucronía, en clave de pulp aventurero y bélico, situada en los albores de la II Guerra Mundial, donde la aparición de una serie de individuos dotados de ciertos «dones», que no pueden ser calificados sino como superpoderes, va a suponer cambios importantes en la Historia tal y como creíamos conocerla. No es una trama del todo original ni del todo «redonda», pero Silvestre defiende muy bien su propuesta, con una escritura más que solvente, unas tramas bastante inmersivas e imaginativas y una firme apuesta por un desenfadado entretenimiento con ciertas pinceladas socio-políticas que invitan a la reflexión.

La novela presenta dos líneas geográficamente muy distantes y que se van alternando en el relato, una en unos EE.UU. que apenas empiezan a levantar cabeza tras la Gran Depresión, y donde la aparición de ciertos seres con poderes metahumanos lleva a la formación del Comando Parapsíquico dentro del Ejército, y otra en una convulsa Europa en la que el fascismo empieza a cobrar inquietante fuerza y donde también habrá respuesta a este nuevo paso evolutivo con la creación del Psi-Kommando entrenado en secreto bajo el mando de las SS nazis. Dos líneas que, a pesar de lo que pueda el lector llegar a pensar conforme avanzan imparablemente sin visos de converger más que en la distancia, terminan efectivamente por encontrarse de forma cruenta y definitiva.

Castillo de Wewelsburg, sede del Psi-Kommando
Y aunque pululan por sus páginas un abundante elenco de personajes, lo cierto es que no se trata de una novela coral al uso, pues se centra más en seguir a dos de los protagonistas principales, reflejando como apoyo las acciones de aquellos otros que los rodean, pero sin apartar en realidad los focos del norteamericano Max Terrell, un mecánico con poca suerte dado a cambiar habitualmente de domicilio y trabajo por sus tendencias pendencieras, en EE.UU. —con muy importantes secundarios, es cierto—, y de la joven checoslovaca Lenka Svoboda a.k.a. Hilde Tischendorf, única superviviente de una indiscriminada masacre causada en su aldea, en el teatro europeo. Siguiendo a uno u otra el autor plantea dos escenarios bastante diferenciados. Por un lado, los agentes estadounidenses, entre los que se encuentran algunos exiliados europeos huidos de la persecución nazi, se enfrentarán a la amenaza interna, con un par de misiones «locales» en el entorno de Nueva York en los que tendrán que desbaratar los planes de implantación de grupos de ideología fascista en territorio norteamericano. Por el otro, la joven Lenka, conforme entrena su poder para que tenga mayor alcance, será usada junto a los otros metahumanos nazis para apoyar al ejército alemán en diversas fases de la expansión del III Reich, algo que conlleva una mayor profusión de localizaciones y un mayor trabajo de profundización en la psicología de la protagonista femenina, haciendo más satisfactoria el escenario europeo que el norteamericano. No es, entonces, una novela en la que predominen los grandes enfrentamientos entre soldados y superhéroes de ambos bandos, sino, sin olvidar el tono bélico que marca la situación, algo más cercano al espionaje, el hampa y las conspiraciones quintacolumnistas. El enfrentamiento definitivo se demora en llegar, pero cuando llega no va a resultar en absolutodecepcionante, aunque sólo sea por lo «exótico» —pero no inesperado, visto lo visto— de sus dos emplazamientos.

Silvestre echa mano de los superpoderes más evidentes —que no sorprenderán a cualquier lector de Marvel o DC—, como la piroquinesis, la telepatía, el cambio de forma de hombre a bestia, la superfuerza, el dominio mental, el lanzamiento de ondas sónicas, la generación de campos de fuerza o la creación de ectoplasmas, junto a otros un tanto más sorprendentes —aunque tampoco exactamente originales, ya que es algo muy difícil o casi imposible en un campo tan trillado— como la propia viroquinesis de la protagonista checoslovaca o la umbraquinesis —dominio sobre la luz— de uno de los mandos que la controlan, entre otros muchos. Al fin y al cabo, los poderes en sí no serían lo realmente importante, sino aquello que el autor consigue hacer con ellos y su necesaria e imprescindible integración en las tramas.

Siguiendo pautas de la ciencia ficción, dentro de un relato que bien podría haber tirado hacia lo más fantasioso, el uso de cada poder además de causar cierta adicción requiere pagar un precio, requiere de que se reúnan una serie de condiciones que lo hagan posible. La energía ni se crea ni se destruye, y cada acción tiene una reacción, así que se deben reunir una serie de condiciones «realistas» y bien explicadas para que todo funcione —luego se podría discutir si la base tiene sentido o no—. A veces éstas no suponen un coste directo para el individuo, sino que responden a elementos externos de la física implicada en los mismos poderes, como en el caso del piroquinético Terrell, quien sólo necesita algo que produzca una chispa o que dispense calor en un ambiente cargado de oxígeno para desatar las llamas. O de la viroquinética Svoboda, capaz de manipular cualquier factor de enfermedad para agravarlo y quien sólo necesita un ambiente poco aséptico donde proliferen bacterias y demás —vamos, casi cualquiera— para desatar los peores males sobre otro ser humano. Pero en la mayoría de los casos es necesario un sacrificio personal, un coste energético para el cuerpo o la mente, un gasto que requiere incluso en ocasiones algún requisito extraño y doloroso —para el usuario o la víctima— imprescindible pero también vergonzante e inconfesable, una mancha en el «alma» que llegará a poner más en duda todavía la moralidad del uso de estos poderes.

Moralidad que ya venía cuestionada por el uso que los poderes fácticos hacen de estos parapsíquicos en favor de sus causas, sean justas o no. Silvestre plantea con acierto la cuestión del horror de la guerra, en la que ambos bandos son capaces de cometer engaños y atrocidades en pos de conseguir sus objetivos. Si la «maldad» de los nazis viene marcada por su convencimiento de la supremacía racial y su búsqueda del exterminio, entre otros, de los judíos, al precio que sea; el bando de los «buenos», los parapsíquicos estadounidenses, se ve cuestionado por ciertas prácticas y malas artes poco o nada éticas, en su intento de imponerse a la amenaza que invade Europa y que también se extiende dentro de las fronteras de los EE.UU. No faltan referencias al gusto por el ocultismo y lo paranormal de ciertos altos cargos nazis, o a la existencia de grupos herméticos de tendencias esotéricas que buscarán sus propios objetivos dentro del escenario de la contienda, en este caso sirviéndose de los parapsíquicos.

El final del libro se presenta totalmente cerrado y definitivo, lo que no quita para que, dado el escenario ya creado, el autor pueda ofrecer nuevas aventuras metahumanas en la II Guerra Mundial de esta Historia alternativa. O tal vez no. Esta línea temporal se muestra tan implacable y cruenta como la nuestra, cargada de violencia y de malas decisiones, con una Europa envuelta en llamas y futuro incierto. Al fin y al cabo, todo arde si le aplicas la chispa adecuada.

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