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jueves, 13 de agosto de 2020

Reseña: La última luz de Tralia

La última luz de Tralia.

Isa J. González.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Crononauta. Sevilla, 2020. Edición digital (ePub). Ilustración de portada: Marina Vidal. 164 páginas.

Una delicada novela corta que muestra cómo incluso entre la mayor desesperación, en la peor de las circunstancias, puede surgir la esperanza. González ofrece en esta su obra de debut una historia de la búsqueda de un hogar, de supervivencia, de choque de culturas, de compañerismo, de recelos, de prejuicios, de perdón, de convivencia y de amor. Una ciencia ficción, space opera de nuevo cuño, dotada de una fuerte carga emocional, donde lo importante son los personajes, las relaciones y las vivencias, por encima del escenario y de la parafernalia tecnológica, aunque ambos no carezcan de importancia en absoluto para el devenir de la acción. La autora dota al relato de un ambiente intimista, reflexivo, en el que los pequeños gestos son de esos que mueven montañas. Se trata de una obra que se lee en un suspiro y deja con una muy grata sensación, encontrando luz en la tragedia, entendimiento y amor más allá de las expectativas.

Tralia es un planeta habitado por dos pueblos tradicionalmente enfrentados: tralianos y zestianos. Un planeta condenado a la extinción, por lo que en un enorme esfuerzo global se lanzaron al espacio cientos de naves en busca de un nuevo hogar; primero exploradoras, luego colonizadoras. Perteneciente a esta segunda categoría, la nave de la que Kenichi es tripulante sufre un irreversible accidente en un campo de asteroides y él resulta ser el único superviviente. Su desesperado mensaje de auxilio es inesperadamente contestado por otra nave, la Nodriza 2, que había partido del planeta tiempo antes que la suya. La diáspora en busca de un nuevo hogar no parece haber obtenido resultados y ahora el traliano Ken deberá enfrentar un nuevo reto a bordo de una nave tripulada por zestianos. Una nave, va a descubrir pronto, golpeada también por la tragedia: dotada en origen con cerca de quinientos tripulantes, apenas restan cinco despiertos. Entre ellos, Rune, quien será el encargado de guiarle en su andadura inicial a bordo, al tiempo que intenta que su aclimatación sea lo más sencilla posible. Juntos habrán de vencer los recelos y malentendidos, incluso cuando las condiciones para la convivencia se tornen más difíciles debido a una inesperada revelación. Su destino es igual de incierto. Un último viaje, un último desafío.

Como único traliano a bordo, Ken deberá aprender a confiar en sus compañeros, venciendo recelos largamente instalados en la psique de su pueblo. Los zestianos son humanoides anfibios de piel azul, agallas y cabellos blancos, y sus ciudades se sitúan a caballo entre la tierra y el mar. Poseen una suerte de capacidad telepática que puede resultar muy incómoda para sus vecinos tralianos de tierra adentro. Son dos pueblos hermanos con culturas distintas y un recelo mutuo. Dos pueblos que han vivido prácticamente de espaldas, cuando no en guerra, el uno al otro, y que en el pasado más reciente han mantenido muy pocas interacciones debido a los prejuicios. Ahora, en el pequeño microcosmos de la Nodriza 2, Kenichi, que fuera educado con amplitud de miras por su padre diplomático, deberá aprender en la práctica a dejar a un lado sus diferencias, a entenderse, a perdonar y a colaborar estrechamente con el resto de tripulantes si es que quieren mantener una mínima esperanza de supervivencia.

La autora utiliza una prosa sencilla y efectiva, pulida y trabajada, muy directa, despojando el relato de distracciones y artificios, y centrándose en la historia de los dos personajes principales —aunque el resto también cobra singular profundidad con unas muy bien dedicadas, enérgicas y escasas pinceladas—. Empieza en todo lo alto, de forma explosiva con un trágico punto de partida, y luego se remansa al ritmo del propio discurrir por el espacio y de la soledad del protagonista. Una vez rescatado, la acción, no exenta de conflicto y emociones, toma un ritmo pausado y agradable, incidiendo sobre todo en las interacciones entre Ken y Rune, matizados por la presencia del resto de zestianos. Con una marcada introspección la trama se va a centrar en el humanismo de los temas tratados, dejando un tanto de lado, aunque no del todo, sobre todo la vertiente de la biología, toda la parte de ciencia ficción que posibilita el escenario —incluso hay un par de cuestiones un tanto «conflictivas» para la suspensión de la incredulidad, que no obstante resultan imprescindibles para llevarla adelante—. González va dosificando con precisión la información en que se desarrolla el creciente drama, manteniendo el misterio que rodea el viaje, circunstancias y destino de la Nodriza 2, contando lo imprescindible y reservándose las cartas necesarias para causar la tensión requerida y el mayor efecto en el momento preciso.

Fragmento de la portada de Marina Vidal.
La lectura de La última luz de Tralia se cierra con un mensaje positivo —muchos mensajes en realidad, algo gratamente sorprendente para una obra tan breve que encima es una ópera prima—, de aceptar a los demás como son y de aceptarse uno mismo. De reconciliarse con lo diferente y asumir la diversidad. De no sucumbir al racismo intrínseco a la sociedad, interiorizado, y luchar contra los propios prejuicios. De sacrificarlo todo, incluso la vida, a cambio de la supervivencia de los demás. De amor en todas sus formas, sin importar razas, géneros, costumbres o culturas; viendo el corazón y no quedándose en el exterior. De no dejarse vencer por la soledad y saber, y dejarse, apoyar por otras personas. De ecologismo y cooperación...

Se trata de una novela corta que se hace demasiado corta, en la que se antoja que González hubiera podido profundizar en muchos aspectos, pero que deja satisfecho y con el corazón calentito. Hubiera sido muy interesante conocer algo más de su destino, y algunas decisiones de los personajes hubieran quizá debido cocinarse a fuego más lento, dejarlas madurar y evolucionar orgánicamente, sin la aparente celeridad a la que la brevedad de la obra obliga. Hubiera sido agradable conocer más del resto de tripulantes, empezando por la capitana Tyra, dura y eficiente por fuera, como corresponde a alguien que debe ejercer el liderazgo en tiempos difíciles, y llena de ansiedad y ternura por dentro, y siguiendo por el resto de tripulantes, Eyra, Daven y Sigrid, cada cual con su personalidad ya definida. Hubiera sido de agradecer un poquito menos de rapidez en el cierre del relato, quizá un tanto apresurado tras la introspección y el sosiego del resto de lo narrado... Por una vez, la sencillez y brevedad se convierten más en desventaja que en virtud. O quizá sea tan sólo que el lector se queda con ganas de más.

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